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XX Domingo Ordinario, ciclo C

He venido a traer fuego a la tierra (cf. Lc 12, 49-53)

La vida es una carrera al cielo, ¡la casa del Padre!, en quien seremos por siempre felices.

Y si queremos llegar a la meta, hay que hacer lo que aconseja la carta a los Hebreos: correr con perseverancia, dejar el pecado que nos estorba, y seguir a Jesús, quien, en vista del gozo que se le proponía, aceptó la cruz, y ahora está con Dios[1].

Él ha llegado a la meta. Y es tan bueno que no solo nos muestra el camino, sino que lo ha construido para nosotros, encarnándose y amando hasta dar la vida para liberarnos de la carga del pecado, unirnos a su cuerpo la Iglesia, darnos la fuerza de su Espíritu y hacernos hijos de Dios.

Además nos acompaña y nos enseña cómo recorrer este camino: amando a Dios y al prójimo. Sin embargo, a veces esto no nos agrada, porque nos saca de nuestra comodidad. Y es que tendemos a instalarnos en nuestro egoísmo, en nuestras ideas, en darle al cuerpo lo que pida, en nuestros rencores y envidias. Y oír que así no se avanza, molesta, como sucede al atleta cuando el entrenador le advierte: “Así no se hace”.

Esto fue lo que le pasó al pueblo de Israel con las advertencias que le hacía el Profeta Jeremías. Por eso los jefes decidieron matarlo para que no los siguiera incomodando diciendo cosas que nos les gustaba escuchar, aunque fueran la verdad[2].

Jesús, que nos ama, no nos da por nuestro lado, sino que nos enseña lo que es realmente bueno para nosotros; lo que nos ayuda a vivir bien en esta tierra y a alcanzar la vida por siempre feliz del cielo ¡A eso vino! Por eso dice: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya estuviera ardiendo!”

Él ha venido a traernos el fuego del amor, el Espíritu Santo, que hace posible una vida plena y eterna, porque nos purifica del pecado y nos hace capaces de amar. Y desea que ese Amor arda en nosotros para que nos hagamos prójimos de los demás, especialmente de los necesitados, de los migrantes, de los que sufren, como dice el Papa[3].

Claro que esto nos va a costar. Por eso Jesús advierte que ha venido a traer la división. “En adelante –dice–, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres”. San Ambrosio explica que esto significa que nuestros cinco sentidos combatirán cuando, iluminados por el Espíritu Santo, procuremos actuar racionalmente[4].

Sí, tendremos que luchar contra sentirnos más que los demás y utilizarlos como si fueran objetos; luchar contra encerrarnos en nuestro mundo y dejar que cada uno se las arregle como pueda; luchar para darle menos tiempo a las diversiones y a las redes sociales, y dedicarle más a la familia; luchar para tratar bien a los demás, aunque ellos no lo hagan; luchar para decirle “no” a la mentira, a los chismes, al bullying, a la injusticia, a la corrupción y a la violencia. 

Pero si acudimos a Dios a través de su Palabra, de sus sacramentos y de la oración, él nos echará la mano para asegurar nuestros pasos en el camino al cielo[5]. Con esta confianza, ¡sigamos adelante!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: Hb 12,1-4.
[2] Cf. 1ª Lectura: Jr 38, 4-6.8-10.
[3] Cf. Ángelus, Domingo 14 de agosto de 2016.
[4] Cf. Catena Aurea, 10249.
[5] Cf. Sal 39.

 

XIX Domingo Ordinario, ciclo C

Estén preparados (cf. Lc 12, 32-48)

A veces los temores nos abruman; ¿Se resolverá este problema? ¿Qué pasará con esta enfermedad? ¿Cómo se pondrán las cosas en el futuro? Pero el mayor temor es saber que un día moriremos. Pues hoy Jesús nos dice que no debemos temer, porque nuestro Papá Dios, creador de todas las cosas, ha querido unirnos a él para que gocemos de su felicidad sin final.

Para eso envió a Jesús, que nos ha rescatado del pecado, nos ha dado su Espíritu y nos ha hecho hijos suyos, partícipes de su vida plena y eterna. Lo único que nos toca es estar listos para que cuando él vuelva pueda darnos esa dicha ¿Cómo? Permaneciendo en gracia, conservando encendida la luz de la fe, y cumpliendo la misión que él nos ha confiado: amar y servir.

Dios mismo nos echa la mano; nos libera del pecado, nos une a él mediante el bautismo y la confesión, y enciende en nosotros la luz de la fe, que, permitiéndonos poseer, ya desde ahora, lo que esperamos, nos impulsa a confiar en él y hacer lo que nos pide, como hicieron Abraham y Sara, que ansiaban una patria mejor: el cielo[1]. Porque la fe nos hace reconocer la firmeza de las promesas que hemos creído[2].

¿Cómo mantener encendida la lámpara de la fe? Con la Palabra de Dios, los Sacramentos, la oración, e iluminando la vida del prójimo con nuestras obras, como dice san Gregorio[3]. A eso se refiere Jesús cuando nos pide administrar fielmente los bienes de Dios, que él nos ha confiado ¿Qué bienes? Nosotros mismos, nuestra familia, nuestra Iglesia, nuestra sociedad y el medioambiente.

Sí, nosotros, los demás y el mundo somos de Dios. Él nos creó, él nos mantiene en la existencia, él nos ha salvado y él nos conduce a la plenitud. Por eso, para administrar bien nuestro cuerpo, nuestra afectividad, nuestra inteligencia y nuestra alma, debemos hacer lo que él nos enseña. Y lo mismo en el trato con la familia, con los vecinos, con los compañeros, y en la forma de desempeñar nuestras labores, nuestros derechos y nuestros deberes ciudadanos, nuestra vida cristiana y la relación con la creación.

El Señor nos enseña que la clave para administrar bien es el amor, que nos hace comprensivos, justos, serviciales, solidarios, pacientes, y capaces de perdonar y de pedir perdón. Así, amando, acumulamos en el cielo un tesoro que no se acaba y que nada puede destruir. Y donde está nuestro tesoro, ahí está nuestro corazón, es decir, aquello que amamos. 

Es cierto que amar es difícil, porque exige sacrificios y renuncias. Pero, como dice el Papa, la esperanza de poseer el Reino de Dios en la eternidad nos impulsa a trabajar para mejorar las condiciones de la vida terrena, especialmente de los necesitados[4]

Comprendiendo lo que está en juego, ¡la eternidad!, estemos preparados, como aconseja san Gregorio: teniendo los ojos de la inteligencia abiertos a la luz verdadera y obrando conforme a lo que creemos[5]. Hagámoslo fiados en el Señor, que es nuestra esperanza, nuestra ayuda y nuestro amparo[6].

 

+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª. Lectura: Hb 11,1-2.8-19.
[2] Cf. 1ª. Lectura: Sb 18,6-9.
[3] Cf. In Evang., hom. 13.
[4] Cf. Ángelus, Domingo 7 de agosto de 2016.
[5] Cf. In Evang., hom. 13.
[6] Cf. Sal 32.

 

 

El Milagro de Hiroshima: Jesuitas sobrevivieron a la bomba atómica

El 6 de agosto se cumple un aniversario más del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, uno de los episodios más dramáticos de la historia de la humanidad. El 6 de agosto de 1945, fiesta de la Transfiguración, cuatro sacerdotes jesuitas alemanes sobrevivieron a la catástrofe que ocasionó la bomba “Little Boy”, pese a que explotó muy cerca de donde estaban; incluso la radiación -que mató a otras miles de personas en los meses siguientes- no tuvo efecto en ellos. Esta historia, documentada por historiadores y médicos, es conocida como el Milagro de Hiroshima.

Los jesuitas Hugo Lassalle, superior en Japón, Hubert Schiffer, Wilhelm Kleinsorge y Hubert Cieslik, se encontraban en la casa parroquial de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, uno de los pocos edificios que resistió a la bomba. En el momento de la explosión, uno de ellos se encontraba celebrando la Eucaristía, otro desayunaba y el resto en las dependencias de la parroquia.

Según escribió el propio P. Hubert Cieslik en un diario, únicamente sufrieron daños menores producto de cristales rotos, pero ninguno a consecuencia de la energía atómica liberada por la bomba.  Los médicos que los atendieron tiempo después les advirtieron que la radiación recibida les produciría lesiones graves, así como enfermedades e incluso una muerte prematura.

El pronóstico nunca se cumplió. No desarrollaron ningún trastorno y en 1976, 31 años después del lanzamiento de la bomba, el P. Schiffer acudió al Congreso Eucarístico de Filadelfia (Estados Unidos) y relató su historia, confirmando que los cuatro jesuitas estaban aún vivos y sin ninguna dolencia.

Fueron examinados por decenas de doctores unas 200 veces a lo largo de los años posteriores y no se halló en sus cuerpos rastro alguno de la radiación.

Los cuatro religiosos nunca dudaron de que habían gozado de la protección divina y de la Virgen: “Vivíamos el mensaje de Fátima y rezábamos juntos el Rosario todos los días”, explicaron. El P. Schiffer escribiría “El Rosario de Hiroshima”, un libro en el que cuenta todo lo que vivió.

Hace unos años, al celebrarse un aniversario más de la bomba de Hiroshima, el Obispo de Niigata, Mons. Tarcisius Isao Kikuchi, difundió un mensaje en el que subrayó que Japón puede contribuir a la paz “no con nuevas armas, sino con sus actividades de nobleza y amplia historia en el crecimiento mundial, de modo particular en las consideradas naciones en vía de desarrollo”.

El Prelado añadió que “con esta contribución al desarrollo, que lleva al pleno respeto y a la realización de la dignidad humana, sería muy apreciado y respetado por la comunidad internacional”. Cada año, del 5 al 15 de agosto, el país celebra una Oración por la Paz.

En Hiroshima y Nagasaki murieron unas 246 mil personas, la mitad en el momento del impacto de las bombas y el resto en las semanas posteriores por los efectos de la radiación.

La bomba de Hiroshima fue arrojada el dia de la Solemnidad de la Transfiguración del Señor y la rendición de Japón ocurrió el 15 de agosto, cuando la Iglesia celebra la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María.

 

ÁLVARO DE JUANA | ACI Prensa
Foto: A.Camargo

 

Un día como hoy el Papa Pablo VI publicó su primera encíclica: Eclesiam suam

Un día como hoy, el 6 de agosto de 1964, el Papa Pablo VI publicó la primera encíclica de su pontificado: Eclesiam suam, sobre el “mandato” de la Iglesia en el mundo contemporáneo.

El documento se refiere frecuentemente al Concilio Vaticano II, reanudado por San Pablo VI tras la muerte de San Juan XXIII, que se encontraba aún en marcha y que culminaría en 1965.

Pablo VI, que será canonizado el 14 de octubre de este año junto a Mons. Óscar Romero, escribió en su encíclica que la Iglesia debe profundizar “en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio, debe explorar, para propia instrucción y edificación, la doctrina que le es bien conocida, —en este último siglo investigada y difundida— acerca de su propio origen, de su propia naturaleza, de su propia misión, de su propio destino final”.

Además, reflexionó sobre “el deber presente de la Iglesia en corregir los defectos de los propios miembros y hacerles tender a mayor perfección y cuál es el método mejor para llegar con prudencia a tan gran renovación”.

El tercer aspecto abordado por Pablo VI en Eclesiam suam es el de las relaciones de la Iglesia con “el mundo que la rodea y en medio del cual ella vive y trabaja”.

“Una parte de este mundo, como todos saben, ha recibido profundamente el influjo del cristianismo y se lo ha asimilado íntimamente —por más que con demasiada frecuencia no se dé cuenta de que al cristianismo debe sus mejores cosas—, pero luego se ha ido separando y distanciando en estos últimos siglos del tronco cristiano de su civilización. Otra parte, la mayor de este mundo, se extiende por los ilimitados horizontes de los llamados pueblos nuevos”.

Este conjunto, indicó, “es un mundo que ofrece a la Iglesia, no una, sino cien maneras de posibles contactos: abiertos y fáciles algunos, delicados y complejos otros; hostiles y refractarios a un amistoso coloquio, por desgracia, son hoy muchísimos”. En las líneas finales de su primera encíclica, San Pablo VI destacó: “¡La Iglesia vive hoy más que nunca!”.

“Pero considerándolo bien, parece como si todo estuviera aún por empezar; comienza hoy el trabajo y no acaba nunca. Esta es la ley de nuestro peregrinar por la tierra y por el tiempo. Este es el deber habitual, Venerables Hermanos, de nuestro ministerio, al que hoy todo impulsa para que se haga nuevo, vigilante e intenso”, señaló.

 

Redacción ACI Prensa
Pablo VI / Crédito: Vatican Media

 

Mensaje ante los hechos de violencia ocurridos en Texas

Paz, igualdad, fraternidad y colaboración
«¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra» (Gn. 4,10)

Los obispos de México manifestamos el gran dolor que sentimos por los actos de violencia acontecidos en los últimos días contra personas inocentes, tanto en nuestro país como en los Estados Unidos, provocados por la intolerancia, la xenofobia y la discriminación.

Ofrecemos nuestra cercanía y oración a los familiares de quienes han perdido un ser querido en estos fatídicos acontecimientos o han resultado heridos.

Con tristeza vemos que aumentan estos actos de violencia alentados por quienes crean divisiones, cierran el corazón a sus semejantes, y no reconocen la dignidad humana que posee toda persona, independientemente de su color de piel o su nacionalidad. Que difícil nos ha resultado mirar el rostro de Cristo en el hermano y hermana que sufre.

Constatamos que los discursos de odio generan solamente agresión y muerte. Es tiempo de poner un alto a estos actos violentos, por lo que hacemos un llamado a los ciudadanos y autoridades de los Estados Unidos, y de México a fomentar un discurso congruente de paz, igualdad, fraternidad y colaboración, ya que tanto los connacionales, como los extranjeros que residen en un país, hacen que una nación sea más grande y fuerte.

Pedimos a todos los católicos y personas de buena voluntad que continuemos orando por todas las personas que han sido víctimas a causa de estos motivos, por los numerosos heridos, y por sus familias, para que encuentren el consuelo de la fe y la paz en Jesucristo nuestro Señor.

+Rogelio Cabrera López
Obispo de Monterrey y  Presidente de la CEM

+Alfonso Miranda G. Guardiola
Obispo Auxiliar de Monterrey y Secretario General de la CEM

 

 

Retiro de sanación en ciudad Reynosa

Se invita a toda la comunidad para experimentar el amor de Dios a través del perdón y la reconciliación, medios para un itinerario de sanación. Un fin de semana, que bien vale la pena invertir en nuestras vidas.

 

 

Peregrina Diócesis a la Basílica de Guadalupe

El 5 de agosto de 2019 a las 10:00 am concelebraron como familia, como Iglesia, las Diócesis peregrinas a la Basílica de Guadalupe: Matamoros, Tampico, Ciudad Victoria. Cada Diócesis con su obispo,  a los pies de la Virgen de Guadalupe oraron por la paz, por los migrantes, por Tamaulipas, por México.

Que cada peregrinar, nos recuerde que somo una Iglesia en camino, en salida, al encuentro del Señor para dar vida en los hermanos. Dentro de la Basílica, miles de fieles se unieron para elevar oraciones a Dios nuestro Señor.

Por parte de la Diócesis participaron sacerdotes junto con Mons. Eugenio Lira, religiosas, laicos, consagrados y seminaristas, a quienes se les veía con gran entusiasmo y alegría.

 

XVIII Domingo Ordinario, ciclo C

¿Para quién serán todos tus bienes? (cf. Lc 11, 1-13)

Aunque no nos guste, hay algo en la vida que es inevitable: la muerte.

“Todos estamos sujetos a la muerte –dice Sancho Panza– … y, cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va de prisa, y no la habrán de detener ni ruegos, ni fuerzas, ni cetros, ni mitras… llama por igual a jóvenes y a viejos”[1].

Es verdad; tarde o temprano moriremos. Y como decía san Paulo VI: “No es sabia la ceguera ante este destino indefectible” [2]. Porque la muerte nos hace ver que, como afirma el Cohélet: “Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión”[3]. “Las alegrías en esta tierra –escribe Cervantes– por mucho que duren, habrán de acabar”[4].

Sí, por mucho que duren el cuerpo, la salud, la belleza, los placeres, las emociones, los conocimientos, el dinero, las cosas, los puestos, el poder, un día se habrán de terminar. Y puede que sea antes de lo que pensamos. Sin embargo, a veces lo olvidamos y les dedicamos lo mejor de nuestro tiempo y de nuestros esfuerzos.

Pero a pesar de que en el mundo se termine la existencia, en lo más profundo de nuestro ser sentimos que la muerte no puede tener la última palabra; que debe haber algo después; algo infinitamente más grande y mejor de lo que hemos conocido. Y Dios lo confirma revelándonos que él, que nos creó para la vida, no permitió que el pecado nos encadenara a la muerte sino que envió a Jesús para salvarnos[5].

Lo único que nos toca hacer para participar de su vida por siempre feliz, que consiste en amar, es aceptar su salvación, haciéndonos ricos de lo que vale ante él ¿Y qué es eso? Dios mismo. Solo él puede llenarnos de su amor incondicional y eterno para que podamos amar. Por eso san Pablo aconseja: “Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra”[6].

Esto es lo que Jesús enseña cuando, al que le pide intervenir para que su hermano le comparta la herencia, le aconseja preocuparse más por la inmortalidad que por las riquezas, como explica san Ambrosio[7]. Y para ayudarnos a entenderlo, nos habla de un rico, que, como señala san Basilio, pensaba “no en repartir, sino en amontonar”[8], y al que Dios le dice: “¡Insensato! Esta misma noche vas a morir”.

De esta manera, como señala el Papa, Jesús nos alerta de lo absurdo que es fundar la felicidad en el tener, y nos hace ver que la verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los demás[9]. Se trata, como decía san Juan Pablo II, de darnos a los otros y de comprender que la propiedad se justifica cuando crea oportunidades de trabajo y crecimiento para todos[10].

Pensémoslo. Y conscientes de que esta peregrinación terrena es tan breve como un sueño, pidámosle al Señor que nos enseñe lo que es la vida para que seamos sensatos[11], y así invirtamos para la eternidad; no amontonando, sino compartiendo.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] CERVANTES Miguel, Don Quijote de la Mancha,  Ed. Del IV Centenario, Ed. Santillana, México, 2005., Cap. VII, p. 596, y Cap. XX, p. 706.
[2] Testamento, en vatican.va.
[3] Cf. 1ª Lectura: Ecl 1,2; 2, 21-23.
[4] Don Quijote de la Mancha, Op. Cit., 1ª parte, II, p. 8.
[5] Cf. Sb 2,24; Rm 5, 12-18.
[6] Cf. 2ª Lectura: Col 3,1-5. 9-11.
[7] Citado en SANTO TOMÁS DE AQUINO, Catena Aurea, 10213.
[8] Hom. 6.
[9] Cf. Angelus, Domingo 4 de agosto de 2013.
[10] Cf. Centesimus annus, nn. 30, 36, 43.
[11] Cf. Sal 89.

 

 

Anacleto González, nuevo Patrono de los Laicos mexicanos

Con gran regocijo, la Conferencia del Episcopado Mexicano, comunica que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha aprobado al beato Anacleto González Flores, mártir, como patrono de los laicos mexicanos, a través de un decreto fechado el día 11 de julio.

Durante la CIII Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano, se votó por unanimidad declarar al Beato como Patrono de los Laicos e instituir el tercer fin de semana de noviembre, en la fiesta de Cristo Rey del Universo, el Día del Laico. El Dicasterio atendió la petición y accedió con gusto aceptar la solicitud que hicimos.

En la alegría de la oración nos encomendamos al nuevo Patrono de los Laicos. Que el ejemplo de su entregado amor a Dios nos recuerde que el camino de la santidad es un martirio vivificante que sólo es posible gracias a la fuerza de Dios.

Ciudad de México, a 29 de julio de 2019

+Alfonso Miranda Guardiola
Obispo Auxiliar de Monterrey y Secretario General de la CEM

 

El ejemplo de su devoto amor por Dios

En el comunicado se recuerda que la CII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Mexicana, votó por unanimidad la propuesta de declarar al beato Anacleto como patrón de los laicos y establecer en el tercer fin de semana de noviembre, en la fiesta de Cristo Rey del Universo, el día de los laicos. “En la alegría de la oración nos confiamos al nuevo Patrón de los laicos. El ejemplo de su devoto amor por Dios nos recuerda que el camino de la santidad es un martirio vivificante que solo es posible gracias a la fuerza de Dios”, explicó monseñor Miranda.

Derramando la propia sangre por la fe

El laico mexicano Anacleto González Flores fue asesinado el 1 de abril de 1927 junto con tres jóvenes de Acción Católica de la Juventud Mexicana. Fue beatificado el 20 de noviembre de 2005 en Guadalajara, junto con otros 12 mártires de la Guerra cristera. Durante la revolución mexicana de entre 1920 y 1930, no dudaron en derramar su sangre con tal de no negar la fe católica.

El cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, que presidió entonces el rito de beatificación declaró que la Iglesia del “id y anunciad” es la Iglesia de los mártires, misionera y martirizada. Por lo tanto, el mensaje de los mártires tiene una gran relevancia para nosotros, que vivimos en el tercer milenio, porque nos enseñan su fuerza de voluntad, el valor de vivir y de defender la fe cristiana que recibimos en el bautismo.

Pedagogo, orador, catequista y líder social

Anacleto González Flores nació el 13 de julio de 1888 en una familia pobre de Tepatitlán, Jalisco. Después de un período en el seminario, se dedicó a varios trabajos antes de graduarse en Derecho. Pedagogo, orador, catequista y líder social, miembro de la Orden Franciscana Seglar, participó en una extenuante batalla en defensa de la fe católica y la religiosidad del pueblo mexicano por la que el Papa Pío XI le otorgó la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice.

Escritor de libros y artículos, padre de dos hijos, para los mexicanos fue “el maestro Cleto”, fundador de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana de Guadalajara y de la Unión Popular. Pero también es conocido como el “Gandhi mexicano”, porque durante la guerra civil defendió el pacifismo y la lucha no violenta. Al amanecer del 1 de abril de 1927 fue arrestado y trasladado al cuartel de Colorado, donde fue sometido a crueles torturas. Antes de morir, con el corazón atravesado por una bayoneta, perdonó a sus torturadores.

 

Iglesia en México pide no “acostumbrarse” a la explotación que causa la trata de personas

Con motivo de la celebración del Día Mundial Contra la Trata de Personas, la Conferencia del Episcopado Mexicano exhortó a “no aceptar la explotación”, y a “no acostumbrarse al sufrimiento” que causa la trata de personas.

“No podemos aceptar la explotación, no podemos acostumbrarnos al sufrimiento. ¡Denunciemos la explotación! Porque mientras la trata de personas permanezca oculta, los traficantes continuarán actuando impunemente. ¡Denunciemos la corrupción y la complicidad!”, expresó la CEM a través de un comunicado publicado en su página web.

Asimismo, animó a orar por los que sufren de esta explotación y a contribuir con la “conversión y a la rehabilitación de quienes son responsables de la trata de personas y quienes se benefician de ello”.

“Oremos en este día por quienes sufren esta explotación que clama al cielo y preguntémonos: ‘¿Qué puedo hacer yo?, ¿qué me toca hacer a mí? Dios y la Santísima Virgen María acompañarán nuestros esfuerzos’, manifestaron.

La CEM advirtió que la trata de personas es “un delito de lesa humanidad que ocupa el segundo lugar en la lista de crímenes transnacionales, situado después del tráfico de drogas y armas”, pero está próxima a ocupar el primer lugar por las increíbles ganancias y los beneficios económicos que reporta a quienes trafican con seres humanos.

Los obispos señalaron que la trata “tiene muchos rostros y formas”, y “potencia las violaciones a los derechos humanos, de género, desempleo, pobreza y discriminación”.

“La prostitución, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud o las prácticas análogas a la esclavitud como la mendicidad, la servidumbre o la extracción de órganos; la utilización de personas menores de 18 años en actividades delictivas, o su adopción ilegal; el matrimonio forzoso o servil, entre otros. 30 % de las víctimas de la trata son niños, un 70 % son mujeres y niñas, y alrededor del 90% de todos los casos tiene por fin la explotación sexual femenina, privándolas de su identidad y dignidad”, afirmaron.

En ese sentido, recordaron el discurso “La trata es una llaga en el cuerpo de la humanidad contemporánea” que el Papa Francisco dio en la Conferencia Internacional sobre la trata de seres humanos el 11 de abril de 2019.

Asimismo, alertaron que los tratantes “son personas sin escrúpulos que pueden vivir muy cerca, conocidos o desconocidos, amigos y hasta familiares, siempre van a aprovechar la situación de vulnerabilidad de las aspiraciones económicas, emocionales, familiares o sociales de sus víctimas para lograr ‘engancharlas’”.

“A medida que internet y otras tecnologías ayudan a difuminar la línea entre la pornografía y la degradación sexual, ‘lo que queda claro es que la mayoría han sido víctimas del tráfico sexual’, 8 o 10 minutos de charla son suficientes para que un delincuente haga que un niño o adolescente se desnude frente a su computadora”, advirtieron.

La CEM indicó que estos engañan y manipulan al mostrarse como personas amables y con buena posición económica, pero también usan métodos violentos para someter a sus víctimas.

“En la industria de la pornografía, mujeres y niños son obligados a trabajar sexualmente” y a participar en actos cada vez más violentos. Luego usan “las imágenes para evitar que las víctimas abandonen la industria. Esta industria pornográfica con fines de lucro genera anualmente 13.000 millones de dólares”, señalaron.

Si bien el Estado mexicano se comprometió a “combatir la trata de personas y desarrollar respuestas conjuntas en materia de prevención, protección y procesamiento”, los obispos indicaron que hacen falta acciones efectivas que nazcan de la coordinación y colaboración entre “la sociedad civil, las Iglesias, el sector empresarial y los medios de comunicación”.

Del mismo modo, aseguraron que como miembros de la Iglesia estamos llamados a no ser indiferentes ante esta “llaga”, así como a “comprender las causas de este fenómeno en constante evolución y cómo opera para poder intervenir”. De esta manera, ser “signo profético del Reino”.

Finalmente, agradecieron a los movimientos eclesiales que combaten la trata de personas, como la red mundial Talitha Kum que posee “una Mística por la defensa de la vida y la dignidad humana que afirma el rol profético de la Vida Consagrada, quien siempre ha estado al lado de las personas más vulnerables y empobrecidas”.

Redacción ACI Prensa
Imagen referencial. Crédito: Pixabay

 

 

XVII Domingo Ordinario, ciclo C

Pidan y se les dará (cf. Lc 11, 1-13)

Jesús ora. Se une al Padre y platica con él. Deja que lo quiera, que lo abrace, que lo apapache, que lo escuche, que le hable, que lo consuele, que lo ilumine, que lo fortalezca, que lo guíe y que lo acompañe hasta la meta. Y esa íntima unión la refleja viviendo tan plenamente, que uno de sus discípulos, admirado, le pide: “Señor, enséñanos a orar”.

También nosotros se lo pedimos, porque necesitamos de un amor incondicional e infinito que nos llene totalmente y que haga nuestra vida plena y eterna; un amor que nos conozca, que nos comprenda, que nos quiera como somos, que nos haga mejores, que nos consuele, que le dé sentido a todo, que nos saque adelante y que nos lleve a la meta.

Jesús lo sabe. Por eso, invitándonos a experimentar la grandeza del amor divino, nos enseña a llamar a Dios “Padre”. Porque él, creador de todo, a pesar de que le fallamos, envió a su Hijo para liberarnos del pecado, comunicarnos su Espíritu y darnos una vida nueva[1]: ser hijos suyos[2], partícipes de su vida por siempre feliz.

¡Somos hijos de Dios! Y para vivir conforme a esta dignidad debemos seguir a Jesús, nuestro modelo, que confía en el Padre y hace su voluntad, amando y sirviendo a los demás, interesándose por todos, como hizo Abraham[3].

Claro que esto cuesta trabajo. Pero el Padre está dispuesto a echarnos la mano. Por eso Jesús nos enseña a pedirle que su nombre sea santificado, es decir, que nos ayude a reconocerlo y a vivir como pide para que su Reino de amor, verdad, justicia y paz venga a nosotros, a nuestra familia y al mundo, como explica san Agustín[4].

Así seremos capaces de confiar en él para descubrir lo que es realmente necesario y pedírselo[5], comprometiéndonos a trabajar y a poner de nuestra parte para que nadie carezca de ello: alimento, casa, vestido, empleo, educación, justicia, atención sanitaria, seguridad, progreso, amor, y sobre todo, su Palabra y la Eucaristía.

Y entre lo necesario para una vida plena y eterna, está su perdón, que nos levanta y nos ayuda a seguir adelante. Por eso Jesús nos enseña a pedir al Padre que perdone nuestras ofensas, dispuestos a dejarnos liberar de las cadenas del rencor y a entrar en la dinámica del amor perdonando a los que nos ofenden.

Sin embargo, en el camino del amor que lleva al cielo no faltan obstáculos. Por eso Jesús nos enseña a pedir al Padre que no nos deje caer en tentación, la que, en sus diversas formas, tiene siempre un denominador común: desconfiar de él[6].

De ahí que, a través de una parábola, Jesús nos recuerde que Dios es bueno y que siempre da cosas buenas. Es más, él nos da lo mejor: su Espíritu, es decir, a sí mismo[7], para que llenos de su amor, seamos capaces de amar, y así hagamos nuestra vida plena y eternamente feliz.

Con esta confianza platiquemos con nuestro Papá Dios, que siempre nos escucha[8]. Y aunque de momento parezca que no, perseveremos en la oración, como enseña Jesús. Es como el ejercicio; para desarrollar los músculos no basta un día, sino que se requiere dedicación, tiempo, repetir bien cada rutina y constancia.

¿Y qué desarrolla en nosotros la oración? Nuestra fe y nuestra paciencia, es decir, nuestra capacidad de luchar junto a Dios por cosas realmente importantes y necesarias, como explica el Papa[9] ¡Lo necesitamos tanto! Por eso, unidos a Jesús y guiados por su Espíritu, regalémonos la oportunidad de platicar con Dios y dejarnos querer y ayudar por él, experimentando la alegría siempre nueva y sin final de llamarle “Padre”.

 

+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: Col 2, 12-14.
[2] Cf. Aclamación: Rm 8, 5.
[3] Cf. 1ª Lectura: Gn 18,20-32.
[4] Cf. De ver. Dom., serm. 27.
[5] Cf. SAN CIRILO, SAN BASILIO y SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, 10101.
[6] Cf. BENEDICTO XVI Gesù di Nazaret, Ed. Rizzoli, Italia, 2007, p. 50.
[7] Ibíd., p. 166.
[8] Cf. Sal 137.
[9] Cf. Angelus, Domingo 24 de julio de 2016.

 

 

Obispos de México: “Es necesaria y urgente una justa política migratoria”

“Dignidad de los migrantes”, es el título del mensaje de los Obispos de México en el cual denuncian que, “la migración interna y externa tiene como principio el hambre, la pobreza, la violencia, y la falta de oportunidades que reclama la creación de fuentes de empleo y reconstrucción del tejido social”.
 

“La Iglesia está convencida de que es necesaria y urgente una justa política migratoria que, por un lado, garantice un ordenado, responsable y regulado libre tránsito de personas, y que vele por los intereses legítimos de nuestra nación”, lo afirman los Obispos de la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM), en un mensaje titulado “Dignidad de los migrantes”, publicado este 23 de julio y dirigido a  los Obispos, presbíteros y diáconos, a los agentes de pastoral de Movilidad Humana, y al pueblo de Dios.

Preocupación por la falta de acogida con los migrantes

En el mensaje, los Responsables de la Pastoral de Movilidad Humana de la CEM señalan que, “hemos externado nuestra preocupación por la falta de acogida verdaderamente humanitaria a nuestros hermanos migrantes, que refleje nuestras convicciones en materia de reconocimiento y protección de los derechos de todos los seres humanos por igual”. Tristemente constatamos que esta dignidad como personas e hijos de Dios está siendo vulnerada, denuncian los Obispos, pues ha sido “cambiada por un plato de lentejas”. “México – precisan los Prelados – sin una política migratoria efectiva se ha sometido a los criterios e imposiciones del gobierno norteamericano aceptando la incoherencia de unir negocios con el derecho y la necesidad de migrar, buscando la oportunidad de una vida mejor”.

La dignidad humana está por encima de cualquier negociación

Los Obispos de México recuerdan en su mensaje las palabras del Papa Francisco sobre las actitudes concretas para con los migrantes: acoger, proteger, promover e integrar. En este sentido, los Pastores señalan que, “los muros no solo se construyen con piedras y ladrillos sino también con actitudes negativas como el despliegue de miles de efectivos de la Guardia Nacional en nuestras fronteras como una solución fallida para frenar la migración; un muro no atiende a la raíz y a las verdaderas causas del fenómeno migratorio”. El combate a la pobreza y a la desigualdad en México y en Centroamérica, se lee en la nota, pareciera quedar sustituido por el temor ante el otro, que es nuestro hermano. “La dignidad y la soberanía de nuestra nación, así como la dignidad y los derechos humanos de los migrantes – precisan los Obispos – están muy por encima de cualquier negociación, la Iglesia y la sociedad civil han defendido siempre la ‘no criminalización de las personas migrantes y de los defensores de derechos humanos’ que luchan a favor de la dignidad, a contracorriente y con riesgos importantes para su propia seguridad e incluso su vida”.

Es necesaria y urgente una justa política migratoria

La Dimensión Episcopal de Pastoral de Movilidad Humana señala que, “la migración interna y externa tiene como principio el hambre, la pobreza, la violencia, y la falta de oportunidades que reclama la creación de fuentes de empleo y reconstrucción del tejido social”. Por ello, la Iglesia está convencida de que es necesaria y urgente una justa política migratoria que, por un lado, garantice un ordenado, responsable y regulado libre tránsito de personas, y que vele por los intereses legítimos de nuestra nación. Mientras tanto, miles de migrantes están esperando cruzar a los Estados Unidos huyendo de la violencia y la miseria en sus países de origen. Otros tantos son detenidos y son deportados a México, ahora más bajo el programa unilateral americano “Quédate en México”, bajo el cual miles de centroamericanos, esperaran una resolución de su situación migratoria, colocándoles un brazalete electrónico y restringiéndoles su movimiento a un lugar específico.

Actos de hostigamiento que obstaculizan las labores de asistencia

Asimismo, los Obispos Mexicanos señalan que, las casas, centros de derechos humanos y personas laicas están respondiendo con humanidad, como es el mandato del Papa, y por ello, han sido objeto de actos de hostigamiento, criminalización y obstaculización de las labores de asistencia, protección y defensa de derechos humanos de estas poblaciones. Como muestra, los casos más recientes son los ocurridos en el Centro de Atención al Migrante Exodus, en Agua Prieta, Sonora, con la Guardia Nacional; Casa del Migrante de Saltillo con la Policía Federal; DHIA y Uno de Siete Migrando en Ciudad Juárez y Chihuahua, respectivamente, con la Fiscalía General del Estado de Chihuahua.

Preocupación de la Iglesia por la defensa de la dignidad

Antes de concluir su Mensaje, los Responsables de la Pastoral de Movilidad Humana manifiestan la preocupación actual de la Iglesia sobre “la defensa de la dignidad y de los derechos humanos de todos los migrantes; las redadas en EU con masivas detenciones de migrantes, su trato inhumano, con el grave peligro de la separación de las familias; la amenaza de las deportaciones masivas a México desde diversas ciudades de los Estados Unidos y la política de terror psicológico en la que viven migrantes en ese país; el cambio en la política migratoria del gobierno de México, pasando de una actitud de bienvenida, a otra de contención y deportación; la insistencia que se ha recibido de parte de diferentes dependencias como PFP, SER, INM, SEGOB solicitando información que los albergues manejan de manera interna, para salvaguardar la vida de las personas en tránsito”.

La Iglesia, madre y protectora, se ocupa de los migrantes

Finalmente, los Obispos Mexicanos recuerdan que, la Iglesia, como madre y protectora, se preocupa y se ocupa de los pobres y necesitados, y los migrantes son en este momento, los pobres entre los pobres, la colaboración de los Obispos mexicanos y norteamericanos en la caridad para este sector de la sociedad, manifiestan su deseo de seguir colaborando con todas las iniciativas que permitan encontrar un camino de mayor seguridad y protección de los derechos humanos de quienes emigran, y alzan su voz profética cuando estos derechos son violentados.  “Pedimos al Espíritu Santo – invocan los Pastores – que ilumine a las autoridades civiles de nuestras naciones para que tomen las decisiones más sabias, dignas, coherentes y auténticamente benéficas para nuestros pueblos, así como para velar por la soberanía de nuestra nación anteponiendo el bien común del hombre como signo de desarrollo humano, madurez e inteligencia”.

 

VN / Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

 

 

¡Muchas felicidades en su cumpleaños Mons. Eugenio Lira!

Muchas felicidades Mons. Eugenio Lira, por parte de toda la comunidad Diocesana, quien eleva en cada iglesia y persona, una oración por su vida y ministerio. Que el Señor Jesús, le bendiga de forma abundante, hoy y siempre.

 

Hijo primogénito del matrimonio formado por el Ing. Químico Eugenio B. Lira y la Sra. Guadalupe Rugarcía y Bou (finados), nació en la Ciudad de Puebla, México, el 24 de julio de 1965. Su única hermana se llama Gabriela.

Cursó su educación primaria (1971-1978), secundaria (1978-1981) y preparatoria (1981-1984) en el Colegio Benavente de Puebla, a cargo de los hermanos de las Escuelas Cristianas (Lasallistas). En 1984 ingresó a la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri de Puebla, realizando estudios de Filosofía y Teología en el Pontificio Seminario Mayor Palafoxiano de Puebla (1984-1991), al tiempo de prestar servicio como Responsable de la casa de Formación del Oratorio de Puebla (1986-1995). En el templo de dicha Congregación,  “La Concordia”, recibió el diaconado el 27 de mayo de 1990 y el 22 de febrero  1991 fue ordenado sacerdote por S.E. Mons. Rosendo Huesca Pacheco, Arzobispo de Puebla.

En 1992 participó en el II Curso Internacional para Formadores de Seminarios de la Academia Regina Apostolorum (Novara, Italia). En 1993 el Delegado de la Sede Apostólica para las Congregaciones del Oratorio de San Felipe Neri, P. Michel Napier C.O., lo confirmó como Rector de la Casa de Formación, nombrándolo además Maestro de Novicios, Responsable del Oratorio Laical y Sacristán del Templo “La Concordia”.

S.E. Mons. Rosendo Huesca Pacheco, Arzobispo de Puebla, lo nombró profesor en el Pontificio Seminario Mayor Palafoxiano de Puebla (1993-2001), del que más tarde lo designó también Padre Espiritual (1997-2001).  En 1995 inició estudios de postgrado en Filosofía, obteniendo el grado de licenciatura por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (2002).

Solicitada y concedida la exclaustración de la Congregación del Oratorio, se incardinó a la Aquidiócesis de Puebla (1998), donde fungió como Vicario parroquial en la Parroquia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón (1995-1996), en la Parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza (1996-2010), y como Rector de la Iglesia Virgen del Camino (2010-2011). También prestó servicios como Director del Centro Internacional de la Divina Misericordia (1997-2016) y como Presidente de la Comisión Diocesana de Comunicación Social (1999-2016). En la Provincia Eclesiástica fue Coordinador de la Pastoral de Comunicaciones de las Diócesis de Puebla, Tlaxcala, Huajuapan de León y Tehuacán (2002).

El 24 de febrero de 2011 el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo Auxiliar de Puebla. El 12 de abril de 2011 recibió la ordenación episcopal de manos S.E. Mons. Víctor Sánchez Espinosa, Arzobispo de Puebla. De 2011 a 2016 sirvió como Vicario General y Vicario Episcopal para la Vida Consagrada, acudiendo también a las parroquias y capellanías de las seis zonas pastorales (Norte, Oriente, Centro, Poniente, Sur, Urbana).

De 2012 a 2015 fue Secretario General de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y, por oficio, miembro del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). En 2016 fungió como Coordinador General del Viaje Apostólico del Papa Francisco a México. Actualmente es responsable de la Dimensión de Creación de Diócesis y Provincias Eclesiásticas de la Conferencia del Episcopado Mexicano

El 22 de septiembre de 2016, el Santo Padre Francisco lo nombra Obispo de Matamoros. El 22 de noviembre de 2016, Mons. Eugenio Lira comienza su servicio episcopal en la Diócesis de Matamoros, como su VI Obispo. Actualmente participa como responsable de la Dimensión de Creación de Diócesis y Provincias Eclesiásticas de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM).

 

 

 

XVI Domingo Ordinario, ciclo C

Muchas cosas te preocupan, siendo una sola necesaria (cf. Lc 10, 38-42)

¿No les ha pasado que, buscando en su coche una dirección, en medio de las prisas han pensado que detenerse a preguntar o consultar el GPS es perder tiempo, y han terminado dando vueltas y vueltas sin llegar a su destino, gastando tiempo y gasolina, desesperados, enojados consigo mismos y peleando con los demás? Pues algo así le pasó a Marta.

Jesús llegó a su casa. El mismo Dios que visitó a Abraham y lo bendijo dándole descendencia[1], ahora, hecho uno de nosotros, entraba en su hogar para mostrarle cómo hacer la vida por siempre feliz. Ella y su hermana, que seguramente buscaban esa meta, lo recibieron. Pero mientras María lo escuchaba, Marta, dejándose absorber por el trabajo y las preocupaciones, no se dio tiempo para estar con él. Hasta que, cansada y de malas, por fin se dirigió a Jesús, pero para reclamarle: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”.

Marta no podía más ¡Y todavía quedaba tanto por hacer! Y Jesús, ¿no se daba cuenta o no le importaba? Y María, ¿no veía el trabajo que había o quería perjudicarla dejándola sola con el quehacer? ¡Nadie la entendía ni le echaba la mano! Todo lo hacía por ellos y ellos no lo valoraban. Eso la enojó tanto que empezó a pelear con el Señor y con su hermana[2]. Y es que como dice Séneca: el cansado busca pleito[3].

Lo mismo puede pasarnos en medio de tantas cosas en qué pensar, tantos problemas qué enfrentar, tantos asuntos qué resolver y tantas cosas qué hacer ¡Hasta entrar en las redes sociales! ¡No queda tiempo para nada! Ni para escuchar y hablar con Dios, ni para dialogar con nosotros mismos, ni con los demás.

Entonces, arrastrados por esa vorágine, nos vamos alejando de Dios, de nosotros mismos, del esposo, de la esposa, de los hijos, de los papás, de los hermanos y de los que nos rodean. Comenzamos a no ver claro y a perder el rumbo. Las actividades y las cosas nos abruman. La rutina se vuelve insoportable. Nos sentimos cansados y solos. Crece el sentimiento de que los demás, Dios incluido, no nos comprenden, no valoran lo que hacemos, no se interesan por nosotros y no nos echan la mano. Nos enojamos cada vez más, hasta que explotamos y terminamos peleando con todos.

Al dejarse llevar por la actividad, el cansancio y el enojo, Marta comenzó a ver las cosas como no eran; sintió que Jesús y María estaban en su contra, y los atacó. Pero Jesús no se enganchó sino que la ayudó a elegir lo mejor haciéndole ver que en medio de las preocupaciones y ocupaciones no debemos olvidar que ante todo necesitamos de Dios, el único que puede darle sentido a todo y hacer nuestra vida eternamente feliz. Lo demás, por importante que sea, se termina.   

Por eso, como explica Teofilacto, el problema es dejarnos absorber por las cosas y las actividades[4]. Para que eso no nos suceda, la clave es escuchar, como señala el Papa[5]; escuchar a Dios, escucharnos a nosotros mismos y escuchar a los demás. De lo contrario, dispersos en todas direcciones, seremos vulnerables en todas partes, como advertía un estratega[6].

Eso fue lo que le pasó a Marta; al descuidar su relación con Dios, dañó su relación consigo misma y con su hermana. Aunque hacía las cosas con buena intención, perdió el control. Ya no supo comunicarse; en lugar de dialogar para resolver la situación, habló para desquitarse y reclamar. Y eso nos pasa a menudo; descuidando nuestra relación con Dios, vemos alteradas las cosas; miramos a la familia y a los demás como enemigos y les declaramos la guerra, peleando incluso por cosas sin importancia.

A lo mejor, absortos por el trabajo, las actividades e inquietudes, no nos hemos dado cuenta que quizá somos de los que hacen todo por su familia, menos estar con ella; de los que trabajan por los suyos, pero viven peleando con ellos; de los que dicen saber que Dios está en todas partes, pero no se acuerdan de él; de los que están tan lejos de sí mismos, que no descubren sus motivaciones reales y el sentido de la vida; de los que caminan mucho, sin pensar en la meta o si ese camino lleva a ella; de los que se preocupan por muchas cosas, y olvidan lo más importante: dejarse amar y dar amor.

Pero Jesús no nos abandona; viene a nosotros en su Palabra, sus sacramentos –sobre todo la Eucaristía–, la oración y el prójimo, para darnos vida eterna, enseñándonos que a ella se llega por el camino del amor, actuando honrada y justamente[7]. Recibámoslo, y en medio de las preocupaciones y las ocupaciones descubriremos, como san Pablo, que hasta con nuestros sufrimientos podemos echarle la mano a los demás y ayudarles a que juntos nos unamos a Dios[8]. Así estaremos eligiendo la mejor parte.

 

+ Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Gn 18,1-10.
[2] Cf. Angelus Domingo 18 de julio de 2010.
[3] Cf. De la ira y la clemencia, Editora de Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa, Veracruz, México, 2001, III, 10. p. 130.
[4] Cf. Catena Aurea, 10038.
[5] Cf. Angelus, Domingo 17 de julio de 2016
[6] Cf. SUN TZU, El Arte de la Guerra, Ed. Coyoacán, México, 2003, n. 6.15.
[7] Cf. Sal 14.
[8] Cf. 2ª Lectura: Col 1,24-28.

 

 

XV Domingo Ordinario, ciclo C

¿Quién es mi prójimo? (cf. Lc 10,25-37)

La vida es muy bonita, pero a veces nos asaltan enfermedades, penas y problemas que nos roban la autoestima y nos dejan sin ganas de seguir adelante. Y lo peor que puede pasarnos en esos momentos es sentirnos solos, pensar que nada tiene sentido y creer que no hay esperanza.

Pero Dios, nuestro Padre, nos echa la mano enviándonos a Jesús, quien, como señala san Agustín, es ese buen samaritano que al ver cómo el pecado nos despojó de la vida al alejarnos de Dios, se nos aproximó haciéndose uno de nosotros para curarnos derramando por amor su sangre en la cruz[1].

Así nos ha dado su Espíritu, nos ha unido a sí mismo y nos ha hecho hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eterna, que consiste en amar. Este amor, que Dios nos pide vivir en sus mandamientos, no es superior a nuestras fuerzas[2]. Por eso el Papa dice que cuando no sentimos las necesidades de los demás, algo no está funcionando en nosotros[3].

Solo amando vivimos conforme a nuestra naturaleza[4]. Solo amando nos realizamos. Solo amando construimos un mundo en el que haya comprensión, justicia, solidaridad, paciencia, ayuda mutua, progreso y perdón. Solo amando alcanzamos la eternidad. Por eso, así como Jesús se hizo nuestro prójimo[5], debemos hacernos prójimos de los demás.

¿Qué tan cercanos somos a la esposa, al esposo, a los hijos, a los papás, a los hermanos, a la suegra, a la nuera, a los vecinos, a los compañeros y a la gente más necesitada? ¿Somos sensibles a lo que sienten, a lo que sufren, a lo que sueñan? ¿Sentimos pasión por ellos? ¿Hacemos algo para ayudarles a tener una vida mejor?

San Juan Crisóstomo comenta que Jesús, el buen samaritano, después de revivirnos nos encomendó al cuidado de la Iglesia[6], que nos fortalece con la Palabra de Dios, los sacramentos, la oración y el amor al prójimo ¿Y saben qué? Que nosotros somos Iglesia; por tanto, debemos tomar conciencia que Jesús nos encomienda a los que nos rodean.

No pasemos de largo frente a la necesidad de amor, respeto y cercanía de la familia. No hagamos como que no vemos a quien sufre bullying, injusticia, falta de oportunidades, soledad, ignorancia, pobreza, violencia, adicciones, y a quien ha tenido que dejar su tierra en busca de un futuro mejor.

Pidamos a Dios, que es bueno[7], que nos ayude para que, como Jesús, nos hagamos prójimos de los demás, estando dispuestos a cambiar nuestros planes, a incomodarnos y a compartir nuestro tiempo, nuestra fe y nuestras cosas para levantar sus vidas. Y cuando él vuelva, podrá recompensarnos con la felicidad eterna ¡Vale la pena!

 

+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: Col 1,15-20.
[2] Cf. 1ª Lectura: Dt 30,10-14.
[3] Cf. Angelus, Domingo 10 de julio de 2016.
[4] Cf. SAN BASILIO, Catena Aurea, 10025.
[5] Cf. SAN AMBROSIO, Catena Aurea, 10029.
[6] Cf. SAN JUAN CRISÓSTOMO, SAN BEDA, SAN TEOFILACTO, Catena Aurea, 10029.
[7] Cf. Sal 68.

 

 

VII Congreso Eucarístico Nacional

Del 18 al 20 de septiembre del 2019 se llevará a cabo el VII Congreso Eucarístico Nacional con el lema: “PUEBLO DE DIOS: LEVÁNTATE Y COME, EL CAMINO ES LARGO” que se llevará a cabo en la ciudad de Mérida, Yucatán, con la finalidad de “reflexionar sobre la necesidad de profundizar y renovar constantemente la fe eucarística y proyectarla en acciones que favorezcan la vida pastoral a fin de continuar trabajando por la paz y la justicia que permitan una sociedad más fraterna y solidaria”.

Las Diócesis de nuestro país se preparan para ello, y se convoca tanto a laicos, vida consagrada y sacerdotes. Para inscribirse puede hacerlo con su delegado diocesano, en este caso, P. Gilberto Martínez de la Parroquia Cristo Rey en Reynosa, teléfono: (899) 920-3983

Mayores informes y dudas pueden ver el sitio propio del evento. “PUEBLO DE DIOS: LEVÁNTATE Y COME, EL CAMINO ES LARGO”.

https://cen2019.org.mx/

 

 

XIV Domingo Ordinario, ciclo C

El deseo de paz de ustedes se cumplirá (cf. Lc 10, 1-12. 17-20)

Todos soñamos con un mundo en paz ¿Verdad? Sin embargo, se necesita de muchos que trabajen para hacerlo realidad. Por eso, Jesús nos invita a pedir a Dios, creador de todo, que envíe trabajadores a sus campos. Y él lo hará, haciéndonos ver que, entre esos que envía, estamos también nosotros.

Por eso Jesús nos dice: “Pónganse en camino”; nos envía, como envió a los setenta y dos discípulos, a anunciar a la familia y a los que nos rodean, que en él Dios se ha hecho uno de nosotros para salvarnos y traernos la paz[1] ¿Cómo? Con el poder del amor, que en definitiva es Dios ¡Amando hasta dar la vida!

Por eso san Pablo dice: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”[2]. Porque en la cruz, máxima expresión de amor, que es darse a uno mismo, Jesús prueba que quien vive unido a Dios, que siempre nos saca adelante[3], puede amar, aún la peor de las circunstancias.

Con esta seguridad, él nos advierte que nos envía “como corderos en medio de lobos”. Así, previniéndonos que muchas veces el ambiente será difícil, nos pide no “engancharnos”, sino mantenernos limpios y buenos, como “corderos”, sin ceder a la tentación de convertirnos en “lobos”[4].

No “mutemos”; no nos volvamos “lobos”. No mordamos a los demás, devolviéndoles los insultos, hablando mal de ellos o desquitándonos del mal que nos hacen. No los devoremos, usándolos como si fueran objetos de placer de producción o de consumo.

Para tener la fuerza de mantenernos buenos como “corderos”, Jesús enseña que debemos confiar en Dios, más que en las propias fuerzas o recursos. A eso se refiere cuando dice que no llevemos dinero, ni morral, ni sandalias, como comenta san Gregorio[5].

Entonces, sin perder tiempo, como explica san Cirilo al interpretar la indicación de no detenernos a saludar por el camino[6], podremos cumplir la misión: entrar en la vida de los demás para comunicarles el amor de Dios, que nos da la paz.

Sí, Dios nos da la paz; la paz de unos con otros y la paz con nosotros mismos. Porque, como señala san Juan Crisóstomo, a veces hay guerra en nuestro corazón a causa de los malos deseos[7]. El Señor nos comunica su Espíritu de amor para que, amando, estemos en paz con nosotros mismos y llevemos paz a los demás, siendo comprensivos, justos, solidarios, pacientes, serviciales, perdonando y pidiendo perdón.

Claro que esto requiere dedicación, paciencia y constancia, porque quizá no lo consigamos en los primeros intentos. Es lo que Jesús enseña al indicarnos que no debemos ir de casa en casa; se trata de no interrumpir procesos, sino perseverar, manteniendo los vínculos de la amistad, como señala san Ambrosio[8]. De esta manera, seremos “caricia de Dios” para los demás y les podremos comunicar su paz.

Hagámoslo, fortalecidos por la Palabra de Dios, por sus sacramentos y por la oración. Y al tiempo de pedir al Señor que envié trabajadores a sus campos, recordemos que él nos envía a nosotros, como dice el Papa, a comunicar su amor[9]; ese amor que transforma el mundo y lo llena de paz.

 

+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Is 66,10-14.
[2] Cf. 2ª Lectura: Gál 6,14-18.
[3] Cf. Sal 65.
[4] Cf. San Gregorio, In Evang., hom. 17.
[5] Cf. San Gregorio, citado en Catena Aurea, 10003.
[6] Idem.
[7] Cf. In Epis. Ad Col. 3 et in Sal 124.
[8] Cf. Catena Aurea, 100005.
[9] Cf. Angelus, 3 de julio de 2016.

 

 

Estudios de verano que ofrece la Universidad del Noreste de México

La importancia del la formación permanente en el ser humano, de forma especial, con aquellos que tienen un servicio y encomienda para con los demás, hace que la Universidad del Noreste de México ofrezca recursos en diversas áreas y temas. Te invitamos para aprovechar estos cursos y talleres.