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Intención de oración del Papa para el mes de julio

La familia tiene que ser protegida. Son muchos los peligros a los que está enfrentada: el ritmo de vida, el estrés… A veces los padres se olvidan de jugar con sus hijos. La Iglesia tiene que animar y estar al lado de las familias ayudándolas a descubrir caminos que les permitan superar todas estas dificultades.

Recemos para que las familias en el mundo de hoy sean acompañadas con amor, respeto y consejo. Y de modo especial, sean protegidas por los Estados.

 

 

XIV Encuentro Diocesano de Laicos #OnLine

Cada año, se lleva a cabo este encuentro masivo de laicos, es decir, de hombres y mujeres, pequeños y grandes que comprometidos con la Iglesia, viven y comparten su fe, a través de un apostolado concreto, dentro de la comunidad.

En esta ocasión, por las circunstancias que nos toca vivir, en tiempo de pandemia COVID-19, se realizará de forma virtual gracias a los medios a nuestro alcanze, las plataformas de facebook y de youtube, que desde hace casi tres años, se abrieron en la Diócesis de Matamoros como un canal propio para transmitir contenidos de fe, destacando la Misa que preside domingo a domingo nuestro Señor Obispo desde la Catedral.

El domingo 5 de julio en punto de las 11:30 am los invitamos, para seguir la transmisión #EnVivo de este Encuentro Diocesano, iniciando con la Santa Misa y  luego, la conferencia a las 12:45 pm, ambas presididas por nuestro Obispo, Mons. Eugenio Lira Rugarcía.

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Cursos de verano online que ofrece UNM

La Universidad del Noreste de México, Universidad de la Diócesis de Matamoros, ofrece en su proyecto de educación contínua, los siguientes cursos y talleres para este verano, en su modalidad online, como una propuesta para nuestro mundo actual.

 

Homilía para el XIII Domingo Ordinario, ciclo A

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (cf. Mt 10, 37-42)

Normalmente, todos tenemos muchos amores; amamos a la familia, a los amigos, a la novia. Pero siendo honestos, frecuentemente ese amor se mezcla con un poco de egoísmo, de tal manera que, a veces, más que a las personas, amamos lo que ellas nos dan. Esa es la razón por la que cuando no hacen lo que queremos o no responden a nuestras expectativas, nos enojamos, tratamos de manipularlas, o de plano las mandamos a volar.

Por eso Benedicto XVI afirma que nuestro amor necesita purificación y maduración[1] ¡A eso nos ayuda Jesús! Él comienza por enseñarnos a priorizar. Porque no se puede construir el segundo piso de una casa si no se ha comenzado por los cimientos. Igual en el amor; no podemos amar de verdad a nadie, si ese amor no se edifica sobre su fundamento: Dios, que es el mismísimo amor.

Por eso Jesús nos pide amarlo primero a él, que es el amor encarnado, para poder amar de verdad. Él nos ayuda a salir del egoísmo, que nos hace cosificar a los demás, y a seguirlo, haciendo el bien incondicionalmente a todos. Así nos libramos de perder el sentido de la vida, de construir relaciones condicionadas o codependientes, y de terminar en el laberinto sin salida del amor rehusado.

Este es el anuncio que Jesús ha confiado a su Iglesia; a los laicos, a los consagrados, a los clérigos. Si los recibimos y aceptamos su mensaje reconociéndolos como gente de Dios, experimentaremos una fecundidad extraordinaria, como la que el Señor concedió al matrimonio de Sunem, que recibió al profeta Eliseo[2]. Porque solo Dios puede resucitarnos a una vida nueva y hacer que vivamos por siempre con él[3].

Caminemos a su luz y seremos felices[4]. Lo seremos a pesar de las penas, de los problemas, de los fracasos y de las ingratitudes. Porque a la luz del amor, que es Dios, valoraremos a la familia y a los demás, no por lo que nos dan o por lo que hacen, sino por lo que son, liberándonos así de relaciones insanas, utilitaristas y conflictivas, que terminan lastimándonos a todos.

Unidos a Dios, a través de su Palabra, de sus sacramentos y de la oración, dominaremos nuestro egoísmo, y, como señala san Gregorio Magno, haremos nuestras las necesidades del prójimo[5], dispuestos a seguir a Jesús, eligiendo el bien, la verdad, la justicia, “incluso –como dice el Papa– cuando esto requiere sacrificio”[6] ¡Eso es amar de verdad!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Deus caritas est, 5.
[2] Cf. 1ª. Lectura: 2 Re 4, 8-11.14-16.
[3] Cf. 2ª. Lectura: Rm 6, 3-4. 8-11.
[4] Cf. Sal 88.
[5] Homiliae in Evangelia, 57.
[6] Homilía, 18 de agosto de 2013.

 

Homilía para el XII Domingo Ordinario, ciclo A

No teman, ustedes valen mucho. Den testimonio de mi (cf. Mt 10, 26-33)

En la vida tenemos muchos miedos. Y es normal. El problema es dejarnos dominar por ellos. Porque entonces nos replegamos en nosotros mismos, nos ponemos a la defensiva, nos quedamos solos, nos estancamos y perdemos el rumbo. Por eso Jesús, que nos conoce y nos ama, nos hace ver lo que realmente debemos temer: a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo ¿Y quién es ese? Nosotros mismos. Porque son nuestras decisiones las que nos salvan o las que nos condenan.

Si por temor a que digan que no estamos a la moda nos volvemos egoístas, superficiales, indiferentes a Dios y adictos a los placeres; si por temor a que nos hagan menos tratamos mal a la gente y la criticamos; si por temor a que digan que somos unos fracasados buscamos llenarnos de cosas, siendo injustos, corruptos e insensibles a los que nos rodean, entonces estamos arrojando al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

Para que eso no nos suceda, Jesús nos hace ver que no debemos temer a los que puedan hacernos daño en esta vida, porque aquí todo se pasa; tarde o temprano termina. Por eso hay que mirar más allá, para no dejarnos enganchar y seguir adelante, hasta la meta: el cielo.

Quitándonos el temor de lo que no vale tanto, Jesús, como dice san Juan Crisóstomo: “nos hace superiores a los oprobios”[1], y nos revela la razón: el Padre, creador de todo, nos ama y cuida de nosotros ¡Valemos mucho para él! Eso eleva nuestra autoestima y hace que no andemos mendigando la aceptación de otros, dispuestos a degradarnos, traicionando nuestra dignidad de hijos de Dios.

Aunque según la opinión de algunos estemos fuera de moda y seamos unos fracasados por vivir como Jesús enseña, en realidad vamos por el camino que hace la vida por siempre feliz. Por eso, hagámosle caso a Jesús. En él se desborda la gracia de Dios[2], que está a nuestro lado, en su Palabra, en sus sacramentos, en la oración y en el prójimo. Y con su ayuda, nada podrá con nosotros[3]. Él nos libera para que, como dice el Papa, no tengamos miedo de quien se ríe de nosotros, de quien nos maltrata, de quien nos ignora[4].

Vivamos amando y haciendo el bien, como Jesús enseña; ayudemos a la familia y a los que nos rodean a liberarse de sus temores, tendiéndoles la mano y haciéndoles ver que, quienes buscan a Dios, tendrán más ánimo[5]. Porque él, como dice Benedicto XVI, no quita nada y lo da todo[6].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Homiliae in Matthaeum, hom. 34, 3.
[2] Cf. 2ª. Lectura: Rm 5,12-15.
[3] Cf. 1ª. Lectura: Jr 20,10-13.
[4] Cf. Ángelus, Domingo 25 de junio de 2017.
[5] Cf. Sal 68.
[6] Cf. Homilía en el inicio del ministerio petrino, 24 de abril de 2005.

 

Homilía para el XI Domingo Ordinario, ciclo A

Jesús envió a sus apóstoles (cf. Mt 9, 36- 10,8)

Jesús se compadece de la gente. Pero, ¿qué es la compasión? ¿Es lástima por alguien? No. Es algo mucho más grande, que brota del amor y que hace sentir pasión por lo que a otro le pasa, y que impulsa a echarle la mano.

Eso es lo que hace Dios: libera a su pueblo de la esclavitud, lo eleva y guía[1]. Y eso es lo que hace Jesús; nos libera del pecado, nos comparte su Espíritu y nos eleva al Padre, haciéndose uno de nosotros y dando la vida[2].

Lo único que necesitamos para alcanzar la vida por siempre feliz que nos ofrece es creer en él[3]. Sin embargo, a veces dejamos que las cosas, las penas y los problemas nos saquen del camino, hasta que, lejos de Dios, caminamos y caminamos sin llegar a ningún lado, sintiéndonos cada vez más extenuados y desamparados.

Pero Jesús no se queda mirándonos, sino que siente pasión por lo que nos sucede y por lo que sentimos, y nos echa la mano enviándonos a sus discípulos. Porque la misión que les confió a ellos continúa ahora a través de sus sucesores y de mucha gente buena.

Sin embargo, aunque haya muchos sacerdotes, diáconos, personas consagradas, seminaristas y laicos que anuncien el Evangelio, que celebren al Señor, que nos compartan su fuerza, que oren por nosotros, y que trabajen por un mundo mejor, aún queda mucho por hacer.

Sí, el mundo es muy grande, y en él hay millones de personas confundidas, que no le encuentran sentido a la vida, que viven sumidas en el egoísmo, la mentira, la corrupción, el consumismo y las adicciones; mucha gente enferma, que sufre, y que es víctima de chismes, injusticias, pobreza y violencia.

Por eso Jesús nos pide rogar a Dios, que nos hizo y de quien somos[4], que envíe trabajadores a sus campos; que oremos para que, como dice san Hilario, “nos envié gran número de distribuidores de este don del Espíritu Santo”[5].

¿Y saben qué es lo primero que hará Dios en nosotros a través de la oración? Que sintamos compasión por los demás, como Jesús. Que sintamos pasión por lo que le sucede a la esposa, al esposo, a los hijos, a los papás, a los hermanos, a los vecinos, a los compañeros, y a los que nos rodean, especialmente a los más necesitados.

Y lo segundo que hará en nosotros, es que nos demos cuenta que él nos envía a hacer algo por ellos. A que proclamemos a la familia y a todos que, como dice el Papa: “Dios nos ama… y nos llama a ser parte de su Reino”[6]. Hagámoslo con nuestra oración, nuestras palabras y nuestras obras.

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

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[1] Cf. 1ª. Lectura: Ex 19, 2-6.
[2] Cf. 2ª. Lectura: Rm 5, 6-11.
[3] Cf. Aclamación: Mc 1,15
[4] Cf. Sal 99.
[5] In Matthaeum, 10
[6] Ángelus, 7 de julio 2019.

 

Celebremos juntos la Solemnidad de Corpus Christi

Mons. Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros, presidirá la Misa en honor de la Solemnidad de Corpus Christi, el jueves 11 de junio de 2020 a las 7:00 pm, la cual, a puerta cerrada en la Catedral de Matamoros, será transmitida por las redes sociales de la Diócesis. Les invitamos a unirse desde sus hogares, para que juntos demos gracias a Dios por tan especial regalo de amor, la presencia del Cuerpo y Sangre de Cristo entre nosotros, en la eucaristía.

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La Santísima Trinidad, ciclo A 2020

Dios envió a su Hijo al mundo para salvarlo (cf. Jn 3, 16-18)

Como Moisés, guiados por el Señor, subimos a la presencia de Dios,

creador y soberano de cuanto existe[1]. De ese Dios que es misericordioso y fiel[2]. Tanto, que a pesar de que le fallamos, envió a su Hijo, no para condenarnos, sino para rescatarnos del pecado que cometimos y darnos vida eterna.

“Las cosas de gran valor –comenta san Hilario– son las que dan a conocer la grandeza del amor… Dios, amando al mundo, dio a su Unigénito”[3]. Nos dio a Jesús, que, como señala san Juan Crisóstomo, no vino para juzgar lo que habíamos hecho, sino para perdonarlo[4]. Así nos demuestra que Dios nos quiere; que no se deja limitar por nuestros errores sino que lo da todo para restaurarnos y unirnos a él y entre nosotros, y hacernos felices por siempre.

Solo necesitamos creer en Jesús, que nos ha revelado que Dios, siendo único, no es solitario: es Padre, Hijo y Espíritu Santo; una familia divina de Tres que, como dice el Papa, ha venido para llamarnos a formar parte de ella[5]. ¿Cómo? Uniéndonos a él a través de su Palabra, de sus sacramentos, de la oración y del prójimo, y procurando estar alegres, trabajar por nuestra perfección, animarnos mutuamente, y vivir en paz y armonía[6].

Pero, ¿se puede vivir en paz y armonía cuando el esposo, la esposa, los hijos, los papás, los hermanos, la suegra, la nuera, los vecinos, los compañeros y la gente que nos rodea siente, piensa, habla y actúa de forma muy diferente a la nuestra? ¿Cuando se convive con alguien enojón, chismoso o rencoroso?

Que todos somos diferentes es tan evidente como los dedos de una mano; ninguno es igual. Pero eso no significa que no podamos estar unidos. Como los dedos a la mano. Porque unidad no significa uniformidad. Se vale ser diferentes. Así nos creó Dios, que nos hizo a imagen suya. Y él es Padre, Hijo y Espíritu Santo; tres personas distintas, que son un solo Dios. Siendo diferentes, podemos vivir unidos, en paz y armonía.

Y que nadie es perfecto, excepto Dios, lo confirmamos a cada paso ¿Pero saben qué? Tampoco nosotros lo somos. Sin embargo, Dios, que nos ama, no nos etiqueta ni nos condena, sino que nos rescata y nos enseña que la única manera de ser por siempre felices es amando. Y esa es la clave para lograr la unidad.

El amor nos ayuda a mirar más allá de los defectos y las diferencias para darnos cuenta que siempre será más lo que nos une que lo que nos separa, como decía san Juan XXIII[7], quien antes de morir, recordando las dificultades que enfrentó, comentó con su secretario: “Hemos trabajado… No nos hemos detenido a recoger las piedras que, de una y otra parte, nos lanzaban. Y no las hemos vuelto a lanzar a ninguno”[8].

La vida es un regalo maravilloso. No nos la amarguemos a nosotros mismos, ni se la amarguemos a los demás, fijándonos sobre todo en lo que nos separa, dividiéndonos, pelando y condenándonos unos a otros. Como hijos de Dios, uno y trino, superemos los obstáculos siendo pacientes y misericordiosos. Así, en la riqueza de la diversidad, seremos constructores de armonía y de unidad.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal: Dn 3, 52-56.
[2] Cf. 1ª Lectura: Éx 34, 4b-6.8-9.
[3] De Trinitate, I.6.
[4] In Ioannem, hom., 27.
[5] Cf. Angelus, 22 de mayo de 2016.
[6] Cf. 2ª Lectura: 2 Cor 13, 11-13.
[7] Citado por san Juan Pablo II, Ut unum sint, 20.
[8] Cf. Testimonio de Mons. Capovilla www.amorycruz.es.

 

Pentecostés 2020

Reciban el Espíritu Santo (cf. Jn 20, 19-23)

Los discípulos tenían miedo. Y a veces también nosotros tenemos miedo, mucho miedo. Porque los golpes de la vida nos hacen sentir vulnerables, nos vuelven temerosos, desconfiados y nos ponen a la defensiva. Pero si dejamos que el temor nos domine, terminaremos encerrados en nosotros mismos, solos y sin llegar a ningún lado.

Jesús lo sabe. Por eso entra en nuestras vidas, como dice san Agustín, aún cuando las puertas estén cerradas[1], y nos da su paz. Porque sentir su amor infinito y mirarlo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, nos hace descubrir que al final, después de todas las penas y problemas, el amor, que en definitiva es Dios, hace triunfar para siempre la verdad, el bien, la justicia, el progreso y la vida.

A pesar de las incomprensiones, traiciones, chismes, ofensas, injusticias y de la muerte en cruz, Jesús siguió adelante, amando y haciendo el bien; ahora, todos los sufrimientos quedaron atrás, y él, que lo ha restaurado todo, vive dichoso para siempre. Ese es el final de la historia. Y también puede ser el final de nuestra historia.

En Jesús vemos el final de la historia. Y eso cambia el panorama. Nos hace ver las cosas de otra manera. Porque ahora sabemos que, como le dijo a santa Juliana de Norwich: “todo acabará bien… sea lo que sea, acabará bien”[2]. Fortaleciéndonos con esta seguridad, Jesús nos pide colaborar con él para que todo acabe bien. Nos dice: “Como el Padre me envió, a sí los envío yo” ¿A qué lo envió el Padre? A amar y hacer el bien. Y a eso nos envía él; a amar y hacer el bien.

Y a fin de que tengamos la fuerza para hacerlo, nos llena de su amor: el Espíritu Santo, “El Espíritu –comenta el Papa– es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es… el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón… es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece… que conduce todo a la armonía”[3].

Pidamos al Espíritu Santo que venga a nosotros[4]. Que nos ayude a perdonar y pedir perdón. Que nos renueve, a pesar de nuestros defectos y caídas[5]. Que nos ayude a que con nuestras palabras y obras, hablemos el lenguaje del amor, que todos entienden[6]. Que nos haga ver más allá de nosotros mismos para compartir lo que somos y tenemos con la familia y con los que más lo necesitan[7]. Así ayudaremos a hacer que todo termine bien en nuestra vida, en nuestra casa y en el mundo.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. In Ioannem, tract., 12.
[2] Libro de revelaciones, revelación 13.
[3] Homilía de Pentecostés, Domingo 4 de junio de 2017.
[4] Cf. Secuencia de la Solemnidad de Pentecostés y Aclamación: B. P. 1246 – Bernal.
[5] Cf. Sal 103.
[6] Cf. 1ª Lectura: Hch 2, 1-11.
[7] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 12, 3-7. 12-13.

Celebran en Catedral de Matamoros Misa Crismal

Mons. Eugenio Lira, Obispo de Matamoros, presidió en la Catedral de Matamoros a puerta cerrada la Misa Crismal, la cual, por la situación de pandemia que vivimos, se tuvo que recorrer de semana santa para esta fecha, 28 de mayo del 2020. Destaca esta celebración anual, por la bendición de los aceites sagrados: óleo de los enfermos, óleo de los catecúmenos y el óleo del santo crisma. Los óleos se utilizan para los sacramentos del bautismo, de la confirmación, del orden sacerdotal, del orden episcopal y de la unción de los enfermos. De estos aceites, como signo de unidad, a cada parroquia se le entrega una medida, para todo el año. En palabras del Señor Obispo, mencionó: “seguir siendo solidarios, de cuidarnos unos con otros, y de tener paciencia, pues no tenemos aún en nuestra Diócesis fecha para el retorno a las misas con feligreses, mientras tanto seguir adelante con fe”.

En la celebración estuvieron presentes los sacerdotes Vicarios espiscopales: P. Francisco Gallardo, P. Roberto Figueroa, P. Rafael Hernández, P. Gabriel Vázquez y el Pro Vicario General, P. José Luis Cerra. Como ceremoniero el P. Martín Amaya. También el Rector del Seminario, P. Felipe Arteaga, y los padres de Catedral: P. Pedro Contreras y el P. Alberto Del Angel, así como hermanos laicos de la pastoral de la comunicación, que apoyaron la transmisión por las redes sociales de la Diócesis de Matamoros.

La Ascensión del Señor, ciclo A

Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 16-20)

Todos tenemos esperanzas, grandes y pequeñas, que van cambiando con el tiempo. Unas se cumplen y otras no. Pero esas esperanzas son las que nos motivan a seguir adelante.

Sin embargo, hay una que las supera a todas: ser felices para siempre. Y hoy Jesús, que asciende al cielo[1], nos hace ver que es posible.

Para eso, siendo Dios creador de todo, se hizo uno de nosotros, y, con el poder del amor, amando hasta dar la vida, nos liberó del pecado, nos compartió su Espíritu y nos unió a sí mismo para llevarnos al Padre, que hace la vida plena y eterna. Por eso Crisóstomo dice: “Tú serás igualmente llevado a los cielos, porque así como la cabeza, es el cuerpo”[2].

¡Qué gran esperanza! Algo maravilloso que supera todo lo que hemos conocido y todo lo que podemos imaginar. Esa esperanza nos da fuerza, como dice el Papa, para testimoniar y vivir el Evangelio[3] ¡Esa es la misión que Jesús nos ha compartido! Es el camino para realizarnos, para construir una familia y un mundo mejor, y llegar al cielo.

Y para hacerlo, contamos con la fuerza del Espíritu Santo[4], que nos da su amor a través de su Palabra, de sus sacramentos, de la oración y del prójimo. Así nos ilumina para que, en medio de los sufrimientos, miremos más allá y comprendamos la esperanza a que hemos sido llamados[5], y así sigamos adelante, amando y haciendo el bien la familia, a los amigos, a los compañeros y a los que nos rodean, especialmente a los más necesitados.

De esta manera escribiremos una nueva historia; una historia mejor para todos. De eso nos habla el Papa en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que celebramos en este día de la Asención del Señor, donde explica que, dado que las historias influyen en nuestra vida, necesitamos de buenas historias.

Eso es lo que encontramos en la Palabra de Dios, en la que Jesús es el gran protagonista y narrador de historias buenas y verdaderas. “A él –dice el Papa– podemos narrarle las historias que vivimos, llevarle a las personas, confiarle las situaciones… nadie es un extra en el escenario del mundo y la historia de cada uno está abierta a la posibilidad de cambiar” [6] ¡Todos podemos mejorar y hacer algo para que todo mejore!

Hagámoslo, sin dejarnos desviar por la ambición de las cosas temporales, sin detenernos por las dificultades, sin perder de vista la meta, teniendo presente aquello que decía san Gregorio Magno: “al que tiene la firme decisión de llegar a término ningún obstáculo del camino puede frenarlo”[7] ¡A echarle ganas! ¡A amar y hacer todo el bien que podamos! ¡Hasta llegar al cielo!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal 46.
[2] Catena Aurea, 11450.
[3] Regina coeli, 28 de mayo de 2017.
[4] Cf. 1ª Lectura: Hch 1,1-11.
[5] Cf. 2ª Lectura: Ef 1,17-23.
[6] Sobre los evangelios, homilía 14, 6.
[7] Mensaje para la 54 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2020.