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XXIX Domingo Ordinario, ciclo C

Dios hará justicia a quienes claman a Él (cf. Lc 18,1-18)

Hay momentos en los que todo parece perdido; una enfermedad, una pena, un problema. Entonces, en medio del dolor y la desesperación, nos preguntamos: “¿De dónde me vendrá el auxilio?”

Y la respuesta es solo una: “el auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra[1]. “Cuando ya nadie me escucha –comenta Benedicto XVI–, Dios todavía me escucha… Él puede ayudarme… el que reza nunca está totalmente solo”[2].

¡Así es! El que reza nunca está solo. Por eso Jesús nos invita a orar, confiando en que Dios, que nos ha creado y nos ha salvado por amor, nos dará lo que en su bondad quiere concedernos, como dice san Juan Crisóstomo[3]. Santa Teresa de Jesús lo comprendió. Por eso decía: “…en este tempestuoso mar… ¿Quien me oye sino Tu, Padre y Criador mío?”[4]

Sin embargo, a veces, al ver que no recibimos lo que pedimos tan rápido como quisiéramos, nos desanimamos. Y eso puede llevarnos a pensar que la oración no sirve y que no tiene caso seguir orando. Pero Jesús, que nos quiere mucho, nos invita a no irnos con la “finta” y a seguir orando, confiando en que Dios nos echará la mano. Es como cuando uno ejercita los músculos; al principio no se nota, pero si somos constantes y perseveramos, poco a poco veremos los resultados.

Hagámosle caso a Jesús. Permanezcamos firmes en lo que hemos aprendido, como aconseja san Pablo a Timoteo[5]. Y si sentimos que no podemos más, recordemos que, así como Aarón y Jur ayudaron a Moisés a mantener los brazos en alto hasta que Dios diera la victoria a Josué[6], así la fe y la oración de la Iglesia nos sostienen. “En ocasiones –comenta el Papa– ya no podemos más, pero con la ayuda de los hermanos nuestra oración puede continuar, hasta que el Señor concluya su obra”[7].

¿Qué pasa cuando bajamos los brazos y dejamos de orar? Que el demonio, con las armas del egoísmo, la injusticia, la envidia, la corrupción, el rencor, la violencia, la indiferencia y el desaliento, empieza a ganar la batalla ¡No lo permitamos! “Confía en Dios –aconseja santa Faustina–, en buenas manos estás… Si Dios quiere realizar algo, tarde o temprano lo realizará a pesar de las dificultades, y tú, mientras tanto, ármate de paciencia”[8].

Armémonos de paciencia. No olvidemos que el que persevera alcanza. Oremos a Dios y hagamos lo que nos toca para que la justicia, que tanto anhelamos, se vaya haciendo realidad en nuestra vida, en nuestra familia y en nuestra sociedad, confiando en que, tarde o temprano, Dios hará que la justicia triunfe definitivamente, haciéndonos partícipes de su vida por siempre feliz.

 

+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal 120.
[2] Spe salvi 32.
[3] Catena Aurea, 10801.
[4] Exclamaciones del alma a Dios 1. 3.
[5] Cf. 2ª Lectura: 2 Tim 3,14-4,2.
[6] Cf. 1ª Lectura: Ex 17,8-13.
[7] Homilía Domingo 16 de octubre de 2016
[8] Diario, la Divina Misericordia en mi alma, 257 y 270.

 

 

XXVIII Domingo Ordinario, ciclo C

La gratitud (cf. Lc 17,11-19)

Los leprosos la estaban pasando mal. Su enfermedad los había desfigurado y convertido en foco de contagio para los demás, por lo que vivían alejados de todos. Eso es lo que hace el pecado; desfigura la semejanza divina con la que Dios nos creó y hace que dañemos a la familia, a los amigos y a la gente que nos rodea, al tratarlos como si fueran objetos, hasta que quedamos aislados en la soledad del egoísmo.

Pero Jesús llegó. Los leprosos lo vieron y con esperanza le pidieron que tuviera compasión y los curara. Él les respondió que fueran a presentarse a los sacerdotes, que, según la Ley, tenían la misión de constatar si alguien había sanado. Así, como explica Teofilacto, les asegura que se recuperarán[1]. Los diez, aunque de momento no quedaron curados, creyeron en él e hicieron lo que les mandó ¡Y al ir por el camino recobraron la salud!

Jesús les cambió la vida ¡Hizo que la recuperaran! Pero solo uno se acordó de su Bienhechor; un samaritano que fue a Jesús, y alabando a Dios, se postró a sus pies dándole gracias. Descubrió que Dios lo había curado a través de su Hijo, a quien envió para sanarnos del pecado, darnos su Espíritu y unirnos a él, en quien la vida se hace por siempre feliz.

Como el samaritano, también Naamán supo reconocer que es a Dios a quien le debía su extraordinaria curación, y en gratitud, tomó una decisión: no adorar a otros dioses sino sólo al Señor[2]. Lo hizo porque miró con claridad de quién proviene todo don y que por ello, solo tiene sentido acudir al único y verdadero Dios.

Ambos, con su agradecimiento, se hicieron un gran bien: porque reconocieron de quién viene todo lo bueno y a quién hay que acudir y obedecer; se descubrieron amados por él y valoraron el don que les fue concedido; se percibieron amables y comprendieron que habían recibido tanto amor que podían compartirlo con los demás.

Por eso san Pablo dice que Dios quiere que demos gracias siempre, unidos a Jesús[3]. Lo quiere porque así nos hacemos un bien. “Mira tu historia cuando ores –aconseja el Papa– y en ella encontrarás tanta misericordia… el Señor te tiene en su memoria y nunca te olvida”[4]. Siendo agradecidos, nos sentimos queridos, miramos todo con sentimientos nuevos y con una actitud realista y confiada, y vemos el futuro con esperanza.

Acordémonos de Jesucristo[5], y demos gracias a Dios, que nos ha mostrado su amor y su lealtad[6]. Hagámoslo a través de su Palabra, de sus sacramentos –sobre todo la Eucaristía–, y de la oración. Y agradezcamos a los que han sido instrumentos de su amor. “¿Cuántas veces –se pregunta el Papa– damos gracias a quien nos ayuda… a quien nos acompaña en la vida?”[7].

“Señor –exclamaba san Paulo VI–, Te doy gracias porque me has llamado a la vida, y más aún, porque haciéndome cristiano me has regenerado y destinado a la plenitud de la vida. Asimismo siento el deber de dar gracias… a quien fue para mí transmisor de los dones… que me has concedido… mis Padres… Contemplo lleno de agradecimiento las relaciones… que han dado …ayuda, consuelo y significado a mi… existencia: ¡Cuántos dones… he recibido…!” [8].

Seamos agradecidos con Dios y con los demás. Así nos haremos un gran bien; podremos levantarnos de nuestras caídas y de nuestra baja autoestima, y seguir adelante, mejorando y construyendo un mundo más humano para todos, hasta llegar a la meta: la vida eterna.

 

+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Catena Aurea, 10711.
[2] Cf. 1ª Lectura: 2 Re 5,14-17.
[3] Aclamación: 1 Tes 5,18.
[4] Gaudete et exsultate, 153.
[5] Cf. 2ª Lectura: 2 Tim 2,8-13.
[6] Cf. Sal 97.
[7] Homilía Domingo 9 de octubre de 2016.
[8] Testamento.

 

 

XXVII Domingo Ordinario, ciclo C

¡Auméntanos la fe! (cf. Lc 17,5-10)

La vida es muy bonita, pero difícil. Porque no faltan enfermedades, penas, problemas, incertidumbres. Por eso, seguramente, como el profeta Habacuc, más de una vez le hemos dicho a Dios:

“¿Hasta cuándo pediré auxilio, sin que me escuches?”. Y él, que nos escucha, nos responde con amor: “aunque parezca atrasarse, llegará sin defraudar: el justo vivirá por su fe”[1].

El justo, es decir, el que es bueno y hace el bien, vivirá por su fe. Vivirá plenamente en esta tierra y eternamente feliz en el cielo, porque descubrirá que no está solo; que todo en la vida, las alegrías y las penas, ¡todo!, tiene sentido; y que le aguarda una meta tan grande, que hace que valga la pena el esfuerzo del camino.

Eso es lo que nos da la fe ¿Y qué es la fe? Es unirnos a Dios y dejarnos ayudar por él. Es confiar en Jesús y permitir que su Espíritu de amor nos guíe para que podamos vivir amando y haciendo el bien, como él enseña.

Por eso, aunque nuestra fe sea pequeña, si es sincera, nos hace capaces de cosas humanamente imposibles[2]. Es lo que Jesús explica al compararla con una semilla de mostaza, que, aún siendo pequeña, es muy fecunda. Así nos enseña que, como dice san Juan Crisóstomo: “un poco de fe puede mucho”[3].

“Cuando falta la luz de la fe –comenta el Papa– todo se vuelve confuso”[4]. Quien no ve con claridad se siente solo, no alcanza a divisar la meta y no encuentra el camino. Piensa que lo inmediato es lo único; que el egoísmo, la mentira, la injusticia, la corrupción, la pobreza, la violencia y la muerte ganan la partida; que nada tiene sentido y que no hay esperanza.

No queremos vivir así ¿Verdad? Por eso, pidámosle a Jesús: “Auméntanos la fe”. Esa fe que nos hace capaces de cosas grandes, como lo demuestran muchos a lo largo de la historia: los mártires, como san Esteban, santa Perpetua y san José Sánchez del Río; santa María Goretti, que antes de morir perdonó a su asesino; san Camilo de Lelis, santa María Soledad Torres Acosta y santa Teresa de Calcuta, cuyas obras al servicio de los más necesitados han perdurado a través del tiempo y se han extendido por el mundo.

Todos ellos, y muchos más, gente como nosotros, con sus cualidades y sus defectos, con sus limitaciones y sus oportunidades, hicieron cosas que parecían imposibles. Pero no presumieron, porque descubrieron que esa fuerza extraordinaria venía de Dios, y que ellos solo hacían lo que debían hacer. “Somos siervos de Dios –recuerda Benedicto XVI–, no sus acreedores… a él le debemos todo”[5].

Es él quien nos da un espíritu de fortaleza, de amor y de templanza, como señala san Pablo[6] ¡Así que no nos dejemos desanimar por nada! ¡No endurezcamos el corazón[7]! Dejemos que el Señor nos aumente la fe, alimentándola con su Palabra, sus sacramentos y la oración, para que, ante las dificultades e incertidumbres, miremos más allá y sigamos adelante, confiando en él y haciendo todo el bien que podamos.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª. Lectura: Ha 1,2-3;2,2-4.
[2] Cf. FRANCISCO, Ángelus 6 octubre 2013.
[3] In Matthaeum, hom. 58.
[4] Lumen Fidei, 3.
[5] Cf. Homilía en Palermo, 3 de octubre 2010.
[6] Cf. 2ª Lectura: 2 Tim 1,6-8. 13-14.
[7] Cf. Sal 94.

 

“Primera Convención para la Mujer”. Esperan a más de dos mil mujeres

El domingo 13 de octubre, desde las 8:00 am en el Centro de Convenciones Mundo Nuevo, en Matamoros, se llevará a cabo la primer convención para la mujer, con la finalidad de reflexionar sobre la dignidad y valor de la mujer en el mundo actual. “Mujer, la Iglesia piensa en ti, por lo que eres, por lo que vales y por lo que impulsas todos los días. Esta Convención es para ti”.

 

XXVI Domingo Ordinario, ciclo C

“Si no escuchan… no harán caso” (cf. Lc 16,1-13)

El egoísmo es terrible. Nos encierra en nosotros mismos, haciendo que no escuchemos ni veamos a los demás. Entonces, sintiendo que somos lo único en el universo, nos concedemos todos nuestros caprichos, viviendo una vida vacía, maquillada de lujo y desperdicio, sin inmutarnos en los que nos rodean.

Pero con esa indiferencia dejamos a muchos en la soledad y la miseria, y nos asfixiamos hasta provocarnos la muerte eterna[1].

Eso fue lo que sucedió al rico de la parábola. Por eso san Juan Crisóstomo explica que no se condenó por haber sido rico, “sino por no haber sido compasivo”[2]. El egoísmo lo dejó solo. Le cerró la puerta a todos; al pobre Lázaro y al mismo Dios. Porque como dice el Papa: “¡Ignorar al pobre es despreciar a Dios!… Si yo no abro la puerta de mi corazón al pobre, aquella puerta permanece cerrada, también para Dios, y esto es terrible” [3].

Es terrible, porque solo Dios puede llenar la vida y hacerla por siempre feliz. Para eso nos creó. Y para eso, después de nuestra caída, envió a Jesús a salvarnos. Él, haciéndose uno de nosotros y amando hasta dar la vida, nos liberó del pecado, nos dio su Espíritu y nos hizo hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz[4].

De esta manera nos ha demostrado que Dios no es indiferente ¡A hecho suya nuestra hambre de vida[5]! ¿Qué nos toca hacer? Abrirle la puerta de nuestro corazón para que entre y nos de vida plena y eterna. Y esto exige que dejemos esa puerta abierta a los demás, siendo sensibles hacia ellos y echándoles la mano, como lo hace Dios.

Abrámonos a los demás; a la esposa, al esposo, a los hijos, a los papás, a los hermanos, que están hambrientos de amor; al vecino, al compañero, al empleado, que están hambrientos de respeto; a la niña, al niño, al adolescente, al joven, a la muchacha, al hombre, a la mujer, a los ancianos, que están hambrientos de alimento, salud, casa, vestido, educación, seguridad, trabajo, justicia, cariño y oportunidades.

En un mundo plagado de conflictos, injusticias, discriminaciones, desequilibrios económicos y sociales, los pobres son quienes más sufren. Y ante ellos, hoy se da una “globalización de la indiferencia”, especialmente hacia los migrantes, los refugiados, los desplazados y las víctimas de la trata, que, además, son objeto de juicios negativos.

Pero, como señala el Papa en su Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante –que hoy celebramos–, interesarnos por ellos es interesamos también por nosotros, porque abrirse a los demás enriquece, ya que nos ayuda a ser más humanos; a reconocer que somos parte activa de un todo más grande. Por eso, “no se trata solo de ellos, sino de todos nosotros, del presente y del futuro de la familia humana” [6].

No esperemos señales sobrenaturales para decidirnos. Confiemos en Dios que nos habla en su Palabra, en sus sacramentos, en la oración, en las personas y en los acontecimientos, y pongamos de nuestra parte para transformar las causas estructurales y sociales que provocan pobreza, inseguridad y violencia. La oportunidad es ahora; no la dejemos pasar. Así conquistaremos la vida eterna a la que hemos sido llamados[7].

+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

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[1] Cf. 1ª Lectura: Am 6,1.4-7.
[2] Hom. 2 in Epist. ad Phil.
[3] Audiencia General, 18 de mayo de 2016.
[4] Cf. Aclamación: 2 Cor 8, 9.
[5] Cf. Sal 45.
[6] Cf. No se trata sólo de migrantes, Mensaje para la Jornada de 2019.
[7] Cf. 2ª Lectura: 1 Tim 6,11-16.

 

Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2019

El tema de la próxima Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado que se celebrará el domingo 29 de septiembre de 2019 es: “No se trata solo de migrantes”. Con este lema, el Papa Francisco quiere “subrayar que sus reiterados llamados a favor de los migrantes y refugiados, de los desplazados y de las víctimas de trata deben ser comprendidos al interior de su profunda preocupación por todos los habitantes de las periferias existenciales” (ACIPrensa).

Este año se celebra con una novedad: la Santa Sede hacía publico el pasado mes de noviembre la decisión de cambiar de enero al último domingo de septiembre la Jornada, respondiendo a la petición de varias Conferencias Episcopales. Este año será el próximo domingo día 29 de septiembre. Oremos y ayudemos a nuestros hermanos, es una urgencia.

 

Texto completo del Mensaje.

“No se trata sólo de migrantes”

 

Queridos hermanos y hermanas:

La fe nos asegura que el Reino de Dios está ya misteriosamente presente en nuestra tierra (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 39); sin embargo, debemos constatar con dolor que también hoy encuentra obstáculos y fuerzas contrarias. Conflictos violentos y auténticas guerras no cesan de lacerar la humanidad; injusticias y discriminaciones se suceden; es difícil superar los desequilibrios económicos y sociales, tanto a nivel local como global. Y son los pobres y los desfavorecidos quienes más sufren las consecuencias de esta situación.

Las sociedades económicamente más avanzadas desarrollan en su seno la tendencia a un marcado individualismo que, combinado con la mentalidad utilitarista y multiplicado por la red mediática, produce la “globalización de la indiferencia”. En este escenario, las personas migrantes, refugiadas, desplazadas y las víctimas de la trata, se han convertido en emblema de la exclusión porque, además de soportar dificultades por su misma condición, con frecuencia son objeto de juicios negativos, puesto que se las considera responsables de los males sociales. La actitud hacia ellas constituye una señal de alarma, que nos advierte de la decadencia moral a la que nos enfrentamos si seguimos dando espacio a la cultura del descarte. De hecho, por esta senda, cada sujeto que no responde a los cánones del bienestar físico, mental y social, corre el riesgo de ser marginado y excluido.

Por esta razón, la presencia de los migrantes y de los refugiados, como en general de las personas vulnerables, representa hoy en día una invitación a recuperar algunas dimensiones esenciales de nuestra existencia cristiana y de nuestra humanidad, que corren el riesgo de adormecerse con un estilo de vida lleno de comodidades. Razón por la cual, “no se trata sólo de migrantes” significa que al mostrar interés por ellos, nos interesamos también por nosotros, por todos; que cuidando de ellos, todos crecemos; que escuchándolos, también damos voz a esa parte de nosotros que quizás mantenemos escondida porque hoy no está bien vista.

«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14,27). No se trata sólo de migrantes, también se trata de nuestros miedos. La maldad y la fealdad de nuestro tiempo acrecienta «nuestro miedo a los “otros”, a los desconocidos, a los marginados, a los forasteros […]. Y esto se nota particularmente hoy en día, frente a la llegada de migrantes y refugiados que llaman a nuestra puerta en busca de protección, seguridad y un futuro mejor. Es verdad, el temor es legítimo, también porque falta preparación para este encuentro» (Homilía, Sacrofano, 15 febrero 2019). El problema no es el hecho de tener dudas y sentir miedo. El problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso racistas. El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro, con aquel que es diferente; nos priva de una oportunidad de encuentro con el Señor (cf. Homilía en la Concelebración Eucarística de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 14 enero 2018).

«Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?» (Mt 5,46). No se trata sólo de migrantes: se trata de la caridad. A través de las obras de caridad mostramos nuestra fe (cf. St 2,18). Y la mayor caridad es la que se ejerce con quienes no pueden corresponder y tal vez ni siquiera dar gracias. «Lo que está en juego es el rostro que queremos darnos como sociedad y el valor de cada vida […]. El progreso de nuestros pueblos […] depende sobre todo de la capacidad de dejarse conmover por quien llama a la puerta y con su mirada estigmatiza y depone a todos los falsos ídolos que hipotecan y esclavizan la vida; ídolos que prometen una aparente y fugaz felicidad, construida al margen de la realidad y del sufrimiento de los demás» (Discurso en la Cáritas Diocesana de Rabat, 30 marzo 2019).

«Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció» (Lc 10,33). No se trata sólo de migrantes: se trata de nuestra humanidad. Lo que mueve a ese samaritano, un extranjero para los judíos, a detenerse, es la compasión, un sentimiento que no se puede explicar únicamente a nivel racional. La compasión toca la fibra más sensible de nuestra humanidad, provocando un apremiante impulso a “estar cerca” de quienes vemos en situación de dificultad. Como Jesús mismo nos enseña (cf. Mt 9,35-36; 14,13-14; 15,32-37), sentir compasión significa reconocer el sufrimiento del otro y pasar inmediatamente a la acción para aliviar, curar y salvar. Sentir compasión significa dar espacio a la ternura que a menudo la sociedad actual nos pide reprimir. «Abrirse a los demás no empobrece, sino que más bien enriquece, porque ayuda a ser más humano: a reconocerse parte activa de un todo más grande y a interpretar la vida como un regalo para los otros, a ver como objetivo, no los propios intereses, sino el bien de la humanidad» (Discurso en la Mezquita “Heydar Aliyev” de Bakú, Azerbaiyán, 2 octubre 2016).

«Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10). No se trata sólo de migrantes: se trata de no excluir a nadie. El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos. Los países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados. Las guerras afectan sólo a algunas regiones del mundo; sin embargo, la fabricación de armas y su venta se lleva a cabo en otras regiones, que luego no quieren hacerse cargo de los refugiados que dichos conflictos generan. Quienes padecen las consecuencias son siempre los pequeños, los pobres, los más vulnerables, a quienes se les impide sentarse a la mesa y se les deja sólo las “migajas” del banquete (cf. Lc 16,19-21). La Iglesia «en salida […] sabe tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24). El desarrollo exclusivista hace que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. El auténtico desarrollo es aquel que pretende incluir a todos los hombres y mujeres del mundo, promoviendo su crecimiento integral, y preocupándose también por las generaciones futuras.

«El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Mc 10,43-44). No se trata sólo de migrantes: se trata de poner a los últimos en primer lugar. Jesucristo nos pide que no cedamos a la lógica del mundo, que justifica el abusar de los demás para lograr nuestro beneficio personal o el de nuestro grupo: ¡primero yo y luego los demás! En cambio, el verdadero lema del cristiano es “¡primero los últimos!”. «Un espíritu individualista es terreno fértil para que madure el sentido de indiferencia hacia el prójimo, que lleva a tratarlo como puro objeto de compraventa, que induce a desinteresarse de la humanidad de los demás y termina por hacer que las personas sean pusilánimes y cínicas. ¿Acaso no son estas las actitudes que frecuentemente asumimos frente a los pobres, los marginados o los últimos de la sociedad? ¡Y cuántos últimos hay en nuestras sociedades! Entre estos, pienso sobre todo en los emigrantes, con la carga de dificultades y sufrimientos que deben soportar cada día en la búsqueda, a veces desesperada, de un lugar donde poder vivir en paz y con dignidad» (Discurso ante el Cuerpo Diplomático, 11 enero 2016). En la lógica del Evangelio, los últimos son los primeros, y nosotros tenemos que ponernos a su servicio.

«Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). No se trata sólo de migrantes: se trata de la persona en su totalidad, de todas las personas. En esta afirmación de Jesús encontramos el corazón de su misión: hacer que todos reciban el don de la vida en plenitud, según la voluntad del Padre. En cada actividad política, en cada programa, en cada acción pastoral, debemos poner siempre en el centro a la persona, en sus múltiples dimensiones, incluida la espiritual. Y esto se aplica a todas las personas, a quienes debemos reconocer la igualdad fundamental. Por lo tanto, «el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre» (S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14).

«Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). No se trata sólo de migrantes: se trata de construir la ciudad de Dios y del hombre. En nuestra época, también llamada la era de las migraciones, son muchas las personas inocentes víctimas del “gran engaño” del desarrollo tecnológico y consumista sin límites (cf. Carta enc. Laudato si’, 34). Y así, emprenden un viaje hacia un “paraíso” que inexorablemente traiciona sus expectativas. Su presencia, a veces incómoda, contribuye a disipar los mitos de un progreso reservado a unos pocos, pero construido sobre la explotación de muchos. «Se trata, entonces, de que nosotros seamos los primeros en verlo y así podamos ayudar a los otros a ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio» (Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2014).

Queridos hermanos y hermanas: La respuesta al desafío planteado por las migraciones contemporáneas se puede resumir en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. Pero estos verbos no se aplican sólo a los migrantes y a los refugiados. Expresan la misión de la Iglesia en relación a todos los habitantes de las periferias existenciales, que deben ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados. Si ponemos en práctica estos verbos, contribuimos a edificar la ciudad de Dios y del hombre, promovemos el desarrollo humano integral de todas las personas y también ayudamos a la comunidad mundial a acercarse a los objetivos de desarrollo sostenible que ha establecido y que, de lo contrario, serán difíciles de alcanzar.

Por lo tanto, no solamente está en juego la causa de los migrantes, no se trata sólo de ellos, sino de todos nosotros, del presente y del futuro de la familia humana. Los migrantes, y especialmente aquellos más vulnerables, nos ayudan a leer los “signos de los tiempos”. A través de ellos, el Señor nos llama a una conversión, a liberarnos de los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte. A través de ellos, el Señor nos invita a reapropiarnos de nuestra vida cristiana en su totalidad y a contribuir, cada uno según su propia vocación, a la construcción de un mundo que responda cada vez más al plan de Dios.

Este es el deseo que acompaño con mi oración, invocando, por intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora del Camino, abundantes bendiciones sobre todos los migrantes y los refugiados del mundo, y sobre quienes se hacen sus compañeros de viaje.

 

Francisco

 

 

Celebrará Mons. Eugenio Lira Eucaristía con migrantes

En el contexto de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, Mons. Eugenio Lira celebrará una Santa Misa con los hermanos migrantes, que se encuentran en el puente nuevo internacional, en Matamoros, el domingo 29 de septiembre de 2019 a la 1:30 pm

Esta semana, diversas parroquias y organismos han apoyado a nuestros hermanos migrantes, compartiendo la Palabra de Dios, alimento, ropa y atención médica y dental. La invitación para continuar apoyando estas iniciativas, y otras más que vayan surgiendo de acuerdo a las necesidades que se presentan.

«Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios»

 

 

Brigada de limpieza a favor de los hermanos migrantes

Mons. Eugenio Lira encabezó una brigada de limpieza, de los lugares donde permanecen nuestros hermanos migrantes, por la mañana del 20 de septiembre del 2019, junto con sacerdotes y agentes laicos de la pastoral social de la Diócesis de Matamoros.

A orillas del Río Bravo, exactamente donde inicia el puente internacional entre las ciudades de Matamoros, Tamaulipas y Brownsville, Texas, donde con escoba en mano, cubetas con agua y mucho jabón, se dieron cita decenas de colaboradores para junto con el Señor Obispo, compartir no sólo la palabra, sino la acción concreta ante una necesidad higiénica, para cientos de hermanos de diversas nacionalidades que alli esperan con incertidumbre, el ser llamados para realizar el “sueño americano”.

Dios proteja a nuestros hermanos migrantes de tantos males, y sigamos contribuyendo para ofrecerles lo mejor que podamo dar. Cabe mencionar, que el miércoles 18 de setoembre por la tarde, el Seminario de Matamoros compartió la Santa Misa y adoración al Santísimo Sacramento con todos los hermanos migrantes de ese lugar, en un clima de fe y esperanza, teniendo los seminaristas un espacio para escuchar y compartir el alimento con todos ellos.

Muchas gracias, a todos los que han hecho posible estos encuentros con nuestros hermanos migrantes, y les invitamos para ofrecer alimento, ropa y medicamentos, mediante los centros de pastoral social de las parroquias. Dios les bendice.

 

 

XXV Domingo Ordinario, ciclo C

Gánense amigos con el dinero (cf. Lc 16,1-13)

San Teofilacto hace notar que, mientras que en las cosas de la tierra administramos nuestros bienes procurando que nos duren para que nos sirvan de refugio,

en las cosas divinas se nos olvida meditar lo que nos conviene para la vida futura[1]

Por eso Jesús nos enseña a mirar hacia el futuro definitivo y así saber administrar los bienes que Dios nos ha confiado para ayudar a los demás y llegar a la meta. Lo hace a través de la parábola del administrador abusivo que, al ser descubierto, usó el dinero de su amo para ganarse amigos y así asegurarse un futuro.  

Jesús no aconseja ser rateros ni corruptos, sino mirar al porvenir, como explica san Agustín[2]. Porque quien no lo hace se queda en lo inmediato y termina seducido por el dinero, hasta hacer todo con tal de tenerlo; mentiras, injusticias, robos, secuestros, extorsiones, corrupción, narcotráfico, trata de personas, tráfico de armas, pagar de menos y cobrar de más, hacer trampa a los pobres y aprovecharse de su necesidad.

Pero el Señor advierte que no olvidará esas acciones[3]; llegará el día en que haga justicia. “Dios es justicia y crea justicia –afirma Benedicto XVI– Éste es nuestro consuelo y nuestra esperanza… La gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho”[4].

Para que no destruyamos nuestra vida, nuestra familia, nuestra sociedad y terminemos condenándonos eternamente, Jesús nos invita a descubrir que cuanto somos y tenemos es un don de Dios. Por eso san Juan Crisóstomo, al tiempo de recordarnos que en esta tierra vamos de paso, dice: “seas quien seas has de saber que solo eres administrador de bienes ajenos”[5]. Bienes que, además, son transitorios.

Dios nos ha confiado administrar nuestra vida y los bienes que nos ha dado por un rato. Y la clave para hacerlo bien es dejar que el amor nos guíe para ganarnos amigos con el dinero, sabiendo invertirlo en lo que hace el bien y dura para siempre.

El dinero es un medio, no un fin. No es eterno; una enfermedad, una situación inesperada, ¡y se esfuma! Y el día que muramos no nos llevaremos ni un centavo. Por eso hay que descubrir que, como dice el Papa: “el Señor nos lo da para hacer que el mundo vaya adelante… para ayudar a los demás”[6]

Actuando así estaremos comportándonos como hijos de Dios, que ha levantado nuestra vida[7]. Porque habiendo caído la humanidad en la miseria a causa del pecado, envió a Jesús, que, al encarnarse y dar la vida, se hizo pobre para enriquecernos dándonos su Espíritu y haciéndonos hijos de Dios, partícipes de su vida eterna[8].

“Todo el que, previendo su fin, alivia el peso de sus pecados con buenas obras y da generosamente los bienes del Señor –dice san Juan Crisóstomo–, se gana muchos amigos, que habrán de dar buen testimonio de él delante de su Juez”[9].

Pidámosle a Dios que nos ayude a entenderlo y a ponerlo en práctica. Pidámosle que ilumine a los que tienen alguna autoridad: gobernantes, empresarios, líderes sindicales, sociales y religiosos, maestros, padres de familia, para que actúen bien, y con sus palabras y su ejemplo enseñen a los demás a hacerlo también, y así todos podamos llevar una vida en paz[10].

 

+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Catena Aurea, 10608.
[2] Idem.
[3] Cf. 1ª Lectura: Am 8,4-7.
[4] Spe salvi, 42-44.
[5] Cf. Catena Aurea, 10601.
[6] Homilía, 21 de octubre de 2013, en Santa Marta.
[7] Cf. Sal 112.
[8] Cf. Aclamación: 2 Cor 8,9.
[9] Cf. Catena Aurea, 10601.
[10] Cf. 2ª Lectura: 1 Tim 2,1-8.

 

 

XXIV Domingo Ordinario, ciclo C

Habrá gran alegría en el cielo por un solo pecador que se arrepiente
(cf. Lc 15,1-32)

Dice un refrán que en casa del jabonero el que no cae resbala. Así es en esta vida; todos tenemos tropezones y caídas ¿Y qué deseamos cuando eso sucede?

No burlas, críticas o indiferencia, sino ayuda. Pero hay quienes, creyéndose perfectos, desprecian a todos, como dice san Gregorio[1], y no ayudan a nadie.

¡Qué diferente es Dios! Así nos lo descubre Jesús haciéndonos ver que nuestro Padre Dios es misericordioso y que siempre nos echa la mano para llevarnos adelante. Y también nos hace ver que, siendo hijos suyos, debemos ser misericordiosos como él[2].

El Padre, creador de todo, nos hizo a imagen suya para que fuéramos felices por siempre con él. Pero no le tuvimos confianza; pecamos y así abrimos las puertas del mundo al mal y la muerte. Entonces perdimos el rumbo, como la oveja descarriada, como la moneda perdida, como el hijo menor que, habiendo recibido todo de su padre, se alejó de él y malgastó sus bienes hasta quedarse sólo y sin nada.

Todos podemos identificarnos con ese muchacho, porque a veces buscamos la felicidad lejos de Dios, pensando que él, que nos lo ha dado todo –cuerpo, sexualidad, afectividad, inteligencia, voluntad, alma inmortal, familia, amigos, educación, trabajo, sociedad y la tierra–, hace aburrida la vida y retrasa el progreso con su moral.

Pero lejos de Dios terminamos solos y degradados al dedicar todo nuestro esfuerzo a metas egoístas e inmediatas: transformar nuestro cuerpo, disfrutar sensaciones, ganar dinero, comprar todo lo que se nos hace creer que necesitamos, buscar novedades cambiando de pareja, de familia, de carrera, de trabajo, de ciudad, de país y de religión; tener poder para usar y desechar a los demás, y explotar la tierra.

¿Y qué logramos? Vacío, insatisfacción, sinsentido, soledad y convertir nuestro entorno en un lugar plagado de injusticia, pobreza, corrupción, violencia y daño al medio ambiente. Entonces, para “engañar el hambre”, consumimos “algarrobas” que, como explica san Ambrosio, sólo sirven de peso y no de utilidad[3]: alcohol, drogas, infidelidad, comercio sexual, materialismo, racismo, intolerancia, envidia, chismes, rencores.

Pero Jesús no nos abandona, sino que, como hizo Moisés[4], interviene a nuestro favor; se hace uno de nosotros y nos busca para, amando hasta dar la vida, rescatarnos y conducirnos a Dios, que hace la vida feliz para siempre[5]. Sólo hace falta que, como el joven de la parábola, tomemos conciencia de nuestra dignidad y decidamos volver al Padre, para quien, como decía san Juan Pablo II: “un hijo, por más pródigo que sea, nunca deja de ser hijo”[6].

Él no desprecia al que le abre el corazón, y, reconociendo sus errores y dispuesto a enmendarse, le pide ayuda[7]. ¡Él perdona, restaura y lo lleva a todo a plenitud! Así debemos ser sus hijos. No vayamos a ser como el hijo mayor de la parábola, que, lleno de egoísmo despreció a su hermano y a su propio Padre, condenándose a ser “destructor” en lugar de “reconstructor” y a quedar fuera de la felicidad, que sólo se encuentra en el amor.

Por nuestro bien y el de los demás, confiemos en Dios, dejémonos perdonar y rescatar por él. Nunca es tarde para hacerlo. Y cuando veamos a alguien que cae, y que incluso nos hace daño, seamos misericordiosos, como nuestro Padre es misericordioso.

 

+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. In Evang, hom. 34.
[2] Cf. Aclamación: 2 Cor 5,19.
[3] Cf. Ut sup.
[4] Cf. 1ª Lectura: Ex 32,7-11.13-14.
[5] Cf. 2ª Lectura: 1 Tim 1,12-17.
[6] Cf. Dives in Misericordia, IV, 6.
[7] Cf. Sal 50.

 

 

XXIII Domingo Ordinario, ciclo C

El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (cf. Lc 14,25-33)

“Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos” (1)¡Qué gran oración! Porque nada hay más importante que descubrir qué es la vida; saber de dónde viene, qué sentido tiene, si continúa más allá de la muerte, y cómo vivirla para alcanzar una felicidad que jamás termine.

“Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos”, le pedimos a Dios. Porque la experiencia demuestra que los pensamientos de los mortales son inseguros y sus razonamientos pueden equivocarse (2) ¡Cuántas veces, habiendo hecho lo que los demás dicen o hacen, nos hemos dado cuenta que no llegamos a ningún lado!

“Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos”. Dios, que es la mismísima sabiduría, que lo ha creado todo y conoce todas las cosas, responde a nuestra súplica enviándonos a Jesús, que se ha hecho uno de nosotros para liberarnos del pecado y unirnos al Padre, origen y meta de todas las cosas, y quien hace la vida por siempre feliz.

Lo único que hace falta es que sigamos a Jesús, comprendiendo que esto es un compromiso serio, como dice el Papa(3) . Seguir a Jesús es darle la prioridad en nuestra vida, amándolo más que a nada. Y quien lo ama, vive amando a la familia, a la novia, a los amigos y a los demás como él enseña. De lo contrario, los amaremos egoístamente, no por lo que son, sino por lo que nos dan.

Quien sigue a Jesús vive amando. Por eso él nos invita a cargar la cruz y seguirlo ¿Y qué es cargar la cruz? Es amar a Dios y amar al prójimo, como Jesús nos ha enseñado. Es vencer nuestro egoísmo, liberarnos de estar apegados a los bienes, y hacer nuestras las necesidades del prójimo, como señala san Gregorio(4) , tratándolo como un hermano(5) .

Ciertamente esto no es fácil. Por eso Jesús dice que si queremos edificar primero debemos calcular el costo, para que no quedarnos a medias. Y quizá, calculando, nos demos cuenta que nos falta para construir bien nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestro noviazgo y nuestra sociedad ¿Cuál es la solución? Pedirle a Dios que nos ayude a través de su Palabra, de sus sacramentos y de la oración.

Así, con su ayuda, podremos enfrentar al demonio y vencer la tentación de ceder a sus propuestas de una tranquilidad aparente, como dice san Agustín(6) . Si dejamos que Dios nos eche la mano, seremos capaces de renunciar a nuestro egoísmo, a nuestros apegos y a los falsos valores, para seguir a Jesús por el camino que le da sentido a la vida y la hace plena y eterna: el amor.

A esto los llama el Señor, – y -. Él, que los ha elegido para hacerlos, mediante el sacramento del orden del diaconado, servidores del Pueblo de Dios en el ministerio “de la liturgia, de la Palabra y de la caridad”(7) .

¡Carguen su cruz! ¡Amen y sirvan! Experimenten, como decía san Juan Pablo II, “la urgencia de hacer el bien”(8) , siendo, como pedía san Policarpo a los diáconos, “misericordiosos, diligentes, procediendo conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos”(9) .

Hermanas y hermanos, unidos a Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, demos gracias a Dios por estos nuevos diáconos que nos regala para continuar el servicio de Cristo entre nosotros, y pidámosle que a ellos y a todos nos ayude a tomarnos en serio el seguimiento de Jesús, amando y sirviendo como él nos ha enseñado.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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1. Cf. Sal 89.
2. Cf. 1ª Lectura: Sb 9,13-19.
3. Cf. Homilia 4 septiembre 2016.
4. Cf. Catena Aurea, 10425.
5. Cf. 2ª Lectura: Flm 9,10.12-17.
6. Cf. Catena Aurea, 10428.
7. Lumen Gentium, 29.
8. Homilía, 21 de abril de 1979.
9. Ad Phil. 5, 2.

 

Mensaje de los Obispos de Tex-Mex reunidos en Matamoros, Tamaulipas

H. Matamoros, Tam, 1 de septiembre de 2019.

Los obispos de la frontera entre Texas y México, reunidos en Matamoros, Tamaulipas, del 30 de agosto al 1 de septiembre reiteramos que estamos a favor de la vida, la dignidad y los derechos de todas las personas. Por eso no podemos dejar de manifestar nuestra preocupación por la situación de desigualdad, violencia y pobreza que empuja a muchos a dejar su tierra, y que en su tránsito enfrentan toda clase de peligros en medio de un gran desamparo.

Nos angustia que muchos encuentren rechazo cuando solicitan asilo, o padezcan la incertidumbre de un proceso excesivamente largo y en condiciones de inseguridad sin garantías de protección. Nos duele el drama de las familias que son separadas y el inhumano encierro que muchos padecen en los centros de detención. Nos entristece el crecimiento del racismo, el odio y la discriminación, y el que los migrantes sean considerados indistintamente como invasores y criminales. Nos hiere el drama que padecen los deportados que ven truncados sus sueños, esfuerzos y sacrificios, y que retornan sin dinero y con deudas a condiciones peligrosas. Nos llena de luto el que muchos, en busca de un futuro mejor, han perdido la vida.

Continuaremos abogando a favor de los derechos humanos de los pobres y de los migrantes, en particular de los niños, niñas, y adolescentes, insistiendo a los gobiernos de Estados Unidos, México, Canadá, Centro América y el Caribe, en la urgente necesidad de crear una área geográfica que tenga las condiciones para ofrecer a todos la posibilidad de un desarrollo integral, y una vida digna y en paz. Seguiremos uniendo esfuerzos para atender humana y cristianamente a los migrantes, tanto solos como en familia. Agradecemos a nuestras comunidades de fe y a tantas personas de buena voluntad por su respuesta generosa y solidaria hacia aquellos hermanos que se encuentran lejos de su tierra y de sus sueños de poder vivir con dignidad y en paz.

Rogando la intercesión de la Virgen de Guadalupe, pedimos a nuestro Padre Dios que nos ayude para que todos, gobiernos y sociedad, contribuyamos a construir un mundo en el podamos vivir como hermanos.

 

Mons. Daniel E. Flores, Obispo de Brownsville

Mons. Raymundo J. Peña, Obispo Emérito de Brownsville

Mons. Mario A. Avilés, C.O., Obispo Auxiliar de Brownsville

Mons. José Guadalupe Torres Campos, Obispo de Ciudad Juárez

Mons. Mark J. Seitz, Obispo de El Paso

Mons. James A. Tamayo. D.D., Obispo de Laredo

Mons. Hilario González García, Obispo de Linares

Mons. Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros

Mons. Jesús José Herrera Quiñonez, Obispo de Nuevo Casas Grandes

Mons. Enrique Sánchez Martínez, Obispo de Nuevo Laredo

Mons. Alonso G. Garza Treviño, Obispo de Piedras Negras

Mons. Raúl Vera López, Obispo de Saltillo

Mons. Michael Pfeifer, Obispo Emérito de San Angelo

Mons. Gustavo Garcia-Siller, MSpS, Obispo de San Antonio

 

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XXII Domingo Ordinario, ciclo C

El que se humilla será enaltecido (cf. Lc 14,1.7-14)

En el Evangelio encontramos a Jesús mirando una escena muy común: gente que busca el mejor lugar. Y aunque esto sea común, no significa que esté bien.

Porque como advierte san Agustín: “la soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”[1]. Esta hinchazón, fruto de la infección llamada egoísmo, provoca muchos males: pleitos, injusticias, pobreza, dolor y muerte.

Y esto no solo sucede en el mundo de la política y de los negocios; pasa también en casa, entre vecinos, en la escuela, en el trabajo y en la convivencia social ¿Qué son los berrinches, el chantaje, el bullying, la mentira, los chismes, las trampas, la corrupción, la avaricia, la injusticia, el descarte y la violencia, sino intentos de imponernos a los demás?

Sí, hay quienes son capaces de hacer lo que sea con tal de colocarse cómodamente por encima de los que los rodean y servirse de ellos. Y muchas veces lo consiguen, aunque a un precio muy alto. Porque, además de convertirse en demoledores de los demás, se acarrean la desgracia de una vida vacía y la condenación eterna[2].

Dios, que nos ama, no quiere eso para nosotros. Por eso ha enviado a Jesús, quien hecho uno de nosotros ha venido a salvarnos y a mostrarnos el camino de una vida plena y por siempre feliz: el amor, que requiere humildad. Humildad que no es baja autoestima, sino valorarse a uno mismo de tal manera que, descubriendo que se es hijo de Dios, se procura vivir conforme a esta dignidad, con la guía del Espíritu Santo e imitando a Jesús.

Eso es lo que nos recuerda la Carta a los Hebreos cuando nos dice que nos hemos acercado a la asamblea festiva de los santos, a Dios, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús[3]. Quien vive con esta conciencia, entra en la dinámica del amor. Un amor que, como el de nuestro Padre Dios, debe ser gratuito.

Es lo que Jesús enseña cuando, al que lo convidó, le aconseja que, cuando dé una comida, invite a los pobres, que no pueden pagarle. Y concluye: “Se te pagará en la resurrección de los justos”. “Se trata –comenta el Papa– de elegir la gratuidad en lugar del cálculo oportunista”[4]. Y quien elige esta gratuidad, como señala san Juan Crisóstomo, tendrá por deudor a Dios, que nunca olvida[5] ¡Él nos hará gozar para siempre de la alegría de su presencia, que llena la vida y el corazón[6]!

“Hay tanto sufrimiento –decía la Madre Teresa de Calcuta–, tanto odio, tanta miseria, y nosotros con nuestra oración, nuestro sacrificio, debemos hacer algo, empezando en casa… El amor empieza en casa… Encuentra al pobre, primero, en tu propio hogar, y empieza amando ahí. Lleva esa buena nueva a tu propia gente. Así … el amor se extenderá cada vez más… en nuestro país y en el mundo”[7].

Pensemos en los demás. Pongámonos en su lugar. Tratémoslos como nos gusta que nos traten. Seamos comprensivos, justos, pacientes, atentos y serviciales. Hagamos todo el bien que podamos, sin esperar algo a cambio. Estemos dispuestos a perdonar y a pedir perdón. Y Dios hará nuestra vida plena en esta tierra y eternamente dichosa en el cielo ¡Vale la pena!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Serm. 16 de tempore.
[2] Cf. 1ª Lectura: Eclo 3,17-18.20.28-29.
[3] Cf. 2ª Lectura: Hb 12,18-19.22-24.
[4] Ángelus, Domingo 28 de agosto de 2016.
[5] Cf. In Ep. ad Col., hom. 1.
[6] Cf. Sal 67.
[7] Mensaje al Congreso Los jóvenes al servicio de la Vida y de la Paz, 12 de Diciembre de 1988.

 

 

Septiembre, mes de la Biblia

Circular No. 12/2019
Asunto: Septiembre, mes de la Biblia

En H. Matamoros, Tam., a 22 de agosto de 2019
Año de preparar el terreno

 

 Al pueblo que peregrina en la Diócesis de Matamoros:

El mes de septiembre, dedicado a la Biblia, es una excelente ocasión para escuchar con más intensidad a Dios, que nos habla como Padre y como amigo para consolarnos, fortalecernos y guiarnos hacia una vida plena y eterna.

En esta ocasión, la animación bíblica de la pastoral, teniendo en cuenta nuestra realidad fronteriza, desea apoyar a las comunidades con un material que nos ayude a discernir lo que Dios nos está pidiendo a la luz de su Palabra para responder a las necesidades de nuestros hermanos migrantes. Dicho material está integrado por cinco lectios, dos esquemas de Hora Santa y los ritos de entronización de la Biblia en el templo y en la familia. Ojalá aprovechemos mucho este servicio que se nos brinda.

Pidamos a Dios que nos ayude a escuchar su Palabra y a ponerla en práctica, y así, edificando verdaderamente nuestra vida y nuestra sociedad, avancemos cada día en el camino al cielo.

 

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

 

XXI Domingo Ordinario, ciclo C

Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta (cf. Lc 13, 22-30)

A veces nos dejamos encandilar por propuestas muy atractivas que nos hacen creer que podemos lograr muchas cosas sin esfuerzo. Pero la realidad enseña que eso no es posible. No se baja de peso sin dieta y ejercicio. No se aprende sin estudiar. No se gana dinero lícitamente sin trabajar. No se construye un matrimonio, una familia y una sociedad sin poner de nuestra parte. No se conserva el medioambiente si no lo cuidamos. No se alcanza la eternidad si no le echamos ganas.

Eso es lo que Jesús nos hace ver cuando aclara que la puerta que conduce a la vida por siempre feliz, que es él mismo, es angosta. No nos engaña. Nos dice las cosas como son. Así nos ayuda a corregirnos de caer en falsas promesas que no llevan a nada. Y aunque de momento no nos guste esta corrección, es por nuestro bien[1].

La puerta es angosta. Por eso, para cruzarla, es decir, para unirnos a Jesús y entrar en comunión con Dios, necesitamos adelgazar; sí, adelgazar nuestro egoísmo, que nos hincha cada vez más al inventarnos nuestra propia verdad, al darle al cuerpo todo lo que pide, y al usar y desechar a los demás. Así, más ligeros, podremos entrarle al amor a Dios y al prójimo. Un amor que debe aterrizarse.

Hay que amar a Dios, dejándonos amar por él a través de su Palabra, de sus sacramentos y de la oración. Así, llenos de su amor, seremos capaces de amar y de hacer todo el bien que podamos a los que nos rodean; la familia, los vecinos, los compañeros de escuela o de trabajo, la gente con la que tratamos, los más necesitados, los migrantes, los que sufren.

Quizá no lo hayamos hecho. Pero nunca es tarde para entrar por la puerta angosta, porque, como dice el Papa, esa puerta siempre está abierta[2]. Hagámoslo ahora que todavía es tiempo. Porque cuando llegue el final de esta peregrinación terrena, el Señor la cerrará y ya no habrá otra oportunidad. Y si nos quedamos afuera, lamentaremos eternamente lo que perdimos por no haber hecho lo que debíamos.

Dios nos ama a todos y quiere que todos nos unamos a él y alcancemos la vida por siempre feliz para la que nos ha creado[3]. Por eso, aunque le fallamos, por su gran amor hacia nosotros[4], envió a Jesús para liberarnos del pecado, darnos su Espíritu, hacernos hijos suyos y abrirnos la puerta de su casa, donde seremos eternamente dichosos.

Él lo ha hecho todo por nosotros y nos lo ofrece todo ¡Decidámonos a entrar por la puerta del amor, que es angosta! Que el esfuerzo no nos espante. Como aconseja san Juan Crisóstomo: no miremos tanto si la entrada es estrecha, sino a dónde conduce[5].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

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[1] Cf. 2ª Lectura: Hb 12,5-7.11-13.
[2] Cf. Domingo 21 de agosto de 2016.
[3] Cf. 1ª Lectura: Is 66,18-21.
[4] Cf. Sal 116.
[5] Cf. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 23, 5-6.

 

 

Santa Misa exequial por el alma del Padre Martín Guzmán

H. Matamoros, Tam., 23 de agosto de 2019

Al Pueblo de Dios de la Diócesis de Matamoros:

Con el dolor que tenemos, pero esperanzados en que por la misericordia de Dios el P. Martín Guzmán ya está en la presencia del Señor, les informo que sus restos mortales estarán siendo velados en la Parroquia Cristo Rey de la paz, del Ejido Santa Adelaida, a partir de las 10 pm, permaneciendo toda la noche y parte de la mañana.

El sábado a las 12 del mediodía celebraremos la Santa Misa exequial en la misma Parroquia. Al término de la celebración sus restos mortales serán trasladados por su familia a La Piedad, Michoacán.

Les invito que sigamos unidos en la oración y tengamos esta intención en nuestras plegarias y eucaristías pidiendo por el eterno descanso del P. Martín, por el consuelo de la familia Guzmán Vega, por la Comunidad de Cristo Rey de la Paz y por toda nuestra Diócesis.

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

 

Comunicado ante el fallecimiento del Padre Martín Guzmán

COMUNICADO
DE LA DIÓCESIS DE MATAMOROS

H. Matamoros, Tam.,  22 de agosto de 2019

Con profundo dolor participamos el lamentable fallecimiento del presbítero José Martín Guzmán Vega, del que ya las autoridades competentes han comenzado las investigaciones para esclarecer los hechos y hacer justicia.

En tanto, expresamos nuestras condolencias a la familia Guzmán Vega y a la Comunidad de la Parroquia Cristo Rey de la Paz, Ejido Santa Adelaida, e invitamos a todos a unirnos en oración para pedir a Dios por el eterno descanso del P. Martín.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

XX Domingo Ordinario, ciclo C

He venido a traer fuego a la tierra (cf. Lc 12, 49-53)

La vida es una carrera al cielo, ¡la casa del Padre!, en quien seremos por siempre felices.

Y si queremos llegar a la meta, hay que hacer lo que aconseja la carta a los Hebreos: correr con perseverancia, dejar el pecado que nos estorba, y seguir a Jesús, quien, en vista del gozo que se le proponía, aceptó la cruz, y ahora está con Dios[1].

Él ha llegado a la meta. Y es tan bueno que no solo nos muestra el camino, sino que lo ha construido para nosotros, encarnándose y amando hasta dar la vida para liberarnos de la carga del pecado, unirnos a su cuerpo la Iglesia, darnos la fuerza de su Espíritu y hacernos hijos de Dios.

Además nos acompaña y nos enseña cómo recorrer este camino: amando a Dios y al prójimo. Sin embargo, a veces esto no nos agrada, porque nos saca de nuestra comodidad. Y es que tendemos a instalarnos en nuestro egoísmo, en nuestras ideas, en darle al cuerpo lo que pida, en nuestros rencores y envidias. Y oír que así no se avanza, molesta, como sucede al atleta cuando el entrenador le advierte: “Así no se hace”.

Esto fue lo que le pasó al pueblo de Israel con las advertencias que le hacía el Profeta Jeremías. Por eso los jefes decidieron matarlo para que no los siguiera incomodando diciendo cosas que nos les gustaba escuchar, aunque fueran la verdad[2].

Jesús, que nos ama, no nos da por nuestro lado, sino que nos enseña lo que es realmente bueno para nosotros; lo que nos ayuda a vivir bien en esta tierra y a alcanzar la vida por siempre feliz del cielo ¡A eso vino! Por eso dice: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya estuviera ardiendo!”

Él ha venido a traernos el fuego del amor, el Espíritu Santo, que hace posible una vida plena y eterna, porque nos purifica del pecado y nos hace capaces de amar. Y desea que ese Amor arda en nosotros para que nos hagamos prójimos de los demás, especialmente de los necesitados, de los migrantes, de los que sufren, como dice el Papa[3].

Claro que esto nos va a costar. Por eso Jesús advierte que ha venido a traer la división. “En adelante –dice–, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres”. San Ambrosio explica que esto significa que nuestros cinco sentidos combatirán cuando, iluminados por el Espíritu Santo, procuremos actuar racionalmente[4].

Sí, tendremos que luchar contra sentirnos más que los demás y utilizarlos como si fueran objetos; luchar contra encerrarnos en nuestro mundo y dejar que cada uno se las arregle como pueda; luchar para darle menos tiempo a las diversiones y a las redes sociales, y dedicarle más a la familia; luchar para tratar bien a los demás, aunque ellos no lo hagan; luchar para decirle “no” a la mentira, a los chismes, al bullying, a la injusticia, a la corrupción y a la violencia. 

Pero si acudimos a Dios a través de su Palabra, de sus sacramentos y de la oración, él nos echará la mano para asegurar nuestros pasos en el camino al cielo[5]. Con esta confianza, ¡sigamos adelante!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: Hb 12,1-4.
[2] Cf. 1ª Lectura: Jr 38, 4-6.8-10.
[3] Cf. Ángelus, Domingo 14 de agosto de 2016.
[4] Cf. Catena Aurea, 10249.
[5] Cf. Sal 39.