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VI Domingo de Pascua, ciclo B 2018

Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos (cf. Jn 15, 1-8)

En la verdadera amistad, las personas nos queremos y nos conocemos a fondo. Estamos ahí, en las buenas y en las malas. Nos escuchamos y nos hablamos con la verdad buscando el auténtico bien. Nos la jugamos para ayudarnos a salir adelante ¡Qué maravilla es la amistad!

¿Y saben qué? Que todos tenemos un amigo así. Un amigo que se la rifó para sacarnos del hoyo en el que caímos al desconfiar de Dios y pecar. Un amigo que el Padre, creador de todas las cosas, nos envió para darnos vida por él[1]. Un amigo que nos demostró su amor dando la vida para comunicarnos su Espíritu y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar.

¡Ese amigo es Jesús! El amigo que, buscando que su alegría, plena y eterna, esté en nosotros, nos invita a permanecer en su amor, cumpliendo sus mandamientos, que, como explica san Gregorio, brotan del amor[2]. Por eso nos pide que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado: hasta dar la vida.

Él nos da ejemplo. No eligió como amigos a gente perfecta, sino a personas que, como hace notar el Papa, no lo habían comprendido, y que en el momento crucial lo abandonaron[3] ¿Porqué nos ama así y nos acepta a pesar de nuestras fallas? Porque él es Dios encarnado, y Dios es amor[4]; amor perfecto, libre, infinito e incondicional, que, como dice san Pedro, no hace distinciones[5].

Lo único que necesitamos es aceptar su amistad, viviendo como lo que somos; hijos suyos. Esto significa que, como nuestro Padre, debemos ser libres para amar. Para amar a la gente como es, incluso a los que sienten, piensan y actúan de forma diferente a nosotros, y a los que no nos caen bien o no les caemos bien.

Y por amor, dar lo mejor de nosotros cada día en casa, la escuela, el trabajo y la comunidad, amando a la pareja cuando está de buenas y cuando está de malas; amando a los hijos, cuando son obedientes y cuando se ponen de rebeldes; amando a los papás cuando nos dan los permisos que pedimos y cuando no nos los dan; amando a los hermanos cuando son a todo dar y cuando no lo son tanto.

Amando a los vecinos, a los compañeros y a la gente con la que nos encontremos, no entrándole al bullying, a la mentira, a la injusticia, a la trampa, al chisme, a la corrupción, a la indiferencia. Amando y siendo ciudadanos responsables y participativos. Amando y echándole la mano a los necesitados. Amando y cuidando el medioambiente.

Parece difícil, y lo es. Pero si permanecemos unidos al mejor de los amigos, Jesús, escuchando su Palabra, recibiendo sus sacramentos y conversando con él en la oración, nos llenaremos tanto de su Amor, que podremos vivir cada día como hijos de Dios, amando y haciendo el bien. Así, su alegría, que siempre triunfa[6], estará en nosotros.

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: 1 Jn 4, 7-10.
[2] Cf. In Evang. hom. 27.
[3] Cf. Regina coeli, Domingo 10 de mayo de 2015.
[4] Cf. 2ª Lectura: 1 Jn 4, 7-10.
[5] Cf. 1ª Lectura: Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48.
[6] Cf. Sal 97.

 

 

 

Kermesse del Seminario 2018

Una invitación para todas las familias de las diversas comunidades de nuestra región. Será en las instalaciones del Seminario, carretera a Cd. Victoria km. 13.5 Matamoros, Tamaulipas. Más informes (868) 812-0623 Les esperamos!

 

 

Intención del Papa en el mes de mayo 2018

Se ha hecho público el quinto video de las intenciones de oración del Papa Francisco para este año 2018 en el que pide rezar por los fieles laicos y por su misión en la Iglesia.

El Papa afirma en el video que “los laicos están en primera línea de la vida de la Iglesia”. Recuerda que “necesitamos su testimonio sobre la verdad del Evangelio, su ejemplo al expresar su fe con la práctica de la solidaridad”.

“Demos gracias por los laicos que arriesgan, que no tienen miedo y que ofrecen razones de esperanza a los más pobres, a los excluidos, los marginados”.

Por último, anima a pedir “juntos este mes para que los fieles laicos cumplan su misión específica, la misión que han recibido en el bautismo, poniendo su creatividad al servicio de los desafíos del mundo actual”.

 

 

 

V Domingo de Pascua, ciclo B (2018)

El que permanece en mí y yo en él, da fruto abundante (cf. Jn 15, 1-8)

Sentirse solo es terrible. No tener con quien compartir las alegrías, las penas, los proyectos, los éxitos y los fracasos, alguien que nos quiera, nos comprenda y nos eche la mano para seguir adelante, nos hace sentir vacíos, abandonados, desanimados, infecundos. Dios no quiere eso.

Por eso, habiéndonos creado para vivir por siempre unidos a él y entre nosotros, cuando vio cómo al pecar nos autocondenamos a la soledad mortal del egoísmo, nos ayudó haciéndose uno de nosotros en Jesús, para, amando hasta dar la vida, sacarnos de la prisión perpetua del pecado, darnos su Espíritu, unirnos a él, y hacernos hijos suyos y hermanos de todos.

¡De ahí que con Jesús ya nunca estemos solos! Nuestra unión con él, a partir de nuestro bautismo, es permanente; tan íntima, profunda y vital, que él mismo dice: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”. “Jesús es la vid –comenta el Papa– y a través de él –como la savia en el árbol– pasa a los sarmientos el amor mismo de Dios, el Espíritu Santo” [1].

Este amor nos regala una gran familia; la Iglesia, cuerpo de Cristo, en la que nadie puede sentirse solo. Así lo experimentó san Pablo, cuando, presentado por Bernabé, que no lo abandonó con indiferencia sino que se interesó por él, fue admitido por los Apóstoles a vivir con ellos la alegría de compartir la fe en Jesús, y recibió apoyo y protección de parte de los hermanos de la comunidad para comunicar a todos su amor[2].

Ese amor que nos libera de la soledad y que nos hace posible dar fruto ¿Qué fruto? El sentirnos saciados[3], plenos y animados a echarle ganas, a pesar de las penas, enfermedades y problemas. El dar lo mejor de nosotros en casa, la escuela, el noviazgo y el trabajo. El poner nuestro granito de arena para construir un mundo más humano para todos. El unirnos a Dios, que hace la vida por siempre feliz.

Comprendiéndolo, ¡reforcemos nuestra unión con Jesús! Hagámoslo escuchando y haciendo vida su Palabra, recibiendo sus sacramentos –especialmente la Eucaristía–, platicando con él en la oración. Así, llenos de su amor, amaremos de verdad a los demás, no de palabra sino con obras[4], siendo comprensivos, justos, pacientes, serviciales, solidarios, perdonando y pidiendo perdón.

Quien se aparta de Jesús, como dice san Juan Crisóstomo, no goza de los cuidados del labrador, que es Dios, y acaba secándose para siempre[5]. En cambio, quien está unido a Jesús, deja que el amor de Dios fluya en él de tal manera que es capaz de liberar a los demás del drama de la soledad, de ayudarles a tener una vida mejor, y de ser constructor de unidad en su matrimonio, en su familia y en sus ambientes.

¿Lo hacemos? ¿Con nuestras actitudes, palabras y obras procuramos hacer un poco más feliz la vida de los que nos rodean, especialmente de los más necesitados? ¿Fomentamos la unidad de las personas con nosotros, entre ellas y con Dios, o provocamos divisiones, distanciamientos y pleitos? Que Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, interceda por nosotros para que le echemos ganas y hagamos lo correcto. De eso depende nuestro presente y nuestro futuro.

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Regina coeli, 3 de mayo de 2015.
[2] Cf. 1ª Lectura: Hch 9 26-31.
[3] Cf. Sal 21.
[4] Cf. 2ª Lectura: 1 Jn 3, 18-24.
[5] Cf. Catena Aurea, 13504

 

 

 

Colecta a favor de la Universidad Pontificia de México

Al pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Matamoros:

La especialización de varios sacerdotes, consagradas, consagrados, seminaristas y laicos ha dado abundantes frutos en nuestra Iglesia diocesana. Y en esto, mucho ha contribuido la Universidad Pontificia de México, que, a través de la investigación, la docencia y la difusión del patrimonio cristiano, humano y científico, cumple su misión evangelizadora y favorece la construcción de una sociedad más justa y solidaria.

Por eso, con el deseo de apoyar a esta importante institución educativa de nuestra Iglesia que peregrina en México, les invito a ser generosos en la colecta que a su favor se llevará a cabo el próximo domingo 29 de abril. Les ruego que lo recaudado sea depositado, a la brevedad, en la Cuenta No. 0150985872 del Banco Bancomer BBVA, mandando la ficha de depósito correspondiente, o bien, llevar la colecta directamente a la Economía diocesana.

Que la esperanza que nos da la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo nos siga impulsando en la misión de evangelizar con entusiasmo y entrega nuestra sociedad.

A 24 de abril de 2018, Año de la juventud

 

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

 

 

Mar de bendiciones en el Encuentro de Alabanza

El pasado 21 de abril de 2018 se vivió el segundo Encuentro de Alabanza en las instalaciones del Gimnasio de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, de las 10 de la mañana hasta las 8 de la noche, en la ciudad de H. Matamoros.

Temas, oración, alabanza, Santa Misa y un espacio de fraternidad en la fe, más de 2500 personas unidas en un solo corazón. Mons. Eugenio Lira, Obispo de Matamoros, presidió la Santa Misa: “Jesús nos ama, nos cuida y nos saca adelante ¡Confiemos en él! Y con nuestro testimonio ayudemos a muchos a encontrarlo”, post que tuiteó posterior a la celebración.

El evento cerró con la participación del cantautor Martín Valverde, cantando a coro entre otros temas “pues nadie te ama como yo”. Que el Señor siga derramando un mar de bendiciones en nuestras comunidades.

Mons. Lira al final de la Santa Misa

Parte de los participantes en el evento

Sr. Obispo Eugenio Lira, Mons. Oscar Lozano, organizador del evento,
con entusiastas laicos de la Parroquia de San Antonio de Padua, Matamoros.

 

 

Fotos/Mons. Eugenio Lira
@MonsLira

Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Este 22 de abril, Domingo del Buen Pastor, la Iglesia celebra la 55 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. El Papa Francisco en su mensaje para esta jornada mundial recuerda que “nuestra vida y nuestra presencia en el mundo son fruto de una vocación divina”.

Asimismo, en el marco de la 15° Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos dedicada a los jóvenes, “en particular a la relación entre los jóvenes, la fe y la vocación”, que se celebrará en octubre, el Pontífice reflexionó sobre tres conceptos: escuchar, discernir y vivir.

Escuchar

El Santo Padre explicó que cuando el Señor llama, “Dios viene de modo silencioso y discreto, sin imponerse a nuestra libertad”. Por ello es necesario “prepararse para escuchar con profundidad su Palabra y la vida, prestar atención a los detalles de nuestra vida diaria, aprender a leer los acontecimientos con los ojos de la fe, y mantenerse abiertos a las sorpresas del Espíritu”.

Francisco alertó que “si permanecemos encerrados en nosotros mismos, en nuestras costumbres y en la apatía de quien desperdicia su vida en el círculo restringido del propio yo, no podremos descubrir la llamada especial y personal que Dios ha pensado para nosotros, perderemos la oportunidad de soñar a lo grande y de convertirnos en protagonistas de la historia única y original que Dios quiere escribir con nosotros”.

Discernir

El Pontífice explica que “cada uno de nosotros puede descubrir su propia vocación solo mediante el discernimiento espiritual, un ‘proceso por el cual la persona llega a realizar, en el diálogo con el Señor y escuchando la voz del Espíritu, las elecciones fundamentales, empezando por la del estado de vida’”.

El Papa exhorta asimismo a “superar las tentaciones de la ideología y del fatalismo y descubrir, en la relación con el Señor, los lugares, los instrumentos y las situaciones a través de las cuales él nos llama”.

Vivir

“La alegría del Evangelio, que nos abre al encuentro con Dios y con los hermanos, no puede esperar nuestras lentitudes y desidias; no llega a nosotros si permanecemos asomados a la ventana, con la excusa de esperar siempre un tiempo más adecuado; tampoco se realiza en nosotros si no asumimos hoy mismo el riesgo de hacer una elección”, afirma el Pontífice.

“¡La vocación es hoy! ¡La misión cristiana es para el presente! Y cada uno de nosotros está llamado —a la vida laical, en el matrimonio; a la sacerdotal, en el ministerio ordenado, o a la de especial consagración— a convertirse en testigo del Señor, aquí y ahora”, subraya el Santo Padre.

Para concluir, Francisco hace votos para que “María Santísima, la joven muchacha de periferia que escuchó, acogió y vivió la Palabra de Dios hecha carne, nos proteja y nos acompañe siempre en nuestro camino”.

ACIPrensa

 

 

Oración para el proceso electoral 2018

 

Dios Uno y Trino, invocamos tu asistencia amorosa a favor de nuestra nación en este año que ejerceremos nuestra responsabilidad ciudadana como una expresión de compromiso y participación en la construcción de nuestra Patria.

Padre eterno y bondadoso, ayúdanos a discernir con tu sabidurí­a para elegir a aquellos ciudadanos que puedan ejercer las funciones de gobierno con conocimiento, sensibilidad, competencia, honestidad y que sean constructores de la paz y la reconciliación.

Hijo único del Padre, que te encarnaste y asumiste un contexto histórico, en medio del pueblo de Israel, que tu ejemplo nos comprometa con nuestro propio pueblo para que ofrezcamos nuestra aportación constante en la participación y el compromiso ciudadano.

Espíritu Santo, fuente del amor del Padre y del Hijo, ilumina nuestra mente e inspira nuestros afectos, para que todos los habitantes de México seamos corresponsables y construyamos una nación donde reine el diálogo, la verdad, la justicia y la paz, que nos haga merecedores de la Patria del Cielo.

Todo esto, Dios Uno y Trino, lo suplicamos amparándonos en la intercesión maternal de Santa Marí­a de Guadalupe, Madre de todos los mexicanos, por Jesucristo nuestro Señor.

AMÉN

Consejo de Presidencia

Emmo. Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega,
Arzobispo de Guadalajara, Presidente de la CEM

+S.E. Mons. Javier Navarro Rodrí­guez,
Obispo de Zamora, Vicepresidente de la CEM

+S.E. Mons. Alfonso Miranda Guardiola,
Obispo Auxiliar de Monterrey, Srio. General de la CEM

+S.E. Mons. Ramón Castro Castro, Obispo de Cuernavaca,
Tesorero de la CEM

+S.E. Mons. Carlos Garfias Merlos, Arzobispo de Morelia,
Primer Vocal de la CEM

+S.E. Mons. Sigifredo Noriega Barceló,
Obispo de Zacatecas, Segundo Vocal de la CEM

 

 

IV Domingo de Pascua, ciclo B (2018)

Yo soy el buen pastor (cf. Jn 10, 11-18)

Todos necesitamos amor. Necesitamos que nos conozcan, que nos quieran, que se interesen por nosotros, que sepan qué nos pasa, qué sentimos, qué pensamos, cuáles son nuestras necesidades y qué anhelamos. Ansiamos que alguien comparta todo esto y nos eche la mano para alcanzar una vida mejor.

Sin embargo, quizá más de una vez nos hemos decepcionado al descubrir que alguien que nos hacía creer que estaba de nuestro lado, en realidad sólo nos usaba para su propio beneficio, y una vez que lo consiguió, nos abandonó, dejándonos solos, heridos y confundidos.

Es entonces cuando aprendemos la importancia de no irnos con la finta, sino conocer a las personas como son en realidad, y que ellas nos conozcan de verdad y por amor. ¿Y saben qué? Jesús hace ese sueño realidad; él nos conoce, se nos da a conocer y nos ayuda a salir adelante[1].

“Yo soy el buen pastor”, nos dice. Él es el guía que está con nosotros; nos cuida, nos alimenta, nos cura, nos rescata cuando nos perdemos y nos conduce a la meta: el encuentro con Dios. Y para que nos fiemos de él, nos demuestra su bondad dando la vida por nosotros, como señala san Gregorio[2] ¿Porqué llega a tanto? Porque él, que nos ha creado, nos conoce, se interesa por nosotros, ¡y nos ama como nadie!

Amando hasta dar y recuperar su vida, nos ha rescatado del abismo del pecado en el que caímos al desconfiar de Dios, condenándonos al mal y la muerte; nos ha comunicado su Espíritu de Amor y nos ha hecho hijos del Padre, ¡semejantes a él!, partícipes de su vida por siempre feliz[3].

Así lo experimentó san Pedro, a pesar de sus defectos y caídas, porque Jesús nunca deja de amarnos y de sacarnos adelante. Unido a Dios, la vida de Pedro se hizo tan plena que fue capaz de amar y ayudar al que más lo necesitaba, dando testimonio, con toda claridad, que sólo Jesús puede salvar[4].

Si reflexionamos en nuestra vida, nos daremos cuenta que sólo Jesús, que nos ama como nadie, nos conoce y nos salva. “Mira tu historia cuando ores –aconseja el Papa– y en ella encontrarás tanta misericordia… el Señor te tiene en su memoria y nunca te olvida”[5].

Demos gracias al Señor porque es bueno y su misericordia es eterna. Refugiémonos en él, que nos escucha y nos salva[6]. Dejémosle que nos guíe a través de su Palabra, sus sacramentos y la oración. E involucrándonos en su amor, ayudemos a encontrarlo a la familia, a los vecinos, a los compañeros de escuela o de trabajo, y a los que nos rodean.

¡Él mundo necesita la paz y la vida que sólo Jesús puede dar! Por eso, en esta Jornada mundial de oración por las vocaciones, pidamos a Dios que haya sacerdotes, consagradas, consagrados y laicos dispuestos a amar y entregar su vida para ayudar a muchos a seguir a Jesús. Y si alguno siente este llamado, ¡ánimo! De verdad vale la pena seguir al Señor y dar la vida por los hermanos ¡A echarle ganas!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Aclamación: Jn 10, 14.
[2] Cf. In Evang hom 14.
[3] Cf. 2ª Lectura: 1 Jn 3, 1-2.
[4] Cf. 1ª Lectura: Hch 4, 8-12.
[5] Cf. Gaudete et exsultate, 153.
[6] Cf. Sal 117.

 

 

 

III Domingo de Pascua, ciclo B (2018)

La paz esté con ustedes (cf. Lc 24, 35 48)

“¿Porqué surgen dudas en su interior?”. Hoy Jesús nos hace esta pregunta. Y quizá le respondamos: “porque hay muchos problemas en casa, la escuela y el trabajo. Porque alguien en quien confiaba me ha fallado. Porque por más que me esfuerzo las cosas no salen bien. Porque sufro chismes y bullying. Porque padezco una enfermedad. Porque la gente que amo la está pasando mal. Porque extraño a un pariente que está lejos, desaparecido o que ya se fue. Porque en el mundo son imparables la mentira, la injusticia, la pobreza, la corrupción, la violencia y la muerte. Porque hasta la Iglesia me ha decepcionado”.

Si, a veces, agobiados por las penas, las decepciones, los fracasos y los problemas, dudamos que Dios pueda hacer algo. Dudamos que el camino que nos propone de buscar la verdad, amar y portarse bien realmente funcione. Dudamos que sirva de algo tratar de conocer su Palabra, ir a Misa, confesarse, orar y vivir como nos enseña. Dudamos que las cosas puedan mejorar con la familia, los vecinos, los compañeros, nuestro México y el mundo.

¿Pero saben qué? Jesús nos comprende y nos ayuda. Él sabe que la vida no es fácil. Las heridas de sus manos y de sus pies son prueba de ello. Son las huellas que demuestran que ha conocido hasta el fondo lo que es ser víctima del mal; traición, envidia, calumnia, abandono, injusticia, despojo, violencia y muerte. Pero también son la prueba de que él lo enfrentó y lo venció con el verdadero poder, capaz de hacer triunfar para siempre la verdad, el bien, la justicia, el progreso y la vida: el amor.

Por eso nos dice: “La paz sea con ustedes” ¡Podemos fiarnos de él, el auténtico triunfador, que nos invita a tener parte en su victoria sin final! ¡Podemos fiarnos de él, que nos ama como nadie! Miremos sus manos y sus pies; en ellos lleva grabada la declaración de amor más grande que alguien pueda hacernos ¡Ha dado su vida por nosotros! Así, como dice san Beda, nos demuestra el gran amor que nos ha tenido[1].

Él nos ama, a pesar de nuestras fallas, nuestras desilusiones, nuestros miedos y nuestras dudas. Y porque nos ama, nos perdona y nos libera del pecado, que es causa de todos los males, y nos da su Espíritu para que lleguemos a ser hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz. Así, en medio de las penas y problemas, nos hace vivir tranquilos[2], porque sabemos que al final nos aguarda una dicha total y sin final, que alcanza quien lo ama y guarda sus mandamientos[3].

Si hasta ahora no lo hemos hecho, todavía es tiempo ¡Arrepintámonos y convirtámonos, para que se borren nuestros pecados[4]! Así podremos ser testigos suyos. Testigos de que él ha resucitado y está vivo en medio de nosotros. Testigos de que, unidos a él y amando como nos pide, podemos construir juntos una familia y un mundo mejor, y alcanzar la eternidad.

¡Nuestra familia y el mundo nos necesitan! Por eso Jesús nos envía a ser testigos suyos, teniendo presente que, como dice el Papa, testigo es aquel que ha visto y se ha dejado involucrar por el acontecimiento[5] ¡Veamos a Jesús, presente en su Palabra, sus sacramentos, la oración y el prójimo! Dejémosle que vuelva a encender nuestro corazón[6]. Así podremos compartir con todos su amor, capaz de transformar la vida. Hagámoslo, con la convicción que llevaba a san Gregorio Nacianceno ha exclamar: “Si no fuese tuyo ¡Oh Cristo mío! me sentiría criatura finita”[7].

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Catena Aurea, 11436.
[2] Cf. Sal 4.
[3] Cf. 2ª. Lectura: 1 Jn 2, 1-5.
[4] Cf. 1ª Lectura: Hch 3, 13-15. 17-19.
[5] Cf. Angelus, 19 de abril de 2015.
[6] Cf. Aclamación: Lc 24, 32.
[7] Poemata de ipso.

 

 

Obispos de México reunidos en Asamblea Plenaria

Mensaje de Apertura
Cardenal José Francisco Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara
Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano

9 de abril de 2018

 

Señores Cardenales,
Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica
Señores Arzobispos y Obispos
Señores Presbíteros, Consagradas y Consagrados, Hermanos Laicos:

Introducción

“Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor”[1].

Con estas palabras, el Concilio Vaticano II, nos recuerda que la Iglesia es un Pueblo que camina. Y que camina en medio de un terreno particular, pavimentado de tribulaciones pero sostenida por la gracia: la Iglesia es el Pueblo de Dios que camina en la historia, y la historia es una mezcla compleja en la que la fragilidad convive con el esfuerzo de Dios para salvarnos. La centésima quinta Asamblea de la Conferencia del Episcopado Mexicano es un signo de que el caminar del Pueblo de Dios no cesa.

Los escenarios sociales y eclesiales que vivimos se transforman a velocidad acelerada. No es fácil estar al día y mucho menos comprender cabalmente los procesos en los que nos encontramos inmersos. Por eso, más que nunca, es útil intentar alzar la mirada, para que con algo más de perspectiva podamos interpretar un poco mejor el significado del entorno inmediato.

1. El Proyecto Global Pastoral de la CEM 2031 – 2033

Precisamente, buscando una perspectiva superior y no exentos de dificultades, los obispos hemos nuevamente realizado un camino de reflexión y discernimiento que nos ha conducido a madurar nuestro Proyecto Global Pastoral. Como todos recordamos el propio Papa Francisco nos ha pedido “un serio y cualificado proyecto”[2] que le permita a la Iglesia en México afrontar retos nuevos y complejos.

Las primeras versiones de nuestro texto, no obstante el incesante esfuerzo, no lograban una total aceptación. Sin embargo, en México sabemos bien que los procesos lentamente decantan la sabiduría que la Iglesia necesita, y hoy nos encontramos delante de un texto mucho más logrado, mucho más agudo, que precisamente nos ofrece una perspectiva que trasciende la coyuntura sin negarla.

Los documentos del episcopado mexicano no son perfectos pero a través de la historia han mostrado tener una perspectiva profética y sapiencial singular. Recordemos la Carta Pastoral del año 2000 Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, el documento Cristo es nuestra paz, o Educar para una nueva sociedad. Todos ellos, son un tesoro aún vigente que tenemos que aprender a apreciar no sólo en su resultado final sino principalmente en su método: escuchar y observar con humildad, discernir a la luz del evangelio y activar procesos que en muchas ocasiones dan frutos inesperados, más allá de nuestros planes.

Sobre todo cuando es construida en un clima de oración, comunión y discernimiento serio, la palabra de los obispos contribuye no sólo a engrosar libreros sino a cuestionar consciencias y a desafiar libertades. En la más reciente versión del Proyecto Global Pastoral que hemos podido leer, por ejemplo, se afirma:

A la luz del acontecimiento redentor de Nuestro Señor Jesucristo y del encuentro de Nuestra Madre de Guadalupe, hemos podido contemplar la realidad de esta nueva época, y queremos fortalecer y renovar nuestro esfuerzo por hacer presente el Reino de Dios en esta situación concreta de nuestro país; tomar en nuestras manos el mandato de la Morenita del Tepeyac de construir esa “casita”, donde sean los pobres y humildes los primeros en la Iglesia, que sean ellos los que orienten el horizonte de nuestra conversión y fecunden el sentido de nuestra vida[3].

La Iglesia Católica, a la que servimos, que peregrina en esta tierra mexicana está llamada a aportar de manera humilde, respetuosa, dialogante e incluyente, pero valiente y proféticamente, lo que le es propio desde su fe a la construcción de este “santuario de vida” que es nuestra sociedad, donde nadie se quede fuera y pueda tener las condiciones necesarias para vivir con dignidad sin ninguna clase de exclusión. Nos sentimos llamados también a reconstruir este santuario sagrado que es nuestra Iglesia, como el Pueblo de Dios que desea, en comunión y fraternidad cristiana, anunciar y dar testimonio de la alegría del Evangelio[4].

Estos dos pequeños parágrafos sintetizan bastante bien, en mi opinión, las pretensiones de nuestro nuevo Proyecto Global Pastoral. Mirar alto para actuar en concreto. Iluminar con la fe la complejidad social y eclesial que tenemos delante. Seguir con fidelidad, tras las huellas de San Juan Diego, a Jesucristo que por medio de Santa María de Guadalupe, nos invita a continuar construyendo en todo el territorio nacional un espacio de comunión, de inclusión y de solidaridad con todos, en especial, con los más heridos y olvidados. De este modo, haciendo Iglesia construimos sociedad.

Este mismo enfoque nos puede ayudar a mirar, también, por qué no, el reto que tenemos en los meses que siguen.

2. El proceso electoral 2018

El 19 de marzo pasado la Conferencia del Episcopado Mexicano dio a conocer el documento “Participar para transformar. Mensaje de los obispos mexicanos con motivo del proceso electoral 2018”. La acogida en la prensa fue bastante buena. Sin embargo, aún falta difundir esta palabra de los obispos entre todos los fieles para que nuestra Iglesia pueda encontrarse con luz, discernimiento y esperanza. Entre otras cosas, hemos querido recordar en este texto algo que el Papa Paulo VI consideraba fundamental y que en el actual escenario es preciso afirmar una y otra vez:

“En las situaciones concretas, y teniendo siempre en cuenta la solidaridad que nos es debida, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones [políticas] posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes.” (Cfr. Paulo VI, Octogesima Adveniens, 50). Esto quiere decir que la fe cristiana trasciende las propuestas políticas concretas y deja en libertad a los fieles, para que elijan en conciencia de acuerdo a los principios y valores que han descubierto en la experiencia de la fe[5].

Las recurrentes acusaciones que algunas personas y sectores nos hacen respecto de que la Iglesia se mete en política pueden encontrar en esta tesis un encuadre más justo y verdadero. Como pastores no debemos inducir el voto hacia partido o candidato alguno. Sin embargo, debemos anunciar con valor el evangelio y los valores esenciales que la verdad del hombre revelada en Cristo nos comunica.

Me atrevo a insistir en la difusión, lo más ampliamente posible, de nuestro mensaje episcopal debido a que se encuentra muy extendida aún una cierta perplejidad entre nuestros fieles respecto de qué hacer al enfrentar el desafío de la boleta electoral. Como todos sabemos en las más recientes encuestas la cantidad de “indecisos” aún es considerable y muy posiblemente una porción importante de ellos está integrada por fieles católicos que al no encontrar una propuesta totalmente satisfactoria a la conciencia cristiana piensan cosas como las siguientes:

“No hay que votar debido a que no hay un candidato o un partido que afirme sin titubeos los valores innegociables del cristiano”.
“No hay que participar en las elecciones debido a que todos los políticos son corruptos”.
“Hay que votar por el mal menor”.

Estos y otros argumentos similares se escuchan aquí y allá, en todos los ambientes. Por una parte, estas ideas nos hablan de una profunda insatisfacción ciudadana, de un profundo desencanto ante quienes nos gobiernan, sean del Partido que sean.

Pero, también en todas estas expresiones, existe una cierta trampa. La Doctrina social de la Iglesia siempre ha partido de la conciencia sobre la herida del pecado al interior de la condición humana y la misteriosa pero real presencia de la gracia. Por ello, la antropología cristiana no cae en los extremos del pesimismo o del optimismo tan propios de las filosofías políticas modernas. Esto tiene como consecuencia que los católicos concebimos a la política dentro de un marco realista, siempre construida con luces y sombras, siempre tentada por la injusticia y la mentira y siempre llamada a buscar el bien común.

Nunca en el territorio de la política hay soluciones perfectas y promesas aseguradas. La política versa sobre lo contingente, sobre lo opinable, sobre lo posible. De nuestra fe y de sus valores permamentes no es por ello posible deducir de manera directa la pertenencia o simpatía hacia una fórmula política concreta, por más cristiana que parezca. El evangelio siempre trasciende las ideologías políticas. Y los cristianos, aún participando en luchas particulares, deben ser conscientes de ello.

Justamente nuestro documento sobre el proceso electoral 2018 intenta animar a los católicos a que salgan de este pasmo y participen activa y alegremente, con realismo y sinceridad, en las próximas elecciones.

La alternancia que vivimos en el año 2000 fue muy grande y trascendente. Sin embargo, un día después de las elecciones muchos de nosotros como sociedad hicimos la pregunta incorrecta: “¿Cómo va a resolver los problemas de México el nuevo Presidente?”, “¿Cómo va a atender el dolor de los pobres, la falta de educación, de empleo, de salud y de vivienda?”, etcétera.

Es muy importante que en el año 2018, la Iglesia contribuya a que todos hagamos preguntas en la dirección adecuada, asumiendo nuestro protagonismo como ciudadanos responsables, y cuando sea el caso, como cristianos verdaderamente comprometidos: “¿Cómo vamos a contribuir ¡todos! a resolver los problemas de México?”, “¿Cómo vamos a atender el dolor de los pobres?”, “¿Cómo vamos a ayudar a quien gane para que no caiga en la tentación de la autorreferencialidad, la vanidad, la corrupción y la prepotencia?”.

Esto es tomar en serio la teología del Pueblo que hoy el Papa Francisco con tanta pertinencia nos recuerda: el Pueblo de Dios está llamado a fortalecer al Pueblo como sujeto. La Iglesia está llamada a anunciar el evangelio, y de este modo, a ensanchar los corazones, las conciencias y las solidaridades de todos los mexicanos para que realmente hagamos el bien posible. Este “bien posible” será tanto más grande cuanta mayor docilidad a la gracia tengamos.

Recientemente en un estudio de opinión bastante serio se han sondeado las preferencias políticas y las actitudes de los mexicanos nacidos entre 1980 y el año 2000, es decir, de los mexicanos entre 18 y 38 años[6]. No es aquí el momento de analizar el tema de por quién van a votar. Lo único que deseo señalar es que los resultados contradicen muchas de las convicciones que los adultos solemos tener respecto de los jóvenes. Este segmento lo integran 41 millones de votantes, casi la mitad del padrón electoral. Y para nuestra sorpresa, su anhelo de participar en el próximo proceso es muy alto. Y lo más importante, es que estos jóvenes, estos “millennials” como algunos les llaman, tienen esperanza.

Sí, tienen esperanza de que algo cambie. El Papa Francisco ha convocado a un Sínodo de jóvenes y para jóvenes. No cabe duda que tiene razón: ahí están las energías que tal vez algunos de nosotros adultos no hemos tenido para lograr un cambio y sostenerlo en el tiempo. Los jóvenes urbanos y no-urbanos, los jóvenes altamente educados y los que apenas tienen formación, los jóvenes varones y mujeres, a veces parecen apáticos, a veces parecen aburridos, a veces parece que no les interesa el bien común. Sin embargo, esto es falso. Lo que sucede es que nosotros somos los que los aburrimos. Pero ellos sí que desean movilizarse y luchar por un cambio positivo.

¡Qué gran desafío tenemos como Iglesia en los jóvenes! Los jóvenes poseen nuevos lenguajes, nuevos signos, nuevos resortes motivacionales que si logramos detectarlos e interpretarlos con empatía y simpatía descubriremos que no todo está perdido sino que la dosis de esperanza para la sociedad y para la Iglesia es muy grande. Jesús es el eterno joven y habita en muchas de estas nuevas inquietudes y perfiles.

Tengo la impresión que la realidad nos está empujando cada vez más a que entendamos que tenemos un gran reto educativo por delante. Tenemos que evangelizar educando y educar evangelizando. Tenemos que construir caminos para que los jóvenes crezcan y avancen por rutas que nosotros mismos no hemos previsto pero que si descubren a Cristo conducirán a la sociedad y a la propia Iglesia a una nueva primavera.

Dicho de otra manera: ¿qué significa a la luz de la fe la coyuntura presente?

Creo que cada uno de nostros puede dar una respuesta rica y complementaria. Sin embargo, en mi opinión, mirando el rostro de Jesucristo joven y mirando el rostro de nuestro pueblo que ha sufrido tanto, intuyo que Dios nos pide quemar la vida por los jóvenes. Amarlos de corazón. Y eso signfica, amar su dignidad y aprender a amar también su libertad.

3. El desafío migratorio

No quiero extenderme mucho más. Sin embargo, no puedo omitir mencionar que la conciencia cristiana no puede ser indiferente tampoco a las medidas que el gobierno de los Estados Unidos toma respecto de nuestros paisanos. La presencia de fuerzas militares apoyando a las autoridades migratorias norteamericanas ya son parte de un muro que se está construyendo. Un muro político y militar. Un muro indigno.

Los muros separan. Los muros son violencia silenciosa que aplasta la dignidad de las personas, en especial, de los más necesitados. El Papa Francisco nos ha dicho: “En el contexto social y en el civil, apelo a no crear muros sino a construir puentes. No respondan a la maldad con maldad. Derroten a la maldad con el bien.” [7]

Por esto, tal vez como nunca, tenemos que encontrar múltiples estrategias para la construcción de puentes entre las Iglesias particulares de los Estados Unidos y las nuestras. Hace falta una voz unida, “en puente”, que resuene fuerte tanto en México como en Estados Unidos. Es altamente riesgoso para nuestra gente tener una frontera semi-militarizada. Jesucristo, migrante, puede volver a ser ejecutado al intentar cruzar por la frontera.

Pidamos una vez más, a la Santísima Virgen de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por Quien se vive, y Patrona de nuestra libertad, que interceda por nosotros, para que fieles al ministerio que se nos ha confiado, podamos dar testimonio prudente y valiente de Jesucristo en el delicado momento actual. ¡Muchas gracias!

 

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[1] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 9.
[2] Francisco, Discurso a los obispos, Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, 13 de febrero de 2016.
[3] n. 166
[4] n. 167.
[5] n. 2.
[6] “El voto Millennial”, en: http://www.nacion321.com/votomillennial/ (El estudio es realizado por Alejandro Moreno, antiguo encargado de las encuestas del periódico REFORMA y ahora responsable de su propia empresa. Trabaja para EL FINANCIERO y para la agencia NACION 321).
[7] Francisco, Audiencia general, 8 de febrero de 2017.

 

 

Declaración de los obispos de la frontera sobre la dignidad de los Migrantes

 

POR LA DIGNIDAD DE LOS MIGRANTES

Declaración de los obispos de la frontera norte de México y del Consejo de Presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano
7 de abril de 2018

A todos los mexicanos en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras
A todos los creyentes y no creyentes en Jesucristo en México y en los Estados Unidos
Al Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump
Al Presidente de México, Lic. Enrique Peña Nieto

1. Por primera vez en la historia de la Iglesia católica en México los obispos abajo firmantes nos dirigimos a todos los habitantes de México y de Estados Unidos, independientemente de sus convicciones religiosas, y de manera muy especial y con gran respeto, a los Presidentes de nuestros respectivos países, con motivo del despliegue de tropas de la Guardia Nacional norteamericana en la frontera que delimita nuestros territorios.

2. La Iglesia católica, en fidelidad a la fe en Jesucristo, no puede pasar de largo ante el sufrimiento de nuestros hermanos migrantes que buscan mejores condiciones de vida al cruzar la frontera para trabajar y contribuir al bien común no sólo de sus familias sino del país hermano que los recibe.

3. Sabemos que los presentes y futuros flujos migratorios requerirán de una renovada regulación por parte de ambas naciones. Así mismo, no nos es ajeno que una dimensión constitutiva de una sociedad próspera y pacífica es la verdadera vigencia del Estado de Derecho. Sin embargo, no toda norma, ni toda decisión política o militar, por el mero hecho de promulgarse o definirse, es de suyo justa y conforme a los derechos humanos.

4. Si ha habido una lección histórica que todos como sociedad hemos aprendido tras los conflictos mundiales vividos durante el siglo XX es que lo legal requiere de ser legítimo; es que la dignidad inalienable de la persona humana es la verdadera fuente del derecho; es que el dolor de los más vulnerables debe ser entendido como norma suprema y criterio fundamental para el desarrollo de los pueblos y la construcción de un futuro con paz. Ese es el origen profundo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ese es el fundamento universal de una convivencia fraterna entre las naciones.

5. Por estas razones, los obispos mexicanos deseamos repetir lo que dijimos hace un año: “el grito de los migrantes es nuestro grito”[1]. ¡Su dolor es nuestro dolor! ¡En cada migrante que es lastimado en su dignidad y en sus derechos, Jesucristo vuelve a ser crucificado!

6. Los gobiernos mexicanos del pasado y del presente tienen una grave responsabilidad al no haber creado las oportunidades suficientes de desarrollo para nuestro pueblo pobre y marginado. Por eso, nuestra incipiente democracia tiene un enorme reto en el futuro próximo: escoger a quienes deben de realizar de manera honesta, sin corrupción e impunidad, un cambio histórico que ayude a que el Pueblo de México realmente sea el protagonista de su desarrollo, con paz, justicia y respeto irrestricto a los derechos humanos. Un camino que implica, también, no cerrarse sino abrirse a la dinámica del nuevo mundo global, cada vez más interdependiente y necesitado de solidaridad y cooperación.

7. Sin embargo, las carencias que tenemos los mexicanos no pueden ser justificación para promover el antagonismo entre pueblos que están llamados a ser amigos y hermanos. No es conforme a la dignidad humana y a las mejores razones y argumentos concebidos por hombres como Abraham Lincoln o Bartolomé de las Casas, edificar barreras que nos dividan o implementar acciones que nos violenten. Los migrantes no son criminales sino seres humanos vulnerables que tienen auténtico derecho al desarrollo personal y comunitario.

8. De ahí la defensa que la Iglesia hace a nivel universal, y de manera particular a través del trabajo que se realiza entre los pueblos hermanos: México y USA, con Centroamérica, el Caribe, Latinoamérica y Canadá, en esta necesaria atención a nuestros hermanos migrantes.

9. Sólo hay futuro en la promoción y defensa de la igual dignidad y de la igual libertad entre los seres humanos. La frontera entre México y Estados Unidos “no es una zona de guerra”, como han dicho recientemente nuestros hermanos obispos de los Estados Unidos[2]. Al contrario, esta zona está llamada a ser ejemplo de vinculación y corresponsabilidad. El único futuro posible para nuestra región es el futuro edificado con puentes de confianza y desarrollo compartido, no con muros de indignidad y de violencia. Más aún, el Papa Francisco sin ambages nos ha dicho a todos: “una persona que sólo piensa en hacer muros, sea donde sea, y no construir puentes, no es cristiano. Esto no es el evangelio”.[3]

10. Por la dignidad de los migrantes y por la dignidad de todos los habitantes de nuestros países, proponemos consumir nuestras energías en la creación de otro tipo de soluciones. Soluciones que siembren fraternidad y enriquecimiento mutuo en el orden humanitario, cultural y social.

11. Que la Virgen de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive y Patrona de nuestra Libertad, bendiga a nuestros gobernantes y a nuestros pueblos. Que Ella nos sostenga en el esfuerzo por hacer de nuestras naciones, y de toda nuestra región, un espacio de reconciliación fraterna, de desarrollo integral y de servicio solidario a los más pobres que sirva de inspiración para el mundo entero.

Por los obispos del Consejo de Presidencia

Emmo. Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara, Presidente de la CEM
S.E. Mons. Javier Navarro Rodríguez, Obispo de Zamora, Vicepresidente de la CEM
S.E. Mons. Alfonso Miranda Guardiola, Obispo Auxiliar de Monterrey, Srio. General de la CEM
S.E. Mons. Ramón Castro Castro, Obispo de Cuernavaca, Tesorero de la CEM
S.E. Mons. Carlos Garfias Merlos, Arzobispo de Morelia, Primer Vocal de la CEM
S.E. Mons. Sigifredo Noriega Barceló, Obispo de Zacatecas, Segundo Vocal de la CEM

Por los obispos de la Frontera Norte de México

S.E. Mons. Rogelio Cabrera López, Arzobispo de Monterrey
S.E. Mons. José Guadalupe Torres Campos Obispo de Ciudad Juárez y coordinador por México de la reunión de obispos Tex-Mex.
S.E. Mons. Eugenio Andrés Lira Rugarcía Obispo de Matamoros
S.E. Mons. Jesús José Herrera Quiñonez Obispo de Nuevo Casas Grandes
S.E. Mons. Enrique Sánchez Martínez Obispo de Nuevo Laredo
S.E. Mons. Alonso Gerardo Garza Treviño Obispo de Piedras Negras
S.E. Mons. Raúl Vera López, O.P. Obispo de Saltillo
S.E. Mons. Hilario González García Obispo de Linares
S.E. Mons. Guillermo Ortiz Mondragón Obispo de Cuautitlán y Encargado de la Comisión Episcopal de Movilidad Humana.
S.E. Mons. José Leopoldo González González, Obispo de Nogales, y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
S.E. Mons. Francisco Moreno Barrón, Arzobispo de la Arquidiócesis de Tijuana, y coordinador por México de la reunión de obispos de las Californias.
S.E. Mons. Miguel Ángel Alba Díaz, Obispo de La Paz, Baja California Sur.
S.E. Mons. José Isidro Guerrero Macías, Obispo de Mexicali, Baja California Norte.
S.E. Mons. Rafael Valdez Torres, Obispo de Ensenada, Baja California Norte.
S.E. Mons. Ruy Rendón Leal, Arzobispo de la Arquidiócesis de Hermosillo
S.E. Mons. Constancio Miranda Weckman, Arzobispo de la Arquidiócesis de Chihuahua.

 

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[1] Conferencia del Episcopado Mexicano, El grito de los migrantes es nuestro grito, mensaje del 27 de abril de 2017.
[2] Cf. U.S. Catholic Bishops of U.S./Mexico Border Respond to U.S. National Guard Deployment, April 6, 2018.
[3] Francisco, Encuentro con periodistas, 18 de febrero de 2016.

 

 

Intención del Papa en el mes de abril 2018

El Papa Francisco invita a rezar este mes de abril por quienes tienen la responsabilidad en asuntos económicos, para que construyan una nueva economía basada en la inclusión y el trabajo digno para todos

La Red Mundial de Oración del Papa hizo público El Video del Papa con la intención de oración para este mes de abril, en el cual, el Pontífice exhorta a rezar por quienes tienen responsabilidades en la gestión de la economía, para que tengan “el coraje de refutar una economía de exclusión y sepan abrir nuevos caminos”.

En el Video, Francisco indica que la economía no debe tener sólo como objetivo “aumentar la rentabilidad” en desmedro del “mercado laboral” con la consecuencia de la creación de “nuevos excluidos”.

El Santo Padre señala asimismo que la economía “debe seguir el camino de los empresarios, políticos, pensadores y actores sociales que ponen en primer lugar a la persona humana y hacen todo lo posible para asegurarse de que haya oportunidades de trabajo digno”.

Por ello, el Papa invita a unir voces en oración para que quienes tienen responsabilidades en los asuntos económicos, tengan el coraje de construir nuevos caminos que lleven a una economía de inclusión y de trabajo digno para todos.

 

María Cecilia Mutual/VaticanNews

II Domingo de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia 2018

Dichosos los que creen sin haber visto (cf. Jn 20,19-31)

Los discípulos estaban encerrados por miedo, como a veces también lo estamos nosotros ¿A qué le tenemos miedo? A una enfermedad. A que la gente nos vuelva a fallar. A tanta mentira, injusticia, pobreza, corrupción y violencia que hay en el mundo. A nuestras propias limitaciones y debilidades. Al fracaso. A la muerte.

Estos temores nos desaniman hasta tal punto que, sintiendo que ya nada puede cambiar, terminamos encerrándonos en nosotros mismos, sin pensar en Dios ni en los demás, preocupándonos sólo en irla pasando lo mejor posible aquí y ahora, usando y desechando a la gente. Así contribuimos a que todo empeore en nuestra vida, en nuestro matrimonio, en nuestra familia y en nuestra sociedad, lo que hace que nos atemoricemos y encerremos cada vez más, sin vivir de verdad y arriesgándonos a perder la eternidad.

Esto no es lo que Dios quiere para nosotros. Él, que nos creó por amor, quiere que seamos felices. Por eso hoy nos sorprende para cambiarnos la vida; se nos presenta resucitado, como lo que es: Dios hecho uno de nosotros que, con la omnipotencia del amor, ha hecho triunfar para siempre la verdad, el bien, el progreso y la vida.

Dándonos esta seguridad, nos dice: “La paz sea con ustedes”, y nos muestra las heridas de sus manos y de su costado ¡Son la prueba de su amor por nosotros! Un amor que, como afirma san Juan Pablo II, es más poderoso que el pecado, el mal y la muerte[1]; un amor misericordioso que dura por siempre[2], y que nos invita a la vida plena y eterna, amándolo a él y a sus hijos, nuestros hermanos[3].

Por eso Jesús nos dice: “Como el Padre me envió, así los envío yo” ¡Nos comparte su misión: amar, para transformar nuestra vida y la de los demás! Y para que podamos hacerlo nos comunica el poder de su amor: el Espíritu Santo, que nos ayuda a vivir unidos a Dios y a los demás, sabiendo compartir para que nadie sufra necesidad[4].

A la mejor nos cuesta trabajo decidirnos a confiar en Dios y ser mejores; decidirnos a ser buenos con la familia, los vecinos, los compañeros de escuela o de trabajo; perdonar, ser comprensivos, justos, pacientes, solidarios y ayudar a quienes más lo necesitan ¡No nos desanimemos! Porque, como recuerda el Papa, Dios tiene paciencia con quienes no van tan deprisa[5].

Así lo hizo con Tomás, a quien, como señala san Juan Crisóstomo, no desoyó[6]. A aquél discípulo no le bastaba lo que le decían sus compañeros; él quería “tocar” al Señor. Y el Señor se lo concedió. También a nosotros nos deja “tocarlo” en su Palabra, la Eucaristía, los sacramentos, la oración y el prójimo.

¡Toquémoslo y reconozcámoslo como nuestro Dios y Señor! Hagámoslo, decididos a confiar en él y alcanzar la eternidad feliz que nos ofrece, amándolo y amando al prójimo. Hagámoslo fiados en lo que dijo a santa Faustina Kowalska: “El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella… Mi amor no desilusiona a nadie”[7] ¡A echarle ganas!

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Dives in misericordia, 15.
[2] Cf. Sal 117.
[3] Cf. 2ª Lectura: 1 Pe 1, 3-9.
[4] Cf. 1ª Lectura: Hch 4, 32-35.
[5] Homilía en la Misa de Pascua, 1 de abril de 2018.
[6] Cf. In Ioannem, hom. 86.
[7] Diario la Divina Misericordia en mi alma, Association of Marian Helpers, Stockbridge, MA, 2004, 1273 y 29.

 

 

Mensaje de Pascua 2018 por Mons. Eugenio Lira, Obispo de Matamoros

 

Ha resucitado (cf. Mc 16, 1-7)

Amigas y amigos:

¡Ha resucitado! Este es el gran mensaje de Pascua. Cuando todo parecía perdido, cuando parecía que el mal y la muerte habían ganado, Cristo resucitó y así hizo triunfar para siempre la verdad, el bien, el amor y la vida.

¡Ha resucitado! Esta buena noticia no pasa de moda, ni es algo teórico ¡Es siempre actual Algo que toca nuestra vida, nuestra familia, nuestra Iglesia, nuestra sociedad y al mundo.

Aunque parezca que la mentira, la injusticia, la pobreza, la corrupción, la violencia y la muerte por el momento van ganando, ¡no nos desanimemos! Démonos cuenta que el triunfo definitivo lo tiene Dios y quienes le sean fieles.

Comprendiéndolo, resucitemos desde ahora con Jesús a una vida nueva, guiada por el amor ¡Seamos resucitados! Resucitados que buscan y viven la verdad, que comprenden a los demás, que actúan con justicia, que son pacientes, serviciales y solidarios, que saben perdonar y pedir perdón.

Viviendo así, resucitados, ayudaremos a que nuestra familia y nuestra sociedad resuciten a una vida mejor, una vida tan plena, que llegue a ser eterna. ¡Sí se puede, Cristo resucitado está con nosotros para sacarnos adelante! ¡Echémosle ganas!

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

 

Domingo de Pascua 2018

Jesús debía resucitar de entre los muertos (cf. Jn 20, 1-9)

María Magdalena echó a correr aquella madrugada en la que, al ir al sepulcro, con sorpresa vio removida la piedra que lo cerraba ¡Era el colmo! ¡Hasta el cuerpo de Jesús les había sido arrebatado! Así se lo hace saber a Simón Pedro y al discípulo amado del Señor, desesperada ante este aparente triunfo definitivo del mal.

A veces nos sucede igual; ante una enfermedad, una pena, un problema, las injusticias y la violencia que padecemos, llegamos a pensar que no hay salida; que el mal es tan poderoso, que hasta la última esperanza nos ha sido arrebatada. Y esto, como señala el Papa, es muy peligroso, porque nos entumece y nos paraliza al creer que nada puede hacerse para revertir tantas injusticias que viven tantos y tantos hermanos[1].

Si somos de esos que sienten y piensan que nada se puede hacer para que nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestros ambientes de estudio o de trabajo, nuestra comunidad, nuestra Iglesia, nuestra sociedad y nuestro País mejoren, démonos la oportunidad de correr con Pedro y el otro discípulo al sepulcro, y viendo los signos del resucitado, creamos lo que significan.

Descubramos que nos dicen, como señala san Juan Crisóstomo: “Cristo ha resucitado y la vida ha surgido”[2]. Él ha abierto para ti y para mí, ¡para todos!, un futuro pleno, dichoso, sin límites y sin final. Resucitando, ha vencido con el poder del amor al pecado, al mal y la muerte, y ha hecho triunfar la verdad, el bien, la justicia, el progreso y la vida.

Comprendiéndolo, resucitemos desde ahora con Jesús a una vida nueva, buscando los bienes de arriba[3], del cielo, es decir a Dios, el único que nos puede liberar de la soledad, darle sentido a todo y brindarnos la esperanza de una vida por siempre feliz. Y como Jesús, pasemos por este mundo unidos a Dios y haciendo el bien[4].

Que al levantarnos, lo primero que hagamos sea saludar a Dios, agradecerle tantas bendiciones, pedirle perdón por nuestras faltas, encomendarle a nuestros familiares, amigos y a los más necesitados, poner en sus manos nuestros planes y trabajos, y suplicarle que nos ayude a conocer su voluntad y nos de fuerza para hacerla.

¡Sí! Unámonos a Dios meditando su Palabra, recibiendo sus sacramentos, conversando con él en la oración, para que nos ayude a pasar el resto del día haciendo el bien a la familia y a los que nos rodean, con nuestras palabras y obras. Así seremos resucitados que, siendo comprensivos, justos, serviciales, pacientes, perdonando y pidiendo perdón, ayudemos a que nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestros ambientes, nuestra Iglesia y nuestra sociedad resuciten a una vida mejor.

Que la esperanza que Jesús nos da de que, gracias a la misericordia de Dios no moriremos, sino que continuaremos viviendo[5], nos anime a dar lo mejor de nosotros cada día ¡Sí se puede, Cristo resucitado está con nosotros para sacarnos adelante! ¡Echémosle ganas!

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Homilía en la Misa de la Vigilia Pascual, 1 de abril de 2018.
[2] Homilía sobre la Pascua.
[3] Cf. 2ª Lectura: Col 3,1-4.
[4] Cf. 1ª Lectura: Hch 10,34.37-43.
[5] Cf. Sal 117.

 

 

 

Homilía en la Vigilia Pascual 2018

Ha resucitado (cf. Mc 16, 1-7)

Ha resucitado ¡Que gran noticia! La mejor que podíamos escuchar. Cuando todo parecía perdido, cuando todo hacía pensar que la aventura que prometía a la humanidad un futuro maravilloso había fracasado y ya no había esperanza, el mensajero de Dios anuncia a María Magdalena y sus compañeras que Jesús no está encerrado en el sepulcro de la muerte, a donde el mal lo quería retener.

¡Ha resucitado! Así cambia para siempre nuestra historia y la del universo; cambia tu vida y mi vida. Porque él ha removido la piedra del pecado que nos condenaba a la oscura soledad de una muerte sin final ¡Con Jesús todo es vida; una vida libre, plena y eterna! Resucitando nos demuestra que el auténtico poder, capaz de vencer al pecado, al mal y la muerte, es el amor, que hace triunfar la verdad, la libertad, el bien, la justicia, el progreso y la vida ¿Por qué? Porque el amor es Dios, que es amor (cf. 1 Jn 4,8).

Ese Dios que lo ha creado todo (cf. 1ª Lectura: Gn 1,1.26-31), con maestría (cf. Sal 103). Ese Dios que, a pesar de que le fallamos y pecamos, no nos abandonó al mal y la muerte (cf. Sal 15), sino que, como lo prefiguró a través de Abraham (cf. 2ª Lectura: Gn 22,1-9.9-13.15-18), nos entregó a su Hijo único para rescatarnos de la esclavitud del pecado, como liberó a Israel de la cautividad en Egipto (cf. 3ª Lectura: Ex 14,15-15,1), y llevarnos a él (cf. Sal: Ex 15), en quien la vida se hace plena y eterna.

¡Ese es Dios! Un Dios que nos dice: “mi amor por ti no desaparecerá” (cf. 4ª Lectura: Is 54, 5-14). Un Dios que convierte nuestro duelo en alegría (cf. Sal 29) al ofrecernos gratuitamente participar de su vida (cf. 5ª Lectura: Is 55,1-11). Un Dios con el que siempre estamos seguros, porque nos protege y nos salva (cf. Sal: Is 12). Un Dios que nos hace recapacitar cuando con nuestras malas acciones nos estamos dañando a nosotros mismos y a los demás (cf. 6ª Lectura: Ba 3,9-15.32-4,4). Un Dios que nos orienta a través de sus Mandamientos (Sal 18) y nos da la fuerza para seguirlos (cf. 7ª Lectura: Ez 36, 16-28), de modo que podamos llegar a él, que es nuestra alegría (cf. Sal 41 y 42)

Para eso nos ha unido a Cristo por medio del bautismo, a fin de que llevemos una vida nueva (cf. Rm 6, 3-11), guiada por el amor, que es saber comprender, actuar con justicia, ser pacientes, atentos, solidarios y serviciales, saber perdonar y pedir perdón, con la confianza y la esperanza de que no moriremos, sino que continuaremos viviendo con Cristo para siempre (cf. Sal 117).

Este es el gran anuncio que recibimos hoy, el mismo que escucharon María Magdalena y sus compañeras, que no se dejaron aprisionar por el miedo y el dolor, y así encontraron la esperanza que dura por siempre. Como ellas, aconseja el Papa, no tengamos miedo de la realidad; no nos encerremos en nosotros mismos, no huyamos ante lo que no entendemos, no cerremos los ojos frente a los problemas, no pretendamos eliminar los interrogantes, sino vayamos a Jesús con el corazón ungido de amor[1], diciendo con esperanza, como san Gregorio de Nacianzo,: “…hoy con él alcanzo la vida… hoy con él resucito”[2].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Homilía en la Vigilia Pascual, Sábado Santo 4 de abril de 2015.
[2] Oración I Sobre la Pascua, 3-4.

 

 

Homilía del Viernes Santo 2018

Todo está cumplido (cf. Jn 18,1-19,42)

Clavado en la cruz, despojado, humillado, golpeado, coronado de espinas y muerto. Así, llenos de asombro, contemplamos hoy a Jesús. Y por increíble que parezca, lo que aparentemente es un fracaso, es en realidad el triunfo definitivo de la verdad, el bien y la vida ¡Así ha hecho prosperar los designios de Dios[1]!

Mirando a Jesús en la cruz con ojos de fe, comprendemos lo que nunca habíamos imaginado: que Dios, autor de cuanto existe, a pesar de que desconfiamos de él y pecamos, con lo que abrimos las puertas del mundo al mal y la muerte, no dejó de amarnos, sino que envió a su Hijo que, hecho uno de nosotros, aceptó cargar con nuestros pecados para salvarnos[2].

¡Cuánto amor nos tiene Dios! ¡Cuánto valemos para él! ¡Cuánta gratitud y confianza debiéramos tenerle, y procurar vivir amando como nos pide! Pero, ¿es posible hacerlo cuando padecemos una enfermedad? ¿Cuando hay problemas en casa, la escuela y el trabajo? ¿Cuando somos víctimas de chismes, injusticias y bullying? ¿Cuando enfrentamos una grave necesidad económica? ¿Cuándo hemos sufrido tanto a causa de la violencia?

Jesús fue traicionado por un amigo, negado por otro y abandonado por los demás. Los líderes religiosos lo calumniaron y condenaron por envidia. La autoridad, que debía impartir justicia, le falló y lo entregó arbitrariamente a un castigo que no merecía: azotes, coronación de espinas, golpes, burlas, violencia y muerte en cruz.

Pero él, que vino al mundo como testigo de la verdad, que es el amor de Dios que nos salva y nos hace hijos suyos, partícipes de su Reino de felicidad que jamás tendrá fin, confiando en que su destino estaba en manos del Padre[3], no se dejó vencer por el mal, sino que venció al mal con el bien.

Así, desde lo alto de la cruz, donde prospera en el amor, nos regala la ternura y la protección materna de su Madre; confiesa que tiene sed de nuestra salvación; y declarando que todo lo ha cumplido, nos entrega su Espíritu para que, libres del pecado, podamos ser hijos de Dios.

Jesús, que ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado, es capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos[4]. Él sabe lo que es sentirse solo y maltratado; lo que es ver sufrir a un ser querido y sentir cercana la muerte. Él lo sabe. Por eso nos comprende, nos da ejemplo y nos ayuda para que nos mantengamos firmes en la fe[5], haciendo brotar de su costado sangre y agua, ¡los sacramentos!, con los que, como dice san Juan Crisóstomo, alimenta a quienes ha hecho renacer[6].

Por eso, al contemplar la cruz, nos llenamos de esperanza. Esa esperanza que, como señala el Papa, es diferente de las esperanzas terrenas, que tarde o temprano caen o se terminan, porque esta esperanza dura por siempre. La cruz no es la meta, sino el paso hacia la gloria definitiva y sin final[7], ya que, como afirma san León Magno: “muriendo en la cruz, Jesús convirtió la muerte de eterna en temporal”[8].

Con esta esperanza, abracemos a Jesús, recibamos su Espíritu y vivamos cada día como hijos de Dios; amando, sin dejarnos vencer por el mal, sino venciendo al mal con el bien. Que Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, a quien Jesús nos ha encomendado, nos ayude a hacerlo así.

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Is 52,13-53,12.
[2] Ídem.
[3] Cf. Sal 30.
[4] Cf. 2ª Lectura: Hb 4,14-16; 5, 7-9.
[5] Ídem.
[6] Cf. Catequesis 3, 13-19.
[7] Cf. Cf. Audiencia,12 de abril de 2017.
[8] Sermón 8 Sobre la pasión del Señor, 6-8.

 

 

Homilía del Jueves Santo 2018

Los amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1-15)

De rodillas, lavando los pies. Así vemos a Jesús, en cuyas manos el Padre, creador de cuanto existe, ha puesto todas las cosas. De rodillas, porque siendo Dios, se abajó al hacerse uno de nosotros para dar la vida y así limpiarnos la herida mortal del pecado que nos provocamos al desconfiar de Dios, y darnos la salud sin final de ser hijos suyos.

Dice san Agustín: “Dejó sus vestiduras el que siendo Dios se anonadó a sí mismo. Se ciñó con una toalla el que recibió forma de siervo. Echó agua en la jofaina para lavar los pies de sus discípulos, el que derramó su sangre para lavar con ellas las manchas del pecado”[1]. Así Jesús hace realidad la libertad y la vida que anunciaba la Pascua judía[2].

¿Pero porqué llega a tanto? Porque nos ama. Nos ama a todos y a cada uno, que somos suyos. A nadie excluye. Nos ama mucho. Nos ama hasta el extremo. Nos ama con un amor divino, infinito e incondicional. Por eso, deseando que vivamos como hijos de Dios y que lleguemos a ser felices por siempre con él, nos invita a imitarle en su amor, y ayudarnos unos a otros[3].

Sin embargo, quizá como a Pedro, nos cueste trabajo ver a Jesús así, de rodillas y sirviendo. Nos cuesta trabajo porque tenemos nuestras propias ideas de cómo debe ser Dios y de cómo debe actuar. Porque verlo así nos compromete a ser serviciales, algo que no está de moda en un mundo donde parece que el que quiera triunfar debe servirse de los demás, usándolos como si fueran objeto de placer, de producción o de consumo.

Pero, ¡cuidado! Porque si nos obstinamos, nos sucederá lo que a Judas, que no se dejó sanar. Aprendamos de Pedro a saber recapacitar y abrirnos a Jesús; a confiar en él y a seguir el estilo de vida que nos propone, y que es el único para realizarnos, para construir una familia y un mundo mejor, y para alcanzar la vida por siempre feliz con Dios, que es amor.

Ser serviciales y ayudar a los demás comienza por saber decir palabras muy sencillas, como: “permiso”, “gracias”, “perdón”. “Una persona educada –comenta el Papa– pide permiso, dice gracias o se disculpa si se equivoca” [4]. Y esto nos llevará a cosas más importantes, como ser veraces, comprensivos, responsables, justos, pacientes, solidarios y perdonar, en casa, entre vecinos, en la escuela, en el trabajo, en la Iglesia y en la sociedad.

Ciertamente, amar y servir cuesta trabajo. Jesús lo sabe. Por eso nos ofrece, además de su ejemplo, un alimento “multivitamínico de inmortalidad”: la Eucaristía, que nos dejó la noche en que iba ser entregado[5], y en la cual nos une a sí mismo y nos comunica todo el poder de su encarnación, muerte y resurrección, por la que nos une a Dios y entre nosotros, y nos da la fuerza para ser constructores de unidad, amando y sirviendo a los demás.

¿Cómo le pagaremos tanto bien? Levantando el cáliz de la salvación en la Misa dominical[6]. Y conscientes de que esto es posible gracias a que en la última Cena Jesús hizo partícipes de su sacerdocio único y eterno a sus apóstoles, pidamos a Dios por sus sacerdotes y seminaristas, y que conceda a su Iglesia muchas y santas vocaciones, para que en todo el mundo pueda seguirse cumpliendo su mandato de amor: “Hagan esto en memoria mía”.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Catena Aurea, 13301.
[2] Cf. 1ª Lectura: Ex 12,1-8.11-14.
[3] Cf. Aclamación: Jn 13, 34.
[4] Audiencia, 13 de mayo de 2015.
[5] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 11, 23-26.
[6] Cf. Sal 115.

 

 

Homilía en la Misa Crismal

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido (cf. Lc 4, 16-21)

Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en Jesús, como lo están ahora los nuestros. Lo miramos con esperanza, nosotros, que sufrimos la miseria a que el pecado nos condena. Ese pecado que nos encarcela en la soledad del egoísmo, que nos impide ver la realidad, y que nos oprime con la mentira, la injusticia, la pobreza, la corrupción, la violencia y la muerte.

Y Jesús, guiado por la Palabra de Dios, nos anuncia que el Padre, creador de cuanto existe, lo ha ungido con su Espíritu para, como dice san Ambrosio, transformar la pobreza de la condición humana con el tesoro eterno de la resurrección[1]. Él viene a liberarnos de la prisión del pecado, a curarnos de la ceguera del egoísmo, a rescatarnos de la opresión del mal y de la muerte, y a unirnos a Dios, que hace la vida por siempre feliz[2].

¡Jesús transforma nuestras lágrimas en aceite perfumado de alegría[3]! Lo hace aceptando pagar un precio altísimo: derramar su sangre en la cruz ¡Amando hasta dar la vida! Así nos purifica de nuestros pecados y, ungiéndonos con su Espíritu, que es el Amor increado[4], nos hace un reino de sacerdotes para su Dios y Padre[5].

De esta manera nos comparte su ser Hijo del Padre y su misión: amar. Nos unge, como dice el Papa, para ungir a los demás[6]. Lo hace en el bautismo, en la confirmación, y, en el caso de los sacerdotes, en la ordenación, donde nos envía a ser servidores de nuestro Dios[7], amando y sirviendo al prójimo.

¡Somos ungidos! Por eso podemos decir con Jesús (por favor, digámoslo juntos): “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.

¡Esta es nuestra misión! No lo olvidemos. Nuestra familia, nuestros amigos, los vecinos, los compañeros de escuela o de trabajo, nuestra comunidad, los más necesitados, la Iglesia, Tamaulipas, México y el mundo nos necesitan.

Para eso el Señor nos unge a través de los óleos que hoy bendecimos: el óleo de los catecúmenos, con el que dispone al que va a ser bautizado; el óleo de los enfermos, con el que consuela, fortalece y, si es su voluntad, sana al enfermo, ofreciéndole la esperanza de la curación definitiva en la resurrección[8]; y el Crisma, con el que comunica su Espíritu al bautizado, al confirmado y al que es ordenado sacerdote.

Con esta conciencia, hoy los sacerdotes renovamos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación. Reiteramos nuestro “sí” al Señor que nos llamó y nos envió para ser, como decía san Juan Pablo II, presencia y prolongación de su vida y de su acción[9], proclamando su Palabra, celebrando la liturgia y guiando a la comunidad que nos ha sido confiada[10].

Al renovar ese “sí”, nos comprometemos a vivir de tal manera que cuantos nos vean reconozcan que somos la estirpe que bendijo el Señor[11], dispuestos, como Jesús, a dar la vida por la salvación de la humanidad, siendo auténticos creyentes, atentos y serviciales ¿Cómo? Unidos a Dios y haciendo comunidad con los fieles y con los hermanos sacerdotes. Buscando con creatividad mejores formas de evangelizar. Celebrando con fidelidad los sacramentos. Orando con la gente y por la gente.

Cuidando nuestra salud física, emocional, mental y espiritual. Procurando nuestra formación permanente. Sacrificando gustos, comodidades y descansos para estar disponibles. Practicando, como ha pedido el Papa, la “escuchoterapia” [12] y la “cariñoterapia”[13].

Guiando con el ejemplo a los fieles en el cumplimiento de sus responsabilidades personales, familiares, sociales, ciudadanas y eclesiales. Viviendo y animando la solidaridad y la caridad. Saliendo de nuestros templos para llegar a todos, especialmente a los alejados, y compartirles la alegría de la amistad con Jesús.

Siendo honestos, vivir así, dando la vida cada día, no es fácil ¡Cuesta mucho trabajo! Pero no estamos solos; el Señor, que nos ha ungido y nos ha enviado a prolongar su amor, está con nosotros. Él nos sostiene y nos da su fortaleza[14]. Con esta confianza, sigamos adelante, echándole ganas. Que nuestra Madre, Refugio de los pecadores, nos ayude a hacerlo así.

Catedral de Matamoros, 28 de marzo de 2018

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Catena Aurea, 9414.
[2] Ídem.
[3] Cf. 1ª Lectura: Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9.
[4] Cf. Dominum et vivificantem, 10.
[5] Cf. 2ª Lectura: Ap 1, 4b-8.
[6] Cf. Homilía en la Santa Misa Crismal, 13 de abril de 2017.
[7] Cf. 1ª Lectura: Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9.
[8] Cf St 5,14.
[9] Cf. Pastores dabo vobis, 15 y 16.
[10] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1546-1547.
[11] Cf. 1ª Lectura: Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9.
[12] Encuentro con los jóvenes, Morelia, 16 de febrero de 2016.
[13] Visita al hospital pediátrico Federico Gómez, 14 de febrero de 2016.
[14] Cf. Sal 88.