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Oración por el eterno descanso del Sr. Nicolás Hinojosa

Al pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Matamoros:

El día de ayer 2 de septiembre fue llamado a la Casa del Padre, Nicolás Hinojosa Garza, padre del Diác. Martín Nicolás Hinojosa Torres, quien desde el lunes, 3 de septiembre, está siendo velado en la funeraria Escobedo de esta ciudad de Matamoros.

La Misa exequial la presidiré el día martes 4 de septiembre, a las 12:00 md en la Parroquia de Nuestra Señora de San Juan, de esta ciudad.

Les pido que, uniéndonos a la pena que embarga al Diácono Martín y a la Fam. Hinojosa, ofrezcamos nuestras misas y oraciones rogando a Dios por el eterno descanso del Sr. Nicolás, y para que conceda a sus familiares el consuelo y la fortaleza de la fe.

 

H. Matamoros, Tam., a 3 de septiembre de 2018, Año de la juventud.

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

 

Mons. Eugenio Lira envía circular sobre el Congreso “Metanoia”

Al clero y a los fieles de la Diócesis de Matamoros:

En este Año Jubilar por el 60 aniversario de nuestra Diócesis, el próximo sábado 8 de septiembre se llevará a cabo el Congreso “Metanoia” en el que a través de charlas, cantos, momentos de oración y la Eucaristía, tendremos la oportunidad de dar un giro a nuestras vidas encontrándonos con Dios y experimentando su amor.

Contaremos con la presencia de Noel Díaz, nacido en Tijuana, quien empujado por la pobreza migró a Los Ángeles, donde llegó a ser presidente de un importante laboratorio de óptica y fundó el Ministerio “El Sembrador” y “ESNE Televisión”, que hoy transmite a más de 15 países y cuenta con 7 estaciones de radio.

Casado y padre de 3 hijos, Noel Díaz ha recibido condecoraciones de los papas san Juan Pablo II y Benedicto XVI, y en 2016 el Papa Francisco le concedió una entrevista que fue transmitida por “ESNE TV”.

Es un privilegio que Noel nos visite. Por eso les invito al Congreso “Metanoia” el sábado 8 de septiembre a partir de las 8:30 de la mañana en el Centro de Convenciones “Mundo Nuevo” de Matamoros. Informes en sus parroquias, en Catedral y en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe en Reynosa.

Que el Señor, por intercesión de Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, nos bendiga a todos.

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

H. Matamoros, Tam., a 29 de agosto de 2018

 

N.B. Pido a los sacerdotes leer esta circular al término de las misas del domingo 2 de septiembre.

 

 

Un encuentro con Cristo: Metanoia

Ya se acerca el gran evento de @ESNETV en @DiocesisMat con @NoelDiazESNE: #Metanoia2018 el 8 de septiembre, en el Auditorio Mundo Nuevo en #Matamoros, Tamaulipas.

ESNE, El Sembrador Nueva Evangelización,”es una asociación de laicos sin ánimo de lucro al servicio de la iglesia, con corazón migrante, comprometidos con los designios de Dios y guiados por el Espíritu Santo con la intercesión de la Virgen de Guadalupe y todos los santos. La razón de ser/existir de Esne es procurar espacios de Encuentro con el amor y la misericordia de Jesús. Un Encuentro personal con Dios. Para que Nadie se pierda y todos se salven.”

Entre los predicadores estarán Mons. Eugenio Lira (Obispo de nuestra Diócesis en Matamoros) y Noel Díaz (Laico inmigrante de origen mexicano, Fundador del Apostolado El Sembrador). Es una gran oportunidad para compartir como familia en la fe, para fortalecer nuestra esperanza en tiempos actuales. Habrá confesiones, canto, adoración y a las 4:00 pm La Santa Misa. Les esperamos!

 

 

XXII Domingo Ordinario, ciclo B, 2018

Lo que mancha es lo que sale de dentro (cf. Mc 7,1-8.14-15.21-23)

Unos recién casados preparaban la comida, cuando la esposa cortó un filete por los cuatro costados. “¿Porqué lo cortas así?”, preguntó el marido. “No sé –respondió ella–. Así lo hacía mamá. Creo que es para darle sabor”. Más tarde, en casa de los suegros, el muchacho preguntó a la suegra cuál era la razón de ese corte. “No sé –contestó ella–. Así lo hacía mamá. Creo que es para darle sabor”. Al escuchar la respuesta, la abuela, que estaba ahí, exclamó: “¡No! Nada tenía que ver con el sabor. Lo hacía porque mi sartén era tan pequeña que no cabía el filete”.

Todos tenemos modelos de conducta que aprendemos de nuestros ambientes. El problema comienza cuando seguimos modelos equivocados, como sucedió a los fariseos y a los escribas, quienes, como advierte san Beda, interpretando en sentido material las palabras espirituales de los profetas , concluían que lo importante era estar limpios por fuera y no por dentro. Esto les llevaba a tomar un camino equivocado, que terminaría por perderlos para siempre.

Por eso Jesús, que enviado por el Padre ha venido para liberarnos del pecado que engendra el error y unirnos a él, que hace la vida por siempre feliz, aclara las cosas. Él, como señala el Papa, libra de los prejuicios . Movido por el amor, nos hace ver que nada de fuera puede mancharnos, sino lo que decidimos en el corazón.

Es de ahí de donde salen las intenciones malas, que luego se convierten en acciones: fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidias, difamación, orgullo y frivolidad. “Las actitudes exteriores –señala el Papa– son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón y no al revés” .

Todo lo que decimos y hacemos es como una “radiografía” que muestra lo que hay en nosotros ¿Qué hay en aquél que para sentirse bien tiene que humillar, ofender y difamar? ¿Qué hay en quien necesita emborracharse, drogarse o ser violento? ¿Qué hay en quien engaña a quien prometió amor y fidelidad, y se divierte seduciendo sin importarle hacer trizas a una persona y destrozar un hogar? ¿Qué hay en quien es tramposo, corrupto, indiferente a los que le rodean y usa a los demás?

Dios, creador de todas las cosas, que nos quiere vivos para siempre, nos muestra el camino en sus mandamientos ¡Cumplámoslos!, como exhorta Moisés. ¡Pongámoslos en práctica!, como aconseja Santiago. Porque sólo siendo honrados, justos, sinceros y haciendo el bien, estaremos sanos de verdad, y seremos agradables a Dios eternamente .

Con la fuerza que él nos da a través de su Palabra, de sus sacramentos –especialmente la Eucaristía– y de la oración, mantengamos un corazón puro, libre de toda hipocresía, para que así seamos capaces de vivir según el espíritu de la ley y alcanzar su finalidad, que es el amor .

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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1.In Marcum, 2, 29.
2.Cf.Angelus Domingo 30 de agosto de 2015.
3.Ídem.
4.Cf.1ª Lectura:Dt 4,1-2.6-8.
5.Cf.2ª Lectura:St, 1, 17-18.21-22.27.
6.Cf.Sal 14.
7.Cf.FRANCISCO,Angelus,Domingo 30 de agosto de 2015.

 

 

Encuentro de la tercera edad en Cd. Reynosa

Al clero y a los fieles de la Diócesis de Matamoros:

Estamos en pleno Año Jubilar por el 60 aniversario de nuestra Diócesis. En la oración que hemos propuesto para esta celebración, al tiempo de recordar con gratitud lo que Dios ha hecho por nosotros, le pedimos por quienes han sido instrumentos suyos. Entre ellos destacan nuestros hermanos mayores, que a lo largo de los años han prestado un generoso servicio a nuestra Iglesia particular como agentes de pastoral.

Al reflexionar acerca de la ancianidad, el Papa ha recordado que esta etapa de la vida contiene una gracia y una misión (cf. Audiencia General, 11 de marzo de 2018). Con esta convicción, y a fin de seguir motivando a nuestros hermanos mayores, se llevará a cabo el ENCUENTRO DIOCESANO DE LA TERCERA EDAD el próximo 1° de septiembre, de 8:30 a.m. a 1:00 p.m. en el Salón Polivalente (Calle 1 de Mayo 404, Col. Bellavista, Reynosa, Tam.).

Pido a los párrocos, administradores y rectores que extiendan esta invitación a los adultos mayores de sus parroquias y rectorías, así como a los agentes de pastoral que trabajan en su servicio.

Que Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, nos obtenga del Señor la fuerza de su amor para que, como pide el Papa, seamos constructores de una cultura del abrazo entre los jóvenes y los ancianos.

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

 

 

XXI Domingo Ordinario, ciclo B, 2018

Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 60-69)

“El que come mi carne y bebe mi sangre –dijo Jesús–, tiene vida eterna” ¡Qué palabras tan llenas de amor y de esperanza! Sin embargo, al oírlas, algunos se echaron para atrás y decidieron ya no seguirlo ¿Porqué? Porque se sintieron desilusionados; habiendo visto cómo sació a la multitud hambrienta multiplicando los panes, querían que los sacara de todas sus penas, necesidades y problemas, y que les concediera triunfos inmediatos.

En cambio, Jesús les habló de su amor que le llevó a bajar del cielo y hacerse uno de nosotros a fin de entregar su vida para liberarnos del pecado y ofrecérsenos como alimento[1]; un alimento que, uniéndonos al Padre, creador de cuanto existe, nos sacia haciendo nuestra vida por siempre feliz. Vida que consiste en amar a Dios y al prójimo, como explica san Pablo[2].

Esto los puso en crisis. Y quizá también a nosotros. Porque como hace notar el Papa, las palabras de Jesús siempre hacen entrar en crisis ante la mundanidad[3]; esa mundanidad que nos hace creer que lo más importante es pensar sólo en nosotros y satisfacer nuestras necesidades físicas y emocionales, divertirnos, obtener éxitos inmediatos, y usar a la gente para conseguirlos.

Sin embargo, ¿cuánto puede durar un placer o una emoción, por intensos que sean? ¿Cuánto pueden durar la juventud, la belleza, la fuerza física, la inteligencia, el dinero, el poder y las cosas? Por mucho que duren, no lo harán para siempre. Y además, siendo honestos, nada de esto nos llena totalmente, porque no puede satisfacer el hambre de plenitud y de eternidad que llevamos dentro.

Así lo comprendió Josué. Por eso, ante los que dudaban de seguir fieles al verdadero Dios que libera y da vida o servir a los ídolos que no dan nada y terminan por esclavizar, declaró: “yo y mi casa serviremos al Señor”[4]. También lo comprendió Pedro, quien a la pregunta de Jesús si también los Doce lo iban a abandonar, respondió: “Señor, ¿a quién vamos a ir?”

Seguramente así se lo decimos hoy, a pesar de nuestros errores, de nuestras dudas, de nuestras caídas ¿Saben porqué? Porque como explica san Agustín, el amor del Padre, el Espíritu Santo, está en nuestros corazones[5] ¡Ese Espíritu que da vida, porque nos lleva a Jesús!

El Espíritu Santo nos hace comprender que sólo Jesús puede mostrarnos cómo vivir de verdad; cómo hacer de la casa un verdadero hogar y de nuestro mundo un lugar en el que todos podamos tener una vida digna, progresar y estar en paz. ¿Quién sino Jesús puede hacer que disfrutemos las alegrías sin temor a que terminen? ¿Quién sino Jesús puede ser nuestro consuelo y ayuda en la enfermedad, las penas y los problemas? ¿Quién sino Jesús puede ofrecernos la esperanza de una vida por siempre feliz?

Por eso, ¡vayamos a él!, que viene a nosotros en su Palabra, en sus sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en la oración. Y sigámoslo por el camino del amor, que es comprender, actuar con justicia, ser pacientes y solidarios, ayudar, perdonar y pedir perdón. Sólo así podremos alcanzar la vida que él, el santo de Dios, nos da; una vida verdadera, una vida plena, una vida eterna.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal 33.
[2] Cf. 2ª Lectura: Ef 5, 21-32.
[3] Cf. Angelus, Domingo 23 de agosto de 2015.
[4] Cf. 1ª Lectura: Jos 24, 1-2a. 15-17. 18.
[5] Cf. In Ioannem, tract., 27.

 

 

 

XX Domingo Ordinario, ciclo B, 2018

El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día (cf. Jn 6,51-58)

Todos queremos vivir. Y queremos vivir sanos y bien. Para eso necesitamos alimentarnos correctamente. Sin embargo, ninguna comida y ninguna bebida en esta tierra pueden hacer realidad el sueño de vivir sanos para siempre. Por eso me pregunto, ¿qué sucedería si, en un mundo plagado de alimentos para bajar de peso, quitar las llantitas y desarrollar los músculos, apareciera uno que hiciera posible que nunca muriéramos? Seguramente muchos sacrificarían lo que fuera con tal de comprarlo.

¿Pues saben qué?, ese alimento ya existe, y está al alcance de todos gratuitamente. Dios, autor de cuanto existe, que es la sabiduría, nos ha puesto la mesa y nos invita a comerlo[1] ¿Y qué alimento es? El mejor de todos: él mismo, que se ha hecho uno de nosotros en Jesús. Por eso nos dice: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.

Él es el pan vivo que ha bajado del cielo para, amando hasta dar la vida, liberarnos del pecado que cometimos y entregársenos como alimento en la Eucaristía para unirnos a él, darnos su Espíritu y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz. Por eso san Agustín dice que esta comida y esta bebida, “hace inmortales e incorruptibles a aquéllos que la reciben”[2].

“La comunión –recuerda el Papa– es asimilación: comiéndole a él, nos hacemos como él… Nutrirnos de ese «Pan de vida» significa entrar en sintonía con el corazón de Cristo, asimilar sus elecciones, sus pensamientos, sus comportamientos. Significa entrar en un dinamismo de amor y convertirse en personas de paz, personas de perdón, de reconciliación, de compartir solidario… El Cielo comienza precisamente en esta comunión con Jesús” [3].

Él nos da la fuerza para entender cuál es la voluntad de Dios[4]; que lo amemos, que nos amemos a nosotros mismos, y que amemos a los demás, dando lo mejor de nosotros a los que nos rodean para ayudarles a tener una vida digna, una vida cada vez mejor, una vida plena que llegue a ser eterna.

Hagámoslo en casa, con los vecinos, en la escuela, en el trabajo, en la comunidad, en la sociedad, especialmente con los más necesitados. Procuremos que aquello que decimos y hacemos haga el bien. Y aunque quizá enfrentemos incomprensiones y rechazos, ¡no nos echemos para atrás! Como Jesús, sigamos dándonos a los demás. Busquémoslo en la Eucaristía y nada nos faltará[5].

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Prov 9, 1-6.
[2] In Ioannem, tract., 26.
[3] Angelus, Domingo 16 de agosto de 2015
[4] Cf. 2ª Lectura: Ef 5, 15-20.
[5] Cf. Sal 33.

 

 

La Asunción de María a los cielos – Inauguración del Año Jubilar Diocesano

“Ha hecho cosas grandes en mí el que todo lo puede” (cf. Lc 1,39-56)

“Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador… porque ha hecho en mí grandes cosas”. Con estas sencillas palabras, dichas con el corazón, María haciendo memoria, reconoce que cuanto ella es y tiene proviene de aquél que es Autor de cuanto existe. Que fue Dios quien la creó y la liberó de todo pecado desde su concepción; que fue Dios quien la eligió y la hizo concebir por obra del Espíritu Santo al Salvador, convirtiéndola en Madre de Dios encarnado, permaneciendo siempre virgen; que fue Dios quien, al término de su vida terrena, la elevó en cuerpo y alma a la gloria del cielo[1].

Hoy, al inaugurar el Año Jubilar por el 60 aniversario de nuestra Diócesis, como María, hacemos memoria de nuestra historia y nos unimos a ella para glorificar al Señor, reconociendo con gratitud que todo cuanto somos y poseemos proviene de su amor misericordioso. Es él quien creó esta tierra en que vivimos. Es él quien permitió que diversas comunidades indígenas la poblaran. Es él quien envió a los primeros misioneros, entre los que destacan Fray Andrés de Olmos y Fray Juan Bautista de Mollinedo. Es él quien hizo posible que esta porción de la Iglesia llegara a constituirse en diócesis.

Es él quien a lo largo de estos sesenta años nos ha guiado a través de generosos pastores, como Mons. Estanislao Alcaraz, Mons. Sabas Magaña, Mons. Francisco Javier Chavolla, Mons. Faustino Armendáriz, Mons. Ruy Rendón, y muchos sacerdotes, diáconos, consagradas, consagrados, seminaristas y fieles laicos que han edificado este Pueblo de Dios.

Es el quien, al iniciar los festejos por este sesenta aniversario, nos regala gracias especiales: el Año Jubilar y la Indulgencia Plenaria que en nombre del Santo Padre la Sede Apostólica nos concede, y la visita de las reliquias de Santa Margarita María de Alacoque, discípula muy querida del Sagrado Corazón[2], a quien el Señor le dijo: “Mi divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en sí mismo las llamas de su caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro”[3].

Por todo esto, nuestra alma glorifica al Señor y nuestro espíritu se llena de júbilo en Dios, nuestro salvador, porque ha hecho en nosotros grandes cosas. Él, nuestro Padre y Creador, tras la caída original, envió a su Hijo para que, amando hasta dar la vida, nos liberara del pecado, nos diera su Espíritu, nos uniera a sí mismo y nos hiciera hijos suyos, partícipes de su vida plena y eterna.

Lo glorificamos, como María, que, llena de su amor, lo imitó y se encaminó presurosa a servir. Va de prisa, porque como dice san Ambrosio: “la gracia del Espíritu Santo no admite lentitud”[4]. ¿Y a qué va? A evangelizar y a servir; a comunicar a Isabel y al hijo que ha concebido la alegría del encuentro con Jesús, a quien lleva en su seno virginal.

“María –comenta el Papa Francisco– es y será reconocida siempre como la mujer del «sí», un sí de entrega a Dios… un sí de entrega a sus hermanos. Es el sí que la puso en movimiento para dar lo mejor de ella yendo… al encuentro con los demás” [5].

No se dejó amedrentar por el demonio, que pretendió matar a su Hijo, como sucedió a la mujer del Apocalipsis[6], en quien la Iglesia reconoce a María[7]. Perseveró, como fiel discípula misionera de Jesús, que, amando hasta dar la vida, resucitó haciendo posible la resurrección de los muertos[8]. Por eso, al término de su vida terrena, fue llevada al cielo.

“…en la Asunción de María –comenta Benedicto XVI– contemplamos lo que estamos llamados a alcanzar en el seguimiento de Cristo… la Madre de Dios nos invita a mirar el modo como ella recorrió su camino hacia la meta”[9] ¡Fue llevada al palacio real[10]!

¿Cómo lo hizo? Creyendo en Dios y haciendo lo que le pide: correr a servir, compartiendo con todos la dicha de este encuentro, que hace la vida por siempre feliz.

Como ella, creamos en Dios y confiemos en él. Para ello, sigamos el consejo del Papa, que nos dice: “Mira tu historia cuando ores y en ella encontrarás tanta misericordia… el Señor te tiene en su memoria y nunca te olvida”[11].

Cuando reconocemos que Dios nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida y piensa en nosotros porque nos ama, descubrimos, como santa Margarita María de Alacoque, que él, a pesar de nuestros errores y malos momentos, tiene abierto para nosotros su Sagrado Corazón, del que brota su Espíritu de amor, infinito e incondicional, que levanta, que restaura, que transforma y que llena la vida, dándonos la fuerza para compartirlo a los demás y así avanzar hasta ser por siempre felices.

¡Abrámosle nuestro corazón, abriéndoselo a los demás! Como María, que se encaminó presurosa a amar y servir, sin lentitudes, vayamos a casa, al barrio, a la escuela, al trabajo, a la comunidad, a los amigos, a los más necesitados y a nuestra sociedad, y, llevándoles a Jesús, que es el Amor encarnado, hagamos que salten a una vida digna, a una vida que vaya progresando, a una vida en paz, a una vida plena y eternamente dichosa, que sólo en Dios se puede encontrar.

Que Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, Santa Margarita María de Alacoque y todos los santos nos obtengan del Señor la fuerza para hacerlo así.

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

15 de agosto de 2018

 

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[1] Cf. PÍO XII, Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, 1950.
[2] Autobiografía, Ed. Administración de «El Mensajero», Calle de Ayala (Ensanche), Bilbao, 1890, pp. 108.
[3] Ibíd., 106 y 107.
[4] Catena Aurea, 9139.
[5] Homilía Basílica de Guadalupe, 13 de febrero de 2016.
[6] Cf. 1ª Lectura: Ap 11, 19; 12,1-6.10.
[7] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1138.
[8] 2ª Lectura: 1 Cor 15, 20-27.
[9] Homilía en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen, 15 de agosto de 2009.
[10] Cf. Sal 44.
[11] Gaudete et exsultate, 153.

 

 

Datos importantes sobre Santa Margarita María Alacoque

Nació el 22 de julio de 1647 en la aldea de Hautecour, perteneciente a Verosvres, pequeña ciudad cercana a Paray-le-Monial, Francia. Recibió el bautismo el 25 de julio. Sus padres fueron Claude Alacoque y Philiberte Lamyn. En su autobiografía escribió:

“La Santísima Virgen tuvo siempre grandísimo cuidado de mí: yo recurría a ella en todas mis necesidades y me salvaba de grandísimos peligros… Tenía vivas ansias de hacer todo lo que veía practicar a las religiosas, considerándolas a todas como santas, y pensando que, si fuese religiosa, llegaría a ser como ellas… Perdí a mi padre niña aún; y como era la única hija, y mi madre, encargada de la tutela de sus cinco hijos, paraba muy poco en casa, me crié por este motivo hasta la edad de unos ocho años y medio sin más educación que la de los domésticos y campesinos. Me llevaron a una casa religiosa, donde me prepararon a la primera comunión cuando tenia unos nueve años, y esta comunión derramó para mí tanta amargura en todos los infantiles placeres y diversiones, que no podia ya hallar gusto en ninguno, aunque los buscase con ansia… juzgaba que debia quedarme en su convento. Pero caí en un estado de enfermedad tan deplorable, que pasé como unos cuatro años sin poderme mover” (Autobiografía, Ed. Administracion de «El Mensajero», Calle de Ayala (Ensanche), Bilbao, 1890, pp. 13-15).

Entonces se consagró con voto a la Santísima Virgen, “prometiéndole que, si me curaba, sería un día una de sus hijas. Apenas se hizo este voto, recibí la salud acompañada de una nueva protección de esta Señora”. Pero, “recobrada la salud, no pensé ya sino en buscar mi contento en el goce de mi libertad, sin darme gran cuidado el cumplimiento de mi promesa” (Ibíd., pp. 16-17).

En el hogar sufrió mucho: “Mi madre se habia despojado de su autoridad en casa para trasmitirla a otros; y de tal manera la ejercieron, que nunca nos vimos ni ella, ni yo en más dura cautividad. No es mi ánimo ofender a esas personas… sino solamente mirarlas como instrumentos, de que se valia el Señor para cumplir su santa voluntad… Desde este tiempo todos mis afectos se dirigieron a buscar mi completa dicha y consolacion en el Santísimo Sacramento del altar” (Ibíd., p. 18).

“Pasaba las noches, como habia pasado el día, vertiendo lágrimas a los pies de mi Crucifijo, el cual me manifestó, sin que yo comprendiese nada, que quería ser el dueño absoluto de mi corazón y hacerme en un todo conforme a su vida dolorosa… Quedó desde entonces tan impresionada mi alma, que desearía no cesasen ni por un momento mis penas” (Ibíd., pp. 20-21).

Su madre padeció una erisipela en la cabeza. “Se contentaron con hacerla sangrar por un pobre cirujano de pueblo, que por allí pasaba, el cual me dijo que sin milagro no podría vivir. Nadie se afligió… a no ser yo, que no sabia dónde acudir… sino a mi asilo ordinario, la Santísima Virgen y mi soberano Maestro… Habiendo, pues, ido a Misa… para pedirle que se dignase ser Él mismo el médico y el remedio de mi pobre madre, y enseñarme a mí lo que debía hacer, lo ejecutó… a mi vuelta encontré reventada la mejilla con una llaga casi tan ancha como la palma de la mano… todos los días cortaba mucha carne podrida… al fin en pocos dias se curó, contra toda humana esperanza” (Ibíd., pp. 26-27).

“El diablo suscitaba muchos buenos partidos… los cuales me asediaban… Por un lado mis parientes, y sobre todo mi madre, me apretaba en este punto llorando sin cesar y diciéndome que no tenía más esperanza que en mí para salir de su miseria, teniendo el consuelo de retirarse conmigo tan pronto como estuviera colocada en el mundo. Por otro, Dios perseguía con tanto ímpetu mi corazón, que no me concedía momento de tregua… El demonio se servia de mi ternura y amor filial, representándome incesantemente las lágrimas que mi madre derramaba… Sentía un tormento insoportable… Comencé, pues, a mirar al mundo, y a componerme para agradarle, procurando divertirme lo más que podia. Pero vos, mi Dios… me hicisteis conocer en esta, como en muchas otras ocasiones, que me sería muy duro y difícil luchar contra el poderoso estímulo de vuestro amor” (Ibíd., pp. 36-39).

Buscando la santidad, se sometía a fuertes penitencias, leía el libro de la Vida de los Santos, y procuraba confesarse a menudo. Hasta que el Señor le puso “a la vista la belleza de las virtudes, y especialmente de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, y diciéndome que practicándolas se llega a ser santo. Hablábame así, porque le pedía en mis oraciones que me hiciese santa” (Ibíd., pp. 42-43).

“Me infundió un amor tan tierno a los pobres, que habría querido no tener más amistad que la suya, y excitó en mi alma una compasion tan tierna de sus miserias, que, a depender de mí, me hubiera quedado sin nada por aliviarlas. Cuando tenia dinero se lo daba a niños pobres, para hacerles venir a mi lado con objeto de enseñarles el catecismo y a tratar con Dios” (Ibíd., p. 44).

Después de muchas dificultades logró convencer a sus parientes de su deseo de ser religiosa. Ellos le propusieron entrar en otros conventos, pero ella señaló que tenía decidido ingresar a la Orden de las Visitandinas de Paray-le-Monial el 20 de junio de 1671, donde el día que las visitó había escuchado interiormente: “Aquí es donde te quiero” (Ibíd., p. 66). Tenía 23 años de edad (Ibíd., p. 74).

Buscando orientación para aprender a orar, su Maestra le dijo: “Id a colocaros delante de Nuestro Señor Jesucristo, como una tela preparada delante de un pintor”. Tan pronto como fue a la oracion, el Señor le hizo conocer que aquella tela preparada era su alma, “sobre la cual quería trazar todos los rasgos de su vida dolorosa, pasada toda ella en el amor… Me despojó en un momento de todo… encendió en ésta un deseo tan ardiente de amar y sufrir, que no me dejaba momento de reposo”. (Ibíd., pp. 74-76).

“Estando ya revestida con nuestro santo hábito, me dió á conocer mi divino Maestro que este era el tiempo de nuestros desposorios… me declaró que… me haría gustar, durante este tiempo, cuanto hay de más dulce en la suavidad de sus amorosas caricias… tan excesivas fueron éstas, que con frecuencia me sacaban fuera de mí… de lo cual me corrigieron manifestándome no ser este el espíritu de las hijas de Santa María, nada amante de caminos extraordinarios, y que no me recibirian, si no me apartaba de todo” (Ibíd., pp. 76-77).

“Se me atacó todavía… al acercarse el tiempo de mi Profesión, diciéndome que se veía claramente que no era a propósito para adquirir el espíritu de la Visitación, el cual miraba con recelo todo ese género de vías sujetas a la ilusión y al engaño. Representé al instante a mi Señor esto, dándole mis quejas: «¡ Ay de mí!; Sereís, Señor mió, la causa de que se me despida?» A lo cual me respondió: «Di a tu Superiora que no hay razón para temer el recibirte, pues yo respondo por ti…» Habiendo dado cuenta de esto a mi Superiora, me ordenó pedirle, como prenda de seguridad, que me hiciese útil á la santa religión… Sobre este punto me respondió su amorosa bondad: «Y bien, hija mia, todo eso te concedo, pues te haré más útil a la religión de lo que ella piensa; pero de una manera, que aún no es conocida sino por mí: y en adelante adaptaré mis gracias al espíritu de la regla, a la voluntad de tus Superioras y a tu debilidad, de suerte, que has de tener por sospechoso cuanto te separe de la práctica exacta de la regla, la cual quiero que prefieras a todo. Además, me contento de que antepongas a la mia la voluntad de tus Superioras, cuando te prohiban ejecutar lo que te hubiere mandado. Déjales hacer cuanto quisieren de ti: yo sabré hallar el medio de cumplir mis designios, áun por vías que parezcan opuestas y contrarias»” (Ibíd., p. 85).

El 27 de diciembre de 1673, en la festividad de san Juan Evangelista, con 25 años de edad, durante la adoración al Santísimo Sacramento, el Señor le concedió una gran experiencia: “Me hizo reposar por muy largo tiempo sobre su pecho divino, en el cual me descubrió todas las maravillas de su amor y los secretos inexplicables de su Corazón Sagrado… Aquí me los descubrió por vez primera… Él me dijo: «Mi divino Corazon está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en sí mismo las llamas de su caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros, que te descubro, y los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarías para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra mia». Me pidió después el corazón, y yo le supliqué que le tomase. Le cogió e introdujo en su Corazón adorable, en el cual me le mostró como un pequeño átomo, que se consumía en aquel horno encendido. Le sacó de allí cual si fuera una llama ardiente en forma de corazon, y volvióle a poner en el sitio de donde le había cogido, diciéndome: «He ahí, mi muy amada, una preciosa prenda de mi amor, el cual encierra en tu pecho una pequeña centella de sus vivas llamas para que te sirva de corazón, y te consuma hasta el postrer momento. No se extinguirá su ardor… Y por señal de no ser pura imaginación la grande gracia que acabo de concederte, y sí el fundamento de todas las que te he de hacer aún, te quedará para siempre el dolor de tu costado, aunque he cerrado yo mismo la llaga; y si tú no te has dado hasta el presente otro nombre que el de mi esclava, yo te doy desde ahora el de discípula muy querida de mi Sagrado Corazón»” (Ibíd., pp. 106-108).

Más tarde, el Señor le dijo: “comulgarás todos los primeros viérnes de cada mes, y todas las noches del jueves al viérnes te haré participante de la tristeza mortal, que tuve a bien sentir en el Huerto de las Olivas” (Ibíd., pp. 116-117).

“Se me asignó por ocupacion la enfermería. Sólo Dios pudo conocer lo que allí me fué preciso sufrir, ora por parte de mi natural pronto y sensible, ora por parte de las criaturas y del demonio… Esto me ponía en tal tristeza y abatimiento, que no sabía qué hacerme. Pues con frecuencia me quitaba el poder de decírselo a nuestra Madre, porque al maligno espíritu la obediencia le abate y debilita todas sus fuerzas” (Ibíd., p. 136).

“Confieso que el comer me ha producido desde este tiempo penas crueles… no podia evadirme de tomar lo que creia más ordinario, como lo más conforme a mi pobreza y a mi nada, las cuales continuamente me decian que, siendo suficientes el pan y el agua, todo lo demás era superfluo” (Ibíd., p. 155).

“Y para volver al estado de sufrimiento, que no dejaba de ser continuo y aumentaba siempre con aditamentos muy sensibles y humillantes, se me juzgó posesa u obsesa, y se me roció con bastante agua bendita haciendo la señal de la cruz y rezando oraciones para arrojar de mí el espíritu maligno” (Ídem).

“Sufrí durante este tiempo frecuentes asaltos del demonio, el cual me tentaba especialmente de desesperación, significándome que no debía pretender parte alguna en el Paraíso una criatura tan perversa como yo… Otras veces me atacaba por la vanagloria y despues por la tentación abominable” (Ibíd., p. 179).

En 1675, durante la octava del Corpus Christi, Jesús se le manifestó con el corazón abierto. Así lo relata: “Estando una vez en presencia del Santísimo Sacramento, un día de su octava, recibí de Dios gracias excesivas de su amor, y sintiéndome movida del deseo de corresponderle en algo y rendirle amor por amor, me dijo: «No puedes darme mayor prueba, que la de hacer lo que ya tantas veces te he pedido.» Entonces descubriendo su divino Corazon: «He ahí este Corazon, que ha amado tanto a los hombres, y en reconocimiento no recibo de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sus sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de amor. Pero lo que me es aún mucho más sensible, es que son corazones, que me están consagrados, los que así me tratan. Por esto te pido que sea dedicado el primer viérnes, despues de la octava del Santísimo Sacramento, a una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando ese dia y reparando su honor por medio de un respetuoso ofrecimiento, a fin de expiar las injurias, que ha recibido durante el tiempo que ha estado expuesto en los altares. Te prometo también que mi Corazón se dilatará para derramar con abundancia las influencias de su divino amor sobre los que le rindan este honor, y los que procuren que le sea tributado»” (Ibíd., p. 189).

Margarita destacó entre sus hermanas por su amor al Santísimo Sacramento y su obediencia. Apenas oía la llamada del campanario, dejaba todo lo que estaba haciendo para acudir a su oficio, y no desdeñaba ocuparse en las cosas más penosas, buscando en todo mortificación. Era siempre de las primeras en acudir a los trabajos comunes. Se ofrecía a ayudar en sus labores a las otras hermanas. Dios permitía que tuviera frecuentes olvidos para proporcionarle ocasiones de humillación y mortificación, que eran las virtudes queridas de su corazón[1].

Las visiones que tuvo le causaron al principio incomprensiones y juicios negativos hasta que fue puesta bajo la dirección espiritual del jesuita san Claudio de la Colombière. En el último periodo de su vida, elegida maestra de novicas, tuvo el consuelo de ver difundida la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Murió el 17 de octubre de 1690, a los cuarenta y dos años de edad y diez y ocho de Profesion. Espiró a cosa de las ocho de la noche entre los brazos de dos hermanas que habían sido novicias suyas, y a las cuales algunos años antes se lo había predicho. Se halló presente toda la Comunidad, que se había reunido para leerla la recomendación del alma, teniendo así juntamente con el dolor de perderla, el consuelo de ver cómo mueren los santos.

La discusión en relación a la misión y virtudes de santa Margarita María continuó por varios años. Finalmente, la Sagrada Congregación de Ritos emitió un voto favorable y en marzo de 1824 el Papa León XII la proclamó venerable. El 18 de septiembre de 1864, Pío IX la declaró beata y el 13 de mayo de 1920 Benedicto XV la incluyó en el catálogo de los santos. Sus restos reposan bajo el altar de la Capilla en la Basílica de Paray-le-Monial.

 

[1] Gauthey, Vida de Santa Margarita escrita por sus contemporáneas, Vol.1, p 171.

 

En la imagen,
Mons. Eugenio Lira ante reliquias de Santa Margarita
en la Catedral de Matamoros,
agosto de 2018

 

XIX Domingo Ordinario, ciclo B, 2018

Yo soy el pan de la vida (cf. Jn 6, 41-51)

Elías, el gran profeta, ya no aguantaba más. Se sentía sin fuerzas para enfrentar penas, problemas, incomprensiones y oposiciones, y seguir adelante ¡Hasta tuvo ganas de morir! Pero Dios no lo abandonó; envió a su ángel quien, mostrándole un pan, le dijo: “Levántate y come, porque aún te queda un largo camino”. Elías comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento, continuó su camino hasta llegar al monte de Dios[1] ¡Alcanzó la meta!

Como él, a veces sentimos que no podemos más; que ya son muchas las penas y los problemas en casa, con los vecinos, en la escuela, en el trabajo, con los amigos, y que este mundo está cada vez más complicado. Y quizá también sintamos ganas de tirar la toalla y hasta de morir. Pero el Padre no nos deja; nos envía el mejor alimento: Jesús.

Él es el pan que ha bajado del cielo, porque siendo Dios se hizo uno de nosotros para, amando hasta dar la vida, liberarnos del pecado, darnos su Espíritu, unirnos a él y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eterna.

Sin embargo, para recibirlo hay que abrirle el corazón, dejándonos atraer por el Padre, como hace ver el Papa[2]. Eso requiere que tengamos hambre de Dios, como recuerda san Agustín[3]. Porque si sólo buscamos satisfacer nuestras necesidades inmediatas, no sabremos ver más allá, y terminaremos murmurando contra Jesús, como algunos de su tiempo.

Quien tiene hambre de Dios y de la vida eterna que sólo él puede dar, le abre el corazón. Así, atraído por el amor del Padre, que es el Espíritu Santo, puede comprender que Jesús se nos ofrece como alimento en su Palabra y en sus sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, como señala san Beda[4]. “Entregó su carne por la vida del mundo –comenta Teofilacto–, porque muriendo destruyó la muerte”[5].

Quien se alimenta de él recibe la fuerza necesaria para seguir adelante, a pesar de las penas y de los problemas; esa fuerza del amor que nos hace capaces de desterrar de nosotros toda clase de maldad, de ser buenos y comprensivos, de perdonar y de amar como Cristo que, como señala san Pablo, “nos amó y se entregó por nosotros”[6] ¡Él nos da la fuerza para perseverar hasta alcanzar la meta: Dios, que hace la vida por siempre feliz!

Por eso la Iglesia, Madre y Maestra, nos manda participar en la Santa Misa cada domingo y en las fiestas de precepto, a no ser que estemos excusados por una razón seria (una enfermedad, el cuidado de niños pequeños, etc.) o dispensados por el Obispo o por el propio Párroco[7]. Sin embargo, hoy como entonces, no faltan murmuradores que dicen que no es necesario ir a Misa cada domingo, sino cuando nos “nazca”.

No nos dejemos confundir ¡Necesitamos a Jesús! Él, que es Dios hecho uno de nosotros, se nos entrega como alimento en la Eucaristía dominical, donde nos da la energía necesaria para seguir adelante el resto de la semana, avanzando en el amor, hasta alcanzar la vida eterna, el encuentro definitivo con Dios ¡Hagamos la prueba, acerquémonos a la Eucaristía, y veremos qué bueno es el Señor[8]!

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Re 19, 4-8.
[2] Cf. Angelus 9 de agosto de 2015.
[3] Cf. In Ioannem, tract., 26.
[4] Cf. Catena Aurea, 12647.
[5] Ídem.
[6] Cf. 2ª Lectura: Ef 4,30-5,2.
[7] Cf. Código de Derecho Canónico, c. 1246, §1; cc. 1248, § 1, 1245; Catecismo de la Iglesia Católica, 2181.
[8] Cf. Sal 33.

 

 

Año Jubilar de la Diócesis de Matamoros 1959/2019

Al clero y a los fieles de la Diócesis de Matamoros:

El próximo miércoles 15 de agosto, Asunción de la Santísima Virgen María, con la celebración de la Santa Misa a las 10:00 de la mañana en Catedral daremos inicio al Año Jubilar que el Santo Padre se ha dignado concedernos en ocasión del 60 aniversario de nuestra Diócesis, durante el cual podremos recibir la Indulgencia Plenaria.

Ese día, además del rito de apertura de la Puerta Santa, recibiremos la visita de las reliquias de Santa Margarita María de Alacoque, cuya intercesión seguramente nos ayudará a refrendar nuestra confianza en el Sagrado Corazón de Jesús, en quien se nos muestra el amor infinito de Dios.

Entre las actividades del Año Jubilar destaca el Congreso “Metanoia” que compartirá Noel Díaz, fundador de “El Sembrador”, el 8 de septiembre en el Centro de Convenciones “Mundo Nuevo” de Matamoros, a partir de las 8:30 de la mañana. Ojalá sean muchos los que nos acompañen. Pueden solicitar informes en sus respectivas parroquias, así como en Catedral y en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe en Reynosa.

Ruego al Señor que, por intercesión de Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, nos ayude a aprovechar este tiempo de gracia.

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

N.B. Pido a los sacerdotes leer esta circular al término de las misas del domingo 12 de gosto.

 

 

Celebramos a Santo Domingo de Guzmán, a quien la Virgen le entregó el Rosario

Santo Domingo de Guzmán nació en Caleruega (España) alrededor del año 1170 en una familia noble. Su madre fue la Beata Juana de Aza. En Palencia recibió una buena educación en diversas materias y se entregó de lleno al estudio de teología.

En aquel entonces se vivía en continuas guerras contra los moros (musulmanes) e incluso entre los mismos príncipes cristianos. Lo que llevó a una terrible hambruna en aquella región. Domingo se compadeció de los necesitados y los ayudaba entregándoles sus pertenencias.

Cierto día llegó ante Domingo una mujer llorando que le dijo que su hermano había caído prisionero de los moros y el joven al no tener nada que darle se ofreció como esclavo para rescatarlo. Este acto impresionó a toda la ciudad y se produjeron tales movimientos de caridad que hicieron innecesario que Domingo se entregara.

Con 24 años de edad fue llamado por el Obispo de Osma para ser canónigo de la Catedral y a los 25 fue ordenado sacerdote. Más adelante el Prelado tuvo que viajar a Dinamarca por encargo del rey Alfonso VIII y se llevó consigo a Domingo. En el viaje, el Santo quedó preocupado al constatar las herejías en que vivían los diversos pueblos.

En 1207, Santo Domingo, junto a algunos compañeros como el Obispo de Osma, se entregó a la vida apostólica, renunciando a toda comodidad y viviendo de limosnas. Al comprender más de la necesidad de una buena formación cristiana de los fieles, fundó la Orden de Predicadores (dominicos) dispuesta a llevar la luz del Evangelio por todas partes.

El Santo fundó centros de apostolado al sur de Francia y encontró grandes dificultades en toda la misión que había emprendido.

Según la tradición, respaldada por numerosos documentos pontificios, cierta noche Santo Domingo, mientras se encontraba en oración, tuvo una revelación en la que la Virgen fue en su auxilio y le entregó el Rosario como un arma poderosa para ganar almas.

La Virgen a su vez le enseñó a recitarlo y le pidió que lo predicara por todo el mundo para que se obtengan abundantes gracias. El Santo salió de la capilla lleno de entusiasmo con el rosario en la mano y, efectivamente, lo impulsó por todas partes, obteniendo muchas conversiones.

Dentro de sus prácticas de penitencia habituales estaban las temporadas de 40 días de ayuno a pan y agua, el dormir sobre tablas duras, caminar descalzo por caminos irisados de piedras y senderos cubiertos de nieve, soportar insultos sin responder palabra alguna, predicar a pesar de estar enfermo y nunca mostrar desánimo. Era el hombre de la alegría y buen humor.

Santo Domingo, gran amigo de San Francisco de Asís, partió a la Casa del Padre en Boloña el 6 de agosto de 1221. Fue canonizado en 1234 por el Papa Gregorio IX, quien dijo que “de la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”. Su fiesta se celebra cada 8 de agosto.

ACIPrensa

 

 

XVIII Domingo Ordinario, ciclo B, 2018

Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre (cf. Jn 6, 24-35)

Homilía pronunciada por S.E. Mons. Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de la Diócesis de Matamoros, en la peregrinación de las Diócesis de Tampico, Ciudad Victoria y Matamoros a la Basílica de Guadalupe, agosto 5 de 2018.

 

Como la gente en aquel tiempo, venimos buscando a Jesús ¿Pero por qué lo buscamos? Quizá porque queremos que nos cure de una enfermedad, nos saque de una pena o nos resuelva algún problema. Y está bien. Sin embargo, como en esta vida todo se termina, él nos invita a mirar más allá; a tirarle a lo grande, a lo que da vida eterna: el encuentro con Dios.

¡Jesús es quien hace posible ese encuentro! Por eso nos dice: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed” ¿Cómo puede hacerlo? Porque él es Dios, creador de todas las cosas, que se hizo uno de nosotros para rescatarnos del lío en que nos metimos al desconfiar de él y pecar, con lo que abrimos las puertas del mundo al mal y la muerte. Amando hasta dar la vida, nos ha liberado del pecado, nos ha comunicado su Espíritu, nos ha unido a sí mismo, y nos ha hecho hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar.

Así nos ha alimentado en abundancia. 1 ¡Ha hecho que nos llueva comida del cielo!, como lo anunció al alimentar al pueblo de Israel en el desierto. 2 ¿Qué nos toca hacer para recibir este alimento que hace la vida plena y eterna? Creer en Jesús. Y creer en él es amarlo, es ir a él y unirnos a su cuerpo, la Iglesia, como señala san Agustín. 3

Creamos en Jesús y alimentémonos de él, a través de su Palabra, de sus sacramentos -sobre todo la Eucaristía- y de la oración. Así recibiremos la fuerza de su Espíritu para renovarnos y vivir en la justicia y en la santidad, como dice san Pablo. 4 Entonces comprenderemos que, como señala el Papa: “este «pan de vida» nos ha sido dado… para que podamos a su vez saciar el hambre espiritual y material de nuestros hermanos”. 5

Por eso, hoy en el Tepeyac, Nuestra Madre de Guadalupe, discípula misionera de Jesús, nos repite a cada uno, como señaló el Papa en esta Basílica: “ayúdame a levantar la vida de mis hijos, que son tus hermanos”.6.

¿Lo estamos haciendo? ¿Ponemos de nuestra parte para saciar el hambre de amor y de vida digna de la familia, de los vecinos, de los compañeros de estudio o de trabajo y de la gente que nos rodea, especialmente los más necesitados? ¿Con nuestras palabras, acciones y oraciones les ayudamos a encontrar a Dios, que es el único que puede satisfacer el hambre de eternidad?

Que por intercesión de la Morenita del Tepeyac, el Señor nos dé la fuerza para trabajar por él, que es el alimento que da vida eterna, recibiéndolo en la Eucaristía y viviendo como nos enseña: amando y ayudando a los demás.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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1 Cf. Sal 77.
2 Cf. 1a Lectura: Ex 16, 2-4. 12-15.
3 Cf. In loannem, tract., 25.
4 Cf. 2a Lectura: Ef4, 17. 20-24.
5 Angelus, 2 de agosto de 2018.
6 Santa Misa en la Basílica de Guadalupe, 13 de febrero de 2016.

 

 

 

Peregrinación Diocesana a la Basílica de Guadalupe

Como cada 5 de agosto la Diócesis de Matamoros peregrina a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Basílica de la ciudad de México. Este domingo estuvieron presentes cientos de fieles procedentes de los 8 municipios que conforman la Diócesis: Camargo, Díaz Ordaz, Reynosa, Río Bravo, Matamoros, Valle Hermoso, San Fernando y Villa de Méndez, así como de las Diócesis de Tampico y Ciudad Victoria.

Mons. Eugenio A. Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros encabezó este peregrinar y presidió la Santa Misa concelebrada en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en punto de las 10:00 am. Presentes los Señores Obispos de Ciudad Victoria Mons. Antonio González y Mons. Rogelio Cabrera, Administrador  de la Diócesis de Tampico.

Elevamos nuestras oraciones al Señor mediante la Virgen de Guadalupe por nuestras familias, por Tamaulipas, por nuestra Patria.

MISA transmitida desde la Basílica:

https://www.youtube.com/watch?time_continue=2&v=V4o1yMv5iEs

 

 

 

El Papa Francisco llama a proteger a las familias

Al hablar de las familias, muchas veces me viene a la cabeza la imagen de un tesoro. El ritmo de vida actual, el estrés, la presión del trabajo y también, la poca atención de las instituciones, puede poner a las familias en peligro. No es suficiente hablar de su importancia: es necesario promover medidas concretas y desarrollar su papel en la sociedad con una buena política familiar.

Recemos para que las grandes opciones económicas y políticas protejan a la familia como el tesoro de la humanidad.

 

 

Santa Margarita Alacoque, mensajera del Sagrado Corazón de Jesús

A ella debemos la devoción universal al Sagrado Corazón de Jesús. Se origina en sus visiones, de las que obtuvo la gracia en el siglo XVII en Paray-le-Monial, Francia. Una mirada retrospectiva a la historia de esta santa excepcional y a los mensajes que recibió de Jesús mismo.

 

¿Quién es Santa Margarita María Alacoque?

Margarita Alacoque fue una joven piadosa nacida en 1647 de Verosvres, región de Borgoña, Francia. Desde muy joven, prometió consagrar su pureza a la Santísima Virgen. Un día, al caer gravemente enferma, mantuvo este voto rezando a la madre de Dios para que la sanara y así poderse ponerse el hábito de religiosa. Esto mismo hizo cuando entró en el monasterio de la Visitación de Santa María de Paray-le-Monial en 1671. Aquí es donde su vida de joven devota se vería trastornada: iba a convertirse en mensajera de Cristo.

 

¿Qué mensaje recibe?

En 1673, el Sagrado Corazón de Jesús se le apareció por primera vez. Tuvo el gran privilegio de contemplarlo tres veces más. Sin embargo solo se cuentan tres “grandes apariciones” con los tres mensajes que se dieron en esta ocasión:

1ª aparición: Jesús, conservando a Margarita María durante largos momentos contra su pecho, le hizo descubrir “las maravillas de Su amor”. Sumergiendo el corazón de Margarita María en el Suyo propio, encendió en ella la ardiente pasión de la caridad hacia las almas que salvar.

2ª aparición: Jesús se le apareció, ardiente como un sol, llorando la ingratitud de los hombres tras los dolores sufridos por ellos. Entonces pidió dos actos de reparación hacia su divino Corazón: la comunión cada primer viernes de mes, y la hora de adoración cada jueves por la tarde, en memoria de su agonía en el Getsemaní.

3ª aparición: los mismos dolores que se evocaron durante la segunda aparición:

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombre y que no ha ahorrado nada hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y, en compensación, solo recibe, de la mayoría de ellos, ingratitudes por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como por las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de amor. Pero lo que más me duele es que se porten así los corazones que se me han consagrado”.

Jesús pide entonces instaurar una fiesta para su Sagrado Corazón, algo que extendió Pío IX por toda la Iglesia católica, en 1856. Esta festividad tiene por objetivo reparar las ofensas cometidas contra la santa Eucaristía y el Sagrado Corazón.

 

Las promesas de Jesús

A quienes sigan estas recomendaciones y esta devoción de los jueves y del primer viernes del mes, Jesús promete muchas gracias:

  1. Les daré todas las gracias necesarias en su estado.
  2. Llevaré la paz a sus familias.
  3. Los consolaré en todas sus penas.
  4. Seré su refugio asegurado durante toda su vida y especialmente en la muerte.
  5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus iniciativas.
  6. Los pecadores encontrarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de misericordia.
  7. Las almas tibias se volverán fervientes.
  8. Las almas fervientes se elevarán a una gran perfección.
  9. Incluso bendeciré las casas donde la imagen de mi Corazón se exhiba y se honre.
  10. Daré a los sacerdotes el talento para conmover los corazones más endurecidos.
  11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán sus nombres escritos en mi Corazón y nunca serán borrados.
  12. Os prometo, en el exceso de la misericordia de mi Corazón, que mi amor todopoderoso concederá a todos quienes reciban la comunión el primer viernes, y nueve veces más, la gracia de la penitencia final, que no morirán en mi desgracia ni sin recibir los sacramentos, y que mi Corazón será su refugio seguro en su última hora.

 

ANGÉLIQUE PROVOST/Aleteia.org

 

 

Reliquias de Santa Margarita Alacoque llegarán a Diócesis de Matamoros

Visita de las reliquias de Santa Margarita María Alacoque
a la Diócesis de Matamoros del 15 al 18 de Agosto de 2018

PROGRAMA

 

Día 15 de agosto

8:15 am Llegada de las reliquias al aeropuerto de Cd. Reynosa, Tamaulipas y traslado a la Catedral de Matamoros.

10:00 am Ceremonia de recepción de las reliquias en la Catedral de Matamoros. MISA solemne presidida por Mons. Eugenio Lira. En esta Misa se realizará la apertura del Año Jubilar de la Diócesis por su próximo 60 aniversario (2019).

3:00 pm Traslado de las reliquias a la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en Matamoros y Misa solemne para toda la comunidad.

4:30 pm Actos litúrgicos y devocionales.

8:00 pm Jornada de oración y velación nocturna hasta las 7:00 am del 16 de Agosto.

 

Día 16 de agosto

7:00 am Misa para despedir las reliquias por parte de la comunidad. Al término, traslado de las reliquias a la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en Cd. Valle Hermoso, Tam.

9:00 am Recepeción de las reliquias en Cd. Valle Hermoso, Tam., y Misa solemne en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús.

10:00 am Actos litúrgicos y devocionales, participan comunidades de la zona pastoral de Valle Hermoso.

12:00 pm Misa votiva del Sagrado Corazón de Jesús en la Parroquia.

6:00 pm Misa votiva de Santa Margarita María Alacoque.

7:00 pm Vigilia de oración y velación hasta las 7:00 am del 17 de Agosto.

 

Día 17 de agosto

7:00 am Misa para despedir las reliquias por parte de la comunidad. Al término, traslado de las reliquias a la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en Cd. Río Bravo, Tam.

9:00 am Recepeción de las reliquias en Cd. Río Bravo, Tam., y Misa solemne en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús.

10:00 am Actos litúrgicos y devocionales, participan comunidades del Decanato.

8:00 pm Vigilia de oración y velación hasta las 8:00 am del 18 de Agosto.

 

Día 18 de Agosto

8:00 am Misa para despedir las reliquias por parte de la comunidad. Al término, traslado de las reliquias a la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en Cd. Reynosa, Tam.

10:00 am Recepeción de las reliquias en Cd. Reynosa, Tam., y Misa solemne en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús.

11:00 am Actos litúrgicos y devocionales, participan comunidades de la zona pastoral Reynosa.

4:00 pm Misa solemne y despedida de las reliquias por parte de la comunidad en Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en Cd. Reynosa, Tam.

6:00 pm Al término, traslado de las reliquias a la Arquidiócesis de Monterrey, Nuevo León. Una delegación especial de la arquidiócesis vendrán por ellas en la línea limítrofe entre los Estados de Tamaulipas y Nuevo León (carretera Reynosa-Monterrey km 30) donde se realizará el cambio de la guardia oficial protectora de las reliquias.

 

Mons. Lic. Ramón Cantú

Coordinador General de la Visita de las Reliquias
de Santa Margarita María Alacoque
a la Diócesis de Matamoros

Parroquia Sagrado Corazón, Cd. Valle Hermoso
(894) 842-0380

 

 

Iniciará Año Jubilar en la Diócesis de Matamoros

Con una celebración eucarística se dará inicio al Año Jubilar de la Diócesis de Matamoros el miércoles 15 de Agosto de 2018 a las 10:00 am en la Parroquia de Nuestra Señora del Refugio, Catedral de Matamoros.

Habrá de presidir dicha celebración Mons. Eugenio Andrés Lira Rugarcía, VI Obispo de la Diócesis, acompañado de autoridades civiles, sacerdotes, laicos, religiosas y seminaristas.

Cabe mencionar que se dió autorización por parte de la Penitenciaria Apostólica de la Santa Sede en el Vaticano para conceder la indulgencia plenaria, para ésta y otras celebraciones litúrgicas en el transcurso del año.

Ese mismo día 15 de agosto recibiremos en la Diócesis las reliquias de Santa Margarita María Alacoque, motivo de gozo y bendición para nuestras comunidades.

Sigamos unidos en la oración por tan especiales e históricos acontecimientos, que ayudarán a fortalecer la fe en Dios y continuar en la construcción de un mundo más fraterno, justo y en paz.

 

Para quienes quieran seguir la Santa Misa en directo,
nuestro canal de YouTube: Diócesis de Matamoros
en punto de las 10 am del 15 de agosto.

 

 

 

XVII Domingo Ordinario, ciclo B, 2018

¿Cómo haremos para que coman éstos? (cf. Jn 6, 1-15)

Jesús subió al monte, a la presencia de Dios. Y desde esa altura pudo contemplar mejor a la gente y percibir sus necesidades, que hizo suyas. Sabía que los que lo seguía tenían hambre, y no se quedó pensando “pobrecitos”, sino que hizo algo: les dio comida a su tiempo[1].

Así demostró que era el profeta esperado que, como, anunció Eliseo, fiado en Dios alimentó a la gente[2]. Pero para hacerlo, quiere involucrarnos. Nos invita, como explica san Juan Crisóstomo, a subir con él a la montaña, es decir, a unirnos a Dios[3], y a hacer nuestras las necesidades de los demás.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cerca de 815 millones de personas padecen hambre en el mundo, a pesar de que se producen alimentos suficientes para todos[4]. Por eso, como a Felipe, Jesús nos pregunta: “¿Cómo haremos para que coman éstos?”

Felipe respondió que no era posible comprar comida para todos. Andrés, hermano de Simón Pedro, le contestó que había un muchacho que tenía cinco panes de cebada y un par de peces; y aunque reconoció que no alcanzaba para tantos, al menos se involucró, lo mismo que el joven que los puso a disposición. Entonces Jesús tomó la humilde donación, rezó, repartió los panes y los peces, y todos comieron ¡Hasta sobró!

“Jesús –dice el Papa– sacia no solo el hambre material, sino esa más profunda, el hambre del sentido de la vida, el hambre de Dios. Frente al sufrimiento, la soledad, la pobreza y las dificultades de tanta gente, ¿qué podemos hacer nosotros? Lamentarse no resuelve nada, pero podemos ofrecer ese poco que tenemos, como el joven del Evangelio”[5].

El propio Jesús se ofreció a sí mismo; amando hasta dar la vida, se nos entrega como alimento en su Palabra y en sus sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde nos sacia con su amor para que, confiando en él, pongamos en sus manos nuestro esfuerzo por ser humildes, amables, comprensivos, y por mantener la unidad y la paz, como aconseja san Pablo[6], para que él lo multiplique y muchos puedan quedar saciados.

Pongamos en sus manos nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestra fe y nuestros recursos, aunque sean pocos, para que en casa, la escuela, el trabajo, la sociedad y la Iglesia nadie padezca hambre de comprensión, de amor, de justicia, de ayuda y de perdón, y todos se vean saciados de Dios y de una vida digna y plena que llegue a ser eterna.

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal 144.
[2] Cf. 1ª Lectura: 2 Re 4, 42-44.
[3] Cf. In Ioannem, hom. 40.
[4] Cf. fao.org.
[5] Angelus, 26 de julio de 2015.
[6] Cf. 2ª Lectura: Ef 4,1-6.