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Comentario a la película: El Arbol de la Vida

El Árbol de la vida

el-arbol-de-la-vida-cartelEl árbol de la vida(TheTree of Life) es una plegaria en cine, no una película convencional. Igual que en la oración cristiana, has de ir a ella con tu presencia abierta, dispuesta, humilde, en escucha, dialogante, amorosa; para seguir el aliento del Espíritu, sin saber a dónde te llevará; sin querer comprenderlo todo, dispuesto a rendirte ante el Misterio. Así es El árbol de la vida.

La historia que da la materia para este ejercicio espiritual es la de una familia texana en los años 50s, los O’Brien, con papá, mamá, y tres hijos, donde el mayor, Jack, será el hilo conductor. Nada extraordinario: un papá trabajador, responsable, enérgico, exigente; una mamá tierna, dedicada, prudente, sumisa, religiosa, y tres chicos que juegan en el río, y con las ranas, y con resorteras, y que van de compras con sus padres, y que no entienden todo lo que les mandan y se rebelan. Y también está cada espectador y su propia historia de la infancia, y su propia familia, y sus recuerdos, sentimientos, mociones interiores, preguntas. Cada uno, cada una, como hijo, hermano, padre, madre. El árbol de la vida va ofreciendo, a lo largo de 140 minutos, algunos puntos e imágenes para que cada quien vaya haciendo su propio ejercicio espiritual frente a la pantalla.

Terrence Malick (1943) sólo ha filmado cinco películas en su valiosa trayectoria profesional: Malas tierras (Badlands, 1973), Días de cielo (Days of Heaven, 1978), Ladelgada línea roja (TheThin Red Line, 1998), El nuevo mundo (TheNew World, 2005), y ahora El árbol de la vida (TheTree of Life, 2011), ganadora de la Palma de Oro en el pasado festival de Cannes. Su atrevida propuesta visual y meditativa tiene aquí el apoyo sobresaliente del mexicano Emmanuel Lubezki en la fotografía, de Alexandre Desplat en la dirección musical, y de una muy cuidada edición. Todo formando un extraordinario poema cinematográficode inusitada belleza (que no dudo a algunos les parecerá aburrido y confuso), que nos pide atrevernos a vivir una experiencia y dejar que ella nos lleve. Por eso, repito, se necesita la disposición personal, el tiempo, la apertura de corazón y de sensibilidad, la conciencia de lo que está sucediendo en el alma, y no engancharse con el engaño de querer explicaciones racionales, complacencias, materia fácil y digerida, acción inmediata y pasajera. Por tanto, no cualquier espectador estará en su momento para hacer este ejercicio espiritual, y no todos serán ‘sujetos’, ejercitantes, para ver El árbol de la vida.

Alguno de los puntos que dirigen esta plegaria cinematográfica es la pregunta por Dios y la búsqueda de su presencia y de su voluntad. La pregunta a Dios, a la vida, a los otros, al Misterio, en medio del dolor, de la pérdida, del desconcierto, de la duda, como lo van haciendo Jack y su madre:“¿Por qué sucedió? ¿Dónde estabas Tú?”. “¿Por qué ser bueno si tú no lo eres?”. “¿Por qué vine al mundo?”

Es la búsqueda de comunión con el hermano, con la madre, con el padre, con Dios, de un Jack adulto, un arquitecto de éxito profesional en Houston, perdido y solitario en un mundo frío e inhumano. Es la relación personal con Dios mediada por las representaciones, imágenes y experiencias de la infancia y de la vida: papá o mamá que me transmiten mi imagen de Dios, y el cosmos imponente del que formo parte.Y es también la interpelación de Dios a Job en la tormenta: “¿Quién es éste que empaña mi consejo con palabras sin sentido? Si eres valiente, prepárate. Yo te preguntaré y tú me responderás: ¿Dónde estabas tú cuando cimenté la tierra? Habla, si es que sabes tanto” (Job 38, 1-3). Éste es el epígrafe con que inicia la película, para reconocernos con toda nuestra pequeñez y nuestra grandeza en medio de un universo que nos sobrecoge y nos rebasa, y de un Dios Creador que nos interpela pero no nos abandona.

¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Por dónde andar?… “Hay dos caminos para andar en la vida –dirá la señora O’Brien- : el camino de la naturaleza y el camino de la gracia”. “En el primero, el camino de la naturaleza, sólo buscas complacerte a ti mismo y que los demás te complazcan, y pierdes el ser feliz aun cuando el mundo brilla alrededor de ti. En el camino de la gracia, no buscas complacerte a ti mismo, y aceptas incluso ser olvidado, echado a un lado, menospreciado y humillado. Cada quien ha de elegir cuál camino quiere seguir. Pero nos enseñaron que quien ama el camino de la gracia, no llegará a un mal final”. “La única manera de ser feliz es amar; si no amas, tu vida pasa como un destello”.

Pero el camino de la gracia, del amor, no es fácil: hay que aprenderlo, transitarlo, perderlo, equivocarse, buscarlo, reandarlo, y volver siempre a aquellas experiencias donde se nos regaló la vida, la confianza, la ternura, el cuidado, el perdón…Quizás entonces, en ese camino espiritual, a través de tantas experiencias, podamos exclamar como Job: “Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5).
Luis García Orso, SJ

Comentario a la película: Submarino

SUBMARINO
La mano de un bebé se aferra fuertemente al dedo de alguien. El vínculo de amor con el niño pequeño puede ser la única fuente de esperanza ante el peso de la culpa y de la muerte. Es la primera imagen de  Submarino, la última película de Thomas Vinterberg (Dinamarca, 1969), uno de los creadores de la controvertida propuesta de cine Dogma 95, director de Festen: La celebración (1998), y reconocido ahora con Submarino como mejor película del cine nórdico en 2010.

Nick y su hermano son dos adultos jóvenes que viven distanciados y hundidos en el fondo de un océano sin luz, como no queriendo recordar el trágico accidente de su hermanito pequeño, uno veinte años atrás. Nick va arrastrando su existencia entre cervezas, soledad, encuentros sexuales ocasionales, malhumor, peleas. El sentimiento de culpabilidad que le acompaña desde su adolescencia es el que le obliga a alejarse de las personas, a portarse mal con ellas para evitar todo vínculo emocional, para no hacerles daño, para no hacerse más daño él mismo. El reencuentro con su hermano menor le da una pequeña esperanza: volver a ser inseparables, volver a construir algo juntos. Pero esta esperanza se pierde cuando, tras varios intentos, no consigue hablar con él. La herida en la mano que se hace al golpearla contra la cabina del teléfono, y que no consigue ni quiere que cicatrice, es un claro símbolo de la carga de culpa que no se perdona, del sufrimiento permanente que le hiere pero que no quiere abandonar.

Su hermano –sin nombre- es un padre soltero amoroso que atiende a su pequeño hijo de seis años y, al mismo tiempo, consume y vende heroína. Una vida que se va hundiendo cada vez más, como un submarino a la deriva. Dos hombres tristes en medio de una realidad danesa igualmente triste, gris, deprimente; dos hombres hundidos, atormentados, oprimidos por el pasado, que buscan redención y esperanza y no saben cómo alcanzarla.

El director abandona el rodaje cámara al hombro para centrar sus secuencias en encuadres estáticos que endurecen lo que se nos está mostrando y nos obligan a concentrarnos en las imágenes sin perder detalle. Imágenes que nos dicen que sus vidas no son importantes. Por eso en muchos encuadres ellos se nos presentan en una esquina, dando más peso a la vida que les rodea, a paisajes de ciudades que parecen abandonadas. En contraposición, en momentos puntuales del filme, se nos sorprende con primeros planos de los protagonistas mirando a la cámara, como si nos dijeran: “Mírame, dime algo. ¿Me merezco esto?”

Nick pasa casi toda la película con una mano herida y vendada, como efecto de los golpes que se dio enojado. Casi al final, ante el riesgo de gangrena, la mano de Nick será amputada, como un signo de redención de su soledad y de su rabia. Como un signo de ser redimido de su culpa y de que puede ahora ser responsable de una vida.

El final de la historia es un servicio litúrgico en una capilla intensamente iluminada y clara, que nos relaciona con la otra única secuencia de luz en toda la película: al principio, en el bautismo de un bebé por los dos hermanos adolescentes, en una capilla improvisada entre blancas sábanas.  El signo sacramental de que somos hijos en el Hijo, de que toda paternidad viene de Dios Padre, y que siempre seguimos siendo hijos pese a toda adversidad y mal, ilumina de sentido nuestra pobre realidad humana y nos redime.

Luis García Orso
México, 2011

Homilía de la Misa de ordenaciones de Diáconos permanentes

b4H. Matamoros. Presentamos la homilía que Mons. Armendáriz pronunció en la Catedral de Matamoros el día 5 de junio.

 

HOMILÍA
ORDENACIÓN DE DIÁCONOS PERMANENTE
5 DE JUNIO DE 2011

diacsQueridos hermanos sacerdotes que nos acompañan en esta celebración, queridos candidatos al Diaconado permanente que dentro de poco tiempo el Espíritu Santo se posará sobre ustedes para transformarlos en servidores de Dios en el Pueblo, queridos fieles que se encuentran aquí para participar todos juntos de este acontecimiento histórico y gozoso para nuestra amada Diócesis de Matamoros, en especial saludo a las familias de los candidatos que con generosidad ofrecen a Dios la cabeza de la familia para el servicio de la Iglesia.

La Ordenación de estos cinco hermanos nuestros es una gran bendición de parte de Dios y viene a ser un parte aguas en la historia de la Diócesis, ya que por primera vez tendremos en nuestra Iglesia, Diáconos permanente, que con un ministerio peculiar estarán para el bien y en servicio de la comunidad.

Es importante resaltar que la figura del Diacono permanente no es algo innovador que la Iglesia ha instituido recientemente, la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia nos dan testimonio de este servicio. El Diácono tiene como fin principal el servicio, de ahí viene su nombre mismo, de la diaconía, del  oficio al que fueron elegidos; la misma Palabra de Dios en el libro de los Hechos de los Apóstoles (6,1-6) nos habla que debido a que el número de fieles aumentaba y no había quien atendiera a los más necesitados, se escogieron a 7 varones de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría para que se les encargara dichas tareas.

De esta forma la tarea principal del Diacono es la de servir a los más necesitados, estar atento a las necesidades de aquellos rostros sufrientes de Cristo que se encuentran en medio de nosotros. De igual forma la literatura patrística atestigua la presencia de diáconos en medio de una comunidad cristiana, puestos para el servicio de la misma. Incluso el concilio de Trento, quien lo restableció después de un tiempo de desaparecido, y el Concilio Vaticano II, que le dio un fuerte impulso, para enriquecer a la Iglesia con este peculiar servicio (cfr. Declaración Conjunta e Introducción a las Normas Básicas de la Formación de los Diáconos Permanente y el Directorio para el Ministerio yla vida de los Diáconos Permanentes, Congregación para la Educación Católica y Congregación para el Clero, 22 febrero 1998, 2).

Hoy el Señor quiere compartir este servicio a ustedes, queridos hijos, que después de un largo tiempo de preparación y de discernimiento, los llama a que se entreguen por los más necesitados, a que vivan, de forma permanente, el servicio a Dios en aquellos que les rodean. Vivir de forma permanente la diaconía, es un don que Dios les quiere dar por medio de la sacramento del orden, una configuración con Cristo mediante una gracia especial del Espíritu Santo a fin de que sirvan de instrumento a Cristo en favor de su Iglesia. Así por la ordenación recibirán la capacidad de actuar como representantes de Cristo.

Deben darse cuenta que el ministro diacono, está llamado a vivir la triple funcionalidad por medio del Espíritu Santo. En primer lugar tiene el oficio de ENSEÑAR, esto es que el diácono está llamado a proclamar la Escritura, la Palabra de Dios, e instruir y exhortar al pueblo. Por otra parte tiene el oficio de SANTIFICAR, esto es que el diácono se desarrolla por medio de la oración, sobretodo en la administración del sacramento del bautismo, en la distribución de la Eucaristía, en la asistencia y bendición de los matrimonios, en presidir el rito de los funerales y de la sepultura y en la administración de los sacramentales. Y por último el Diacono tiene el oficio de REGIR, que se manifiesta particularmente en el servicio, pues se ejerce de forma especial en las obras de caridad y de asistencia, así como en la animación de comunidades a vivir la caridad (cfr. Normas Básicas, 9).

Sin embargo así como participan de esta triple funcionalidad, la ordenación diaconal va acompañada de ciertas características anejas a dicho sacramento, ya que desde ahora participarán de la fraternidad clerical ya que todos, diáconos y sacerdotes, participan de la edificación del Cuerpo de Cristo, bajo la autoridad del obispo (cfr. Directorio, 6; DA 206). Es ahí en donde el Diacono se va forjando como un discípulo de Cristo, dispuesto a llevar el evangelio a todos los lugares, convirtiéndose en un misionero de su mensaje de amor, de justicia y de paz. Es así que el Diacono Permanente, fortalecido por la doble sacramentalidad del matrimonio y del Orden, es ordenado para el servicio de la Palabra, de la caridad y de la liturgia (cfr. DA 205).

Queridos hijos, ustedes que van a ser ordenados Diáconos permanentes, deberán vivir de forma permanente la Diaconía de la Palabra, es decir, que deben colaborar con el obispo y con los sacerdotes en el ejercicio del ministerio, no de la propia sabiduría, sino de la Palabra de Dios, invitando a todos a la conversión y a la santidad. Esto implica que deben tener un contacto íntimo con Cristo a través de su Palabra para que la comuniquen de manera eficaz y de forma integral en la comunidad a la que van a servir. De manera especial deberán predicar la Palabra de Dios con el ejemplo en el ambiente en el que se desenvuelven, en su familia, en su trabajo, en todo lugar (cfr. Directorio, 23-27). Este es el mandato de Jesús antes de su Ascensión esta es la orden, Ir a todo el mundo a anunciar el evangelio, a enseñar, a Bautizar; sumerjan en la Palabra de Dios a sus hermanos en la predicación misionera sin claudicar; orienten al pueblo de Dios y ayúdenles con el ejemplo a asumir el compromiso de todos,  que “la iglesia existe para evangelizar” y a cuestionarse como San Pablo “Ay de mi si no evangelizo”, ya que son “sal de la tierra y luz del mundo”.

También deben de vivir la Diaconía de la Liturgia, es decir, deben ayudar a que el pueblo se santifique, ya que están llamados a la santificación de la Iglesia en cada uno de sus miembros, de forma especial en los misterios sagrados sabiendo que la liturgia es fuente de gracia y de santificación. Así mismo deben familiarizarse con el rezo de la liturgia de las horas, ya que a través de ella se unen a la oración de la Iglesia y piden por ella (cfr. Directorio, 28-36).

Y por último deberá vivir la Diaconía de la Caridad, asemejándose a Cristo el pastor que ve por las necesidades de los que le rodean, es por eso que están llamados a servir a todos sin discriminaciones y prestando particular atención a los que más sufren y a los pecadores (cfr. Directorio, 37-38). La práctica de las obras de caridad deberán ser su punto de referencia y su itinerario de vida como Diáconos Permanentes, buscando realizar lo que Jesús declaro de su misión “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc. 10, 45; Mt. 20, 28).  Esta vocación a la santidad significa el seguimiento de Jesús en actitud de humilde servicio que no se manifiesta sólo en las obras de caridad, sino que afecta y modela toda su manera de pensar, de vivir y de actuar, por lo tanto, si su ministerio es coherente con este servicio, pondrán más claramente de manifiesto el rasgo distintivo del rostro de Cristo: el servicio, para ser no sólo “siervos de Dios”, sino el de ser siervos de Dios en los propios hermanos” (cfr. Directorio, 45).

Queridos Hijos, Dios los ha escogido para ser discípulos y misioneros de su mensaje de amor en medio de la realidad en la que vivimos; Dios lo ha llamado para ser hombres portadores de un mensaje de esperanza para su propia familia y para la comunidad a la que van a entregar su vida; Dios lo ha llamado para ser hombres de justicia y de paz en el ambiente desafiante que estamos viviendo; Dios los llama a la santidad en esta vocación a la que los ha elegido.

Me dirijo también a las comunidades en donde estarán sirviendo para que eleven a Dios sus oraciones por el ministerio de estos hermanos nuestros que Dios los ha puesto en medio de ustedes para servirlos y para ser un puente entre ustedes y Dios. Ayúdenlos a ser verdaderos servidores de Cristo a ser ejemplos vivos del amor de Dios en medio de su pueblo. Fórmenlos como verdaderos discípulos misioneros de evangelio de paz.

Por último pido a María Santísima, Refugio de Pecadores, los acompañe con su protección maternal a lo largo de su ministerio diaconal y sean fieles testigos de su Hijo y un verdadero impulso misionero en sus familias, en sus trabajos y en sus comunidades. Que así sea.