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Homilía para el domingo de la Ascención del Señor, ciclo B(2021)

Jesús subió al cielo (cf. Mc 16, 15-20)

¡Qué maravilla saber que al final todo acabará bien! Tener la certeza de que, después de todas las penas, de todos los problemas y de todas nuestras luchas, llegaremos a la casa del Padre, donde seremos felices por siempre con él. Esta es la esperanza que nos regala Jesús al subir al cielo. Por eso san Juan Crisóstomo dice: “Tú serás igualmente llevado al cielo”[1].

Precisamente para eso Jesús bajó a la tierra, se hizo uno de nosotros y pasó haciendo el bien, amando hasta dar la vida. Así, con el poder del amor, nos liberó del pecado que cometimos, nos compartió su Espíritu y nos hizo hijos de Dios, partícipes de su vida eternamente dichosa.

¡Esa es la meta! ¡La cumbre de todo camino! ¡Lo definitivo! Lo demás se pasa, se termina. Por eso, deseoso de que cada día hagamos la elección correcta para que alcancemos el triunfo que nunca acaba, san Pablo pide a Dios que nos haga comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento[2].

No perder de vista la meta es la única manera de alcanzarla. Por eso hoy fijamos la mirada en Jesús[3], que llegando al cielo nos muestra que Dios está por encima de todo, y que él puede hacer que todo acabe bien[4].

Miremos al cielo, nuestra patria definitiva, y gocemos de él desde ahora, uniéndonos a Dios a través de su Palabra, de la la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas. Así podremos tener los pies en la tierra, porque miraremos la realidad de manera más completa y profunda, y descubriremos que lo realmente importante es el amor. Un amor que impulsa a cumplir la misión que Jesús nos ha confiado: “Vayan y anuncien el Evangelio”.

¿Y qué es anunciar el Evangelio? Es vivir en el amor de Dios y compartirlo con los demás, invitando a todos a confiar en él y a vivir como nos pide: haciendo el bien en casa, en la escuela, en el trabajo y en nuestros ambientes. Y para eso, como señala el Papa en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que celebramos hoy, hay que comunicar encontrando a las personas donde están y como son[5].

¡Echémosle ganas! ¡Vale la pena! Y cuando nos sintamos desanimados, recordemos aquello que decía san Agustín: “Somos viandantes… ¿…qué es andar? Avanzar siempre… Si te complaces en lo que eres, ya te has detenido… Y si te dices: «Ya basta», estás perdido… avanza siempre; no quieras volver atrás, no quieras desviarte… Más seguro anda el cojo en el camino que el corredor fuera de él” [6].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Catena Aurea, 11450.
[2] Cf. 2ª Lectura: Ef 1, 17-23.
[3] Cf. 1ª Lectura: Hch 1, 1-11.
[4] Cf. Sal 46.
[5] Cf. Mensaje para la 55 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2021.
[6] Serm. 169, 18.

 

Oración por los maestros (mayo 15)

Este 15 de mayo te presentamos esta oración para los maestros, pidamos por su valiosa labor en la sociedad.

Señor:

Te damos gracias por los maestros que desgastan su existencia
en la gran obra de misericordia de enseñar al que no sabe
y ayudarle a formar su mente y su conciencia.

Bendice el amor con que ejercen su abnegada labor
aunque no siempre han recibido
el reconocimiento merecido.

Maestro Bueno, dales Tu gracia para que puedan enseñar como Tú,
con sabiduría y paciencia, sencillez y eficacia.

Concédeles humildad para querer no sólo instruir sino aprender.
Infúndeles Tu prudencia y caridad para que sepan corregir sin humillar.

Pon en ellos Tu mirada para lograr penetrar el corazón de sus alumnos
y descubrir y alentar lo mejor en cada uno.

Bendice en especial a los que enseñan Tu Palabra
y la doctrina de la Iglesia, comunícales Tu luz y Tu coherencia.

Y a los maestros agobiados por las difíciles condiciones
en que ejercen su enseñanza anímalos, sosténlos, acompáñalos,
no dejes que pierdan la esperanza.

Tú que eres el Camino, guía a todos los maestros hacia Ti.
Tú que eres la Verdad, permíteles hallarte y compartirte.
Tú que eres la Vida, recompénsalos con Tu cercanía,
ahora y por toda la eternidad. Amén.

 

Desde la fe

 

Mensaje de los obispos mexicanos con motivo del proceso electoral 2021

 

Elegir con libertad para exigir con responsabilidad

A todos los hombres y mujeres de buena voluntad que compartimos nacionalidad, historia y cultura mexicanas:

  1. Estamos enfrentando una época de enormes desafíos en la que el bien común nos exige asumir de forma consciente y comprometida nuestras responsabilidades cívicas y políticas. Por ello, los obispos mexicanos nos dirigimos a todos, sin distinción de credo, vocación, actividad, preferencia política o posición social, para animar a la más amplia participación ciudadana en el actual proceso electoral. Participar a través de nuestro voto es un derecho, y para quienes tenemos fe en Jesucristo, es un deber moral ineludible. La democracia se consolida cuando todos participamos activamente.
  2. La jornada electoral del próximo 6 de junio, en la que se votarán un número significativo de gubernaturas, diputaciones, ayuntamientos y alcaldías, es una de las más grandes que se han organizado en la historia de México. Además, se suman diversos factores de carácter sanitario, social, económico y político que hacen de esta “elección intermedia” un momento crucial para definir el presente y el futuro de nuestro país. Por ello, es preciso que todos ejerzamos nuestro voto de manera libre, secreta y en conciencia, entendiendo que cada voto cuenta.
  3. Es importante subrayar que los ministros de culto de las iglesias no debemos ni pretendemos hacer propaganda o proselitismo a favor o en contra de cualquier candidato, agrupación o partido político. Somos conscientes que nuestra doctrina social nos enseña que la fe en Jesucristo puede dar lugar a compromisos políticos diversos.[1] En este sentido, todos estamos llamados a formar nuestra conciencia y a proponer y defender con libertad y creatividad los valores esenciales que configuran el bien común, sin los cuales, hasta la misma democracia puede estar en riesgo. Los obispos mexicanos sabemos bien que es necesario cuidar los fundamentos de la democracia y las instituciones que la salvaguardan.[2]
  4. Exhortamos a todo el pueblo de México a realizar un esfuerzo de discernimiento con el objetivo de optar por quienes puedan realizar el auténtico bien común. A los creyentes, en particular, los invitamos a sumarse con la oración y la debida colaboración para pedir luz en el discernimiento personal y para que los comicios y sus eventuales controversias, se realicen de manera ordenada, pacífica y con el más estricto apego a Derecho.
  5. Asimismo, los invitamos a iluminar sus conciencias con algunos criterios que nos pueden ayudar a ejercer con libertad y responsabilidad nuestro derecho a elegir:

5.1  Al momento de votar es preciso buscar el bien posible, es decir, hay que discernir qué partido o candidato realiza el bien común en las circunstancias concretas. Muy frecuentemente el bien posible no es el “ideal”; sin embargo, es preciso procurar hacer el bien aún cuando éste sea modesto o limitado, evitando, a toda costa, basar la elección en el “mal menor”, ya que el mal, moralmente no puede ser elegido nunca ni como fin ni como medio.

5.2  Es necesario ilustrar nuestra conciencia con la información disponible sobre las propuestas, programas y valores de los diversos candidatos, partidos y agrupciones políticas, asimismo interesarse sobre su capacidad de atender las necesidades de México con honorabilidad, congruencia y sentido humano.

5.3  Una conciencia rectamente formada es capaz de iluminar las decisiones concretas para promover la dignidad de la persona humana, la defensa de la vida (de todas las vidas) desde la concepción y hasta la muerte natural, el matrimonio y la familia como núcleos fundamentales del bienestar social, la atención a las múltiples regiones que se ven amenazadas por el yugo del crimen organizado, la plena vigencia del derecho humano a la libertad religiosa, la auténtica democracia, la opción preferencial por los más pobres y el compromiso activo por el cuidado del medio ambiente. Hoy, más que nunca, el bien común reclama más acciones que discursos.

5.4  Si hemos avanzado en la cultura democrática debemos extirpar actitudes como la apatía y la indiferencia,  así como evitar que cualquier persona o agrupación busquen manipular a los ciudadanos en el ejercicio de su voto a través de la presión, las dádivas o los chantajes. Entre más libertad exista para elegir, más capacidad tendremos al momento de exigir.

  1. La “mejor política” es la que se construye desde la fraternidad y la amistad social, buscando acuerdos y no fracturas, como nos enseña el Papa Francisco.[3] Esto significa que la política que necesitamos brota del pueblo, de sus valores y de su historia, es decir, de la nación. Por esto, es preciso reconocer que México, antes que un determinado Estado o gobierno, es una nación plural que tiene su orígen en el momento en el que comenzó el mestizaje étnico y cultural, y que ha buscado caminos de reconciliación y de auténtica soberanía a través de la Historia. Esto que ha sido así en el pasado, también puede realizarse en el presente, para preparar el futuro.
  2. Amar y servir al país nos debe llevar al respeto de todos y no caer en el riesgo de fomentar o incurrir en descalificaciones irracionales, agresiones o actos de venganza, lo cual no construye la atmósfera que hoy necesita nuestra nación. Más aún, debemos ser capaces de analizar con serenidad los acontecimientos y recordar que: “la democracia no termina emitiendo nuestro voto, sino que es necesario dar seguimiento a este proceso, exigir el cumplimiento de promesas de campaña y pedir la rendición de cuentas de manera transparente, deber al que todo político está obligado”.[4]
  3. Todos juntos hemos de trabajar en la edificación de la “casita sagrada” que nos ha pedido nuestra madre, Santa María de Guadalupe. Esta “casita” implica la conversión del corazón de todos, ciudadanos y gobierno, para que juntos encontremos vías de desarrollo integral. Que ella, madre del verdadero Dios por quien se vive y Patrona de nuestra libertad, interceda por nosotros para que, por medio de nuestra activa participación cívica, coloquemos responsablemente los cimientos de un futuro mejor.

 

Mayo 2021

Por los obispos mexicanos.

 

 

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[1] Cf. Paulo VI, Carta Apostólica Octogesima adveniens (14 mayo 1971), n. 50.
[2] Conferencia del Episcopado Mexicano, Carta Pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, CEM, México 2000, n. 257.
[3] Cf. Francisco, Carta Encíclica Fratelli tutti (3 octubre 2020), Cap. V.
[4] Conferencia del Episcopado Mexicano, Hacia el encuentro de Jesucristo Redentor bajo la mirada amorosa de Santa María de Guadalupe. Proyecto Global de Pastoral 2031-2033, CEM, México 2018, n. 62.

 

 

Obispo de Matamoros celebró el 10 de mayo con mamás migrantes y del penal

Con motivo del 10 de mayo, día de las madres en México, Mons. Eugenio Lira, Obispo de Matamoros, presidió la Santa Misa al medio día, con las mamás del Centro de Ejecución De Sanciones (CEDES) en Matamoros, como un signo solidario y de cercanía. Y por la tarde presidió la Santa Misa, con las mamás del campamento de los migrantes, en punto de las 4:00 pm en la Plaza de la República (frente al puente internacional) de Cd. Reynosa, Tamaulipas.

“Aceptar a nuestros hermanos migrantes, protegerlos, promoverlos e integrarlos, son los cuatro verbos que el Papa Francisco nos pide para poner en práctica y con esta Misa queremos manifestarlo, en un día muy especial, como lo es el día de la madre” expresó Mons. Lira dentro de esta celebración.

Que Dios bendiga a todas las mamás, en especial aquellas que hoy necesitan urgentemente de nuestra oración.

 

 

 

Homilía para el VI Domingo de Pascua, ciclo B (2021)

Permanezcan en mi amor (cf. Jn 15, 9-17)

¡Qué bonito es que nos quieran! Sentir que para alguien somos importantes. Que ese alguien está ahí siempre, en las buenas y en las malas. Que nos conoce, nos comprende, nos acepta como somos, nos perdona y nos echa la mano para salir adelante ¡Pues así nos ama Jesús! Nos ama como el Padre, que es el mismísimo amor, lo ama a Él.

Nos ama tanto, que se hizo uno de nosotros y dio la vida para liberarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos de Dios[1]. Dejémonos querer por Él, unidos a su Cuerpo, la Iglesia, escuchando su Palabra, recibiendo su energía en la Liturgia, sobre todo en la Eucaristía, platicando con Él en la oración, y viviendo en la sintonía del amor.

Podemos amar, porque Dios nos amó primero[2] ¡Estamos llenos de amor!, “aunque a oscuras –como dice san Juan de la Cruz– porque es de noche” [3]. Y es que a veces, las penas, los problemas y las incertidumbres no nos dejan sentir su amor ¡Al contrario! Nos hacen pensar que Dios no nos quiere ni nos echa la mano.

Pero si dejamos que la luz de la fe nos ilumine, veremos que Dios nos ama y nos ayuda a salir adelante a través de sus mandamientos, que, como recuerda san Gregorio, nacen del amor, al igual que las ramas surgen del mismo tronco[4].

Por eso Jesús nos pide compartir el amor que nos ha dado, amando como Él nos ha amado. Ese es el camino para que su alegría, plena y eterna, esté en nosotros. Resucitado, Jesús nos demuestra que el amor hacer triunfar el bien y la vida[5].

Amemos, como aconseja el Papa, en las actitudes y en las acciones de cada día[6]. Ejemplo de esto son las mamás, cuyo día celebramos mañana ¡Gracias mamás por dar vida! Todo lo que ustedes dicen, hacen y dejan de hacer, es por el bien de sus hijos, aunque a veces ellos no lo comprendan.

Así le pasa a Dios; a veces nos enojamos con él, pensamos que está en contra nuestra, cuando en realidad, todo lo que dice, hace o deja de hacer es por nuestro bien; para que su alegría esté en nosotros y nuestra alegría sea plena.

Felicidades mamás, y a seguir adelante. Y que todos, descubriendo que Dios nos ama, confiemos en él, permanezcamos en su amor y cumplamos sus mandamientos, amándonos los unos a los otros como Jesús nos ha amado.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48.
[2] Cf. 2ª Lectura: 1 Jn 4, 7-10.
[3] Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe, 10.
[4] In Evang. Hom. 27
[5] Cf. Sal 97.
[6] Cf. Regina coeli, Domingo 6 de mayo de 2018.

 

Rifa Diocesana será el 10 de mayo

Agradecidos con todas las comunidades de apoyar mediante esta actividad a la Diócesis, Casa Sacerdotal, Seminario y templos, el sorteo entre amigos será el lunes 10 de mayo a las 8:30 pm desde las instalaciones de la Universidad del Noreste de México. La transmisión será en vivo mediante las redes de Diócesis de Matamoros @DiócesisMat (facebook).

#AñoDelEncuentro

Homilía para el V Domingo de Pascua, ciclo B (2021)

El que permanece en mí y yo en él, da fruto abundante (cf. Jn 15, 1-8)

Es feo sentirse solo; no tener con quien compartir nuestras alegrías, nuestras penas, nuestros proyectos, alguien que nos comprenda y que nos eche la mano ¡Pero hoy Jesús nos hace ver que con él nunca estamos solos! Somos parte de él, como las ramas que brotan de la vid, y que producen hojas y racimos.

Unidos a Jesús, como explica el Papa, pasa a nosotros la sabia del amor de Dios, el Espíritu Santo[1]. Ese amor que nos hace felices por siempre. Por eso Jesús aconseja: “Permanezcan en mí y yo en ustedes” ¿Cómo? En su Iglesia, a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas.

Así, como explica san Agustín, el Padre nos cultiva, nos hace mejores[2]. Nos libera de la plaga del pecado que hace que el egoísmo se nos meta y se vaya extendiendo hasta impedir que recibamos la luz del amor que da vida, haciéndonos soberbios, agresivos, envidiosos, rencorosos e indiferentes, hasta aislarnos, volvernos infecundos y matarnos.

Además de sanarnos, el Padre nos “poda”, es decir, nos ayuda a desarrollarnos adecuadamente para prosperar y dar fruto de mayor calidad. Y ese fruto es el amor. Un amor que nos lleva a echarle la mano a los demás, sea quien sea, empezando por el que está cerca de nosotros en la familia, en la comunidad, en el trabajo, en la escuela[3].

Así lo hizo Bernabé con Pablo; cuando vio que trataba de unirse a los discípulos, pero éstos le tenían miedo porque dudaban de él, se la jugó presentándolo a los apóstoles y contándoles de su encuentro con Jesús y la manera en que había predicado con valentía en su nombre, y así logró que lo aceptaran[4]. Bernabé comprendió que hay que interesarnos por los demás; que hay que amar de verdad y con las obras[5]

Amemos de verdad en casa y en nuestros ambientes. Seamos sensibles a lo que le pasa a los demás. Démonos cuenta que todos somos sarmientos de la única vid. Que lo que afecta a uno nos afecta a todos. Por eso el Papa insiste en que debemos constituirnos un “nosotros” que habita la casa común[6] ¡Hay que echarnos la mano unos a otros para que todos nos sintamos saciados[7]!

“Obras quiere el Señor –recordaba santa Teresa a las religiosas carmelitas–, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio… te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuera necesario, lo ayunes, porque ella lo coma… y si oyeres hablar bien de una persona te alegres como si hablaran bien de ti… y cuando vieres una falta en alguna, sentirla como si fuera en ti y no exhibirla”[8]

Es cierto que a veces amar cuesta trabajo. Pero con la ayuda de Dios, es posible. Por eso, hagámosle caso a Jesús y permanezcamos en su amor. Así daremos un fruto tan bueno, que hará nuestra vida plena y eterna, haciendo mejor la vida de los demás.

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Papa Francisco, Regina coeli, 3 de mayo de 2015.
[2] Cf. De verb. Dom., ser. 59.
[3] Cf. Regina caeli, Domingo, 6 de mayo de 2018.
[4] Cf. 1ª Lectura: Hch 9 26-31.
[5] Cf. 2ª Lectura: 1 Jn 3, 18-24.
[6] Cf. Fratelli tutti, 17.
[7] Cf. Sal 21.
[8] Cf. De las moradas, V, 3, 11.

 

Mons. Eugenio Lira compartirá conferencia magistral

Dentro del ciclo “Diálogos por la esperanza” organizado de forma conjunta por la Universidad Pontificia de México, la Conferencia del Episcopado Mexicano, la Asociación Mexicana de Instituciones de Educación Superior de Inspiración Cristiana y la Universidad Vasco de Quiroga, Mons. Eugenio Lira compartirá la conferencia “Por una cultura del discernimiento” la cual se podrá accesar por las redes sociales de las instituciones mencionadas y compartida de igual manera por @DiócesisMat el martes 27 de abril de 2021 desde las 7 pm.

Todos invitados para conectarse en línea, en esta oportunidad de profundizar sobre el “discernir” en nuestro tiempo actual.

 

IV Domingo de Pascua, ciclo B (2021) Jornada Mundial de Oración por las vocaciones

Yo soy el buen pastor (cf. Jn 10, 11-18)

La noche del 14 de abril de 1912, el “Titanic”, que había sido presentado como un barco “insumergible”, se hundía en el Atlántico norte, tras chocar con un iceberg. De sus 2,227 pasajeros, solo 705 sobrevivieron. En aquellas horas de angustia, ¿qué significaba un trozo de madera? ¡Todo! La diferencia entre hundirse para siempre o permanecer a flote con la esperanza de sobrevivir.

Benedicto XVI decía que lo único que sujeta al creyente es un madero, la cruz de Cristo, y que, al fin y al cabo, ese madero es más fuerte que la nada[1]. Así es. Porque en este apasionante viaje terreno, chocamos con pecados, penas, problemas, y un día, con la muerte ¡Y qué maravilla saber que no somos náufragos abandonados que terminan hundiéndose en la nada!

Esto, gracias a que el Padre, creador de todo, envió a Jesús para que, haciéndose uno de nosotros, nos rescate del naufragio del pecado y nos lleve adelante, de la única manera que es posible: amando hasta entregar su vida y resucitar para compartirnos su Espíritu y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz[2].

¡Ningún otro puede salvar[3]! Por eso, ¡nada mejor que refugiarse en él[4]!, que, através de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas, nos ayuda a salir adelante, descubriéndonos que la única manera es echándole la mano a los demás.

Por eso san Agustín decía que los que necesidad no deben ser abandonados por aquellos de quienes necesitan[5]. La familia nos necesita. Los amigos nos necesitan. Los vecinos, los compañeros, los pobres, los migrantes, los que andan confundidos nos necesitan. La sociedad nos necesita. Nuestro país y nuestro mundo nos necesitan. 

Por eso Dios nos llama a entrarle a su gran proyecto. Esto es lo que recordamos hoy, Jornada Mundial de oración por las vocaciones, en la que el Papa nos propone como ejemplo de respuesta a san José, que nos enseña a soñar cosas grandes.                                                                 

“Los sueños –señala el Papa– condujeron a José a aventuras que nunca habría imaginado. El primero desestabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el segundo lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero anunciaba el regreso a su patria y el cuarto le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret, donde Jesús iba a comenzar la proclamación del Reino de Dios” [6].

Dios nos conoce, nos ama y sabe lo que es mejor para nosotros. Con esa confianza, vivamos plenamente la vocación matrimonial, consagrada, diaconal o sacerdotal a la que nos ha llamado. Y si todavía no sabemos cuál es nuestra vocación, pidámosle que nos ayude descubrirla, conscientes de que, si la seguimos, él podrá hacer de nuestra vida una obra maestra.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Introducción al cristianismo, Ed. Sígueme, Salamanca, 2001, p. 43.
[2] Cf. 2ª Lectura: 1 Jn 3, 1-2.
[3] Cf. 1ª Lectura: Hch 4, 8-12.
[4] Cf. Sal 117.
[5] Cf. Carta a Honorato, 180.
[6] Mensaje 58 Jornada Mundial de oración por las vocaciones

 

 

Mensaje del Papa para la 58 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

San José: el sueño de la vocación

 

Queridos hermanos y hermanas:

El pasado 8 de diciembre, con motivo del 150.º aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia universal, comenzó el Año dedicado especialmente a él (cf. Decreto de la Penitenciaría Apostólica, 8 de diciembre de 2020). Por mi parte, escribí la Carta apostólica Patris corde para «que crezca el amor a este gran santo». Se trata, en efecto, de una figura extraordinaria, y al mismo tiempo «tan cercana a nuestra condición humana». San José no impactaba, tampoco poseía carismas particulares ni aparecía importante a la vista de los demás. No era famoso y tampoco se hacía notar, los Evangelios no recogen ni una sola palabra suya. Sin embargo, con su vida ordinaria, realizó algo extraordinario a los ojos de Dios.

Dios ve el corazón (cf. 1 Sam 16,7) y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a esto: a generar y regenerar la vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza. Esto es lo que el sacerdocio y la vida consagrada necesitan, especialmente hoy, en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida. San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino.

San José nos sugiere tres palabras clave para nuestra vocación. La primera es sueño. Todos en la vida sueñan con realizarse. Y es correcto que tengamos grandes expectativas, metas altas antes que objetivos efímeros —como el éxito, el dinero y la diversión—, que no son capaces de satisfacernos. De hecho, si pidiéramos a la gente que expresara en una sola palabra el sueño de su vida, no sería difícil imaginar la respuesta: “amor”. Es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee verdaderamente si se entrega plenamente. San José tiene mucho que decirnos a este respecto porque, a través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un don.

Los Evangelios narran cuatro sueños (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Eran llamadas divinas, pero no fueron fáciles de acoger. Después de cada sueño, José tuvo que cambiar sus planes y arriesgarse, sacrificando sus propios proyectos para secundar los proyectos misteriosos de Dios. Él confió totalmente. Pero podemos preguntarnos: “¿Qué era un sueño nocturno para depositar en él tanta confianza?”. Aunque en la antigüedad se le prestaba mucha atención, seguía siendo poco ante la realidad concreta de la vida. A pesar de todo, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar. ¿Por qué? Porque su corazón estaba orientado hacia Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante “oído interno” sólo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a nuestras llamadas. A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes.

Los sueños condujeron a José a aventuras que nunca habría imaginado. El primero desestabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el segundo lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero anunciaba el regreso a su patria y el cuarto le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret, el mismo lugar donde Jesús iba a comenzar la proclamación del Reino de Dios. En todas estas vicisitudes, la valentía de seguir la voluntad de Dios resultó victoriosa. Así pasa en la vocación: la llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios. Y cada “sí” da frutos, porque se adhiere a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra. En este sentido, san José representa un icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios. Pero su acogida es activa, nunca renuncia ni se rinde, «no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte» (Carta ap. Patris corde, 4). Que él ayude a todos, especialmente a los jóvenes en discernimiento, a realizar los sueños que Dios tiene para ellos; que inspire la iniciativa valiente para decir “sí” al Señor, que siempre sorprende y nunca decepciona.

La segunda palabra que marca el itinerario de san José y de su vocación es servicio. Se desprende de los Evangelios que vivió enteramente para los demás y nunca para sí mismo. El santo Pueblo de Dios lo llama esposo castísimo, revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí. Liberando el amor de su afán de posesión, se abrió a un servicio aún más fecundo, su cuidado amoroso se ha extendido a lo largo de las generaciones y su protección solícita lo ha convertido en patrono de la Iglesia. También es patrono de la buena muerte, él que supo encarnar el sentido oblativo de la vida. Sin embargo, su servicio y sus sacrificios sólo fueron posibles porque estaban sostenidos por un amor más grande: «Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración» (ibíd., 7).

Para san José el servicio, expresión concreta del don de sí mismo, no fue sólo un ideal elevado, sino que se convirtió en regla de vida cotidiana. Él se esforzó por encontrar y adaptar un lugar para que naciera Jesús, hizo lo posible por defenderlo de la furia de Herodes organizando un viaje repentino a Egipto, se apresuró a regresar a Jerusalén para buscar a Jesús cuando se había perdido y mantuvo a su familia con el fruto de su trabaja, incluso en tierra extranjera. En definitiva, se adaptó a las diversas circunstancias con la actitud de quien no se desanima si la vida no va como él quiere, con la disponibilidad de quien vive para servir. Con este espíritu, José emprendió los numerosos y a menudo inesperados viajes de su vida: de Nazaret a Belén para el censo, después a Egipto y de nuevo a Nazaret, y cada año a Jerusalén, con buena disposición para enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas. Se podría decir que era la mano tendida del Padre celestial hacia su Hijo en la tierra. Por eso, no puede más que ser un modelo para todas las vocaciones, que están llamadas a ser las manos diligentes del Padre para sus hijos e hijas.

Me gusta pensar entonces en san José, el custodio de Jesús y de la Iglesia, como custodio de las vocaciones. Su atención en la vigilancia procede, en efecto, de su disponibilidad para servir. «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre» (Mt 2,14), dice el Evangelio, señalando su premura y dedicación a la familia. No perdió tiempo en analizar lo que no funcionaba bien, para no quitárselo a quien tenía a su cargo. Este cuidado atento y solícito es el signo de una vocación realizada, es el testimonio de una vida tocada por el amor de Dios. ¡Qué hermoso ejemplo de vida cristiana damos cuando no perseguimos obstinadamente nuestras propias ambiciones y no nos dejamos paralizar por nuestras nostalgias, sino que nos ocupamos de lo que el Señor nos confía por medio de la Iglesia! Así, Dios derrama sobre nosotros su Espíritu, su creatividad; y hace maravillas, como en José.

Además de la llamada de Dios —que cumple nuestros sueños más grandes— y de nuestra respuesta —que se concreta en el servicio disponible y el cuidado atento—, hay un tercer aspecto que atraviesa la vida de san José y la vocación cristiana, marcando el ritmo de lo cotidiano: la fidelidad. José es el «hombre justo» (Mt 1,19), que en el silencio laborioso de cada día persevera en su adhesión a Dios y a sus planes. En un momento especialmente difícil se pone a “considerar todas las cosas” (cf. v. 20). Medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos y no vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia. Sabe que la existencia se construye sólo con la continua adhesión a las grandes opciones. Esto corresponde a la laboriosidad serena y constante con la que desempeñó el humilde oficio de carpintero (cf. Mt 13,55), por el que no inspiró las crónicas de la época, sino la vida cotidiana de todo padre, de todo trabajador y de todo cristiano a lo largo de los siglos. Porque la vocación, como la vida, sólo madura por medio de la fidelidad de cada día.

¿Cómo se alimenta esta fidelidad? A la luz de la fidelidad de Dios. Las primeras palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque Dios es fiel a sus promesas: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20). No temas: son las palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día.

Esta fidelidad es el secreto de la alegría. En la casa de Nazaret, dice un himno litúrgico, había «una alegría límpida». Era la alegría cotidiana y transparente de la sencillez, la alegría que siente quien custodia lo que es importante: la cercanía fiel a Dios y al prójimo. ¡Qué hermoso sería si la misma atmósfera sencilla y radiante, sobria y esperanzadora, impregnara nuestros seminarios, nuestros institutos religiosos, nuestras casas parroquiales! Es la alegría que deseo para ustedes, hermanos y hermanas que generosamente han hecho de Dios el sueño de sus vidas, para servirlo en los hermanos y en las hermanas que les han sido confiados, mediante una fidelidad que es ya en sí misma un testimonio, en una época marcada por opciones pasajeras y emociones que se desvanecen sin dejar alegría. Que san José, custodio de las vocaciones, los acompañe con corazón de padre.

 

 

Francisco

 

Homilía para el III Domingo de Pascua ciclo B (2021)

La paz esté con ustedes (cf. Lc 24, 35 48)

En el siglo XIII fue construida en Nüremberg, Alemania, una iglesia dedicada a San Sebaldo, ampliada y embellecida a lo largo de los siglos.

Pero en la Segunda Guerra Mundial quedó reducida a escombros, como describe un autor: “20 de abril de 1945… Nüremberg caída… San Sebaldo… una casa de Dios convertida en sepulcro… pisada la cultura de siglos”[1].

Algunos pensaron que nada se podía hacer; que lo mejor era demolerla por completo. Pero otros, valorando lo que era, a pesar de la destrucción, no se desanimaron; reunieron poco a poco, con paciencia, esfuerzo y constancia, las piedras que habían quedado esparcidas y comenzaron a reconstruirla. Y hoy San Sebaldo luce de nuevo en todo su esplendor.

A veces, las penas, las enfermedades, las desilusiones, los problemas, los fracasos, la muerte de un ser querido, nos golpean tanto, que hacen que algo se desplome en nosotros mismos, en nuestro matrimonio, en nuestra familia, en nuestra Iglesia, en nuestros ambientes y en nuestra sociedad. Entonces quizá lleguemos a pensar que ya nada se puede hacer; que hay que resignarse y demoler lo que queda.

Pero Dios no piensa así. A pesar de que con nuestro pecado demolimos su creación y nos derrumbamos, hizo todo para reconstruirnos; envió a su Hijo para que nos rescatara con el único poder capaz de hacerlo: el amor. Y aunque a veces, en medio de tantas cosas demolidas en la vida, nos encerremos en nosotros mismos aprisionados por la duda y el temor, él no deja de ayudarnos: viene a nosotros resucitado, mostrando las “credenciales” de sus heridas, que son la prueba de que su amor, que hace triunfar el bien y la vida.  

Así nos da la paz; esa paz que, como explica san Cirilo, es Dios[2]. Porque resucitando, Jesús, que es Dios hecho uno de nosotros, demostró, como señala el Papa: “ser más poderoso que el pecado y que la muerte”[3] ¡Así nos hace vivir tranquilos[4]! Él no es una ilusión. Reconozcámoslo, arrepintámonos de nuestros pecados y sigámoslo por el camino del amor[5]. Y si volvemos a caer, no desesperemos; él siempre está dispuesto a reconstruirnos de nuevo[6].

Aprendamos de Jesús, y con la ayuda de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas, echémosle ganas, con paciencia, esfuerzo y constancia, para reconstruirnos a nosotros mismos, para reconstruir nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestra Iglesia, nuestra sociedad y nuestro mundo, con la única fuerza capaz de hacerlo: el amor. 

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] ANÓNIMO, San Sebaldo, un monumento a la paz, poema al pie de las fotografías en las columnas de este templo.
[2] En Catena Aurea, 11436.
[3] Regina coeli, 15 de abril 2018.
[4] Cf. Sal 4.
[5] Cf. 1ª. Lectura: Hch 3, 13-15. 17-19.
[6] Cf. 2ª. Lectura: 1 Jn 2, 1-5.

 

Mensaje al Pueblo de Dios CX Asamblea Plenaria de la CEM

“Padre que todos sean uno” (Jn 17, 21)
 
Los obispos de México, reunidos en nuestra CX Asamblea Plenaria en el tiempo Pascual, confiando en Cristo Resucitado que trae luz y esperanza a nuestro caminar, entregamos estas palabras a nuestro amado pueblo mexicano ahora que estamos a punto de celebrar los doscientos años de la consumación de nuestra Independencia.
 
VER
Estamos viviendo tiempos muy complejos en México y el mundo entero; las graves situaciones provocadas por la pandemia han puesto en crisis nuestro sistema nacional de salud, nuestro sistema educativo, la seguridad de los mexicanos y la sana convivencia familiar que ha visto amenazados sus ingresos. Vemos con esperanza que la vacunación ha comenzado y desearíamos que este proceso fuera aún más ágil para que la salud de todos corra menos riesgos, la economía pueda reactivarse, los niños puedan asistir a la escuela, los índices de violencia dentro y fuera de los hogares puedan disminuir. Esperamos tener las condiciones necesarias para retomar el camino de la fraternidad y la reconciliación que nos ayude a reconstruir el tejido social, tan resquebrajado hoy.
 
La recuperación del país se vuelve más compleja al encontrarnos en un período electoral que distrae la atención de los gobernantes y entorpece la aplicación de medidas que den respuesta a las necesidades urgentes del país: vemos con preocupación la creciente polarización de los discursos políticos; el alarmante índice de candidatos asesinados; regiones enteras bajo el yugo del crimen organizado; el maltrato a los migrantes y la militarización de las fronteras; la falta de cuidado de nuestra casa común; la amenaza contra las energías limpias; el escaso interés por el bien común y la verdad; las descalificaciones infundadas de las instituciones democráticas (INE) y los pocos acuerdos políticos que ayudarían a buscar juntos las respuestas que exigen estas graves amenazas.
 
En medio de estas crisis tan graves que atravesamos es preocupante que algunos legisladores estén más atentos a la promulgación de leyes influidas por la ideología de género que polarizan nuestra sociedad, en lugar de promover los valores que han sostenido nuestra nación como la familia, el respeto a la vida, la educación en valores cívicos y la libertad religiosa. Además, omiten estar atentos a que se cumplan las leyes en materia educativa, garantizando una educación no ideologizada, que asuma el diálogo con los padres de familia, maestros y expertos en la elaboración de los libros de texto.
 
JUZGAR
“Que todos sean uno” (Jn 17,21). Este es el deseo del Señor Jesús, que mantengamos la unidad: unidad en el esfuerzo por salir juntos de esta crisis; unidad en el compromiso por los más afectados en esta pandemia; unidad en la solidaridad para salir adelante más fortalecidos; y unidad en la voluntad por reconciliarnos y reconstruir el tejido social, superando las barreras que nos dividen. Estamos convencidos de que la polarización, la división, los intereses personales o partidistas no pueden prevalecer si queremos alcanzar la reconstrucción de nuestra Patria mexicana.
 
Ni el mercado, ni los empresarios, ni la sociedad civil, ni el gobierno por sí solo pueden resolver esta crisis, es necesaria la colaboración de todos. El camino para superar los retos actuales es la participación ciudadana de todos, pues solo juntos podremos ofrecer a los pobres oportunidades que los hagan sujetos de su propio desarrollo, y a quienes sufren de desempleo, oportunidades dignas de trabajo.

Como pastores reconocemos que hoy nos toca a todos aportar lo mejor de nosotros mismos, especialmente la fraternidad y la solidaridad que nos caracteriza, para hacer posible un mejor México. Por ello, exhortamos a todos los actores sociales en México a “reconocer en cada ser humano, un hermano o una hermana, y buscar construir una amistad social que integre a todos. Esto exige la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que hagan realmente posible la fraternidad y la amistad social. Cualquier empeño en esta línea se convierte en un ejercicio supremo de la caridad”. (FT 180).
 
ACTUAR
Urge colaborar juntos en la búsqueda de soluciones para enfrentar la emergencia sanitaria, familiar, educativa, económica y de seguridad: ¡no hay tiempo para divisiones ni descalificaciones! Hemos de aprender a dejar nuestros intereses egoístas, individuales o partidistas, para alcanzar un diálogo por el bien de todos los mexicanos. Así como el Señor Jesús al inicio de su ministerio en Galilea muestra que la realidad del Reino de Dios involucra a todos sin excluir a nadie (Cfr. PGP 116), así también, ya Resucitado, nos hace partícipes de esta misión al llamar a sus discípulos a recomenzar desde Galilea para edificar un mundo nuevo en el amor, la justicia y la paz; por eso hacemos un llamado:
 
• A quienes nos gobiernan o aspiran a hacerlo, los invitamos a reflexionar en su papel fundamental en la promoción de acuerdos que ayuden a superar las crisis que estamos enfrentando. Las campañas que siembran división y polarizan la sociedad nunca serán un camino para el bienestar y la paz; tampoco ayudan las políticas públicas que atentan contra la dignidad de la persona, o contra el medio ambiente. El papa Francisco, invita a quienes ejercen algún cargo político a reflexionar que la pregunta al final de su vida no debería ser: “¿Cuántos me aprobaron; cuántos me votaron; cuántos tuvieron una imagen positiva de mí?”. Sino más bien: “¿Cuánto amor puse en mi trabajo; en qué hice avanzar al pueblo; qué marca dejé en la vida de la sociedad; qué lazos de paz construí; qué fuerzas positivas desaté; o cuánta paz social sembré?”. (FT 197)

• A los votantes los invitamos a ejercer su derecho al voto. Por eso les proponemos informarse lo más posible acerca de la persona y las propuestas que tiene el candidato para que las analicen desde su conciencia de modo que su voto sea libre, razonado y responsable, en coherencia con nuestros valores humanos y cristianos. Hemos de evitar ser cómplices de campañas de desinformación, del apoyo a candidatos que estén en contra de la vida, la institución matrimonial, la dignidad humana, y de la libertad religiosa; así como el apasionamiento extremo que dañe los nexos familiares o sociales que nos unen. No nos dejemos comprar por dádivas o condicionar por amenazas de ningún tipo, nuestro voto ha de ser libre y soberano.

• A los empresarios y responsables del desarrollo económico les reconocemos su papel fundamental en la creación de empleos; al hacerlo los invitamos a no olvidar que su actividad productiva ha de tener como máximo valor la persona, el bien común y la urgencia de que sus acciones se realicen bajo una política sustentable cuidando nuestra casa común. En la búsqueda por recuperar el mercado perdido los exhortamos a no olvidar su compromiso social en la reconstrucción de nuestro país, pues hemos de reconocer que “no todo se resuelve con la libertad de mercado y que, además de rehabilitar una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos” (FT 168).
 
• A las familias les expresamos nuestra empatía por las dificultades que han vivido en este año de confinamiento y nos unimos a su oración por el eterno descanso de sus familiares que han sido llamados por el Dios de la Vida. Manteniendo la esperanza en Jesucristo Resucitado, las exhortamos a guardar la unidad en el amor y a proteger el derecho de la educación de sus hijos. Contra la tentación de la violencia las invitamos a poner en práctica el arte del bien dialogar y a no descuidar su espacio de espiritualidad y oración; porque “la familia que reza unida permanece unida”.
 
• A los médicos, enfermeras y personal de apoyo, les manifestamos nuestro agradecimiento por su extraordinario servicio durante esta pandemia; y por habernos recordado la importancia de servir con amor. Como creyentes vemos en cada enfermo que han atendido al mismo Cristo sufriente, que sea Él quien mejor los recompense con su amor.
 
• A todos los maestros los felicitamos por su servicio generoso, esforzado y creativo durante esta época de pandemia. Reconocemos lo difícil que ha sido cumplir con los deberes de su vocación. Los exhortamos a mantener el espacio educativo libre de la influencia de ideologías que atentan contra nuestra cultura y nuestros valores.

• A todos los agentes de pastoral, sacerdotes, religiosos y laicos, queremos agradecerles su testimonio y compromiso por estar siempre cercanos al Pueblo de Dios en estos tiempos difíciles. Reconocemos que para muchos esto ha significado dar la vida, por ellos elevamos una oración al Señor de la vida para que sea su mejor recompensa; y para quienes continúan arriesgando su vida por encarnar la Misericordia del Buen Samaritano acercando el alimento de la Caridad, la Palabra y la Eucaristía a sus hermanos, los exhortamos a seguir cumpliendo su ministerio con amor, responsabilidad, alegría y generosidad.
 
Los obispos de México abrazamos a todos los mexicanos y los invitamos a sumar esfuerzos para trabajar juntos no por un nacionalismo excluyente, sino por una unidad pluricultural mexicana y universal. Y a todos los católicos los exhortamos a fundamentar esta búsqueda de la unidad en el encuentro con Jesucristo y Santa María de Guadalupe, que desde 1531 marcó la identidad cultural y religiosa de los mexicanos y de manera especial acompañó el movimiento de independencia que se consumó hace 200 años. A ella nos encomendamos para que siga cubriendo con su manto maternal a nuestro querido pueblo de México.

Obispos de México

 

II Domingo de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia 2021

Dichosos los que creen sin haber visto (cf. Jn 20,19-31)

¡Jesús ha resucitado! Sin embargo, quizá, como los discípulos, todavía estemos encerrados en nosotros mismos, sintiendo que es demasiado arriesgado amar a Dios y confiar en él, y amar al prójimo, siendo comprensivos, justos, pacientes, solidarios, serviciales, perdonando y pidiendo perdón en casa y en nuestros ambientes. Pero una existencia clausurada por el temor, no es vida.

Por eso, a pesar de nuestras cerrazones, Jesús viene a nosotros para liberarnos del temor mostrándonos sus heridas, con las que nos hace ver que somos infinita e incondicionalmente amados ¡Él nos ha amado hasta dar la vida! Y ahora, resucitado, nos da la paz de saber que el amor, que en definitiva es Dios, vence al pecado y la muerte, y hace triunfar para siempre el bien y la vida.

Deseoso de que podamos participar de su vida plena y eterna, comunicándonos la fuerza de su Espíritu de amor, Jesús nos comparte la misión que el Padre le confió: amar y hacer el bien, a pesar de que encontremos cerrazones, como la de Tomás, que por más que los discípulos le compartían la alegría vital de la resurrección de Jesús, no creía.

Pero Jesús no se hartó, ni mandó a volar a Tomás ¡Su misericordia es eterna[1]! Por eso, como dice san Juan Crisóstomo: “Porque Tomás lo pidió, el Señor… no le desoyó”[2]; se presentó a los ocho días en medio de la comunidad y le hizo tocar las señales del amor que hace la vida por siempre feliz. Entonces Tomás, liberándose del temor y resucitando a la vida plena y eterna del amor[3], confesó: “Señor mío y Dios mío”.

“Sólo… faltaba, Tomás –comenta el Papa–, pero el Señor lo esperó. La misericordia no abandona a quien se queda atrás” [4]. Aunque a veces nos caigamos y nos quedemos atrás, Dios nos ayuda, porque nunca deja de amarnos ¡Siempre está dispuesto a echarnos la mano a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas! Y nos invita a que, como él, le echemos la mano a los demás.

Quizá, como santa Faustina, lleguemos a quejarnos de que algunos abusen de nuestra bondad. “No te fijes en eso –le respondió Jesús–, tú sé siempre misericordiosa con todos”[5]. ¿Porqué lo dice? Porque él sabe que el amor, que nos hace capaces de buscar la unidad y de compartir nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestras cosas para que nadie pase necesidad[6], es el auténtico poder capaz de hacer resucitar nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestra sociedad y nuestro mundo.

¡Confiemos en Jesús! ¡Dejémosle que nos libere de la cerrazón del egoísmo y del temor! En este Domingo de la Divina Misericordia, experimentemos la seguridad y la paz que él nos da, escuchando cómo nos repite aquello que dijo a santa Faustina: “El alma que confía en Mí misericordia es la más feliz porque Yo mismo tengo cuidado de ella… Mi amor no desilusiona a nadie” [7].

 

+ Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal 117.
[2] In Ioannem, hom. 86.
[3] Cf. 2ª Lectura: 1 Jn 5,1-6.
[4] Santa Misa de la Divina Misericordia, II Domingo de Pascua, 19 de abril 2020.
[5] Diario, 1446.
[6] Cf. 1ª Lectura: Hch 2, 42-47.
[7] Diario, 1273 y 29.

 

Papa Francisco: la Pascua da esperanza

Este Domingo de Resurrección, en una mañana soleada y fresca y en medio del cierre casi total de las actividades en Italia a causa de la pandemia, el Papa Francisco dice: “Hoy resuena en cada lugar del mundo el anuncio de la Iglesia: “Jesús, el crucificado, ha resucitado, como había dicho. Aleluya”.

El anuncio de la Pascua no es un espejismo o una vía de escape

Francisco, en el mensaje con motivo de la bendición Urbi et Orbi, insistió en que el anuncio de la Pascua no muestra un espejismo o una fórmula de escape ante la situación que estamos viviendo: “La pandemia todavía está en pleno curso, la crisis social y económica es muy grave, especialmente para los más pobres; y a pesar de todo —y es escandaloso— los conflictos armados no cesan y los arsenales militares se refuerzan. Este es el escándalo de hoy”.

“El anuncio de Pascua recoge en pocas palabras un acontecimiento que da esperanza y no defrauda: “Jesús, el crucificado, ha resucitado”. No nos habla de ángeles o de fantasmas, sino de un hombre, un hombre de carne y hueso, con un rostro y un nombre: Jesús”, afirmó el Obispo de Roma.

Dios resucitó a su hijo porque cumplió su voluntad de salvación

“Dios Padre resucitó a su Hijo Jesús porque cumplió plenamente su voluntad de salvación: asumió nuestra debilidad, nuestras dolencias, nuestra misma muerte; sufrió nuestros dolores, llevó el peso de nuestras iniquidades. Por eso Dios Padre lo exaltó y ahora Jesucristo vive para siempre, es el Señor”, afirmó el Romano Pontífice.

Cristo resucitado es esperanza

Francisco prosiguió afirmando que las llagas en las manos, pies y costado de Jesús, “estas heridas son el sello perpetuo de su amor por nosotros”.

El resucitado, subraya Francisco, es esperanza para todos los que sufren a causa de la pandemia, para los enfermos y para los que han perdido un ser querido. “Que el Señor dé consuelo y sostenga las fatigas de los médicos y enfermeros. Todas las personas, especialmente las más frágiles, precisan asistencia y tienen derecho a acceder a los tratamientos necesarios”. Seguidamente el Pontífice llamó a continuar con el proceso de vacunación: “en el espíritu de un “internacionalismo de las vacunas”, insto a toda la comunidad internacional a un compromiso común para superar los retrasos en su distribución y para promover su reparto, especialmente en los países más pobres”.

Cristo resucitado es consuelo

El Papa recogió las duras condiciones de vida que viven quienes han perdido el trabajo o están en problemas económicos. “Que el Señor inspire la acción de las autoridades públicas para que todos, especialmente las familias más necesitadas, reciban la ayuda imprescindible para un sustento adecuado. Desgraciadamente, la pandemia ha aumentado dramáticamente el número de pobres y la desesperación de miles de personas”.

Seguidamente, pidió por Haití: “Y precisamente al querido pueblo haitiano se dirige en este día mi pensamiento y mi aliento, para que no se vea abrumado por las dificultades, sino que mire al futuro con confianza y esperanza”.  A continuación, el Papa dijo: “Y les digo que mi pensamiento va especialmente a ustedes, queridos hermanos y hermanas haitianos: estoy cerca de ustedes, estoy cerca de ustedes, y quisiera que los problemas se resolvieran definitivamente para ustedes. Rezo por ello, queridos hermanos y hermanas haitianos”.

El resucitado, esperanza para los jóvenes

Francisco expresó: “Jesús resucitado es esperanza también para tantos jóvenes que se han visto obligados a pasar largas temporadas sin asistir a la escuela o a la universidad, y sin poder compartir el tiempo con los amigos. Todos necesitamos experimentar relaciones humanas reales y no sólo virtuales, especialmente en la edad en que se forman el carácter y la personalidad”.

Igualmente, el Papa expresó su cercanía a todos los jóvenes del mundo, particularmente a “los de Myanmar, que están comprometidos con la democracia, haciendo oír su voz de forma pacífica, sabiendo que el odio sólo puede disiparse con el amor”.

El Resucitado, fuente de renacimiento para los emigrantes

“Que la luz del Señor resucitado sea fuente de renacimiento para los emigrantes que huyen de la guerra y la miseria. En sus rostros reconocemos el rostro desfigurado y sufriente del Señor que camina hacia el Calvario. Que no les falten signos concretos de solidaridad y fraternidad humana, garantía de la victoria de la vida sobre la muerte que celebramos en este día” afirmó el Papa. A continuación, agradeció la solidaridad de Líbano y Jordania porque reciben a tantos refugiados que han huido del conflicto sirio.

Agradecimiento a los pueblos que acogen a migrantes

El Papa también pidió por el pueblo del Líbano y dijo: “Que el pueblo libanés, que atraviesa un período de dificultades e incertidumbres, experimente el consuelo del Señor resucitado y sea apoyado por la comunidad internacional en su vocación de ser una tierra de encuentro, convivencia y pluralismo”.

Acallar las armas

El Papa pidió por Siria, “donde millones de personas viven actualmente en condiciones inhumanas”. También pidió por Yemen: “cuyas vicisitudes están rodeadas de un silencio ensordecedor y escandaloso y por Libia: “donde finalmente se vislumbra la salida a una década de contiendas y enfrentamientos sangrientos”. Francisco llama a todas las partes involucradas a cesar el sufrimiento de estos pueblos y a permitir que “los pueblos devastados por la guerra vivan en paz”.

Francisco expresó sus deseos para que los Palestinos e israelíes “vuelvan a encontrar la fuerza del diálogo para alcanzar una solución estable, que permita la convivencia de dos Estados en paz y prosperidad”.

El Obispo de Roma hizo memoria de Iraq, país que visitó recientemente y dijo: “pido pueda continuar por el camino de pacificación que ha emprendido, para que se realice el sueño de Dios de una familia humana hospitalaria y acogedora para todos sus hijos”.[1]

Francisco también dirigió su mirada hacia África, donde algunos países “ven su futuro amenazado por la violencia interna y el terrorismo internacional” y citó a Sahel y Nigeria, la región de Tigray y Cabo Delgado. Pidió que se continúen los esfuerzos por encontrar soluciones pacíficas a los conflictos, respetando los derechos humanos y la sacralidad de la vida.

“Todavía hay demasiadas guerras, demasiada violencia en el mundo”

“Que el Señor, que es nuestra paz, nos ayude a vencer la mentalidad de la guerra”, dijo Francisco y pidió para que los prisioneros de los conflictos en Ucrania oriental y en Nagorno-Karabaj, que puedan volver sanos y salvos con sus familias. También pidió para al Señor que “inspire a los líderes de todo el mundo para que se frene la carrera armamentista”.

El Obispo de Roma recordó que el 4 de abril se celebra el Día Mundial contra las minas antipersona, artefactos que calificó como “artefactos arteros y horribles que matan o mutilan a muchos inocentes cada año (…) ¡Cuánto mejor sería un mundo sin esos instrumentos de muerte!”

El Papa expresó sus deseos “para todas las restricciones a la libertad de culto y de religión en el mundo, sean eliminadas y que cada uno pueda rezar y alabar a Dios libremente”.

Francisco terminó su alocución con las siguientes palabras: A la luz del Señor resucitado, nuestros sufrimientos se transfiguran. Donde había muerte ahora hay vida; donde había luto ahora hay consuelo. Al abrazar la Cruz, Jesús ha dado sentido a nuestros sufrimientos. Y ahora recemos para que los efectos beneficiosos de esta curación se extiendan a todo el mundo. ¡Feliz Pascua, serena y santa a todos!

 

[1] Cf. Encuentro Interreligioso en Ur (6 marzo 2021).

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