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Comentario a la película: Los Miserables

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La película Los Miserables es la versión fílmica de la obra de teatro musical, inspirada a su vez en la novela de Víctor Hugo. Ésta es su novela más llevada al cine; la primera versión fue en 1907. Cuentan que a Víctor Hugo no le disgustaba que sus obras inspiraran ya bastantes óperas o que sus poemas fueran musicalizados. Vale el dato para los que creyeran que el comprometido escritor se pudiera ofender por otra versión musical de su literatura, cuando él mismo lo sentía como propio de su aporte.Ahora el cine trata de acercarnos a un musical que se ha mantenido en cartelera en Londres desde 1985; que ha sido llevado a 38 países, en 22 idiomas, y que en México duró en el escenario casi dos años (2002-2004), como ninguna otra obra. El éxito quizás esté en el espíritu de sus personajes, los ideales de cambio social y de esperanza, y en la fuerza de su música y sus canciones. Éste puede ser el hilo conductor para ver y sentir la obra musical, seguir sus canciones, ayudados por los planos cercanos y de conjunto que nos ofrece la película.Los Miserables es una historia de redención, de apuesta por lo mejor de cada ser humano, de esperanza por alcanzar una vida mejor para todos. Su personaje principal, Jean Valjean, es un ex convicto que ha pasado 19 años en prisión por robar un pan y luego tratar de escapar. La impresionante escena inicial de la película nos pone junto a aquellos que serán protagonistas -de diversos modos- en toda la obra: los miserables, es decir, los desamparados, los excluidos, los esclavizados. Cuando Valjean es puesto en libertad condicionada, encuentra que no es verdaderamente libre en una sociedad así que crea pobreza y exclusión. Pero cuando el Obispo de Digne no sólo lo perdona sino le regala más, Valjean descubre qué es ser libre: practicar misericordia ante el miserable. Y emprende el difícil camino de vivirlo, siempre perseguido por Javert, el representante oficial de la ley, de la condena, del orden sin misericordia.

Ayudar a Fantine, la prostituta en desgracia, adoptar a la pequeña Cosette huérfana, apoyar a Marius y los jóvenes revolucionarios, perdonar la vida a Javert, serán parte de esta misión de Valjean; misión a contracorriente, en la persecución, el desprendimiento, la misericordia. Y todavía más, en el conflicto interior de no saber si ésa es la verdadera libertad que la gracia del perdón cristiano le ha regalado: “¿Quién soy yo? Mi alma pertenece a Dios pues Él me dio esperanza cuando ya no la tenía, me dio fuerzas para seguir; pero al mismo tiempo soy Jean Valjean y soy el 24601”. El proceso espiritual de Valjean tiene mucho de aceptación de la fe y la gracia, como una liberación que se encarna en amor a los demás, tal como lo transmite san Pablo (ver Gálatas, capítulo 5), porque “amar a otro es ver el rostro de Dios”, es vivir según su Espíritu.

Practicar el amor solidario, apostar en esperanza por romper el yugo de toda opresión, “es la música de un pueblo que no volverá a ser esclavo”, que se abre al mañana, que despierta a una vida nueva, que ve el rostro de Dios. “Es el futuro que empieza hoy”.

Luis García Orso, S.J.

Comentario a la película: LA CRISTIADA

La película refleja la fe que mueve la actuación de los diversos actores sociales de este hecho histórico, pero no la fe en sentido sólo católico, sino la fe en las propias convicciones, en la libertad, en la voz del pueblo, en la lucha contra el poder, y la fe en Dios y en Cristo. Igualmente, el filme muestra cómo los seres humanos y los creyentes también somos contaminados por intenciones negativas de violencia, intolerancia, lucha de poder, y cómo ambos bandos de la guerra cometieron atrocidades inhumanas. La guerra nunca es ni será la solución a los conflictos y al logro de la paz, y la pérdida de vidas humanas es un precio que no habría que pagar. Pero es un hecho que muchos católicos mexicanos tomaron ese camino de la guerra, y que no hubo unidad y consenso en la Iglesia sobre cómo resolver el conflicto con el gobierno federal.

Esta gran producción cinematográfica se enfoca más en la lucha armada de los cristeros, queriendo transmitir su motivación religiosa. Pero trata también al final los intereses económicos y políticos de los gobiernos de México y de Estados Unidos para no perder sus  negocios en la explotación del petróleo, y los arreglos que en ese contexto hacen los obispos mexicanos, sin atender a la opinión de los cristeros y accediendo a los intereses del gobierno norteamericano. En 1929 los templos vuelven a abrirse, pero pareciera que los creyentes se encierran en ellos; cuando los cristeros habían dado la vida en campos abiertos, llevando su fe a los problemas sociales, dando la vida por el reinado de Dios en su patria. La historia tendría mucho que enseñarnos hoy, si no reducimos la fe cristiana a tomar las armas o a una fe que se encierra en el culto. Lúcidamente lo señaló el Papa Benedicto en su homilía reciente en Silao aludiendo a Cristo Rey: “Su realeza no es como muchos la entendieron y la entienden. Su reinado no consiste en el poder de sus ejércitos para someter a los demás por la fuerza o la violencia. Se funda en un poder más grande que gana los corazones: el amor de Dios que él ha traído al mundo con su sacrificio y la verdad de la que ha dado testimonio”. Y concluyó el Papa: “Para que Cristo reine en sus vidas y les ayude a promover audazmente la paz, la concordia, la justicia y la solidaridad”

Luis García Orso, S.J.

La Epifanía del Señor: Dios en el cine

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El 6 de enero o el domingo más cercano celebramos la Epifanía del Señor, es decir el día de la manifestación de Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador; no sólo a los magos de Oriente y a los pastores de Belén (Cf. Mt 2, 1-12; Lc 2, 8-20), sino a todo el mundo, a todas las culturas. Presentamos a continuación tres películas en las que podemos descubrir una luz y un espíritu para nuestros tiempos; cómo lo fue y es Jesús para muchos.Tocando el viento (Brassed Off) de Mark Herman (Gran Bretaña, 1997, 107 min.)Durante el gobierno neoliberal de Margaret Tatcher (1979-1990), una ola de cierres de minas de carbón recorre el norte de Inglaterra. Con frescura, humor y conmovedoras escenas Tocando el viento nos cuenta lo que vive el pueblo de Grimley ante el inminente cierre de su mina. La banda de música del pueblo es un bastión de la identidad local y también está en crisis. Danny (Peter Postlethwaite, excelente), el director de la banda, insiste en la importancia de no apagar el espíritu, de no perder la esperanza, de no dejar de tocar… Gloria (Tara Fitzgerarld), hija de un afamado músico de Grimley, llega de visita al pueblo para hacer un estudio de viabilidad y evitar el cierre de la mina. A la par se incorporará a la banda para sorprender con su música, entusiasmo, alegría y un espíritu de gloria. Por supuesto -como en toda buena película-habrá conflictos, momentos intensos y críticos, y un bien logrado y emotivo desenlace que nos sorprenderá.

En esta fiesta de la Epifanía del Señor podemos recordar el acontecimiento de la visita de los pastores al portal de Belén (Cf. Lc 2, 8-20), donde encontraron al Hijo del Altísimo, a Dios mismo hecho niño, “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (v. 12). Pero también tantos lugares, personas, hechos en los que Dios se nos ha manifestado, tocado, dado su espíritu. No podemos evitar pensar también en la situación de pobreza, exclusión, injusticia que vive la clase trabajadora y tantos desempleados a causa del sistema económico imperante. Muchos valores humanos y cristianos podemos encontrar en esta cinta para hacerle frente a situaciones tan adversas. El misterio de la Encarnación nos recuerda lo importante que es el hombre para Dios y la manera en que ha querido salvarnos y darnos gloria. “La gloria de Dios es que el hombre viva”, escribió San Ireneo. Tocando el viento es un canto a la humanidad, una historia para dar gloria a los hombres y mujeres en general.

Pequeña Miss Sunshine de Jonathan Dayton, Valerie Faris (E.U., 2006, 101 min.)

Con un excelente guión (Oscar a mejor guión original), buenas actuaciones (Oscar a mejor actor de reparto: Alan Arkin) y una exquisita banda sonora Pequeña Miss Sunshine nos habla de valores como el amor, el respeto, la reconciliación y la belleza que puede haber en todo tipo de familia. Los Hoover son una familia muy peculiar: un abuelo adicto a la heroína y malhablado (Alan Arkin); un padre responsable que intenta construir una carrera como motivador profesional (Greg Kinnear); una madre amorosa ya agotada por el ritmo de vida (Toni Collette); Frank (Steve Carell), el tío homosexual que se integra a la familia después de un intento de suicidio; Dwayne (Paul Dano), adolescente que ha hecho voto de silencio hasta cumplir su sueño de convertirse en piloto de pruebas; y, Olive (Abigail Breslin, estupenda), niña de siete años que sueña con ganar un concurso de belleza. Para ayudar a cumplir el sueño de la pequeña, toda la familia viaja a bordo de una Combi Volkswagen desde Albuquerque, Nuevo México hasta Redondo Beach, California, donde se realizará el concurso Little Miss Sunshine. Durante el viaje salen a relucir las tensiones de la familia y los problemas mecánicos de la vieja Combi; pero también lo mejor de cada uno de los miembros de la familia.

En Mt 2, 1-12 podemos leer cómo unos magos de Oriente se ponen en camino siguiendo una estrella. Quieren buscar y encontrar al Rey de los judíos que ha nacido. Una fe, una esperanza los mueve; caminan, preguntan, se abren al misterio… y descubren al Mesías, a Dios mismo, ahí donde El ha querido revelarse: en Belén, en un portal, en un Pequeño Niño. Pequeña Miss Sunshine es una película para adolescentes y adultos que puede ayudarnos a reflexionar sobre los roles en la familia, los valores que encontramos en ésta; así como a descubrir la luz y la belleza más allá de los concursos o cánones que dicta la sociedad de consumo. Con esta misma apertura podemos encontrar a Dios en el arte como en el cine.

El baño de Zhang Yang (China, 1999, 92 min.)

No hay lugar en que Dios no pueda entrar y llevar ahí su luz y salvación. Lo importante es reconocerlo, aceptarlo, abrazarlo ahí donde El ha querido manifestarse: en un pesebre (Cf. Lc 2, 12), junto a un pozo (Cf. Jn 4, 5-7), en las comidas con los pecadores (Cf. Mc 2, 15), en un camino (Cf. Lc 24, 13-15). El baño es una película ingeniosa, entrañable, llena de magia y buen espíritu. Abandonado por su hijo mayor Daming, que se ha ido de Pekín en busca de fortuna, el Señor Liu continúa su trabajo como propietario, administrador, médico, masajista y terapeuta en unos baños públicos: vocación de toda su vida. Además cuida de su otro hijo Erming, que sufre un retraso mental. Daming, creyendo que su padre ha muerto, regresa a Pekín para descubrir –y nosotros con él-, la magia, el encanto, todos los valores y relaciones fraternas que se pueden dar en un baño público.

Entre la comedia y el drama, entre el individualismo (recordemos la ducha individual y automatizada al comienzo de la cinta) y el sentido de comunidad, entre las rivalidades y reconciliaciones, entre la corrupción y los jabones y friegas de agua que todo lo limpian, podemos encontrar en El baño un espacio sagrado como los que hemos mencionado. Todo está en saber ver y acoger el espíritu que se nos comunica. Podemos compartir aquí también la alegría de los magos de Oriente al ver la “estrella” de Belén y “al niño con María su madre”; ante quien “se postraron y adoraron” (Lc 2, 10-11), a quien le ofrecieron dones de oro (porque es rey), incienso (porque es Dios) y mirra (porque trae salud).

Sergio Guzmán, S.J.

Comentario a la película: El Gran Milagro

EL GRAN MILAGRO

El Gran Milagro (de Bruce Morris, 2011) tiene un buen inicio, con tres personajes que nos captan la atención porque nos resultan cercanos: una anciana que se siente sola y sin ánimos de vivir, una viuda joven abrumada por el trabajo y con un niño que le pide atención, un chofer de microbús angustiado por su hijo con enfermedad terminal; y un cuarto personaje, un adolescente que de repente entra en sus vidas, y aparece simpático y extraño al mismo tiempo.  Los cuatro llegan a  una iglesia y, a partir de ahí, la  película se convierte en discurso. El ángel-adolescente se dedica a explicar todo, paso por paso, lo que sucede o puede suceder. La importancia la toma la palabra oral; la historia deja de ser cine.

El cine es el arte de contar historias con un lenguaje propio, el cinematográfico, hecho de imágenes, ángulos, planos, sonidos, colores, música, actuación, movimientos, edición, escenarios, etc. Si el texto predomina, el cine pierde su significado y se convierte en discurso. El ‘mensaje’ de una película está en lo que sucede en la historia, en la pantalla, no en el texto solo. Todo cuenta para comunicar un mensaje: las acciones y actitudes, los gestos, el lugar, la hora, los colores, los ángulos de la cámara, los desplazamientos, los silencios, etc.  En El Gran Milagro se pretender dar una enseñanza sobre Dios y la fe puesta mayoritariamente en el discurso, cuando el mismo anuncio del Evangelio pide la vida en actuación y el testimonio que se transmite con todos los sentidos, no sólo con palabras.

Para rellenar ese vacío de narración cinematográfica, la película llena muchas escenas con ángeles que vuelan por toda la nave del templo y llegan hasta los cielos. En realidad, el filme no necesitaría el formato de 3D a no ser por este despliegue muy visual de ángeles en movimiento; en todo lo demás, el recurso tridimensional no agrega nada. Más aún, le quita color a la buena factura del filme por el uso de anteojos opacos y de mala calidad.

En este filme, el espectador tiene que estar siempre oyendo una explicación, en lugar de que la historia misma se ‘explique’ en lo que va pasando con los protagonistas. (Además, lo que se oye no coincide nunca con el movimiento de los labios, lo cual lo hace menos  creíble).  En ninguna escena el chofer interactúa con su familia, ni la anciana con la suya, y poco lo hace la mamá con su hijo. La fe o el amor puestos en las obras, Dios actuando en la vida cotidiana de los personajes, no aparecen en la historia pues todo se va ‘diciendo’.

Más allá del discurso o catequesis oral, la película también ‘dice’ con lo que presenta visualmente. La mayor parte sucede en una enorme basílica gótica donde un sacerdote celebra la misa ante unos pocos fieles separados del altar por una gran distancia. Cuando se alude a Dios, éste se halla en las alturas, muy lejos. El posible discurso de una ‘cercanía’ de Dios queda negado por lo que vemos. Esta enorme distancia se llena con ángeles que tienen más tiempo y visionado que Cristo mismo, y casi necesarios para poder llevar a Dios lo que viene de las personas. Con las explicaciones del ángel, al final cambia la vida de los tres protagonistas como mágicamente. Es muy positivo que tres personas en necesidad hallen la paz, pero falta aquel “aprendizaje gradual en el conocimiento, amor y seguimiento de Jesucristo” (Documento de Aparecida, 291) en el proceso de iniciación cristiana, así como la inserción en una comunidad viva de testigos.

Los productores del filme han hecho un gran trabajo de preparación al estreno y de distribución. Y no sólo han dejado la sinopsis del filme sino que también su valoración: “una inspiradora historia de fe”, “encuentra la paz”, “sus vidas cambiarán para siempre”; además de su inteligente mercadotecnia para acudir a parroquias y colegios católicos. Lo llamativo es que los periódicos y portales católicos se han dedicado a repetir esta publicidad y no han hecho comentarios propios. ¿Es comunicación católica reproducir pasivamente una publicidad? ¿También aquí la fe es repetir palabras? Algo nos tiene que decir que muchos han acudido al cine. Ha sucedido “el gran milagro”: en las taquillas.

Luis García Orso, SJ

Comentario a la película: El Arbol de la Vida

El Árbol de la vida

el-arbol-de-la-vida-cartelEl árbol de la vida(TheTree of Life) es una plegaria en cine, no una película convencional. Igual que en la oración cristiana, has de ir a ella con tu presencia abierta, dispuesta, humilde, en escucha, dialogante, amorosa; para seguir el aliento del Espíritu, sin saber a dónde te llevará; sin querer comprenderlo todo, dispuesto a rendirte ante el Misterio. Así es El árbol de la vida.

La historia que da la materia para este ejercicio espiritual es la de una familia texana en los años 50s, los O’Brien, con papá, mamá, y tres hijos, donde el mayor, Jack, será el hilo conductor. Nada extraordinario: un papá trabajador, responsable, enérgico, exigente; una mamá tierna, dedicada, prudente, sumisa, religiosa, y tres chicos que juegan en el río, y con las ranas, y con resorteras, y que van de compras con sus padres, y que no entienden todo lo que les mandan y se rebelan. Y también está cada espectador y su propia historia de la infancia, y su propia familia, y sus recuerdos, sentimientos, mociones interiores, preguntas. Cada uno, cada una, como hijo, hermano, padre, madre. El árbol de la vida va ofreciendo, a lo largo de 140 minutos, algunos puntos e imágenes para que cada quien vaya haciendo su propio ejercicio espiritual frente a la pantalla.

Terrence Malick (1943) sólo ha filmado cinco películas en su valiosa trayectoria profesional: Malas tierras (Badlands, 1973), Días de cielo (Days of Heaven, 1978), Ladelgada línea roja (TheThin Red Line, 1998), El nuevo mundo (TheNew World, 2005), y ahora El árbol de la vida (TheTree of Life, 2011), ganadora de la Palma de Oro en el pasado festival de Cannes. Su atrevida propuesta visual y meditativa tiene aquí el apoyo sobresaliente del mexicano Emmanuel Lubezki en la fotografía, de Alexandre Desplat en la dirección musical, y de una muy cuidada edición. Todo formando un extraordinario poema cinematográficode inusitada belleza (que no dudo a algunos les parecerá aburrido y confuso), que nos pide atrevernos a vivir una experiencia y dejar que ella nos lleve. Por eso, repito, se necesita la disposición personal, el tiempo, la apertura de corazón y de sensibilidad, la conciencia de lo que está sucediendo en el alma, y no engancharse con el engaño de querer explicaciones racionales, complacencias, materia fácil y digerida, acción inmediata y pasajera. Por tanto, no cualquier espectador estará en su momento para hacer este ejercicio espiritual, y no todos serán ‘sujetos’, ejercitantes, para ver El árbol de la vida.

Alguno de los puntos que dirigen esta plegaria cinematográfica es la pregunta por Dios y la búsqueda de su presencia y de su voluntad. La pregunta a Dios, a la vida, a los otros, al Misterio, en medio del dolor, de la pérdida, del desconcierto, de la duda, como lo van haciendo Jack y su madre:“¿Por qué sucedió? ¿Dónde estabas Tú?”. “¿Por qué ser bueno si tú no lo eres?”. “¿Por qué vine al mundo?”

Es la búsqueda de comunión con el hermano, con la madre, con el padre, con Dios, de un Jack adulto, un arquitecto de éxito profesional en Houston, perdido y solitario en un mundo frío e inhumano. Es la relación personal con Dios mediada por las representaciones, imágenes y experiencias de la infancia y de la vida: papá o mamá que me transmiten mi imagen de Dios, y el cosmos imponente del que formo parte.Y es también la interpelación de Dios a Job en la tormenta: “¿Quién es éste que empaña mi consejo con palabras sin sentido? Si eres valiente, prepárate. Yo te preguntaré y tú me responderás: ¿Dónde estabas tú cuando cimenté la tierra? Habla, si es que sabes tanto” (Job 38, 1-3). Éste es el epígrafe con que inicia la película, para reconocernos con toda nuestra pequeñez y nuestra grandeza en medio de un universo que nos sobrecoge y nos rebasa, y de un Dios Creador que nos interpela pero no nos abandona.

¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Por dónde andar?… “Hay dos caminos para andar en la vida –dirá la señora O’Brien- : el camino de la naturaleza y el camino de la gracia”. “En el primero, el camino de la naturaleza, sólo buscas complacerte a ti mismo y que los demás te complazcan, y pierdes el ser feliz aun cuando el mundo brilla alrededor de ti. En el camino de la gracia, no buscas complacerte a ti mismo, y aceptas incluso ser olvidado, echado a un lado, menospreciado y humillado. Cada quien ha de elegir cuál camino quiere seguir. Pero nos enseñaron que quien ama el camino de la gracia, no llegará a un mal final”. “La única manera de ser feliz es amar; si no amas, tu vida pasa como un destello”.

Pero el camino de la gracia, del amor, no es fácil: hay que aprenderlo, transitarlo, perderlo, equivocarse, buscarlo, reandarlo, y volver siempre a aquellas experiencias donde se nos regaló la vida, la confianza, la ternura, el cuidado, el perdón…Quizás entonces, en ese camino espiritual, a través de tantas experiencias, podamos exclamar como Job: “Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5).
Luis García Orso, SJ

Comentario a la película: Submarino

SUBMARINO
La mano de un bebé se aferra fuertemente al dedo de alguien. El vínculo de amor con el niño pequeño puede ser la única fuente de esperanza ante el peso de la culpa y de la muerte. Es la primera imagen de  Submarino, la última película de Thomas Vinterberg (Dinamarca, 1969), uno de los creadores de la controvertida propuesta de cine Dogma 95, director de Festen: La celebración (1998), y reconocido ahora con Submarino como mejor película del cine nórdico en 2010.

Nick y su hermano son dos adultos jóvenes que viven distanciados y hundidos en el fondo de un océano sin luz, como no queriendo recordar el trágico accidente de su hermanito pequeño, uno veinte años atrás. Nick va arrastrando su existencia entre cervezas, soledad, encuentros sexuales ocasionales, malhumor, peleas. El sentimiento de culpabilidad que le acompaña desde su adolescencia es el que le obliga a alejarse de las personas, a portarse mal con ellas para evitar todo vínculo emocional, para no hacerles daño, para no hacerse más daño él mismo. El reencuentro con su hermano menor le da una pequeña esperanza: volver a ser inseparables, volver a construir algo juntos. Pero esta esperanza se pierde cuando, tras varios intentos, no consigue hablar con él. La herida en la mano que se hace al golpearla contra la cabina del teléfono, y que no consigue ni quiere que cicatrice, es un claro símbolo de la carga de culpa que no se perdona, del sufrimiento permanente que le hiere pero que no quiere abandonar.

Su hermano –sin nombre- es un padre soltero amoroso que atiende a su pequeño hijo de seis años y, al mismo tiempo, consume y vende heroína. Una vida que se va hundiendo cada vez más, como un submarino a la deriva. Dos hombres tristes en medio de una realidad danesa igualmente triste, gris, deprimente; dos hombres hundidos, atormentados, oprimidos por el pasado, que buscan redención y esperanza y no saben cómo alcanzarla.

El director abandona el rodaje cámara al hombro para centrar sus secuencias en encuadres estáticos que endurecen lo que se nos está mostrando y nos obligan a concentrarnos en las imágenes sin perder detalle. Imágenes que nos dicen que sus vidas no son importantes. Por eso en muchos encuadres ellos se nos presentan en una esquina, dando más peso a la vida que les rodea, a paisajes de ciudades que parecen abandonadas. En contraposición, en momentos puntuales del filme, se nos sorprende con primeros planos de los protagonistas mirando a la cámara, como si nos dijeran: “Mírame, dime algo. ¿Me merezco esto?”

Nick pasa casi toda la película con una mano herida y vendada, como efecto de los golpes que se dio enojado. Casi al final, ante el riesgo de gangrena, la mano de Nick será amputada, como un signo de redención de su soledad y de su rabia. Como un signo de ser redimido de su culpa y de que puede ahora ser responsable de una vida.

El final de la historia es un servicio litúrgico en una capilla intensamente iluminada y clara, que nos relaciona con la otra única secuencia de luz en toda la película: al principio, en el bautismo de un bebé por los dos hermanos adolescentes, en una capilla improvisada entre blancas sábanas.  El signo sacramental de que somos hijos en el Hijo, de que toda paternidad viene de Dios Padre, y que siempre seguimos siendo hijos pese a toda adversidad y mal, ilumina de sentido nuestra pobre realidad humana y nos redime.

Luis García Orso
México, 2011

Homilía de la Misa de ordenaciones de Diáconos permanentes

b4H. Matamoros. Presentamos la homilía que Mons. Armendáriz pronunció en la Catedral de Matamoros el día 5 de junio.

 

HOMILÍA
ORDENACIÓN DE DIÁCONOS PERMANENTE
5 DE JUNIO DE 2011

diacsQueridos hermanos sacerdotes que nos acompañan en esta celebración, queridos candidatos al Diaconado permanente que dentro de poco tiempo el Espíritu Santo se posará sobre ustedes para transformarlos en servidores de Dios en el Pueblo, queridos fieles que se encuentran aquí para participar todos juntos de este acontecimiento histórico y gozoso para nuestra amada Diócesis de Matamoros, en especial saludo a las familias de los candidatos que con generosidad ofrecen a Dios la cabeza de la familia para el servicio de la Iglesia.

La Ordenación de estos cinco hermanos nuestros es una gran bendición de parte de Dios y viene a ser un parte aguas en la historia de la Diócesis, ya que por primera vez tendremos en nuestra Iglesia, Diáconos permanente, que con un ministerio peculiar estarán para el bien y en servicio de la comunidad.

Es importante resaltar que la figura del Diacono permanente no es algo innovador que la Iglesia ha instituido recientemente, la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia nos dan testimonio de este servicio. El Diácono tiene como fin principal el servicio, de ahí viene su nombre mismo, de la diaconía, del  oficio al que fueron elegidos; la misma Palabra de Dios en el libro de los Hechos de los Apóstoles (6,1-6) nos habla que debido a que el número de fieles aumentaba y no había quien atendiera a los más necesitados, se escogieron a 7 varones de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría para que se les encargara dichas tareas.

De esta forma la tarea principal del Diacono es la de servir a los más necesitados, estar atento a las necesidades de aquellos rostros sufrientes de Cristo que se encuentran en medio de nosotros. De igual forma la literatura patrística atestigua la presencia de diáconos en medio de una comunidad cristiana, puestos para el servicio de la misma. Incluso el concilio de Trento, quien lo restableció después de un tiempo de desaparecido, y el Concilio Vaticano II, que le dio un fuerte impulso, para enriquecer a la Iglesia con este peculiar servicio (cfr. Declaración Conjunta e Introducción a las Normas Básicas de la Formación de los Diáconos Permanente y el Directorio para el Ministerio yla vida de los Diáconos Permanentes, Congregación para la Educación Católica y Congregación para el Clero, 22 febrero 1998, 2).

Hoy el Señor quiere compartir este servicio a ustedes, queridos hijos, que después de un largo tiempo de preparación y de discernimiento, los llama a que se entreguen por los más necesitados, a que vivan, de forma permanente, el servicio a Dios en aquellos que les rodean. Vivir de forma permanente la diaconía, es un don que Dios les quiere dar por medio de la sacramento del orden, una configuración con Cristo mediante una gracia especial del Espíritu Santo a fin de que sirvan de instrumento a Cristo en favor de su Iglesia. Así por la ordenación recibirán la capacidad de actuar como representantes de Cristo.

Deben darse cuenta que el ministro diacono, está llamado a vivir la triple funcionalidad por medio del Espíritu Santo. En primer lugar tiene el oficio de ENSEÑAR, esto es que el diácono está llamado a proclamar la Escritura, la Palabra de Dios, e instruir y exhortar al pueblo. Por otra parte tiene el oficio de SANTIFICAR, esto es que el diácono se desarrolla por medio de la oración, sobretodo en la administración del sacramento del bautismo, en la distribución de la Eucaristía, en la asistencia y bendición de los matrimonios, en presidir el rito de los funerales y de la sepultura y en la administración de los sacramentales. Y por último el Diacono tiene el oficio de REGIR, que se manifiesta particularmente en el servicio, pues se ejerce de forma especial en las obras de caridad y de asistencia, así como en la animación de comunidades a vivir la caridad (cfr. Normas Básicas, 9).

Sin embargo así como participan de esta triple funcionalidad, la ordenación diaconal va acompañada de ciertas características anejas a dicho sacramento, ya que desde ahora participarán de la fraternidad clerical ya que todos, diáconos y sacerdotes, participan de la edificación del Cuerpo de Cristo, bajo la autoridad del obispo (cfr. Directorio, 6; DA 206). Es ahí en donde el Diacono se va forjando como un discípulo de Cristo, dispuesto a llevar el evangelio a todos los lugares, convirtiéndose en un misionero de su mensaje de amor, de justicia y de paz. Es así que el Diacono Permanente, fortalecido por la doble sacramentalidad del matrimonio y del Orden, es ordenado para el servicio de la Palabra, de la caridad y de la liturgia (cfr. DA 205).

Queridos hijos, ustedes que van a ser ordenados Diáconos permanentes, deberán vivir de forma permanente la Diaconía de la Palabra, es decir, que deben colaborar con el obispo y con los sacerdotes en el ejercicio del ministerio, no de la propia sabiduría, sino de la Palabra de Dios, invitando a todos a la conversión y a la santidad. Esto implica que deben tener un contacto íntimo con Cristo a través de su Palabra para que la comuniquen de manera eficaz y de forma integral en la comunidad a la que van a servir. De manera especial deberán predicar la Palabra de Dios con el ejemplo en el ambiente en el que se desenvuelven, en su familia, en su trabajo, en todo lugar (cfr. Directorio, 23-27). Este es el mandato de Jesús antes de su Ascensión esta es la orden, Ir a todo el mundo a anunciar el evangelio, a enseñar, a Bautizar; sumerjan en la Palabra de Dios a sus hermanos en la predicación misionera sin claudicar; orienten al pueblo de Dios y ayúdenles con el ejemplo a asumir el compromiso de todos,  que “la iglesia existe para evangelizar” y a cuestionarse como San Pablo “Ay de mi si no evangelizo”, ya que son “sal de la tierra y luz del mundo”.

También deben de vivir la Diaconía de la Liturgia, es decir, deben ayudar a que el pueblo se santifique, ya que están llamados a la santificación de la Iglesia en cada uno de sus miembros, de forma especial en los misterios sagrados sabiendo que la liturgia es fuente de gracia y de santificación. Así mismo deben familiarizarse con el rezo de la liturgia de las horas, ya que a través de ella se unen a la oración de la Iglesia y piden por ella (cfr. Directorio, 28-36).

Y por último deberá vivir la Diaconía de la Caridad, asemejándose a Cristo el pastor que ve por las necesidades de los que le rodean, es por eso que están llamados a servir a todos sin discriminaciones y prestando particular atención a los que más sufren y a los pecadores (cfr. Directorio, 37-38). La práctica de las obras de caridad deberán ser su punto de referencia y su itinerario de vida como Diáconos Permanentes, buscando realizar lo que Jesús declaro de su misión “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc. 10, 45; Mt. 20, 28).  Esta vocación a la santidad significa el seguimiento de Jesús en actitud de humilde servicio que no se manifiesta sólo en las obras de caridad, sino que afecta y modela toda su manera de pensar, de vivir y de actuar, por lo tanto, si su ministerio es coherente con este servicio, pondrán más claramente de manifiesto el rasgo distintivo del rostro de Cristo: el servicio, para ser no sólo “siervos de Dios”, sino el de ser siervos de Dios en los propios hermanos” (cfr. Directorio, 45).

Queridos Hijos, Dios los ha escogido para ser discípulos y misioneros de su mensaje de amor en medio de la realidad en la que vivimos; Dios lo ha llamado para ser hombres portadores de un mensaje de esperanza para su propia familia y para la comunidad a la que van a entregar su vida; Dios lo ha llamado para ser hombres de justicia y de paz en el ambiente desafiante que estamos viviendo; Dios los llama a la santidad en esta vocación a la que los ha elegido.

Me dirijo también a las comunidades en donde estarán sirviendo para que eleven a Dios sus oraciones por el ministerio de estos hermanos nuestros que Dios los ha puesto en medio de ustedes para servirlos y para ser un puente entre ustedes y Dios. Ayúdenlos a ser verdaderos servidores de Cristo a ser ejemplos vivos del amor de Dios en medio de su pueblo. Fórmenlos como verdaderos discípulos misioneros de evangelio de paz.

Por último pido a María Santísima, Refugio de Pecadores, los acompañe con su protección maternal a lo largo de su ministerio diaconal y sean fieles testigos de su Hijo y un verdadero impulso misionero en sus familias, en sus trabajos y en sus comunidades. Que así sea.