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Homilía para el XXIV Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Tu eres el Mesías (cf. Mc 8, 27-35)

Como a los discípulos, Jesús nos pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Así, como explica el Papa, nos pide interesarnos por los demás; estar cerca de ellos, escucharlos, saber lo que sienten, lo que piensan y lo que viven[1]. ¿Quién es Jesús para mi familia, para mi novia o mi novio, para mis amigos y para la gente que me rodea? ¿Qué significa en sus vidas? ¿Qué tanto me importa que lo conozcan y que estén cerca de él?

Luego, Jesús nos hace otra pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Así nos pide entrar en nosotros mismos y descubrir qué significa él en nuestra vida. Quizá, como Pedro, respondamos muy bien: “Tú eres el Mesías”. Porque gracias a la educación que hemos recibido en casa, en la parroquia o en algún grupo, sabemos quién es él.

Pero probablemente nos suceda lo que a Pedro, que cuando Jesús explicó que ser el Mesías, es decir, el Salvador, significa amar hasta padecer, morir y resucitar, trató de disuadirlo. ¿Por qué? Porque eso no iba con sus ideas. Él quería un Mesías triunfalista, poderoso, que hablara bien e hiciera milagros, sin rebajarse, arriesgarse, ni ensuciarse.

A veces nos pasa igual: queremos que Dios se ajuste a nuestras ideas. Que actúe como pensamos que lo debe hacer. Que su Palabra se adapte a nosotros. Que la Liturgia, sobre todo la Eucaristía, se celebre como nos gusta: “divertida” u ostentosa. Que la Comunión se le dé solo a los que creemos que lo merecen y que se distribuya como nosotros opinamos. Que la fe sirva para sentirse bien sin tener que esforzarnos por ser buenos.

Pero Jesús no dejó a Pedro en el error. Sabiendo que está en juego la eternidad, lo corrigió contestándole algo muy fuerte: “¡Apártate de mí, Satanás!”. Se lo dijo para que reaccionara y se diera cuenta de que se estaba dejando engañar por el demonio, que es experto en enredarnos para que creamos que nuestras ideas son mejores que lo que Dios propone a través de su Iglesia, por medio de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas.

Jesús, que es la verdad, nos hace ver que solo el amor, que en definitiva es Dios, puede salvar. Un amor dispuesto a todo. Por eso él, siendo Dios, creador de cuanto existe, al ver que engañados por el demonio caímos hasta el fondo, se hizo uno de nosotros y nos amó hasta padecer, morir y resucitar para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su vida por siempre feliz.

Así nos demuestra que la fe no puede quedarse en ideas, sino que debe manifestarse en obras[2]. Obras de amor que nos hagan salir de la cárcel del egoísmo y seguir a Jesús para mejorar nuestra vida y la de los demás, dispuestos a todo, incluso a esfuerzos y sacrificios.

Con su cruz, como dice san Cirilo, Jesús redimió a la humanidad[3]. Si queremos que nuestra vida llegue a ser plena y eterna; si queremos ayudar a que las cosas vayan mejor en casa y en el mundo, sigamos a Jesús, amando y haciendo el bien, fiados en que Dios nos ayudará[4]. Él nos liberará de la muerte y nos llenará de su dicha sin final[5].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Homilía, 10 de noviembre de 2015.
[2] Cf. 2ª Lectura: St 2, 14-18.
[3] Cf. Catechesis Illuminandorum XIII, 1: de Christo crucifixo et sepulto.
[4] Cf. 1ª Lectura: Is 50, 5-9.
[5] Cf. Sal 114.

 

Homilía para el XXIII Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

¡Qué bien hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos
(cf. Mc 7, 31-37)

¿Se han fijado que a veces padecemos sordera selectiva? Porque aunque nuestro sistema auditivo esté sano, solo escuchamos lo que nos conviene y a quien nos interesa. Pero no escuchamos a Dios, a la pareja, a los papás, a la familia, a los compañeros y a los más necesitados. Y aunque podamos hablar, y hasta en ocasiones lo hagamos de más, la lengua se nos traba cuando se trata de decir una palabra de amor y de perdón.

Pero esa sordera y esa tartamudez selectivas, causadas por el pecado y que nos dejan incomunicados, tienen remedio: Jesús. ¡Él puede aliviarnos[1]! Para eso, siendo Dios se hizo uno de nosotros y nos amó hasta dar la vida. Es lo que nos hace ver al curar al hombre sordo y tartamudo.

Así que, ¡ánimo[2]! Por arraigadas que estén nuestra sordera y tartamudez selectivas, Jesús puede sanarnos; a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas, él nos toca para sacarnos del aislamiento del egoísmo y restablecer nuestra comunicación con Dios y con los demás.

Solo hay que abrirnos, especialmente a los que necesitan ayuda, superando favoritismos egoístas[3], y, como dice el Papa: “hablar el lenguaje del amor” [4]. Así, escuchando bien y hablando bien, hacemos posible una comunicación que nos une a Dios y a los demás; una comunicación que nos permite comprender mejor la realidad, superar los prejuicios y resentimientos, reconciliarnos, mejorar y progresar como pareja, como familia, como Iglesia y como sociedad, y alcanzar la eternidad.

Y si algún familiar o un conocido padecen sordera y tartamudez selectivas, no nos enojemos con ellos, ni los ofendamos. Porque maltratar a una persona no la ayuda a ser mejor. Como Jesús, en lugar de exhibirlos, echémosles la mano siendo amables y orando por ellos, teniendo presente que, como dice san Beda: mirando al cielo antes de curar al enfermo, Jesús enseña que la salvación viene de Dios[5]. ¡Confiemos en él!

 

Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal 145.
[2] Cf. 1ª Lectura: Is 35,4-7.
[3] Cf. 2ª Lectura: St 2,1-5.
[4] Cf. Angelus, 9 de septiembre 2018.
[5] Cf. In Marcum, 2, 31.

 

Homilía para el XXII Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Lo que mancha es lo que sale de dentro (cf. Mc 7,1-8.14-15.21-23)

Frecuentemente tendemos a quedarnos en la imagen, en el exterior, en lo que se ve por fuera. Eso le pasó a los fariseos y los escribas, quienes, como señala san Beda, interpretaron en sentido material las palabras espirituales de los profetas[1]. Por eso concluyeron que lo importante era estar limpios por fuera y no por dentro.

Pero puede ser que por fuera alguien se vea muy bien. Sin embargo, para saber qué tan sano está, hay que revisar su interior a través de análisis de sangre y estudios de diagnóstico, como radiografías. También para conocer qué tan sanos estamos espiritualmente, hay que revisar nuestro interior: nuestro corazón, de donde sale lo bueno y lo malo, como explica Jesús.

¿Qué hay en aquel que es orgulloso? ¿En el que ofende y difama? ¿En quien vive desenfrenadamente o es violento? ¿En el que engaña a quien prometió amor y fidelidad, y no le importa hacer trizas un hogar? ¿En el que usa a la gente? ¿En el que es mentiroso, injusto, corrupto, flojo o indiferente?

“Las actitudes exteriores –señala el Papa– son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón y no al revés” [2]. Por difícil que sea una situación, somos libres de decidir lo que hacemos. Podemos evitar que entren en nuestro corazón la arrogancia y cualquier cosa negativa que nos  enferman con malos propósitos que luego se convierten en malas acciones.

¿Cómo inmunizarnos y tener sano el corazón? Aceptando la Palabra de Dios y llevándola a la práctica[3]. Cumpliendo sus mandamientos[4]. Siendo honrados y justos[5]. Celebrando la Liturgia, especialmente la Eucaristía, y orando. Así estaremos tan fortalecidos, que nada de fuera podrá hacernos perder el rumbo, y saldrán de nosotros palabras y acciones buenas que hagan el bien, en casa y en nuestros ambientes.

Quizá, como a san Agustín, nos de miedo entrarle a esa vida sana. Pero al igual que él, armémonos de ese valor que él expresó así: “Arrójate con confianza en los brazos del Señor… Él te recibirá y te sanará… tus malos deseos quedarán amortiguados. Ellos te prometen deleites, pero no pueden compararse con los que hallarás en la Ley de tu Dios y Señor”[6].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] In Marcum, 2, 29.
[2] Cf. Ángelus Domingo 30 de agosto de 2015.
[3] Cf. 2ª Lectura:  St, 1, 17-18.21-22.27.
[4] Cf. 1ª Lectura: Dt 4,1-2.6-8.
[5] Cf. Sal 14.
[6] Confesiones, VIII, 9, 25.27.

 

Homilía para el XXI Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 60-69)

“Señor –dijo Pedro–, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Pedro fue realista. Se dio cuenta que todo lo que tenemos en el mundo, por maravilloso que sea, no sacia nuestra hambre de infinito, como señala el Papa[1].

Habrá gente que nos quiera. Habrá cosas que nos ayuden a cuidar nuestra salud, a conocer más, a divertirnos y a tener una vida más placentera, cómoda y mejor. Pero todo eso es limitado y tarde o temprano se termina.

Solo Jesús puede llenarnos totalmente y hacernos dichosos por siempre. Por eso lo necesitamos. Necesitamos abrirnos a sus palabras, que son espíritu y vida. Porque si nos cerramos en nuestras ideas, terminaremos como aquellos discípulos a los que no les gustó lo que les dijo y dejaron de seguirlo.

Ellos querían un salvador a su manera; alguien que les solucionara las cosas del momento, sin ver más allá. Por eso, desilusionados, dejaron a Jesús. Pero, ¿a quién fueron? ¿Quién más puede ofrecer un amor incondicional e infinito, capaz de llenar la vida, de darle sentido y de hacerla por siempre feliz?

Por eso, con realismo, podemos decirle a Jesús: “Señor, ¿a quién iré? Solo tú, el único Dios que nos ha creado y nos ha amado hasta hacerse uno de nosotros y dar la vida, puedes liberarnos del pecado, compartirnos tu Espíritu y unirnos a ti para hacernos partícipes de tu vida plena y eterna[2].

Necesitamos esa vida que nos comunicas en tu Palabra, en la Liturgia, en la oración y sobre todo en la Eucaristía. Por eso, como Josué y el pueblo, queremos seguirte a ti, que eres Dios[3]. Porque, como exclama san Agustín, fuera de Dios, ¿dónde hay seguridad verdadera?[4]

No queremos adorar lo que no es Dios. No queremos quedarnos enganchados en lo limitado. Queremos ir más allá. Solo tú puedes mostrarnos cómo vivir de verdad; cómo hacer de la casa un verdadero hogar y del mundo un lugar en el que todos tengamos una vida digna, progresemos y estemos en paz[5].

Solo tú haces que disfrutemos las alegrías sin temor a que terminen. Solo tú puedes consolarnos en la enfermedad, en las penas, en los problemas y en la muerte. Porque todo pasará y contigo nos espera algo infinitamente grande y sin final. ¿A quién otro iremos? Solo tú, Jesús, tienes palabras de vida eterna.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Ángelus, Domingo 23 de agosto de 2015.
[2] Cf. 2ª Lectura: Ef 5, 21-32.
[3] Cf. 1ª Lectura: Jos 24, 1-2a. 15-17. 18.
[4] Cf. Confesiones, II, 6, 2.
[5] Cf. Sal 33.

 

La Asunción de María a los cielos 2021

“Ha hecho cosas grandes en mí el que todo lo puede” (cf. Lc 1, 39-56)

Ver triunfar a un atleta en un deporte que nosotros practicamos; saber que un artista o un influencer que hace algo parecido a lo que hacemos alcanzó el éxito; escuchar que alguien como nosotros llegó a la cima, nos anima. ¡Nos da alas! Porque nos hace ver que también nosotros podemos llegar.

¡Eso y más nos regala Dios al elevar al Cielo a María en cuerpo y alma al terminar su vida terrena[1]! Nos muestra la maravilla que podemos llegar a ser y la estupenda meta sin final a la que estamos llamados al final. Así nos da fuerza para seguir adelante, sin engancharnos con las cosas bellas pero pasajeras de este mundo, ni dejarnos anclar por las penas y los problemas.

Aunque a causa del pecado todos morimos, gracias a Jesús, que se hizo uno de nosotros encarnándose de María y nos amó hasta dar la vida, podemos resucitar a una vida plena y eterna[2]. ¡Es la hora de la victoria de nuestro Dios[3]! ¡María lo demuestra! Comenta el Papa: “que una de nosotros viva en el Cielo… nos da esperanza… y… la razón por la que caminamos” [4].

La razón por la que caminamos es llegar a la meta: Dios. Y María, a la que san Paulo VI llama la mejor discípula de Cristo[5], nos enseña cómo hacerlo. ¿Qué podemos aprender de ella? A dejarnos amar por Dios[6]. A reconocer con gratitud las maravillas que por puro amor él ha hecho y hace en nosotros. Y a compartir sin demora el amor que nos ha dado, haciendo el bien.

Experimentemos el amor de Dios a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas. Reconozcamos con gratitud que él, que lo ha creado todo, nos lo ha dado todo. Y conscientes de que, como dice san Ambrosio, el amor no actúa con lentitud[7], apresurémonos a echarle la mano a los demás, empezando en casa.

Si sientes que estás atravesando por un túnel sombrío y lleno de obstáculos, no te desanimes, ni te detengas; mira hacia delante y ve la luz maravillosa que hay al final. A eso te invita Dios al elevar al Cielo a María. ¡Hazlo!, y encontrarás la razón por la que caminas y la fuerza para seguir adelante.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Munificentissimus Deus, 1950.
[2] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 15,20-27.
[3] Cf. 1ª Lectura: Ap 11, 19; 12,1-6.10.
[4] Ángelus, 15 de agosto 2020.
[5] Cf. Marialis cultus, 35.
[6] Cf. Sal 44.
[7] En Catena Aurea, 9139.

 

Homilía para el XIX Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Yo soy el pan de la vida (cf. Jn 6, 41-51)

A veces, como Elías, sentimos que ya no podemos más[1]. ¡Tantos problemas y penas en casa, con los vecinos, en la escuela, en el trabajo, y en este mundo tan complicado! Pero Dios nos echa la mano dándonos a su propio Hijo, que se hizo uno de nosotros para llevarnos adelante, ¡hasta la meta!: la vida por siempre feliz con él.

“Entregó su carne por la vida del mundo –comenta san Teofilacto–, porque muriendo destruyó la muerte”[2]. Sin embargo, puede sucedernos lo que a sus paisanos, que al escucharlo decir: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, creyendo que lo sabían todo de él, les pareció que exageraba y comenzaron a murmurar.

Pero Jesús no dejó de ayudarlos, sino que les hizo ver que para descubrir quién es en realidad y creer en él, se necesita la ayuda de Dios; la guía de su Espíritu de Amor. Y Dios, como recuerda el Papa: “siempre nos atrae a Jesús. Somos nosotros quienes abrimos el corazón o lo cerramos”[3].

Por nuestro bien, abrámosle el corazón. Así reconoceremos a Jesús, que, a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas, nos alimenta y nos da fuerza para seguir adelante.

Él nos enseña “el arte de vivir”. Nos ayuda a quitarnos el peso que llevamos de más: la rudeza, la ira, los insultos, los chismes y toda clase de maldad, para que, más ligeros, saltemos los obstáculos y avancemos hacia la meta, como él lo ha hecho: amando, comprendiendo y perdonando[4].

Quizá, al escuchar esto, pensemos: ¡imposible! ¿Quién puede vivir así?. No murmuremos. No creamos que lo sabemos todo. Es más lo que nos falta por conocer que lo que conocemos. No nos anclemos. ¡Démonos la oportunidad! Entonces comprobaremos que Dios, que lo sabe todo y es bueno, no defrauda ¡Él nos hace dichosos por siempre[5]!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Re 19, 4-8.
[2] Cf. In Ioannem, tract., 26.
[3] Cf. Ángelus, 9 de agosto de 2015.
[4] Cf. Sal 33.
[5] Cf. 2ª Lectura: Ef 4,30-5,2.

 

Homilía para el XVIII Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre (cf. Jn 6, 24-35)

Siempre estamos tomando decisiones. Unas simples y otras importantes. Pero todas tienen algún impacto en nuestra vida y en la de los demás. Por eso es fundamental comprender cómo decidimos. Es un proceso que empieza cuando captamos algo, lo relacionamos con experiencias parecidas y elegimos.

Algunos piensan que si deciden movidos por la sensación de placer o desagrado aquí y ahora, son más auténticos y libres. Pero en realidad, como explican los psicólogos Cencini y Manenti, inconscientemente se están dejando arrastrar por sus necesidades conflictivas[1]. Además, este tipo de decisión hace de una parte del todo un falso todo[2], como advertía san Agustín, y no mide las consecuencias.

Por eso es tan importante “subir” de nivel, enriqueciendo lo anterior con la reflexión, tratando, como explica el filósofo Jaime Balmes, de abarcar al objeto entero con todas sus relaciones[3]; valorando si es bueno o no en base a una escala objetiva de valores; y midiendo las consecuencias a mediano y largo plazo, para buscar un bien auténtico, mayor, integral y perdurable.

Eso es lo que Jesús enseña cuando dice: “No trabajen por lo que se acaba, sino por lo que permanece y les da vida eterna”. Así nos invita a mirar más allá de lo inmediato; a tirarle a lo grande, a lo que dura para siempre, y decidir lo correcto: creer en él, que es el único capaz de hacer que nunca más tengamos hambre ni sed.

Solo él puede hacerlo porque es Dios, creador de todo, que se hizo uno de nosotros para, amando hasta dar la vida, liberarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar.

Claro que en este camino no faltarán dificultades. Pero no nos vaya a pasar lo que a los israelitas, que en el desierto, al sentir hambre, añoraron la esclavitud de la que Dios los había liberado ¿Y qué hizo Dios? ¿Lo mandó a volar? ¡No! Los comprendió y les echó la mano[4]. Porque así es Dios: bueno. Él está de nuestro lado. Por eso nos cuida, nos alimenta y nos lleva hasta la meta[5].

Lo hace a través de su Palabra, de la Liturgia, de la oración, de las personas, y, sobre todo, de la Eucaristía. Así nos da su fuerza para que dejemos atrás los malos deseos engañosos y nos renovemos a su imagen, llevando una vida recta y pura[6], decidiendo, como dice el Papa, hacer siempre el bien a los demás[7]

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Psicología y formación, estructuras y dinamismos, Ed. Paulinas, S.A. de C.V., México, 1994, pp. 27 a 43.
[2] Cf. Confesiones, III, 4, 8
[3] Cf. El Criterio, Ed. Librería de Ch. Bouret, México, 1890, p. 3
[4] Cf. 1ª Lectura: Ex 16, 2-4. 12-15.
[5] Cf. Sal 77.
[6] Cf. 2ª Lectura: Ef 4, 17. 20-24.
[7] Cf. Ángelus, 5 de agosto de 2018.

 

Rasgos de la vida de Ignacio de Loyola para los jóvenes

“San Ignacio fue un soñador”, primero con ser un gran caballero y después de su conversión, soñó con seguir a Jesús, soñó con un grupo de compañeros para hacerlo y para enfrentar los desafíos de su tiempo, desde la profundidad del encuentro consigo mismo y con la persona de Jesús. Entrevista con Jesús Zaglul Criado S.J.

Jesús Zaglul Criado, jesuita de República Dominicana, asistente para América Latina Septentrional y consejero general del Padre General de la Compañía de Jesús nos presenta la figura del santo fundador, Ignacio de Loyola en su relación con los jóvenes de hoy.

Un santo impactante para los jóvenes de hoy

El padre Zaglul Criado considera que Ignacio de Loyola sigue siendo una figura impactante para los jóvenes de hoy. Para explicar esto, identifica cuatro rasgos de su modo de vivir:

Ignacio fue un gran soñador

El jesuita dominicano identifica un rasgo clave de la vida de Ignacio: “fue un gran soñador, tanto en los sueños con ser caballero y, después de su conversión, los sueños de seguir a Jesús haciendo cosas más allá de los santos, los sueños de juntar un grupo de compañeros para poder hacer ese seguimiento más transformador y enfrentar todos los desafíos que tuvo que enfrentar: viajes, cárcel.

La capacidad de enfrentar los retos

Un segundo rasgo, señala Zaglul, es la capacidad de enfrentar los retos. Ignacio pone toda su pasión y los medios prácticos para llevar a cabo sus pensamientos y deseos. Se trata de un proceso largo que lo lleva de Loyola a Manresa, a Roma, Jerusalén. San Ignacio no fue siempre comprendido por la gente de su época. Al principio vivió muchas dificultades por la novedad de sus propuestas.

“Yo creo que Ignacio fue el descubridor de la inteligencia emocional, porque él se da cuenta de que Dios nos habla a través de las emociones”, afirma el jesuita, quien añade, Ignacio descubre “cómo los sentimientos de Dios, las mociones, porque nos mueven a cosas grandes, a cosas buenas, siempre están ligadas a una alegría que permanece, mientras que los engaños a veces se nos esconden bajo la apariencia de una alegría falsa, superficial”.

La alegría es el elemento que va a marcar por dónde va el camino de Dios, la alegría marca siempre una plenitud y esa plenitud está unida a una entrega generosa. Él descubre cómo Jesús es el fondo de la alegría. En este sentido, los Ejercicios Espirituales van a ser ese camino de encuentro personal con Dios, insiste el religioso jesuita.

La experiencia interior nos lleva siempre al seguimiento de Jesús. No se trata de imitarlo y de hacer lo que él hizo, sino de seguirlo y de descubrir que nos dio su espíritu que nos mueve a responder a su llamada en este tiempo. Como amigos, como grupo, como comunidad y desde una profundidad del encuentro consigo mismo y del encuentro con la persona de Jesús envía a transformar este mundo.

La fuerza del encuentro personal con Jesús. Testimonio de un jesuita

“Lo que me ha impresionado siempre y hasta el día de hoy es la fuerza del encuentro personal con Jesús en la vida de Ignacio. Lo que es la persona, la figura, la vida, la historia de Jesús es lo que marca el cambio radical en el peregrino de Loyola”, afirma el padre Zaglul.

El jesuita recuerda un episodio presente en la autobiografía de Ignacio, se trata de un encuentro, un encuentro con una persona a quien denomina “la señora de muchos días”. Ignacio cuenta el relato de una señora de muchos días que le dio un consejo cuando él estaba perdido, tenía muchas desolaciones, momentos de tristeza, de confusión interna, de escrúpulos y le dijo: ‘ruegue a Dios para que se le manifieste nuestro señor Jesucristo, para que se os muestre, se os aparezca’. Dice Ignacio: – ¿aparecérseme a mi nuestro señor Jesucristo?.

Ignacio dice al final del capítulo tercero de la autografía que nadie le ayudó tanto en cosas espirituales como esta señora”. Yo creo que allí está como el secreto no solamente de la vida de Ignacio sino también de los Ejercicios Espirituales. Porque si nos fijamos, en los Ejercicios Espirituales somos testigos, vemos como Jesús vivió su vida, no solamente su muerte y su resurrección por nosotros.

Ignacio insiste en los Ejercicios en el hecho de que Jesús “por mí que se encarnó y se hizo hombre. Para que conociéndolo más lo ame y más lo siga”. Creo que ahí está el centro, el corazón de Ignacio y de lo que va a ser la Compañía de Jesús que él funda. El seguimiento de Jesús, no solamente la imitación, es un seguimiento que se apoya en saber que Jesús vivió su vida, cada momento de su vida por mí y que yo en la oración puedo vivir también con él ese momento y así se va haciendo una relación de amistad.

Otro momento crucial, indica el padre Jesús Zaglul lo constituyen las contemplaciones y los coloquios a los que Ignacio invita en los Ejercicios Espirituales.

Creo que las mismas contemplaciones de la Encarnación primero y después del nacimiento en las que pone a Dios mirando a toda la humanidad, esa mirada de Dios que decide encarnarse, asumir nuestra humanidad radicalmente. Este hecho, para él, va a ser un elemento central, incluso de la relación con el mundo porque para él, como va a decir muchos años más tarde Teilhard de Chardin: “para quien tiene ojos para ver no hay nada en este mundo que sea profano. Todo está marcado por la presencia de Dios”.

Homilía para el XVII Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

¿Cómo haremos para que coman éstos? (cf. Jn 6, 1-15)

Todos somos diferentes y tenemos distinta forma de mirar las cosas y de reaccionar frente a lo que sucede. Así lo vemos con los discípulos: Jesús, viendo la necesidad de la gente, trató de involucrarlos para hacer algo, pero cada uno reaccionó de distinta manera.

Felipe, a la pregunta de Jesús sobre qué hacer para alimentar a esas personas, se limitó a decir “no se puede”. Andrés, en cambio, le dijo a Jesús que un muchacho tenía cinco panes y un par de peces; y aunque reconoció que era insuficiente, hizo algo, al igual que el joven que puso todo lo que tenía a disposición de Jesús.

Dos actitudes distintas: la del que sintiéndose “realista” dice: “no se puede”, y la del que, aún reconociendo las limitaciones y dificultades, se arriesga y trata de hacer algo con lo poco que tiene. ¿Con cuál nos identificamos?

Frente a los problemas en casa, en la escuela, en el trabajo, en la Iglesia, en la ciudad, en el país y en el mundo, ¿somos de los que dicen: “la vida es así. Esto no tiene solución. Nada va a cambiar”, y no hacen nada para que las cosas mejoren?

Eso sucede cuando no miramos más allá de lo inmediato. Por eso Jesús nos enseña que la clave para ver con más claridad, más amplitud y más profundidad es subir a la montaña, es decir, unirnos a Dios. ¿Y cómo se sube a la montaña? A través de la Palabra de Dios, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas.

Así descubrimos que de verdad Dios puede hacer maravillas, como lo hizo a través del profeta Eliseo[1]. Y eso nos hace más confiados, más seguros, más creativos y hasta más atrevidos. Los grandes inventores, constructores y fundadores nunca han sido de los que dicen “imposible”, sino aquellos que han creído que sí se puede y lo han hecho posible.

Así lo hizo Andrés, que, aún reconociendo con realismo que los panes y los peces que el joven ofrecía eran poco, pero que eran todo lo que había, no tuvo miedo a la posibilidad de hacer ridículo y los puso en manos de Jesús, que los multiplicó hasta saciar a la multitud[2].

“Jesús –dice el Papa– sacia no solo el hambre material, sino esa más profunda, el hambre del sentido de la vida, el hambre de Dios. Frente al sufrimiento, la soledad, la pobreza y las dificultades de tanta gente, ¿qué podemos hacer nosotros? Lamentarse no resuelve nada, pero podemos ofrecer lo poco que tenemos, como el joven del Evangelio”[3].

Comenta san Teofilacto: “Aprendemos en este milagro a no apocarnos” [4]. Ofrezcámosle a la familia y a los que nos rodean tratar de ser un poco más humildes, amables y comprensivos con ellos; soportarlos con amor y esforzarnos por mantener la unidad y la paz[5]. Así, Jesús podrá, a través de nosotros, saciar tanta hambre material y espiritual que hay en casa y en el mundo.

 

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

[1] Cf. 1ª Lectura: 2 Re 4, 42-44.
[2] Cf. Sal 144.
[3] Ángelus, 26 de julio de 2015.
[4] En Catena Aurea, 12601.
[5] Cf. 2ª Lectura: Ef 4,1-6.

 

Oramos por nuestro Señor Obispo en su cumpleaños

El presbiterio y representación de movimientos y laicos, agradecieron la vida de Mons. Eugenio Lira, Obispo de Matamoros, por su cumpleaños 56 en una Misa dentro de las instalaciones de la Universidad del Noreste de México, en Matamoros, el viernes 23 de julio de 2021, vísperas del día de su nacimiento (julio 24). “Muy agradecido con Dios y con ustedes, me siento muy contento, les agradezco sus oraciones” expresó. Elevamos nuestra oración por nuestro Obispo y el Señor lo colme de bendición.

El Papa reza por China y bendice los Juegos Olímpicos

El número de víctimas aumenta día a día y algunas personas siguen desaparecidas. La televisión estatal china informa de que más de tres millones de ciudadanos se han visto afectados por las lluvias torrenciales y 376.000 han sido evacuados. La ciudad más afectada es Zhengzhou, capital de la provincia de Henan, desde donde llegaron imágenes impactantes de avenidas transformadas en ríos que arrastraban vehículos y personas, y de vagones de la metropolitana con pasajeros dentro, medio sumergidos por el agua. Como ya había hecho por Alemania, devastada por las catastróficas inundaciones en Renania del Norte-Westfalia y Renania-Palatinado, el Papa Francisco en el Ángelus no pudo evitar de rezar por esta enésima catástrofe y por las personas que están pagando las consecuencias.

“En los últimos días, las lluvias torrenciales han azotado la ciudad de Zhengzhou, en la provincia china de Henan, provocando devastadoras inundaciones. Rezo por las víctimas y sus familias y expreso mi cercanía y solidaridad con todos los que están sufriendo esta calamidad”

La presa de Yihetan corre el riesgo de derrumbarse

La ciudad de más de 10 millones de habitantes, junto al río Amarillo, quedó pronto sumergida. Los expertos hablan de una bomba de agua nunca antes registrada, que provocó la caída de más de 640 mm de lluvia entre el martes y el miércoles, la misma cantidad que la media de precipitaciones de todo el año. Un total de 6.000 bomberos y miles de militares y voluntarios están trabajando. El ejército chino ha advertido que la presa de Yihetan, en Luoyang, una ciudad de siete millones de habitantes, corre el riesgo de derrumbarse “en cualquier momento” debido a una brecha de 20 metros de longitud. El Presidente Xi Jinping admitió que “la situación es extremadamente grave” y pidió a las autoridades de todos los niveles que dieran máxima prioridad a la seguridad de la vida y los bienes de la población.

Bendición de los Juegos Olímpicos

Las palabras del Papa, sin embargo, están cargadas de esperanza, pensando en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 que finalmente se inauguraron el pasado viernes, con un año de retraso y a pesar del riesgo de que se cancelen, debido al Covid, incluso en la semana previa a la ceremonia de apertura.

“En este tiempo de pandemia, que estos Juegos sean un signo de esperanza, una señal de fraternidad universal bajo la bandera de la sana competencia. Que Dios bendiga a los organizadores, a los atletas y a todos los que colaboran en esta gran fiesta del deporte”

 

 

Homilía para el XVI Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Jesús se compadeció de ellos (cf. Mc 6, 30-34)

Jesús escuchaba a los apóstoles, que regresaban de la misión a la que los había enviado ¡Tenían tanto que contarle! Estaban muy emocionados, pero agotados. Seguramente también lo estaba Jesús. Porque eran tantos los que acudía a él, que no les dejaban tiempo ni para comer.

Entonces les propuso ir a un lugar apartado para descansar. Pero al llegar, se toparon con que muchos habían ido a buscarlo; personas con penas, necesidades y problemas, que reconocían en Jesús al pastor que nos libera del pecado, y que, aunque atravesemos por cañadas oscuras, nos conduce a la paz de Dios[1].

¿Y qué hizo Jesús? Sintió pasión por lo que les pasaba; priorizó y cambió de planes: se dio a sí mismo y se puso a enseñarles muchas cosas ¿Cuáles? Lo dice san Beda: el camino de la verdad[2]. Porque, como recuerda el Papa, todos tenemos necesidad de palabras que nos ayuden a encontrar la orientación correcta en la vida[3].

También nosotros lo necesitamos. Por eso venimos a Jesús, presente en su Palabra, en la Liturgia, en la Eucaristía, en la oración y en las personas. Y él, que ha venido a reunirnos y conducirnos hacia la felicidad plena y eterna[4], se compadece de nosotros y nos enseña, sobre todo, a quitar la barrera que nos separa de los demás[5].

Nos pide ser sensibles a lo que les pasa y a estar dispuestos a cambiar de planes para echarles la mano. ¿Lo hacemos? ¿Cambio de planes para dedicar más tiempo a la familia y a los que más lo necesitan? ¿Cambio unas vacaciones, los videojuegos, las redes sociales, una diversión, un partido, una salida al antro, la compra de algo superfluo para para compartir mi tiempo, mi fe y mis cosas con quien lo está necesitando, y cuidar de mí y de los demás en este tiempo de pandemia?

Al igual que Jesús no nos deja solos, no dejemos solos a los demás, empezando en casa. Pongámonos en su lugar. Sintamos pasión por lo que les pasa. Interesémonos por ellos. Y con nuestra presencia, nuestra oración, nuestras palabras y nuestras obras enseñémosles cuánto los ama Dios, demostrándoles así que el amor, pase lo que pase, le da sentido y plenitud a la vida.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal 22.
[2] Cf. Catena Aurea, 6630.
[3] Cf. Ángelus, 22 de julio 2018.
[4] Cf. 1ª Lectura: Jr 23, 1-6.
[5] Cf. 2ª Lectura: Ef 2, 13-18.

 

Mons. Eugenio Lira bendice nuevas instalaciones de la UNM

Nuestro Obispo Mons. Eugenio Lira, Gran Canciller de la Universidad del Noreste de México, presidió la Misa para los graduados de la UNM, Universidad de la Diócesis de Matamoros para sus tres Campus: Matamoros, Río Bravo y Valle Hermoso, transmitida el pasado 7 de julio desde la Parroquia N.Sra. de San Juan de los Lagos, de Cd. Río Bravo, Tam.  Asistieron el Rector de la UNM Pbro. Dr. Eduardo González, capellanes, sacerdotes, representantes tanto administrativos como docentes de los diversos campus y vía digital se unieron las decenas de alumnos que se graduaron en diversas carreras. Posteriormente, el Señor Obispo bendijo las nuevas instalaciones de la Sección Preparatoria, para el Campus Río Bravo: “La Iglesia busca una educación integral, que ayude a toda la persona para desarrollarse en el mundo actual” mencionó el Señor Obispo. Video bendición

Homilía para el XV Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Envió a los discípulos de dos en dos (cf. Mc 6, 7-13)

¡Somos una maravilla! Porque Dios, que nos creó por amor, nos ha dado en Cristo la mayor de las bendiciones: ser hijos suyos, ¡partícipes de su vida por siempre feliz! Para eso Jesús se hizo uno de nosotros y entregó su vida.¡Así nos liberó del pecado y nos compartió su Espíritu de Amor[1]!

Solo debemos dejarle sacarnos de la cárcel del pecado y seguirlo por el camino del amor, teniendo presente que, al igual que envió al profeta Amós[2] y luego a los doce apóstoles, nos envía a compartir con los que nos rodean la esperanza que nos da su llamamiento[3] ¡Él nos ofrece la salvación[4]!

“El camino del cristiano –recuerda el Papa– es simplemente transformar el corazón. El suyo, y ayudar a transformar el de los demás”[5]. Para lograrlo, Jesús nos da la clave: confiar en Dios y llevar para el camino de la vida únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica.

San Agustín explica que el bastón significa que debemos ser serviciales; las sandalias, que no debemos ocultar el Evangelio ni apoyarlo en intereses mundanos; y la única túnica, que debemos actuar con sencillez y sin doblez[6].

Siendo serviciales, testimoniando el Evangelio, y actuando con sencillez y honestidad, lograremos que la esposa, el esposo, los hijos, los hermanos, la familia, los compañeros y los más necesitados nos abran el corazón para compartir sus alegrías y sus penas, sus sueños y sus desilusiones, y ayudarlos a vivir con dignidad, realizarse, encontrar a Dios y ser felices.

Puede ser que algunos no estén dispuestos a recibirnos ni a escucharnos. No desesperemos. Ya Jesús nos había prevenido de eso para que no nos desanimáramos y sigamos dando testimonio, confiando en que Dios actuará.

El beato Juan de Palafox recordaba que no somos enviados a ayudar a ángeles que ya no pueden pecar, ni a demonios que no pueden enmendarse, sino a personas, capaces de caer y levantarse. Y hace esta reflexión: “¿Me oirá el que me aborrece? ¿Me creerá el que no me puede ver?… Ganémoslos con bondad para ganarlos a Dios… Con amor cautivó san Ambrosio a san Agustin, primero lo amó, y después le creyó” [7].

Fortalecidos con la Palabra de Dios, la Liturgia, la Eucaristía y la oración, hagamos equipo para echarle la mano a los demás. No nos quedemos solos, ni dejemos a nadie solo. Ni siquiera a los que se equivocan y fallan. Entremos con amor a sus corazones para comunicarles la salud, la libertad y la vida que sólo Jesús puede dar.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: Ef 1, 3-14.
[2] Cf. 1ª Lectura: Am 7,12-15.
[3] Cf. Aclamación: Ef 1,17-18.
[4] Cf. Sal 84.
[5] Homilía en la Misa celebrada en Campo grande de Ñu Guazú, Asunción, Domingo 12 de julio de 2015.
[6] Cf. De consensu evangelistarum, 2.
[7] Cf. Trompeta de Ezequiel, puntos I-III.

 

Gracias Hermanas Agustinas por su labor en el Seminario

Hermanas Agustinas de la Enseñanza concluyen su labor pastoral en el Seminario de Matamoros. Mons. Eugenio Lira presidió una misa concelebrada, para agradecer su estancia como comunidad religiosa por 62 años en la Diócesis. Participaron sacerdotes, religiosas y laicos en tan emotiva ceremonia. Muchas gracias Hermanas por tantos años apoyar al Seminario de Matamoros.

Homilía para el XIV Domingo Ordinario, ciclo B (2021)

Estaba extrañado de la incredulidad de la gente (cf. Mc 6,1-6)

Jesús regresaba a su tierra. La fama de lo que había hecho en muchos lugares corría por el vecindario. Por eso muchos fueron a escucharlo. Sin embargo, pasaron del asombro a la incredulidad: les parecía imposible que Dios, que es tan grande, hablara a través de un hombre tan simple como él. Pero, como señala el Papa, a menudo la gracia de Dios se nos presenta de maneras sorprendentes, que no se ajustan a nuestras expectativas[1].

El Padre, creador y meta de cuanto existe, envió a Jesús, Dios hecho uno de nosotros para salvarnos[2]. Sin embargo, sus paisanos, creyendo saberlo todo, se cerraron. Presos de sus prejuicios, perdieron la oportunidad de conocer el camino que hace la vida por siempre dichosa y de verse beneficiados con alguno de los milagros de Jesús.

Lo mismo puede pasarnos: creer que lo sabemos todo, encerrarnos en nuestros prejuicios y desaprovechar la ayuda que Dios nos brinda a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas, diciendo: ¿Cómo la Biblia y la Tradición van a ser Palabra de Dios? ¿Quién lo dice? ¿Cómo creer que Jesús está en la Eucaristía y que es vital participar en Misa y rezar? ¿Cómo aceptar recibir la Comunión en la mano? ¿Por qué confesarse con un hombre que es igual o peor que yo?

¿Quién puede creer que sea posible amar como enseña Jesús? ¿Cómo va ser que Dios hable a través del Papa, de los obispos, de los papás, de los hermanos, de los hijos, de los maestros, de los compañeros, de los alumnos, de los niños, de los jóvenes, de los enfermos, de los pobres y de los migrantes? ¡Qué se creen! ¿A poco Dios habla a través de personas imperfectas, simples y limitadas?

Pero al pensar así no dejamos que Jesús realice en nosotros las maravillas que solo él puede hacer. ¿Qué hay de fondo en esa actitud? Soberbia. Así lo reconoce san Agustín al confesar que antes de su conversión se sentía repelido hacia la fe católica, porque no la conocía como realmente es[3]. Pero abriéndose a Jesús, vio con claridad: “me avergoncé… de haber por tantos años ladrado no contra la fe católica, sino contra meras ficciones… de haber pregonado con error y petulancia tantas cosas inciertas como si fueran ciertas”[4].

Cuando reconocemos que no lo sabemos todo y nos abrimos a Dios, él entra en nosotros con la luz de su amor, que nos hace capaces de ver la realidad y de aprovechar cualquier oportunidad para encontrarlo. Así permitimos que haga el milagro de que lo amemos, de que nos amemos a nosotros mismos y de que amemos a los demás, aunque a veces, como le pasó a Jesús, nos cierren las puertas.

¿Qué hacer cuando nos rechazan? ¿Mandarlos a volar? ¿“Tirar la toalla”? No. Levantemos los ojos a Dios y dejémonos iluminar por la fe[5]. Así descubriremos que cuando según los criterios mundanos somos débiles por seguir a Jesús, entonces en realidad somos fuertes[6]. Porque ser comprensivos, justos, pacientes, solidarios y serviciales, perdonar y pedir perdón, no es debilidad, sino fortaleza.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Ángelus, 8 de julio de 2018.
[2] Cf. 1ª Lectura: Ez 2, 2-5.
[3] Cf. Confesiones, V, 10, 4.
[4] Ibíd. VI, 3, 4; 4, 1.
[5] Cf. Sal 122.
[6] Cf. 2ª Lectura: 2 Cor 12, 7-10.