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Homilía para el domingo XXIX Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

El hijo del hombre ha venido a servir (cf. Mc 10, 35-45)

¡Te gané! ¿Cuántas veces pensamos o decimos algo así? Porque, siendo honestos, nos gusta tener la última palabra, brincarnos las trancas, dominar y lograr que se haga lo que nosotros queremos. Esa tentación nos acecha a todos ¡Hasta a los apóstoles!

Así le pasó a Juan y a Santiago, que, como explica Crisóstomo, le pidieron a Jesús tener supremacía sobre los demás[1].

¿Pero porqué buscamos imponernos? Porque parece la única manera de salir adelante. Sin embargo, en realidad, con eso provocamos injusticias y conflictos que lastiman a los que nos rodean, y que tarde o temprano se nos revierten. ¿A caso no muchos pleitos en casa y en la sociedad son luchas de poder? ¿Qué son los berrinches, los chismes, las trampas y la violencia, sino intentos de someter a la familia y a los otros?

Pero Jesús nos hace ver que puede ser diferente; que el auténtico éxito lo alcanza el que ama y contribuye a construir un hogar y un mundo en el que él y los demás puedan vivir en paz. ¡Jesús mismo lo ha hecho! Enviado por el Padre, nos liberó del pecado y mejoró nuestra existencia haciéndonos partícipes de la vida por siempre feliz de Dios[2]. Así nos demuestra que solo el amor, que es servicial, puede ofrecernos una vida digna y un futuro.

Abramos los ojos. No dejemos que la infección del poder nos hinche de tal manera que, como dice san Agustín, parezcamos grandes, cuando en realidad estamos enfermos[3]. Escuchemos a Jesús, que, como dice el Papa: “Nos invita a pasar del afán del poder al gozo de servir”[4].

Así nos liberaremos de la ansiedad de luchar para someter a los que nos rodean, y alcanzaremos la tranquilidad de ser felices haciéndolos felices. Para eso, acerquémonos al Señor[5], a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía y de la oración, y pidámosle su ayuda[6]. Él nos dará la fuerza de su amor para que, amando y sirviendo, alcancemos la verdadera grandeza que nunca acabará.

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

[1] Homiliae in Matthaeum, hom. 65, 2.

[2] Cf. 1ª Lectura: Is 53, 10-11 /o Is 60, 1-6.

[3] Cf. Sermón 16.

[4] Homilía Santa Misa, XXIX Domingo Ordinario,  18 de octubre de 2015.

[5] Cf. 2ª Lectura: Hb 4, 14-16.

[6] Cf. Sal 32.

Homilía para el XXVIII Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Si quieres ser perfecto (cf. Mc 10, 17-30)

Muchos se conforman con una buena vida. Pero otros se dan cuenta que en este mundo todo es limitado y se termina, y quieren ir más allá.Ese fue el caso del hombre del Evangelio ¡Le tiraba a lo grande! Por eso se acercó a Jesús y le preguntó qué debía hacer para que su vida fuera plena y eterna. Comprendió que saber lo que debe hacerse, es decir, adquirir sabiduría, es lo más valioso, porque con ella se alcanzan los verdaderos bienes: ¡ser felices por siempre![1].

Y Jesús le echó la mano. Comenzó haciéndole ver que él no es un maestro más, sino Dios[2], la mismísima bondad y el único que puede mostrarnos el camino para alcanzar, como dice el Papa, una vida plena y sin límites[3]. Lo hace a través de sus Mandamientos, que, como un mapa, nos indican cómo llegar al tesoro de una vida llena de sentido y eternamente dichosa.

Sin embargo, al ver a Jesús, que por amor siendo Dios se hizo uno de nosotros para salvarnos, aquél hombre se dio cuenta que, como dice san Beda: “no es suficiente la observancia de la Ley para los que desean ser perfectos”[4]. Y Jesús, mirándolo con amor, se lo confirmo invitándolo a ir más allá; le propuso ser perfecto, compartiendo lo que tenía con los más necesitados y siguiéndolo por el camino del amor.

Pero al oír esto, el hombre se fue apesadumbrado. Le tiraba a lo grande, pero el apego a lo que tenía, como un ancla, le impidió seguir adelante. No entendió que en el esfuerzo para dejar lo que no nos permite avanzar y lanzarnos a amar[5], Dios nos echa la mano, a través de su Palabra, que es viva y eficaz[6], a través de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas. ¡Él hace posible lo que para nosotros es imposible!

Iluminados por Dios vemos lo que es la vida[7]. Nos damos cuenta que este mundo es transitorio. Que debemos fijar la mirada en la meta y darle a cada cosa su lugar. Que no vivimos solos. Que por el bien de todos debemos ayudar a sacar adelante a la humanidad. Que vale la pena liberarnos de los apegos egoístas y ser compartidos[8]. Porque, como explica san Teofilacto, las riquezas no son malas, si, en lugar de atesorarlas, las usamos en lo que es bueno[9].

¡Tenemos tantas riquezas! Vida, tiempo, sentimientos, inteligencia, voluntad, conocimientos, experiencias, capacidad de amar, fe, bienes. No las atesoremos solo para nosotros. Superemos el “mías para mí”. Seamos compartidos con la familia y con los que nos rodean, especialmente con los más necesitados, para ayudarles a tener una vida digna, realizarse, encontrar a Dios y ser felices. Así nuestra vida será plena en esta tierra y felicísima por siempre en el cielo.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Sb 7,7-11.
[2] Cf. San Beda, In Marcum, 3, 40; san Teofilacto, en Catena Aurea, 7017.
[3] Ángelus, Domingo 11 de octubre de 2015.
[4] In Marcum, 3, 40.
[5] Cf. Papa Francisco, Homilía 14 de octubre 2018.
[6] Cf. 2ª Lectura: Hb 4,12-13.
[7] Cf. Sal 89.
[8] Cf. Aclamación: Mt 5, 3.
[9] Cf. En Catena Aurea, 7010.

 

Homilía para el XXVII Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre (cf. Mc 10, 2-16)

Sin duda, hay momentos en el matrimonio en que dan ganas de mandar a volar a la pareja. Por eso, quizá nos hemos planteado la misma pregunta de los fariseos: “¿Se vale el divorcio?”.

Jesús responde que para entender las cosas hay que ir al origen: al proyecto de Dios, que nos creó para vivir conectados con las demás criaturas, en una relación que alcanza su culmen en la unión del hombre y la mujer[1]. ¡Así nos realizamos!

Sin embargo, a raíz del pecado que cometimos, todo se complicó: nos encerramos tanto en nosotros mismos y nos distanciamos de tal manera de él y de los demás, que decimos y hacemos cosas que nos dañan a nosotros y a la pareja. Como aquel que, a la pregunta de su esposa: “Crees en el amor a primera vista”, contesta: “¡Claro! Si te hubiera visto dos veces no me caso contigo”. O la que le dice al marido: “Me recuerdas al mar”, a lo que orgulloso, exclama: “Tanto me admiras”. “No –dice ella–. Me mareas”.

¿Pero a qué lleva todo eso?: a la soledad. Y no estamos hechos para vivir solos. La soledad nos acaba. Por eso, para ayudarnos a arreglar lo que descompusimos, el Padre envió a Jesús, que, haciéndose uno de nosotros y amando hasta dar la vida, nos ha liberado del pecado, nos ha compartido su Espíritu y nos ha hecho hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz[2].

Así nos demuestra que solo el amor construye. Es lo que quiere que entendamos al explicar que no es lícito destruir la conexión entre hombre y mujer, que Dios unió con un sacramento, y que es la base sobre la que se construye la familia y la sociedad. Solo en casos graves, en los que está en peligro el bien físico, emocional o moral de la pareja o de los hijos, puede considerarse necesaria la separación, como enseña el Papa[3]. Pero antes hay que agotar hasta el último recurso.

Quizá nos cueste entenderlo, sobre todo en esta época en la que parece que lo más importante es sentirse a gusto y hacer a un lado lo que incomoda, sin pensar en los demás. Jesús lo sabe. Por eso nos hace ver que para comprender lo que nos enseña debemos ser sencillos y abiertos, como los niños, que están dispuestos a aprender.

En el matrimonio habrá momentos difíciles. Pero no nos precipitemos, porque corremos el riesgo de decidir cosas que después podemos lamentar al ver el daño que nos provocan a nosotros y a los hijos. “El amor herido –recuerda el Papa– puede ser sanado por Dios a través de la misericordia y el perdón” [4].

Por nuestro bien, por el bien de la familia y por el bien de toda la sociedad, hagámosle caso a Jesús. Y con la fuerza que él nos da a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y del prójimo, amémonos unos a otros[5]. Así, como dice san Beda, recibiremos su bendición[6], y nos irá bien[7].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Gn 2, 18-24.
[2] Cf. 2ª Lectura: Hb 2, 9-11.
[3] Cf. Cf. Audiencia General, 24 junio 2015.
[4] Ángelus, 7 de octubre 2018.
[5] Cf. Aclamación: 1 Jn 4, 12.
[6] Cf. In Marcum, 3, 40.
[7] Cf. Sal 127.

 

El Papa a los jóvenes: «¡Levántate! No puedes quedarte tirado… una misión te espera»

La Santa Sede ha publicado este lunes el mensaje de Francisco de cara a la XXXVI Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en toda la Iglesia el próximo 21 de noviembre, en la solemnidad de Cristo Rey.

Esta jornada se celebrará en las diócesis a la espera de que en 2023 los jóvenes sean llamados a participar en Lisboa. Sin embargo, el Papa quiere potenciar estas JMJ intermedias para exhortar a los jóvenes. “¡Levántate! Te hago testigo de las cosas que has visto!”, es el lema de esta edición y cuya cita bíblica es Hechos de los Apóstoles 26, 16.

“¡Levántense y celebren la JMJ en las Iglesias particulares!”, es el llamado del Papa a los jóvenes, pero también a los obispos y todos los responsables de la pastoral juvenil.

De este modo, el Santo Padre ha renovado la invitación a los jóvenes del mundo de “formar parte de esta peregrinación espiritual que nos llevará a celebrar la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa en 2023”.

“Espero que todos nosotros podamos vivir estas etapas como verdaderos peregrinos y no como ‘turistas de la fe’. Abrámonos a las sorpresas de Dios, que quiere hacer resplandecer su luz en nuestro camino. Abrámonos a escuchar su voz, también por medio de nuestros hermanos y hermanas en la fe. De esta manera nos ayudaremos unos a otros a levantarnos juntos, y en este difícil momento histórico seremos profetas de tiempos nuevos, llenos de esperanza”, ha indicado en este mensaje lanzado al mundo.

El Papa habló de la pandemia y de las pérdidas humanas y el aislamiento social que ha afectado tanto a los jóvenes. Por ello, explica que “si la prueba nos mostró nuestras fragilidades, también hizo que aparecieran nuestras virtudes, como la predisposición a la solidaridad. En cada rincón del mundo vimos muchas personas, entre ellas numerosos jóvenes, luchar por la vida, sembrar esperanza, defender la libertad y la justicia, ser artífices de paz y constructores de puentes”.

En este sentido, el Papa recalca que “cuando un joven cae, en cierto sentido cae la humanidad. Pero también es verdad que cuando un joven se levanta, es como si se levantara el mundo entero”.

“Queridos jóvenes, ¡qué gran potencialidad hay en sus manos! ¡Qué fuerza tienen en sus corazones!”, les exhorta.

Francisco quiere colocar a los jóvenes en el centro, que se sientan protagonistas. Y por eso ha elegido esta cita de los Hechos en los que Jesús le dice a San Pablo: “¡Levántate!”.

Y por ello, el Pontífice les recuerda: “Hoy, una vez más, Dios le dice a cada uno de ustedes: ‘¡Levántate!’. Espero de todo corazón que este mensaje nos ayude a prepararnos para tiempos nuevos, para una nueva página en la historia de la humanidad. Pero, queridos jóvenes, no es posible recomenzar sin ustedes. Para volver a levantarse, el mundo necesita la fuerza, el entusiasmo y la pasión que tienen ustedes”.

El versículo que inspira el lema de la Jornada Mundial de la Juventud 2021 está tomado del testimonio de Pablo ante el rey Agripa, mientras se encontraba detenido en la cárcel. Él, que un tiempo fue enemigo y perseguidor de los cristianos, ahora es juzgado por su fe en Cristo. Habían pasado unos veinticinco años cuando el Apóstol narra su historia y el episodio fundamental de su encuentro con Cristo, explica el Papa en su escrito.

Francisco prosigue indicando que “sólo un encuentro personal —no anónimo— con Cristo cambia la vida. Jesús muestra que conoce bien a Saulo, que ‘conoce su interior’. Aun cuando Saulo es un perseguidor, aun cuando en su corazón siente odio hacia los cristianos, Jesús sabe que esto se debe a la ignorancia y quiere demostrar su misericordia en él. Será justamente esta gracia, este amor inmerecido e incondicional, la luz que transformará radicalmente la vida de Saulo”.

Por otro lado, siguiendo con su reflexión insiste a los jóvenes en que “no podemos dar por descontado que todos conocen a Jesús, aun en la era de internet. La pregunta que muchas personas dirigen a Jesús y a la Iglesia es justamente esta: ‘¿Quién eres?’. En todo el relato de la vocación de san Pablo esta es la única vez en la que él habla. Y a su pregunta, el Señor responde sin demora: ‘Yo soy Jesús, al que tú persigues’”.

Del mismo modo, Francisco afirma que “cuántas veces hemos oído decir: ‘Jesús sí, la Iglesia no’, como si uno pudiera ser una alternativa a la otra. No se puede conocer a Jesús si no se conoce a la Iglesia. No se puede conocer a Jesús si no por medio de los hermanos y las hermanas de su comunidad. No nos podemos llamar plenamente cristianos si no vivimos la dimensión eclesial de la fe”.

Además, quiso recalcar que “ningún joven está fuera del alcance de la gracia y de la misericordia de Dios. De ninguno se puede decir: está demasiado lejos, es demasiado tarde. ¡Cuántos jóvenes tienen la pasión de oponerse e ir contracorriente, pero llevan escondida en el corazón la necesidad de comprometerse, de amar con todas sus fuerzas, de identificarse con una misión! Jesús, en el joven Saulo, ve exactamente esto”.

Siguiendo con su mensaje, el Papa también alertó de que existe “el peligro de luchar por causas que en el origen defienden valores justos pero que, llevadas al extremo, se vuelven ideologías destructivas. ¡Cuántos jóvenes hoy, tal vez empujados por las propias convicciones políticas o religiosas, terminan por convertirse en instrumentos de violencia y destrucción en la vida de muchos! Algunos, nativos digitales, encuentran en el ámbito virtual y en las redes sociales el nuevo campo de batalla, utilizando sin escrúpulos el arma de las noticias falsas para esparcir veneno y destruir a sus adversarios”.

Por ello, les recuerda que cuando Dios irrumpió en la vida de Pablo “no anuló su personalidad, no borró su celo y su pasión, sino que hizo fructificar sus talentos para hacer de él el gran evangelizador hasta los confines de la tierra”.

Y por último Francisco lanza un gran desafío a los jóvenes, que reproducimos a continuación:

“Hoy la invitación de Cristo a Pablo se dirige a cada una y cada uno de vosotros, jóvenes: ¡Levántate! No puedes quedarte tirado en el suelo sintiendo pena de ti mismo, ¡hay una misión que te espera! También tú puedes ser testigo de las obras que Jesús ha comenzado a realizar en ti. Por eso, en nombre de Cristo, te digo:

Levántate y testimonia tu experiencia de ciego que ha encontrado la luz, que ha visto el bien y la belleza de Dios en sí mismo, en los otros y en la comunión de la Iglesia que vence toda soledad.

Levántate y testimonia el amor y el respeto que es posible instaurar en las relaciones humanas, en la vida familiar, en el diálogo entre padres e hijos, entre jóvenes y ancianos.

Levántate y defiende la justicia social, la verdad, la honradez y los derechos humanos; a los perseguidos, a los pobres y los vulnerables, a los que no tienen voz en la sociedad y a los inmigrantes.

Levántate y testimonia la nueva mirada que te hace ver la creación con ojos maravillados, que te hace reconocer la tierra como nuestra casa común y que te da el valor de defender la ecología integral.

Levántate y testimonia que las existencias fracasadas pueden ser reconstruidas, que las personas que ya han muerto en el espíritu pueden resurgir, que las personas esclavas pueden volverse libres, que los corazones oprimidos por la tristeza pueden volver a encontrar la esperanza.

¡Levántate y testimonia con alegría que Cristo vive! Difunde su mensaje de amor y salvación entre tus coetáneos, en la escuela, en la universidad, en el trabajo, en el mundo digital, en todas partes.

El Señor, la Iglesia, el Papa confían en ustedes y los constituyen testigos para tantos otros jóvenes que encuentran en los “caminos de Damasco” de nuestro tiempo. No se olviden: ‘Si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús’ (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 120)”.

 

religionenlibertad.com

 

Homilía para el XXVI Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

El que no está contra nosotros está a favor nuestro (cf. Mc 9,38-43.45.47-48)

Iba un conductor por la carretera, cuando de pronto tuvo que esquivar un coche que salió de una curva e invadió su carril. El otro pasó y le gritó: “¡Burro!”. Enojado le contestó: “¡Cerdo!”. Dio la vuelta en la curva… y chocó contra un burro. El otro no lo había insultado, sino que trató de prevenirlo. Pero él no supo entender.

¿Cuál fue la causa? La soberbia, que nos hace desconfiar del bien que la gente más inesperada puede hacer. Eso fue lo que sucedió a los discípulos, que, al ver a uno que hacía el bien en nombre de Jesús, se lo prohibieron, porque no era de su grupo. Creyeron que habían hecho bien. Pero en realidad, su cerrazón no les permitió apreciar lo que hacía y hasta lo bloquearon, impidiendo con eso que muchos fueran beneficiados.

Quizá también nosotros seamos así. En lugar de reflexionar en los consejos de papá o de mamá, decimos: “Ustedes no me entienden”. En lugar de meditar lo que los hijos expresan, exclamamos: “Tú que vas a saber, eres un huerco, te falta experiencia”. En lugar de escuchar a la pareja cuando intenta hacernos ver algo, comentamos: “Esas son ideas tuyas”.

Esto, porque la soberbia, que nos hace desconfiados, nos empuja a encajonar a las personas en “amigo/enemigo”, “nosotros/ellos”, como explica el Papa[1]. Sin embargo, muchas veces Dios actúa a través de quienes menos lo esperamos. ¿Qué se necesita para descubrirlo? Apertura.

San Beda lo comprendió. Por eso decía: “no debemos oponernos al bien de cualquier parte que venga, sino procurarlo”[2]. Hay que estar abiertos al bien que puede hacer un familiar, un vecino, un compañero. No subestimemos a nadie, ni seamos envidiosos, sino que, como Moisés, alegrémonos del bien que Dios puede hacer a través de cualquiera[3].

Dios puede realizar maravillas y ayudarnos a través de un niño, de un adolescente, de un joven, de un adulto, de un anciano. Puede hacerlo por medio de papá, de mamá, de un hijo, de la pareja, de un amigo, de un compañero. Puede hacerlo a través de alguien sin preparación, sin recursos y necesitado. Puede hacerlo, incluso, mediante aquellos que, según nuestras categorías, no están cerca de él.

Reconozcámoslo. Así podremos darnos cuenta de lo mucho que perdemos cuando defraudamos a los demás o somos indiferentes a sus necesidades[4]. Entonces seremos capaces de tomar la decisión correcta: quitar de nosotros aquellas actitudes, vicios, costumbres o malas compañías que nos dañan a nosotros y a los que nos rodean.

Hagámoslo con la ayuda que Dios nos da a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración, y de las personas. Él nos transmitirá la fuerza de su amor para liberarnos de la soberbia[5], y así, saber reconocer, valorar, aprovechar y promover cualquier gesto e iniciativa de bien, venga de donde venga.

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Ángelus, 30 de septiembre de 2018.
[2] In Marcum, 3, 39.
[3] Cf. 1ª Lectura: Nm 11, 25-29.
[4] Cf. 2ª Lectura: St 5, 1-6.
[5] Cf. Sal 18.

 

Decreto para Celebrar a Santa María de Guadalupe en Domingo de Adviento

Ciudad de México, a 20 de septiembre del 2021.
Prot. Nº78/21

La celebración de Santa María de Guadalupe es centenaria y de gran arraigo en el pueblo de México, tanto en los fieles laicos como en la vida religiosa y los ministros ordenados, y con razón ha sido establecida como fiesta de precepto en nuestra Patria.  En efecto, los fieles acuden a ella e imploran su maternal protección constantemente, pero cada año, de forma muy especial el 12 de diciembre. 

A petición de los Obispos de México, la Sede Apostólica nos ha autorizado la dispensa que, cuando el 12 de diciembre coincida con un Domingo de Adviento, se celebre la solemnidad de Santa María de Guadalupe.  Sabiendo que la Virgen María está claramente asociada al misterio de la salvación y alienta con su ejemplo e intercesión a esperar gozosa y devotamente la venida del Señor.  Es así que, con un gran gesto de benevolencia y solicitud amorosa del Santo Padre, el 17 de enero del 2013, mediante el Decreto Prot. N. 302/12/L, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos autorizó a la Conferencia del Episcopado Mexicano poder dar la mencionada dispensa a través de un Decreto dado en los años en que acontezca esta coincidencia.

En consecuencia, para el año 2021, en el cual el 12 de diciembre coincidirá también con el III Domingo de Adviento, la Conferencia del Episcopado Mexicano autoriza para que, en las celebraciones con asistencia del pueblo, se puedan usar los textos litúrgicos de la solemnidad de Santa María de Guadalupe, tanto en la celebración de la Eucaristía como de la Liturgia de las Horas.  Sin embargo, para que no se pierda el sentido del Domingo de Adviento, de acuerdo al Código de Derecho Canónico, c. 455 y los Estatutos de la CEM, art. 15, y de acuerdo con las indicaciones de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, se decreta, para las misas vespertinas y para todas las misas del 12 de diciembre de 2021, lo siguiente:

  1. La segunda lectura de la Misa sea del III Domingo de Adviento;
  2. en la homilía se haga mención del Adviento;
  3. en la Oración de los fieles se haga al menos una petición con el sentido del Adviento y se concluya con la Oración colecta del Domingo de Adviento

 

+Jonás Guerrero Corona 

Obispo de Culiacán
Presidente  Comisión para la Pastoral Litúrgica de la CEM

 

+Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey
Presidente de la CEM

 

+Alfonso G. Miranda Guardiola

Obispo Auxiliar de Monterrey
Secretario General de la CEM

 

Homilía para el XXV Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Si alguno quiere ser el primero, que sea el siervo de todos (cf. Mc 9, 30-37)

“Tienes que salir”, le dijeron a Rick Rescorla, que había logrado salvar a más de dos mil personas tras el ataque a las Torres Gemelas. Él respondió: “Debo asegurarme que todos estén a salvo”.

Fue visto por última vez en el piso 10, antes de que la Torre Sur se derrumbara. “Podría haber salido –comenta una testigo–. Pero eligió volver a subir”[1].

Will Jimeno, migrante colombiano, estaba ayudando a evacuar la Torre Norte, cuando ésta colapsó y quedó atrapado y malherido. Pensó que no volvería a ver a su hija de 4 años y que no conocería al bebé que su esposa esperaba. Pero dos ex marines y un ex paramédico, que decidieron ir a ayudar al ver en los noticiaros lo que estaba sucediendo, bajaron varios metros por entre los escombros para rescatarlo[2].

¿Qué motivó a esas personas a arriesgar su vida para salvar a otros que ni siquiera conocían, como lo han hecho en esta pandemia el personal sanitario y muchos voluntarios? La conciencia de que todos somos importantes. ¡Eso es lo que enseña Jesús! Él mismo lo arriesgó todo para rescatarnos de los escombros del pecado y unirnos a Dios, que nos hace felices por siempre. No se detuvo ante la humillación, la tortura y la muerte a que lo sometieron aquellos que, creyéndose los primeros, sentían que les hacía sombra[3], sino que, muriendo y resucitando hizo triunfar el bien y la vida.

Así nos enseña a vencer una de las peores tentaciones: sentir que somos más importantes que los demás; que los papás, la pareja, los hijos y los que nos rodean están para servirnos. Y eso nos pasa desde pequeños, como reconoce san Agustín al recordar su infancia: “me indignaba de que mis mayores no se me sometieran… y llorando me vengaba de ellos”[4].  

Eso es un berrinche. Algo que hacemos niños, jóvenes y adultos para presionar a los demás a que hagan lo que queremos. También la seducción, el chantaje, la manipulación, el engaño, el bullying, las trampas y la violencia son intentos de someter a los otros. Pero eso, que es fruto de nuestras malas pasiones, nos daña a nosotros y a los demás, porque provoca injusticias, problemas y pleitos en casa, en la escuela, en el trabajo y en el mundo[5].

Sin embargo, Jesús nos hace ver que las cosas pueden ser diferentes; que el amor hace posible que todo mejore en nosotros, en casa y en el mundo, porque nos permite comprender que todos somos importantes, y que la auténtica grandeza es, como dice el Papa: “servir a los demás, no servirse de los demás”[6].

Todos somos importantes, porque somos imagen y semejanza de Dios. Lo somos desde el momento de la concepción, en las buenas y en las malas, con nuestros aciertos y nuestros errores. Lo somos nosotros, y también la pareja, la familia, los compañeros, e incluso los que parecen insignificantes a los ojos del mundo. Si lo comprendemos, sabremos echarles la mano para ayudarlos a vivir con dignidad, realizarse, encontrar a Dios y ser felices.

Y si nos asecha la tentación de sentirnos más importantes que los otros, acudamos a Dios[7]. Él, a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía y de la oración, nos dará la fuerza de su amor para ubicarnos, y amar y servir. Así estaremos en paz, ayudaremos a construir una familia y un mundo mejor, y alcanzaremos la eternidad[8].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. National Geographic, 11-S: Testigos de la Tragedia.
[2] Ídem.
[3] Cf. 1ª Lectura: Sb 2, 12.17-20.
[4] Confesiones, I, 6,2.
[5] Cf. 2ª Lectura: St 3,16-4,3.
[6] Cf. Homilía en la Misa celebrada en la Plaza de la Revolución, La Habana, Domingo 20 de septiembre de 2015.
[7] Cf. Sal 53.
[8] Cf. Aclamación: 2 Tes 2, 14.

 

Homilía para el XXIV Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Tu eres el Mesías (cf. Mc 8, 27-35)

Como a los discípulos, Jesús nos pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Así, como explica el Papa, nos pide interesarnos por los demás; estar cerca de ellos, escucharlos, saber lo que sienten, lo que piensan y lo que viven[1]. ¿Quién es Jesús para mi familia, para mi novia o mi novio, para mis amigos y para la gente que me rodea? ¿Qué significa en sus vidas? ¿Qué tanto me importa que lo conozcan y que estén cerca de él?

Luego, Jesús nos hace otra pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Así nos pide entrar en nosotros mismos y descubrir qué significa él en nuestra vida. Quizá, como Pedro, respondamos muy bien: “Tú eres el Mesías”. Porque gracias a la educación que hemos recibido en casa, en la parroquia o en algún grupo, sabemos quién es él.

Pero probablemente nos suceda lo que a Pedro, que cuando Jesús explicó que ser el Mesías, es decir, el Salvador, significa amar hasta padecer, morir y resucitar, trató de disuadirlo. ¿Por qué? Porque eso no iba con sus ideas. Él quería un Mesías triunfalista, poderoso, que hablara bien e hiciera milagros, sin rebajarse, arriesgarse, ni ensuciarse.

A veces nos pasa igual: queremos que Dios se ajuste a nuestras ideas. Que actúe como pensamos que lo debe hacer. Que su Palabra se adapte a nosotros. Que la Liturgia, sobre todo la Eucaristía, se celebre como nos gusta: “divertida” u ostentosa. Que la Comunión se le dé solo a los que creemos que lo merecen y que se distribuya como nosotros opinamos. Que la fe sirva para sentirse bien sin tener que esforzarnos por ser buenos.

Pero Jesús no dejó a Pedro en el error. Sabiendo que está en juego la eternidad, lo corrigió contestándole algo muy fuerte: “¡Apártate de mí, Satanás!”. Se lo dijo para que reaccionara y se diera cuenta de que se estaba dejando engañar por el demonio, que es experto en enredarnos para que creamos que nuestras ideas son mejores que lo que Dios propone a través de su Iglesia, por medio de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas.

Jesús, que es la verdad, nos hace ver que solo el amor, que en definitiva es Dios, puede salvar. Un amor dispuesto a todo. Por eso él, siendo Dios, creador de cuanto existe, al ver que engañados por el demonio caímos hasta el fondo, se hizo uno de nosotros y nos amó hasta padecer, morir y resucitar para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su vida por siempre feliz.

Así nos demuestra que la fe no puede quedarse en ideas, sino que debe manifestarse en obras[2]. Obras de amor que nos hagan salir de la cárcel del egoísmo y seguir a Jesús para mejorar nuestra vida y la de los demás, dispuestos a todo, incluso a esfuerzos y sacrificios.

Con su cruz, como dice san Cirilo, Jesús redimió a la humanidad[3]. Si queremos que nuestra vida llegue a ser plena y eterna; si queremos ayudar a que las cosas vayan mejor en casa y en el mundo, sigamos a Jesús, amando y haciendo el bien, fiados en que Dios nos ayudará[4]. Él nos liberará de la muerte y nos llenará de su dicha sin final[5].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Homilía, 10 de noviembre de 2015.
[2] Cf. 2ª Lectura: St 2, 14-18.
[3] Cf. Catechesis Illuminandorum XIII, 1: de Christo crucifixo et sepulto.
[4] Cf. 1ª Lectura: Is 50, 5-9.
[5] Cf. Sal 114.

 

Homilía para el XXIII Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

¡Qué bien hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos
(cf. Mc 7, 31-37)

¿Se han fijado que a veces padecemos sordera selectiva? Porque aunque nuestro sistema auditivo esté sano, solo escuchamos lo que nos conviene y a quien nos interesa. Pero no escuchamos a Dios, a la pareja, a los papás, a la familia, a los compañeros y a los más necesitados. Y aunque podamos hablar, y hasta en ocasiones lo hagamos de más, la lengua se nos traba cuando se trata de decir una palabra de amor y de perdón.

Pero esa sordera y esa tartamudez selectivas, causadas por el pecado y que nos dejan incomunicados, tienen remedio: Jesús. ¡Él puede aliviarnos[1]! Para eso, siendo Dios se hizo uno de nosotros y nos amó hasta dar la vida. Es lo que nos hace ver al curar al hombre sordo y tartamudo.

Así que, ¡ánimo[2]! Por arraigadas que estén nuestra sordera y tartamudez selectivas, Jesús puede sanarnos; a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas, él nos toca para sacarnos del aislamiento del egoísmo y restablecer nuestra comunicación con Dios y con los demás.

Solo hay que abrirnos, especialmente a los que necesitan ayuda, superando favoritismos egoístas[3], y, como dice el Papa: “hablar el lenguaje del amor” [4]. Así, escuchando bien y hablando bien, hacemos posible una comunicación que nos une a Dios y a los demás; una comunicación que nos permite comprender mejor la realidad, superar los prejuicios y resentimientos, reconciliarnos, mejorar y progresar como pareja, como familia, como Iglesia y como sociedad, y alcanzar la eternidad.

Y si algún familiar o un conocido padecen sordera y tartamudez selectivas, no nos enojemos con ellos, ni los ofendamos. Porque maltratar a una persona no la ayuda a ser mejor. Como Jesús, en lugar de exhibirlos, echémosles la mano siendo amables y orando por ellos, teniendo presente que, como dice san Beda: mirando al cielo antes de curar al enfermo, Jesús enseña que la salvación viene de Dios[5]. ¡Confiemos en él!

 

Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal 145.
[2] Cf. 1ª Lectura: Is 35,4-7.
[3] Cf. 2ª Lectura: St 2,1-5.
[4] Cf. Angelus, 9 de septiembre 2018.
[5] Cf. In Marcum, 2, 31.

 

Homilía para el XXII Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Lo que mancha es lo que sale de dentro (cf. Mc 7,1-8.14-15.21-23)

Frecuentemente tendemos a quedarnos en la imagen, en el exterior, en lo que se ve por fuera. Eso le pasó a los fariseos y los escribas, quienes, como señala san Beda, interpretaron en sentido material las palabras espirituales de los profetas[1]. Por eso concluyeron que lo importante era estar limpios por fuera y no por dentro.

Pero puede ser que por fuera alguien se vea muy bien. Sin embargo, para saber qué tan sano está, hay que revisar su interior a través de análisis de sangre y estudios de diagnóstico, como radiografías. También para conocer qué tan sanos estamos espiritualmente, hay que revisar nuestro interior: nuestro corazón, de donde sale lo bueno y lo malo, como explica Jesús.

¿Qué hay en aquel que es orgulloso? ¿En el que ofende y difama? ¿En quien vive desenfrenadamente o es violento? ¿En el que engaña a quien prometió amor y fidelidad, y no le importa hacer trizas un hogar? ¿En el que usa a la gente? ¿En el que es mentiroso, injusto, corrupto, flojo o indiferente?

“Las actitudes exteriores –señala el Papa– son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón y no al revés” [2]. Por difícil que sea una situación, somos libres de decidir lo que hacemos. Podemos evitar que entren en nuestro corazón la arrogancia y cualquier cosa negativa que nos  enferman con malos propósitos que luego se convierten en malas acciones.

¿Cómo inmunizarnos y tener sano el corazón? Aceptando la Palabra de Dios y llevándola a la práctica[3]. Cumpliendo sus mandamientos[4]. Siendo honrados y justos[5]. Celebrando la Liturgia, especialmente la Eucaristía, y orando. Así estaremos tan fortalecidos, que nada de fuera podrá hacernos perder el rumbo, y saldrán de nosotros palabras y acciones buenas que hagan el bien, en casa y en nuestros ambientes.

Quizá, como a san Agustín, nos de miedo entrarle a esa vida sana. Pero al igual que él, armémonos de ese valor que él expresó así: “Arrójate con confianza en los brazos del Señor… Él te recibirá y te sanará… tus malos deseos quedarán amortiguados. Ellos te prometen deleites, pero no pueden compararse con los que hallarás en la Ley de tu Dios y Señor”[6].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] In Marcum, 2, 29.
[2] Cf. Ángelus Domingo 30 de agosto de 2015.
[3] Cf. 2ª Lectura:  St, 1, 17-18.21-22.27.
[4] Cf. 1ª Lectura: Dt 4,1-2.6-8.
[5] Cf. Sal 14.
[6] Confesiones, VIII, 9, 25.27.

 

Homilía para el XXI Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 60-69)

“Señor –dijo Pedro–, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Pedro fue realista. Se dio cuenta que todo lo que tenemos en el mundo, por maravilloso que sea, no sacia nuestra hambre de infinito, como señala el Papa[1].

Habrá gente que nos quiera. Habrá cosas que nos ayuden a cuidar nuestra salud, a conocer más, a divertirnos y a tener una vida más placentera, cómoda y mejor. Pero todo eso es limitado y tarde o temprano se termina.

Solo Jesús puede llenarnos totalmente y hacernos dichosos por siempre. Por eso lo necesitamos. Necesitamos abrirnos a sus palabras, que son espíritu y vida. Porque si nos cerramos en nuestras ideas, terminaremos como aquellos discípulos a los que no les gustó lo que les dijo y dejaron de seguirlo.

Ellos querían un salvador a su manera; alguien que les solucionara las cosas del momento, sin ver más allá. Por eso, desilusionados, dejaron a Jesús. Pero, ¿a quién fueron? ¿Quién más puede ofrecer un amor incondicional e infinito, capaz de llenar la vida, de darle sentido y de hacerla por siempre feliz?

Por eso, con realismo, podemos decirle a Jesús: “Señor, ¿a quién iré? Solo tú, el único Dios que nos ha creado y nos ha amado hasta hacerse uno de nosotros y dar la vida, puedes liberarnos del pecado, compartirnos tu Espíritu y unirnos a ti para hacernos partícipes de tu vida plena y eterna[2].

Necesitamos esa vida que nos comunicas en tu Palabra, en la Liturgia, en la oración y sobre todo en la Eucaristía. Por eso, como Josué y el pueblo, queremos seguirte a ti, que eres Dios[3]. Porque, como exclama san Agustín, fuera de Dios, ¿dónde hay seguridad verdadera?[4]

No queremos adorar lo que no es Dios. No queremos quedarnos enganchados en lo limitado. Queremos ir más allá. Solo tú puedes mostrarnos cómo vivir de verdad; cómo hacer de la casa un verdadero hogar y del mundo un lugar en el que todos tengamos una vida digna, progresemos y estemos en paz[5].

Solo tú haces que disfrutemos las alegrías sin temor a que terminen. Solo tú puedes consolarnos en la enfermedad, en las penas, en los problemas y en la muerte. Porque todo pasará y contigo nos espera algo infinitamente grande y sin final. ¿A quién otro iremos? Solo tú, Jesús, tienes palabras de vida eterna.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Ángelus, Domingo 23 de agosto de 2015.
[2] Cf. 2ª Lectura: Ef 5, 21-32.
[3] Cf. 1ª Lectura: Jos 24, 1-2a. 15-17. 18.
[4] Cf. Confesiones, II, 6, 2.
[5] Cf. Sal 33.