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El Papa Francisco convoca a un “Año de San José”

Con la Carta apostólica Patris corde (Con corazón de padre), el Pontífice recuerda el 150 aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia Universal y, con motivo de esta ocasión, a partir del 8 de diciembre 2020 y hasta el 8 de diciembre de 2021 se celebrará un año dedicado especialmente a él.

 

Un padre amado, un padre en la ternura, en la obediencia y en la acogida; un padre de valentía creativa, un trabajador, siempre en la sombra: con estas palabras el Papa Francisco describe a san José de una manera tierna y conmovedora. Lo hace en la Carta apostólica Patris corde, publicada hoy con motivo del 150 aniversario de la declaración del Esposo de María como Patrono de la Iglesia Católica. De hecho, fue el Beato Pío IX con el decreto Quemadmodum Deus, firmado el 8 de diciembre de 1870, quien quiso este título para san José. Para celebrar este aniversario, el Pontífice ha convocado, desde hoy y hasta el 8 de diciembre de 2021, un “Año” especial dedicado al padre putativo de Jesús. En el trasfondo de la Carta apostólica, está la pandemia de Covid-19 que -escribe Francisco- nos ha hecho comprender la importancia de la gente común, de aquellos que, lejos del protagonismo, ejercen la paciencia e infunden esperanza cada día, sembrando la corresponsabilidad. Como san José, “el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta”. Y sin embargo, el suyo es “un protagonismo sin igual en la historia de la salvación”.

Padre amado, tierno y obediente

San José, de hecho, expresó concretamente su paternidad al haber hecho de su vida una oblación de sí mismo en el amor puesto al servicio del Mesías. De ahí su papel como “la pieza que une el Antiguo y el Nuevo Testamento “, “siempre ha sido amado por el pueblo cristiano” (1). En él, “Jesús vio la ternura de Dios”, la ternura que nos hace “aceptar nuestra debilidad”, porque “es a través y a pesar de nuestra debilidad” que la mayoría de los designios divinos se realizan. “Sólo la ternura nos salvará de la obra” del Acusador, subraya el Pontífice, y es al encontrar la misericordia de Dios, especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que podemos hacer “una experiencia de verdad y de ternura”, porque “Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona” (2). José es también un padre en obediencia a Dios: con su “fiat” salva a María y a Jesús y enseña a su Hijo a “hacer la voluntad del Padre”. Llamado por Dios a servir a la misión de Jesús, “coopera en el gran misterio de la redención y es verdaderamente un ministro de la salvación” (3).

Padre en la acogida de la voluntad de Dios y del prójimo

Al mismo tiempo, José es “un padre en la acogida”, porque “acogió a María sin poner condiciones previas”, un gesto importante aún hoy -afirma Francisco- “en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente”. Pero el Esposo de María es también el que, confiando en el Señor, acoge en su vida incluso los acontecimientos que no comprende, dejando de lado sus razonamientos y reconciliándose con su propia historia. La vida espiritual de José no “muestra una vía que explica, sino una vía que acoge”, lo que no significa que sea “un hombre que se resigna pasivamente”. Al contrario: su protagonismo es “valiente y fuerte” porque con “la fortaleza del Espíritu Santo”, aquella “llena de esperanza”, sabe “hacer sitio incluso a esa parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia”. En la práctica, a través de san José, es como si Dios nos repitiera: “¡No tengas miedo!”, porque “la fe da sentido a cada acontecimiento feliz o triste” y nos hace conscientes de que “Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas”. Y no sólo eso: José “no buscó atajos”, sino que enfrentó “‘con los ojos abiertos’ lo que le acontecía, asumiendo la responsabilidad en primera persona”. Por ello, su acogida “nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles” (4).

Padre valiente y creativo, ejemplo de amor a la Iglesia y a los pobres

Patris corde destaca “la valentía creativa” de san José, aquella que surge sobre todo en las dificultades y que da lugar a recursos inesperados en el hombre. “El carpintero de Nazaret -explica el Papa- sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia”. Se enfrentaba a “los problemas concretos” de su familia, al igual que todas las demás familias del mundo, especialmente las de los migrantes. En este sentido, san José es “realmente un santo patrono especial” de aquellos que, “forzados por las adversidades y el hambre”, tienen que abandonar su patria a causa de “la guerra, el odio, la persecución y la miseria”. Custodio de Jesús y María, José “no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia”, de su maternidad y del Cuerpo de Cristo: cada necesitado, pobre, sufriente, moribundo, extranjero, prisionero, enfermo, es “el Niño” que José guarda y de él hay que aprender a “amar a la Iglesia y a los pobres” (5).

Padre que enseña el valor, la dignidad y la alegría del trabajo

Honesto carpintero que trabajó “para asegurar el sustento de su familia”, José también nos enseña “el valor, la dignidad y la alegría” de “comer el pan que es fruto del propio trabajo”. Este significado del padre adoptivo de Jesús le da al Papa la oportunidad de lanzar un llamamiento a favor del trabajo, que se ha convertido en “una urgente cuestión social”, incluso en países con un cierto nivel de bienestar. “Es necesario comprender”, escribe Francisco, “el significado del trabajo que da dignidad”, que “se convierte en participación en la obra misma de la salvación” y “ocasión de realización” para uno mismo y su familia, el “núcleo original de la sociedad”. Quien trabaja, colabora con Dios porque se convierte en “un poco creador del mundo que nos rodea”. De ahí la exhortación del Papa a todos a “redescubrir el valor, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva ‘normalidad’ en la que nadie quede excluido”. Mirando en particular el empeoramiento del desempleo debido a la pandemia de Covid-19, el Papa llama a todos a “revisar nuestras prioridades” para comprometerse a decir: “¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!” (6).

Padre en la sombra, descentrado por amor a María y Jesús

Siguiendo el ejemplo de la obra “La sombra del Padre” del escritor polaco Jan Dobraczyński, el Pontífice describe la paternidad de José respecto de Jesús como “la sombra del Padre celestial en la tierra”. “Nadie nace padre, sino que se hace”, afirma Francisco, porque se hace “cargo de él”, responsabilizándose de su vida. Desgraciadamente, en la sociedad actual “los niños a menudo parecen no tener padre”, padres capaces de “introducir al niño en la experiencia de la vida”, sin retenerlo ni “poseerlo”, pero haciéndolo “capaz de elegir, de ser libre, de salir”. En este sentido, José tiene el apelativo de “castísimo”, que es “lo contrario a poseer”: él, de hecho, “fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre”, “sabía cómo descentrarse” para poner en el centro de su vida no a sí mismo, sino a Jesús y María. Su felicidad está “en el don de sí mismo”: nunca frustrado y siempre confiado, José permanece en silencio, sin quejarse, pero haciendo “gestos concretos de confianza”. Su figura es, por lo tanto, ejemplar, señala el Papa, en un mundo que “necesita padres y rechaza a los amos”, que refuta a aquellos que confunden “autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción”. El verdadero padre es aquel que “rehúsa la tentación de vivir la vida de los hijos” y respeta su libertad, porque la paternidad vivida en plenitud hace “inútil” al propio padre, “cuando ve que el hijo ha logrado ser autónomo y camina solo por los senderos de la vida”. Ser padre “nunca es un ejercicio de posesión”, subraya Francisco, sino “un ‘signo’ que nos evoca una paternidad superior”, al “Padre celestial” (7).

La oración diaria del Papa a san José y ese “cierto reto”

Concluida con una oración a san José, Patris corde revela también, en la nota número 10, un hábito de la vida de Francisco: cada día, de hecho, “durante más de cuarenta años”, el Pontífice recita una oración al Esposo de María “tomada de un libro de devociones francés del siglo XIX, de la Congregación de las Religiosas de Jesús y María”. Es una oración que “expresa devoción y confianza” a san José, pero también “un cierto reto”, explica el Papa, porque concluye con las palabras: “Que no se diga que te haya invocado en vano, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder”.

Indulgencia plenaria para el “Año de San José”

Junto a la publicación de la Carta apostólica Patris corde, se ha publicado el Decreto de la Penitenciaría Apostólica que anuncia el “Año de San José” especial convocado por el Papa y la relativa concesión del “don de indulgencias especiales”. Se dan indicaciones específicas para los días tradicionalmente dedicados a la memoria del Esposo de María, como el 19 de marzo y el 1 de mayo, y para los enfermos y ancianos “en el contexto actual de la emergencia sanitaria”.

 

Vatican News – Ciudad del Vaticano

 

Ordenaciones de diáconos permanentes

El diaconado permanente

 

¿Quién es un diácono permanente?
Es un hombre bautizado, llamado por Dios a participar del servicio de Cristo, enviado del Padre para liberarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz.
 
El diácono es ordenado para el servicio, no para el sacerdocio.
 
¿Cuál es su misión?
El servicio de la Palabra de Dios, de la liturgia y de la caridad, procurando ser prolongación de Cristo, servidor de todos.
 
¿Dónde se fundamenta esta vocación?
En la Palabra de Dios: cuando los apóstoles eligieron a siete hombres a los que les impusieron las manos y los destinaron al servicio de la caridad.
 
San Clemente, obispo de Roma, explica que esto se hizo por voluntad de Dios. 
 
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que, siguiendo la tradición Apostólica, el diaconado permanente puede ser conferido a hombres casados.
 
Los candidatos deben recibir una adecuada formación para cultivar su vida espiritual y cumplir dignamente el ministerio
 
¿Cuál es el servicio del diácono permanente?
+ asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de los sacramentos;
+ distribuir la Eucaristía como ministro ordinario;
+ exponer solemnemente el Santísimo Sacramento y dar la bendición con él
+ asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo;
+ proclamar el Evangelio y predicar;
+ administrar solemnemente el Bautismo;
+ presidir las exequias;
+ bendecir a las personas y las cosas
+ entregarse a los servicios de caridad.
 
¿Cuáles son sus vestiduras litúrgicas?
La dalmática y la estola, que lleva desde el hombro izquierdo pasando sobre el pecho hacia el lado derecho del tronco, donde se sujeta
 
¿Dónde se forma?
La Diócesis de Matamoros cuenta con el Institutito Diaconal San Lorenzo para preparar a los diáconos permanentes
 

II Domingo de Adviento, ciclo B

Preparen el camino del Señor (cf. Mc 1, 1-8)

La vida es formidable. Pero hay momentos en que el panorama se pone oscuro y no vemos la salida; enfermedades, penas, problemas ¡Tantas cosas! Y ahora, hasta una pandemia que sigue echándonos a perder actividades, planes y proyectos, y que no deja de causar dolor, miedo, incertidumbre y muerte.

Pero en medio de todo eso, hoy escuchamos a Dios que dice: “Consuelen, consuelen a mi pueblo”[1]. ¡Qué maravilla! Aunque parezca lo contrario, él no se olvida de nosotros. Y no solo nos da una “palmadita”, sino que nos anima a seguir adelante haciéndonos ver el futuro inigualable y sin final que nos aguarda junto a él.

Para eso envió a Jesús, que se hizo uno de nosotros para liberarnos del pecado, compartimos su Espíritu y hacernos hijos suyos. ¡Esto es lo celebramos en Navidad! Y ese mismo Jesús, el Héroe de todos los héroes, que está siempre con nosotros echándonos la mano, volverá para culminar la obra que empezó.

Sin embargo, quizá sintamos que se está tardando; que ya debería venir para poner orden definitivamente en todas las cosas y llevarnos adelante. Pero lo que pasa, como explica san Pedro, es que nos tiene mucha paciencia y nos da tiempo para que pongamos de nuestra parte y así pueda hallarnos en paz, con él, con nosotros mismos y con los demás[2].

Por eso, a través del Bautista, nos invita a descubrir que él, a quien nada ni nadie puede compararse, llegará, y prepararnos a recibirlo, elevándonos a Dios a través de su Palabra, de la liturgia, de la Eucaristía y de la oración; rebajando nuestro egoísmo; enderezando nuestras intenciones torcidas; y quitando los obstáculos de la mentira, la manipulación, la injusticia, los chismes, los rencores, la corrupción, la indiferencia y la violencia, que nos hacen tropezar a nosotros mismos y a los demás.

San Jerónimo explica que quien se ama a sí mismo y no ama al prójimo, se aparta del camino, y que quien ama al prójimo pero no se ama sí mismo, se sale del camino[3]. Amémonos a nosotros mismos y dejémonos ayudar por Dios, que es capaz de salvarnos y de hacer que demos fruto[4]. ¿Cuál fruto? Un amor que nos haga llevar su consuelo a la familia y a los demás, especialmente a los más necesitados.

“El Salvador que esperamos –recuerda el Papa– es capaz de transformar nuestra vida… con la fuerza del Espíritu Santo, con la fuerza del amor… La Virgen María vivió en plenitud esta realidad… Que Ella, que preparó la venida del Cristo con la totalidad de su existencia, nos ayude a seguir su ejemplo y guíe nuestros pasos al encuentro con el Señor que viene” [5].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Is 40,1-5.9-11.
[2] Cf. 2ª Lectura: 2 Pe 3, 8-14.
[3] Cf. Catena Aurea, 6102.
[4] Cf. Sal 84.
[5] Cf. Angelus, 10 de diciembre de 2017.

 

La Corona de Adviento en la Iglesia

En esta época es común ver en las casas una especie de centro de mesa en forma de corona adornada con velas. Este hermoso arreglo, además de ser un elemento decorativo, tiene un sentido muy especial para nosotros los católicos, pues nos ayuda a entender que la Navidad está cerca y que debemos prepararnos espiritualmente para recibir al Niño Dios en nuestra casa. A continuación presentamos los elementos que conforman la tradicional Corona de Adviento y el significado de cada uno de ellos.

¿Por qué la corona de Adviento tiene forma circular?

El círculo es una figura geométrica perfecta, es decir que no tiene principio ni fin. De igual manera, la Corona tiene forma circular (sin principio ni fin), ya que nos recuerda la eternidad de Dios y nos hace pensar en los miles de años de espera en el Mesías, desde Adán hasta el nacimiento de Jesús, y actualmente en la segunda venida de Cristo, que estamos esperando.

El follaje de la Corona puede ser de abeto, pino o algún material artificial verde, color que está relacionado con la virtud de la esperanza. Muchos le dan el significado de un tiempo especial de crecimiento espiritual y de gracia.

¿Qué significan las velas de la Corona de Adviento?

Cada domingo de Adviento se enciende una vela y se hace una oración acompañada de una lectura bíblica y un villancico. Las velas significan la luz que va disipando las tinieblas pues cada vez que encendemos una se va disminuyendo la oscuridad hasta que el resplandor de Cristo Jesús, hecho hombre, ilumina todo. Cada vela corresponde a una semana del Adviento.

Aunque no es obligatorio que las velas sean de un color en específico, es costumbre que la Corona de Adviento tenga cuatro velas moradas y una rosa. Estos colores hacen alusión al tiempo litúrgico de Adviento, cuando los sacerdotes visten de morado, que simboliza penitencia y humildad de cara a la llegada de Jesús.

La vela rosa representa el Tercer domingo de Adviento, conocido como Gaudete. Este color representa la alegría y el gozo porque ya está cerca el nacimiento de Jesús.

Oración para rezar ante a la Corona de Adviento

Rey y Salvador Nuestro: Tú eres nuestra Luz.
Ilumina a nuestra familia y ayúdanos a caminar
unidos en el amor, la fe, la esperanza y la paz,
al encuentro Contigo. ¡Ven Señor Jesús!

 

Artículo:Desde la fe

I Domingo de Adviento, ciclo B

Velen, pues no saben a qué hora regresará el dueño de la casa
(cf. Mc 13, 33-37)

Dos amigos acampaban. Y al despertar, uno dice: “Mira hacia arriba y dime qué ves”. “El cielo”, contesta el otro. “Y eso, ¿qué te dice?”, pregunta el primero. “¿Que hay millones de galaxias y de planetas?”, responde preguntando el otro. “¡No!”, grita el primero: “¡Que nos han robado la tienda de campaña!”. Moraleja: hay que estar alerta.

Sí, hay que estar alerta. Porque a nadie le gusta que le quiten sus cosas. Y Dios, que nos ha creado y nos ama, no quiere que perdamos lo más valioso que nos ha regalado: la vida. Por eso, cuando nos dejamos “dormir” por el demonio, que haciéndonos desconfiar del Creador nos robó la paz y la vida, Dios rasgó el cielo y bajó[1], hasta hacerse uno de nosotros en Jesús, para rescatarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar.

Así nos enriqueció de tal manera que no carecemos de ningún don[2]. ¡Esto es lo que celebramos en Navidad! Y para vivir esta gran fiesta de amor, hoy iniciamos un tiempo de entrenamiento especial llamado “Adviento”, en el que Dios, que viene continuamente a echarnos la mano[3], nos ayuda a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía y de la oración, a comprender que Jesús, que vino a salvarnos y retornó al Padre, nos ha encomendado su casa, esperando que al volver nos encuentre haciendo lo que nos toca.

Sí, él nos ha confiado nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestro noviazgo, nuestros ambientes de vecinos, de amistades, de estudio y de trabajo, nuestra comunidad, nuestra Iglesia, nuestra ciudad, nuestro estado, nuestro país, nuestro mundo, y nuestra tierra, y espera que trabajemos con ganas, amando y haciendo el bien.

“El amor –recuerda el Papa–… nos permite construir una gran familia donde todos podamos sentirnos en casa… la vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro… hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor”[4]. Y esa plenitud Jesús la hará eterna cuando vuelva para llevarnos a gozar por siempre de él.

Por eso, ¡cuidado con quedarnos dormidos, encerrados en nosotros mismos, y mirando a los demás como si fueran cosas que podemos usar, desechar o ignorar! Porque como advierte san Agustín, el día del retorno del Señor encontrará dormido “a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido”[5].

“El Evangelio –comenta el Papa– no nos quiere dar miedo, sino abrir nuestro horizonte a otra dimensión, más grande” [6]. ¡Sí! Dios, que nos ama y quiere lo mejor para nosotros, nos invita a salir del egoísmo, que nos restringe y nos confina; nos invita a ir más allá de lo inmediato y pasajero; y ser capaces de desarrollarnos infinitamente, abarcando a la familia, a los demás y al mundo entero, hasta alcanzar una vida dichosa, sin límites y sin final. Por eso, ¡a velar y a estar preparados!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Is 63, 16-17. 19; 64, 2-7. 
[2] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 1, 3-9.
[3] Cf. Sal 79.
[4] Fratelli tutti, 62, 66, 68.
[5] Epístola 80.
[6] Angelus, 27 de noviembre 2016.

 

Solemnidad de Cristo Rey del Universo, ciclo A

Cuanto hicieron con el más insignificante, conmigo lo hicieron(cf. Mt 25,31-46)

Como nosotros, santa Juliana de Norwich soñaba con ser feliz. Pero durante toda su vida sufrió el horror de la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra; el doloroso cisma de Occidente, en el que primero dos y luego tres papas se disputaron la autoridad pontificia; la Peste Negra, que diezmó a Inglaterra y provocó una severa crisis económica y social; y padeció una enfermedad gravísima que la puso al borde de la muerte.

Pero Jesús se le manifestó y le dijo: “el pecado es la causa de todo este sufrimiento, pero todo acabará bien, y cualquier cosa, sea cual sea, acabará bien… Puedo transformar todo en bien, sé transformar todo en bien, quiero transformar todo en bien, haré que todo esté bien; y tú misma verás que todo acabará bien”[1].

¡Todo acabará bien! Eso es lo que Jesús, Rey del Universo, nos hace ver en el Evangelio. Aunque parezca que la mentira, la injusticia, la violencia, el sufrimiento y la muerte ganan la batalla, él, que haciéndose uno de nosotros vino a salvarnos y cuidarnos[2], volverá para culminar su obra, aniquilando para siempre todos los poderes del mal y uniéndonos definitivamente al Padre[3], en quien seremos felices por años sin término[4].

¿Qué nos toca hacer para que todo acabe bien para nosotros? Permanecer unidos a Jesús, a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas; y, con la ayuda del Espíritu Santo, vivir como enseña: amando y haciendo el bien, teniendo presente que él nos quiere tanto que, como dice el Papa, se identifica con nosotros, sobre todo cuando estamos necesitados, y se hace solidario con quien sufre para suscitar obras de misericordia[5].

Santa Teresa de Jesús lo comprendió. Por eso decía a sus religiosas: “…obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio… te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a tí… tomar trabajo por quitarle al prójimo… No piensen que no ha de costar algo. Miren lo que costó al Señor el amor que nos tuvo, que por librarnos de la muerte, la murió tan penosa en la cruz”[6].

Se trata de imitar a Jesús, y, como señala san Juan Crisóstomo, ser útiles para los demás[7]. Hasta en nuestros momentos más difíciles, como la pandemia que estamos enfrentando, podemos hacer algo por quien padece necesidad, material o espiritual. Así supo hacerlo san Cipriano, quien frente a la peste que asoló a Cartago en el siglo III, se implicó en la asistencia a los enfermos, con esta convicción: “la peste, horrible y mortal, explora la justicia de cada uno” [8]; “…o se muestra misericordia al enfermo y al difunto, o aumentan los delitos de codicia y rapiña”[9].

Cuando no hacemos el bien, hacemos mal. Por eso, contemplando a los que se condenan, san Agustín comenta: “Se hizo digno de la pena eterna, el que aniquiló en sí el bien que pudiera ser eterno”[10]. No seamos de esos. Vivamos de tal manera que, cuando llegue el momento, nuestro Rey Jesús pueda decirnos: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes”. Entonces veremos como todo acaba bien.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Libro de visiones y revelaciones, caps. 27 y 31.
[2] Cf. 1ª. Lectura: Ez 34, 11-12.15-17.
[3] Cf. 2ª. Lectura: 1 Cor 15, 20-26.28.
[4] Cf. Sal 22.
[5] Ángelus, 26 de noviembre 2017.
[6] El castillo interior, Cap. III, 11 y 12.
[7] Homiliae in Matthaeum, hom. 79, 1.
[8] De la mortalidad, 16
[9] A Demetrianum, 10
[10] De civitate Dei, 21, 11.

 

Obispos envían mensaje al Pueblo de México

“…al verlo, se conmovió profundamente, se acercó y le vendó sus heridas, curándolas con aceite y vino.” (Lc 10,33)

Los obispos mexicanos, con abrazo fraterno nos dirigimos al Pueblo de Dios que peregrina en esta Nación mexicana en medio de una crisis profunda, acentuada por la pandemia del COVID-19, que llegó de manera inesperada, mostrando la fragilidad de las estructuras del País. Después de varios meses de prueba, parecía que había pasado lo más grave de la crisis, que habíamos tocado fondo y que volvíamos a una nueva realidad; sin embargo, cada día aumentan los contagios y las muertes: Son amigos, familiares, fieles, en muchos casos personas que tenían una responsabilidad familiar, social o pastoral.

La crisis ha afectado todos los campos de la vida: Una economía en decrecimiento y muchas empresas en quiebra; el sistema de salud con pocos recursos, con graves deficiencias; la realidad política de una democracia incompleta, con resentimiento social; un sistema educativo débil; la violencia se ha incrementado. A esta situación, de suyo compleja, se suman los hechos constantes del narcotráfico y el crimen organizado, de las ideologías contra la vida que siembran desesperanza y descalificaciones. El cansancio, la soledad y desesperación aumentan cuando hay carencia de alimentos y medicamentos. 

Sin embargo, estas sombras, unidos a Cristo resucitado se transforman en signos de esperanza: Tantos hermanos que, aun en circunstancias de riesgo y miedo, como son: Médicos, enfermeros y enfermeras, personal de limpieza, cuidadores, voluntarios, familias, empresas, sacerdotes, religiosas, diáconos, agentes de pastoral, en un servicio generoso en distintas actividades, son manifestaciones de la conciencia de ser familia, comunidad, de que vamos en la misma barca y nos ayudamos unos a otros.

Como pastores, queremos ser responsables de caminar con ustedes, Pueblo de Dios, que esperan de nosotros una especial valentía profética frente a las circunstancias actuales de nuestro País, y quieren ver en nosotros un testimonio humilde y sencillo de cercanía auténtica. Queremos dar una palabra de consuelo: “Que todos nuestros espacios eclesiales sean verdaderos oasis de misericordia. El trato respetuoso, la palabra amable, la escucha paciente, la preocupación sincera por el sufrimiento del otro, son lugares privilegiados para testimoniar la redención de Jesucristo” (PGP 149).

También queremos dar una palabra de esperanza: “El Reino de Dios no es sólo una promesa futura para después de la muerte, sino una realidad que ha comenzado ya en la persona de Jesús. Esta realidad tiene valores concretos que pueden descubrirse en la vida de la comunidad: …en los pequeños pasos que se dan en una familia para vivir el amor y la paz, en los logros de los grupos humanos por tener sociedades más justas y fraternas.” (PGP 119)

Con la mirada puesta en Santa María de Guadalupe, llenos de esperanza, sigamos edificando la“Casita Sagrada” de nuestra identidad de Pueblo de Dios en nuestra Patria, en toda América y en el mundo entero, descubriéndonos y valorándonos como hijos del mismo Padre, favoreciendo el encuentro, el diálogo, la convivencia y solidaridad en actitudes fraternas marcadas por el perdón, el amor, la justicia y la paz (Cfr PGP 154).

“De una crisis no salimos igual: o salimos mejores o salimos peores”, decía recientemente el Papa Francisco ante la ONU (25.09.20). Y con este espíritu nos animamos a preparar el futuro con esperanza, generando procesos nuevos, superando el egoísmo, las desconfianzas y las descalificaciones, y trabajando por la unidad y concordia. Como el Buen Samaritano, queremos ayudar a sanar a quienes están heridos por muy diversos motivos.

Con nuestra palabra de consuelo, de esperanza y de aliento, seamos “Iglesia en salida”. Con Cristo crucificado y resucitado vayamos a todos los lugares y las personas, sea de manera física, espiritual o virtual. “Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie…” (EG 14).

Es urgente establecer tareas específicas en el campo de lo social: para los pobres y con los pobres, con el mundo del trabajo, con los empresarios, para la promoción de un desarrollo sustentable y socialmente responsable, “incorporando la Doctrina Social de la Iglesia como un eje transversal en la formación de los agentes de pastoral, en las catequesis ordinarias y pre-sacramentales de todos los fieles cristianos.” (PGP 176).

En actitud de conversión pastoral, caminemos juntos, escuchándonos mutuamente y de corazón, sobre todo escuchando al Espíritu Santo que nos conduce y sostiene. Ejercitemos también una conversión ecológica, de una nueva actitud “con la hermana madre tierra”, como lo expresa San Francisco de Asís.

En preparación a las elecciones políticas en nuestro País el próximo año y siguiendo la inspiración del Papa Francisco, quien reitera que “la política es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común” (FT 180), conozcamos y analicemos las propuestas de los candidatos a los puestos públicos y participemos con responsabilidad. 

Santa María de Guadalupe, que “nos rescató del aislamiento y nos congregó con especial predilección para formar un pueblo, el pueblo de México” (PGP 177), nos sostenga en este camino de encuentro solidario y fraterno.

 

Todos los Obispos de la Conferencia del Episcopado Mexicano

México, a 12 de noviembre del 2020.

Mons. Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Monterrey
Presidente de la CEM

Mons. Alfonso Miranda Guardiola
Obispo Auxiliar de Monterrey
Secretario General de la CEM

Homilía para el XXXIII Domingo Ordinario, ciclo A

Demos fruto con los talentos recibidos (cf. Mt 25,14-30)

A Gianna Beretta, nacida en 1922, Dios le confió ser educada cristianamente por sus padres; estudiar medicina y especializarse en Pediatría; aprender alpinismo y esquí; casarse y ser madre de cuatro hijos. Y ella supo armonizar sus deberes de madre, esposa, médico, ciudadana y cristiana, haciendo además apostolado en la Acción católica y en la Sociedad de San Vicente de Paúl, sirviendo a jóvenes, ancianos y necesitados, hasta que dio su vida para salvar a su última hija. Así llegó a la casa del Padre a los cuarenta años de edad.

También a Carlo Acutis, nacido en 1991, el Señor le confió la fe, simpatía, inteligencia, habilidad para las nuevas tecnologías. Y él, desde que recibió la Primera Comunión, iba a Misa todos los días, oraba ante del Sagrario y rezaba el Rosario. Daba testimonio en casa, la escuela y en sus ambientes. Incluso su mamá, que había estado alejada de la fe, reconoce: “Carlo fue mi salvación”. Carlo usaba la informática para evangelizar. Ayudaba a inmigrantes, discapacitados, niños y mendigos. Decía: “Nuestra meta debe ser el infinito, no lo finito”. Y ahí llegó a los quince años, tras padecer leucemia fulminante.

Como a ellos, Dios nos ha confiado muchas cosas: la creación, la vida, el cuerpo, el alma, la inteligencia, la voluntad, la libertad, sentimientos, amor, la familia, amigos, la sociedad, la Iglesia, los dones que nos ha concedido. “Se fía de nosotros –dice el Papa–… No lo decepcionemos” [1]. Mantengámonos despiertos y demos fruto[2] ¿Cómo? Permaneciendo unidos a Jesús[3], a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía y de la oración.

Así podremos seguir sus caminos[4], abriendo la mano a todos, especialmente a los más necesitados[5]. Esto es lo que él nos pide a través de la parábola del hombre que antes de partir de viaje encargó sus bienes a sus servidores de confianza, esperando que dieran fruto a su regreso ¿Cuál es la clave para hacerlo? El amor.

Ese amor que hace llevar la vida a plenitud, cuidando la salud física, sexual, emocional, intelectual, moral y espiritual. Ese amor que nos hace valorar a la familia y darle lo mejor de nosotros. Ese amor que impulsa a progresar y a fomentar las capacidades económicas y tecnológicas a fin de hacer crecer los bienes y la riqueza para compartirlos con todos[6]. Ese amor que nos anima a promover la vida, la dignidad y los derechos de toda persona, y a custodiar la casa común, que es la tierra.

Quien vive así, entrará en el gozo eterno del Señor. En cambio, el que no tiene amor y justifica su egoísmo diciendo que Dios es demasiado exigente, perderá todo para siempre, como explica san Gregorio[7].

Ahora que la pandemia nos hace sentirnos a necesitados y débiles, demos fruto con lo que Dios nos ha confiado, tendiendo la mano a la familia y a los que nos rodean, especialmente a los que más lo necesitan, como pide el Papa en esta Jornada mundial de los pobres, descubriéndonos parte del mismo destino[8].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Ángelus, 16 de noviembre de 2014.
[2] Cf. 2ª Lectura: 1 Tes 5,1-6.
[3] Cf. Aclamación: Jn 15, 4.5.
[4] Cf. Sal 127.
[5] Cf. 1ª Lectura: Prov 31,10-13.19-20.30-31.
[6] Cf. Fratelli tutti, 123.
[7] Cf. SAN GREGORIO MAGNO, Homiliae in Evangelia, 9,6.
[8] Cf. Mensaje para la Jornada mundial de los pobres, 15 de noviembre 2020.

 

Homilía para el XXXII Domingo Ordinario, ciclo A

Las jóvenes prudentes (cf. Mt 25,1-13)

Como muchos de nosotros, san Agustín experimentó la pena de perder a sus seres queridos. “El dolor ensombreció mi corazón –recuerda–… Me convertí en un oscuro enigma para mí mismo…

La vida me era insoportable, pero tenía miedo de morir”[1]. Pero encontró lo que tanto buscaba: la sabiduría, que es radiante y no se termina[2]: a Dios, que en Jesús se hizo uno de nosotros para liberarnos del pecado y unirnos a él, que hace la vida por siempre feliz[3].

Así, iluminado por la Sabiduría, san Agustín creyó en Jesús, muerto y resucitado, por quien Dios lleva consigo a los que han muerto[4]. Entonces, mirando todo con claridad, pudo exclamar: “Dichoso el que te ama… pues el único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere y los tiene en Aquel que no se pierde”[5].

¡Sí! Gracias a Jesús, que amando hasta dar la vida nos ha liberado del pecado y de la muerte, nos espera una vida por siempre feliz. “¡Cuál no será tu gloria y tu dicha! –dice san Cipriano de Cartago–: ser admitido a ver a Dios… gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos… las alegrías de la inmortalidad alcanzada”[6].

Sin embargo, a nosotros toca estar preparados, como enseña Jesús a través de la parábola de las diez jóvenes invitadas a la fiesta de bodas, de las cuales cinco, aunque tenían la lámpara de la fe, no tenían el aceite del amor para alimentarla[7], y cuando llegó el novio se quedaron fuera, mientras que las otras, que sí lo tenían, entraron al banquete.

Lo que se juega es tan grande, que, como dice el Papa, debemos colaborar con la gracia de Dios ahora[8]. Así lo comprendió santa Fabiola. Por eso se dedicó con entusiasmo a conocer la Palabra de Dios, a recibir los sacramentos, y a ayudar a los más necesitados. “Ella –dice san Jerónimo– fue la primera que fundó un hospital para recoger a los enfermos de las plazas públicas… ¡Cuántas veces lavó las llagas, que otros ni se hubieran atrevido a mirar!… Y como en todo momento se estaba preparando, la muerte no pudo hallarla desprevenida” [9].

¿Y nosotros? ¿Estamos preparados? No nos descuidemos. Es lo más importante en la vida, lo definitivo. Alimentemos la lámpara de la fe que Dios nos ha regalado con el amor; amándolo a él y recibiendo su amor a través de su Palabra, de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, y de la oración; y amando y haciendo el bien a la familia, a los amigos, a los vecinos, a los compañeros, a los más necesitados.

Hagámoslo, teniendo presente aquello que decía san Gregorio: “al que tiene la firme decisión de llegar a término ningún obstáculo del camino puede frenarlo en su propósito. No nos dejemos seducir por la prosperidad, ya que sería un caminante insensato el que, contemplando la amenidad del paisaje, se olvidara del término de su camino”[10].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Confesiones, Libro IV, Cap. IV, 3 – VI, 1.
[2] Cf. 1ª Lectura: Sb 6, 12-16.
[3] Cf. Sal 62.
[4] Cf. 2ª Lectura: 1 Tes 4,13-18.
[5] Confesiones, Libro IV, Cap. IX, 1
[6] Ep. 56,10.
[7] Cf. San Hilario, In Matthaeum, 27.
[8] Cf. Ángelus, 12 de noviembre de 2017.
[9] Carta 77, 6. 9.
[10] Homilía 14, 6.

 

“Compartir para repartir” Diezmo Diocesano 2020

En todas las Parroquias, Cuasiparroquias y Rectorías

A lo largo de la historia de la Iglesia, el Diezmo ha fungido como uno de los grandes apoyos por los cuales el Pueblo de Dios ayuda en el sostenimiento de la misma Iglesia en todas sus obras por el bien de las comunidades.

El Diezmo, por tanto, es una ofrenda que cada uno de nosotros damos a la Iglesia como expresión de nuestro compromiso y responsabilidad para continuar apoyando los procesos de evangelización, para los sacerdotes jubilados y enfermos, así como apoyar las necesidades sociales apremiantes.

Agradecemos inmensamente su generosidad en las pasadas colectas del Diezmo. Muchas gracias por su invaluable apoyo.

¿Qué es el Diezmo Diocesano?
Es la ofrenda anual para impulsar las obras de la Iglesia y quinto mandamiento de la Iglesia

¿Cuánto debemos aportar?
Por lo menos 1 día de ingresos al año (para las personas que tienen un trabajo)

Con tu aporte apoyas a:
La evangelización
– El culto
– El servicio a otros, especialmente los más necesitados

¿Dónde entregar el Diezmo?
En tu Parroquia o Rectoría.
– En las oficinas de la Economía diocesana

(Calle 4 #37 entre Morelos y González, Zona Centro,  H. Matamoros, Tam., C.P. 87300)
Teléfono: (868) 812-4318 H. Matamoros, Tamaulipas.

Donación a distancia:
Por transferencia electrónica ó depósito:

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“Fratelli tutti”, la encíclica social del Papa Francisco

¿Cuáles son los grandes ideales, pero también los caminos concretos a recorrer para quienes quieren construir un mundo más justo y fraterno en sus relaciones cotidianas, en la vida social, en la política y en las instituciones? Esta es la pregunta a la que pretende responder, principalmente “Fratelli tutti”: el Papa la define como una “Encíclica social” (6) que toma su título de las “Admoniciones” de san Francisco de Asís, que usó esas palabras “para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio” (1). El Poverello “no hacía la guerra dialéctica imponiendo doctrinas, sino que comunicaba el amor de Dios”, escribe el Papa, y “fue un padre fecundo que despertó el sueño de una sociedad fraterna” (2-4). La Encíclica pretende promover una aspiración mundial a la fraternidad y la amistad social. A partir de una pertenencia común a la familia humana, del hecho de reconocernos como hermanos porque somos hijos de un solo Creador, todos en la misma barca y por tanto necesitados de tomar conciencia de que en un mundo globalizado e interconectado sólo podemos salvarnos juntos. Un motivo inspirador citado varias veces es el Documento sobre la Fraternidad humana firmado por Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar en febrero de 2019.

La fraternidad debe promoverse no sólo con palabras, sino con hechos. Hechos que se concreten en la “mejor política”, aquella que no está sujeta a los intereses de las finanzas, sino al servicio del bien común, capaz de poner en el centro la dignidad de cada ser humano y asegurar el trabajo a todos, para que cada uno pueda desarrollar sus propias capacidades. Una política que, lejos de los populismos, sepa encontrar soluciones a lo que atenta contra los derechos humanos fundamentales y que esté dirigida a eliminar definitivamente el hambre y la trata. Al mismo tiempo, el Papa Francisco subraya que un mundo más justo se logra promoviendo la paz, que no es sólo la ausencia de guerra, sino una verdadera obra “artesanal” que implica a todos. Ligadas a la verdad, la paz y la reconciliación deben ser “proactivas”, apuntando a la justicia a través del diálogo, en nombre del desarrollo recíproco. De ahí deriva la condena del Pontífice a la guerra, “negación de todos los derechos” y que ya no es concebible, ni siquiera en una hipotética forma “justa”, porque las armas nucleares, químicas y biológicas tienen enormes repercusiones en los civiles inocentes.

También es fuerte el rechazo de la pena de muerte, definida como “inadmisible” porque “siempre será un crimen matar a un hombre”, y central es la llamada al perdón, conectada al concepto de memoria y justicia: perdonar no significa olvidar, escribe el Pontífice, ni renunciar a defender los propios derechos para salvaguardar la propia dignidad, un don de Dios. En el trasfondo de la Encíclica está la pandemia de Covid-19 que – revela Francisco – “cuando estaba redactando esta carta, irrumpió de manera inesperada”. Pero la emergencia sanitaria mundial ha servido para demostrar que “nadie se salva solo” y que ha llegado el momento de que “soñemos como una única humanidad” en la que somos “todos hermanos” (7-8).

 

Photo/VaticanNews
Texto/Isabella Piro

Más sobre la ENCICLICA

 

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Alégrense, porque su premio será grande en los cielos (cf. Mt 5, 1-12)

A santa Juliana de Norwich le tocó una época muy difícil: la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra; el cisma de Occidente, que sumergió a la Iglesia en una terrible crisis y división; y la Peste Negra, que mató a casi la mitad de la población.

Pero siguió adelante, amando y haciendo el bien, alentada por estas palabras que le dirigió Jesús: “todo acabará bien… sea lo que sea, acabará bien”[1].

“Todo acabará bien”. Esa es la gran esperanza que nos anima hoy en la celebración de todos los santos, entre los que, como dice el Papa, pueden estar familiares y amigos que, a pesar de sus imperfecciones y caídas, siguieron adelante, y ahora que han llegado a Dios nos siguen queriendo y nos echan la mano intercediendo por nosotros[2].

Contemplar esa multitud que ha alcanzado la meta[3], nos anima, porque nos hace ver que a pesar de todo el mal que hay en el mundo y de todas las penas y problemas, todo pasará y al final vencerá el amor, que en definitiva es Dios, quien hace triunfar para siempre el bien y la vida.

Para eso el Padre, creador de todo, envió a su Hijo, que, haciéndose uno de nosotros y amando hasta dar la vida, derrotó al pecado y a la muerte, nos compartió su Espíritu y nos hizo hijos de Dios, dándonos así la posibilidad de participar de su vida por siempre feliz. A nosotros toca ir a Jesús[4], unirnos a él a través de su Palabra, de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, y de la oración, y seguir el camino que nos enseña: el amor.

Ese amor que nos lleva a reconocer que necesitamos de Dios, y, como explica el Papa, dejarle entrar en nuestra vida[5]. Así, con su luz, podremos mirar la totalidad de lo real y descubrir que, como señala san Hilario, con nuestros pecados nos degradamos a nosotros mismos, a los demás y a la tierra[6]. Entonces podremos arrepentirnos y mejorar, haciéndonos más sensibles y amables con los que nos rodean.

De esta manera sentiremos hambre y sed de Dios y de hacer el bien, como señala el Papa[7], siendo misericordiosos y manteniéndonos limpios de aquello que nos aleja de él, de nosotros mismos y de los demás[8]. Entonces, libres del egoísmo, estaremos en paz con nosotros mismos y llevaremos paz a la familia y a los que nos rodean, perdonando las ofensas y reconciliando a los que están enemistados, como hacía santa Mónica, que oía a ambas partes y solo decía aquello que podía servir para reconciliarlas[9].

Este es el camino que hace la vida plena y eterna. Sin embargo, no faltarán persecuciones internas, las del propio egoísmo, y externas, las de un mundo que nos ofrece y hasta nos presiona para que sigamos caminos muy diferentes. Pero si ponemos nuestra esperanza en Dios y vivimos como enseña[10], no dudemos que nuestro premio será grande en los cielos, donde todo, sea lo que sea, acabará bien.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Libro de revelaciones, 13.
[2] Cf. Gaudete et exsultate, 3.
[3] Cf. 1ª Lectura: Ap 7, 2-4. 9-14.
[4] Cf. Aclamación: Mt 11, 28.
[5] Gaudete et exsultate, 68.
[6] Cf. In Matthaeum, 4.
[7] Cf. Audiencia 11 de marzo 2020.
[8] Cf. Sal 23.
[9] Cf. San Agustín, Confesiones, L IX, Cap. IX, 2.
[10] Cf. 2ª Lectura: 1 Jn 3,1-3.

 

Día de Todos los Santos: ¿por qué se celebra?

Cada 1 de Noviembre, la Iglesia católica celebra la Solemnidad de Todos los Santos, que desde el siglo IV está presente en los ritos orientales dedicados a los mártires de toda la tierra. Al paso del tiempo, esta fiesta se refería a todos los justos que estaban en el cielo, y solo fue hasta los siglos VIII y IX cuando esta celebración se extendió a occidente.

En esta fecha se recuerda a todas aquellas personas —aun las que no han sido beatificadas o canonizadas— y, es más, cuyos nombres están perdidos en la historia, pero que ya están en la presencia de Dios.

El Apocalipsis (7, 9) hace referencia a los incontables mártires de la Iglesia que dieron su vida por la fe, durante las 10 oleadas de crímenes que decretaron distintos emperadores romanos durante los primeros cuatro siglos: “miré y vi una gran multitud de todas las naciones, razas, lenguas y pueblos. Estaban en pie delante del trono y delante del Cordero, y eran tantos que nadie podía contarlos. Iban vestidos de blanco y llevaban hojas de palma en las manos”

Desde el año 359, la Iglesia Oriental cuenta con esta festividad, según San Efrén en Carmina Nisibona, y San Atanasio en Espistulae Syricae. En cuanto a las fechas, primero era el 13 de mayo para las Iglesias de Siria y el primer domingo después de Pentecostés para Antioquía, según refiere San Juan Crisóstomo.

En Roma, la fiesta de todos los santos se vinculó al templo del Panteón que hacía referencia al culto de todos los dioses romanos, y esto fue posible porque hacia el año 608, Focas, el emperador de Oriente, lo donó al Papa Bonifacio IV, quien transformó este monumento en iglesia, dedicándola el 13 de mayo del año 610 a Santa María la Rotonda.

En el siglo IX, el Papa Gregorio III (731-741) trasladó gran número de cuerpos de los mártires desde las catacumbas de Roma, y se volvió a consagrar la iglesia el 1 de noviembre de 835. Este Papa también consagró una capilla del Vaticano a los mártires que habían sido olvidados, y se dedicó al Salvador, a Santa María, a los apóstoles, a los mártires, a los confesores y todas las almas justas.

En el folklor popular mexicano, esta fiesta, y la del día 2 de noviembre dedicada a los fieles difuntos, forman un binomio cultural que se conoce como días de muertos, y en algunas poblaciones, como en Mixquic, presumen que Todos los santos están dedicados a los niños difuntos y el día 2 a los adultos

Desde la fe / Carlos Villa Roiz