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Serán ordenados Diáconos y Sacerdotes

Mons. Eugenio Lira Rugarcía ordenará a tres seminaristas como diáconos, el miércoles 30 de septiembre de 2020 a las 11:00 am en la Rectoría de San Judas Tadeo, de la ciudad de Matamoros. Este mismo día, serán ordenados dos diáconos como sacerdotes a las 6:00 pm en la Parroquia de Guadalupe, en la ciudad de Reynosa, Tamaulipas. Ambas celebraciones serán trasmitidas por las redes sociales de la Diócesis de Matamoros, con el apoyo de la pastoral de la Comunicación.

Es una alegría para la comunidad diocesana estas ordenaciones, ya que son hombres elegidos al ministerio y consagrados al servicio de Dios y de la Iglesia, en un momento histórico donde se necesita, compartir la Palabra de Dios con más presencia y cercanía a cada persona.

Sigamos orando y apoyando a la casa de formación, el Seminario, espacio y lugar donde los padres formadores comparten su vida para forjar más y mejores sacerdotes, para gloria de Dios.

Homilía para el XXVI Domingo Ordinario, ciclo A

El segundo hijo se arrepintió y fue (cf. Mt 21, 28-32)

Dios, que nos ha creado, nos ama. Por eso envió a Jesús para que nos rescatara de nuestro pecado, nos compartiera su Espíritu, nos hiciera hijos suyos y nos mostrara el camino para unirnos a él y ser felices por siempre: vivir como nos enseña y trabajar como nos pide, en casa, en nuestros ambientes y en el mundo.

¿Qué le respondemos? Eso es lo que Jesús nos invita a examinar a través de la parábola de los dos hijos a los que el padre les pide trabajar en su viña. Así, al igual que hizo con los sumos sacerdotes y los ancianos, nos propone juzgarnos a nosotros mismos, como explica san Jerónimo[1]. Lo hace, porque es bondadoso y nos indica el camino[2].

¿Somos como el hijo que respondió “sí”, pero no hizo lo que el padre le pedía? Éste, como señala el Papa: “contradijo el decir con el hacer”[3]. Eso sucede cuando conocemos la Palabra de Dios, vamos a Misa y rezamos, pero no estamos dispuestos a ser coherentes, a comprender a los demás, a ser pacientes, solidarios y serviciales, a perdonarlos y a pedirles perdón. Esa era la situación de los sumos sacerdotes y los ancianos. “No estaban equivocados en el concepto –explica el Papa–, sino en el modo de vivir y pensar”[4].

¿Somos como el hijo que respondió “no”, pero se arrepintió e hizo lo que el padre le pidió? Éste, dice san Jerónimo, enmendó con sus obras su rebeldía[5]. “La clave –recuerda el Papa– es arrepentirse… transformar un no a Dios… en un [6]. Quien se arrepiente del mal que hizo y practica el bien, salva su vida[7]. Y practicar el bien es hacer lo que Dios nos pide: tener los sentimientos de Cristo, y buscar el interés de los demás[8].

Así supo hacerlo san Agustín, quien, habiendo sido educado desde pequeño en la fe, se alejó de Dios y comenzó a sentir vergüenza de no ser desvergonzado. “Anduve como despedazado –escribe– mientras lejos de ti vivía en la vanidad”[9]. Hasta que, guiado por el obispo san Ambrosio, descubrió la verdadera fe católica.

Entonces, tras muchas luchas interiores, le dijo “sí” a Dios, al que antes le había dicho “no”. “Tenía mayor poder sobre mí lo malo acostumbrado que lo bueno desusado”, reconoce. Pero confiando en la ayuda de Dios, decidió: “¿por qué no poner fin ahora mismo a todas mis maldades?”[10].

Unidos a Dios, construyamos la familia, la Iglesia y la sociedad que él quiere y todos soñamos. Si hasta ahora no lo hemos hecho, no nos quedemos estancados. Salgamos adelante, sabiendo escuchar, examinarnos, arrepentirnos y hacer el bien ¡Así escribiremos una nueva historia!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] En Catena Aurea, 5128.
[2] Cf. Sal 24.
[3] Homilía, 1 de octubre 2017.
[4] Ídem.
[5] Catena Aurea, 5128.
[6] Homilía, 1 de octubre 2017.
[7] Cf. 1ª Lectura: Ez 18, 25-28.
[8] Cf. 2ª Lectura: Flp 2,1-11.
[9] Confesiones, L II, III, 1; L III, VIII, 4.
[10] Ibíd., L VIII, XI, 1-3; XII, 1.

 

Homilía para el XXV Domingo Ordinario, ciclo A

Vayan también ustedes a mi viña (cf. Mt 20, 1-16)

Cipriano la pasaba bien; tenía dinero, placeres y prestigio social. Pero se dio cuenta que todo eso es superficial y pasajero, y que además, muchas cosas en el mundo andaban mal: la ambición de los que despojan a los pobres y no comparten nada con los necesitados, con sus amigos, ni con su propia familia; el enseñar que se puede hacer lo que no está bien:

“Cuanto más hábil en indecencias –comenta–, más aplausos recibe”[1]. Y comprendió las consecuencias: injusticia, corrupción, delincuencia, fraudes y guerras.

Pero a los 35 años encontró a Jesús a través de su Evangelio, y todo cambió: “Cuando me encontraba postrado en las tinieblas –escribe–, me parecía muy difícil hacer lo que la misericordia de Dios me proponía… Estaban demasiado arraigados en mí los errores de mi vida pasada… me arrastraban los vicios, tenía malos deseos… Pero con el bautismo… un segundo nacimiento me restauró… se hizo posible lo que creía imposible”[2]

Entonces comenzó a trabajar en la viña de Dios, amando y haciendo el bien. Y no se echó para atrás cuando, elegido sacerdote y luego obispo, tuvo que enfrentar dos persecuciones imperiales y la plaga de peste que asoló Cartago en el siglo III. “No hay medida alguna –decía– en los bienes que recibimos de Dios… Entonces podemos… ayudar a los que sufren… y construir la paz”[3].

San Cipriano nos demuestra que nunca es tarde para responder a la llamada de Dios, que viene permanentemente a nuestro encuentro y, como explica san Gregorio, nos invita, en cualquier etapa de la vida, a trabajar en su viña[4]. ¿Cuál viña? Nuestra familia, la Iglesia, la escuela, el trabajo, la ciencia, la tecnología, la economía, la política, la cultura, el arte, el deporte, el medioambiente, ¡el mundo entero!

Algunos comenzaron a trabajar en la viña de Dios a temprana edad, como santo Domingo Savio, santa Jacinta Marto y santa Laura Vicuña; otros en su adolescencia, como san José Sánchez del Río; otros en su juventud, como san Felipe de Jesús y santa Pelagia; y algunos siendo adultos, como santa Fabiola y san Ignacio de Loyola.

Nunca es demasiado temprano o muy tarde para trabajar en la viña de Dios, como enseña Jesús en la parábola de los trabajadores, donde, como señala el Papa, nos hace ver que Dios nos llama a todos y nos ofrece la misma recompensa: la salvación, la vida eterna, que él nos ha ganado con su encarnación, su vida, su pasión, su muerte y su resurrección[5].

Dios es bueno[6]. Escuchemos su invitación. Trabajemos en su viña viviendo como enseña el Evangelio: amando y haciendo el bien[7]. Y aunque el trabajo sea difícil y largo, tarde o temprano tendrá resultado. Porque así como aventajan los cielos a la tierra, así aventajan los caminos de Dios a los nuestros[8] ¡Conducen a una vida por siempre feliz!

Unidos al Señor a través de su Palabra, de sus sacramentos –sobre todo la Eucaristía–, y de la oración, trabajemos en casa y en nuestros ambientes, siendo comprensivos, justos, pacientes, solidarios, serviciales, perdonando y pidiendo perdón. Así recibiremos la recompenza de una vida plena en esta tierra y eternamente feliz en el cielo.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] A Donato, 8.
[2] Ibíd., 3-4.
[3] Ibíd., 5.
[4] Cf. Homiliae in Evangelia, 19,1.
[5] Cf. Ángelus, 24 de septiembre de 2017.
[6] Cf. Sal 144.
[7] Cf. 2ª Lectura: Flp 1, 20-24.27.
[8] Cf. 1ª Lectura: Is 55, 6-9.

 

Homilía para el XXIV Domingo Ordinario, ciclo A

¿Cuántas veces tengo que perdonar? (cf. Mt 18, 21-35)

León Tolstoi cuenta que dos niñas jugaban en un charco, cuando una de ellas, Melania, tropezó y manchó el vestido nuevo de su amiga Akutina, cuya mamá, al verla, le gritó enojada. Temiendo el regaño, Akutina dijo: “Ha sido Melania”. Entonces, la mujer le dió un coscorrón a Melania. Al ver esto, la mamá de la niña gritó: “¿Por qué le pegas a mi hija?”. Y las mujeres comenzaron a discutir y a insultarse. Llegaron los vecinos, y pronto todos gritaban y se emujaban.

Hasta que la abuela de Akulina se percató de que su nieta había limpiado su vestido y estaba jugando de nuevo con su amiga. Entonces dijo a la gente: “Están peleando por causa de estas dos niñas, cuando ellas se han olvidado de todo y juegan. Son más inteligentes que ustedes”[1].

Efectivamente, aquellas niñas fueron inteligentes; no dejaron que algo del pasado, que ya no se podía cambiar, arruinara su presente y cancelara su futuro. Perdonaron y siguieron adelante. Eso es a lo que nos invita Jesús. Porque él, que nos ama y ha dado la vida para perdonarnos y hacernos felices por siempre, no quiere que vivamos prisioneros del pasado, con la herida abierta y sangrante del rencor, que, como decía san Juan Pablo II, se convierte en fuente de venganza y de nuevas ruinas[2].

Sin duda, más de una vez nos han hecho daño. Y quizá uno muy grande. Pudo ser un familiar, la pareja, una amistad, un compañero, un maestro, un jefe u otra persona. A lo mejor lo hizo sin darse cuenta, o quizá con toda intención. Pero si dejamos que esa herida siga abierta, nos va a desgastar, nos va infectar de amargura, y hasta puede hacer salir la pus del odio y la revancha.

Cerremos esa herida con el perdón, aunque la cicatriz permanezca. Hagámoslo, teniendo presente que el perdón no niega la verdad y la justicia ¡La exigen! Esa verdad y esa justicia que nos permiten reconocer que muchas veces también nosotros hemos lastimado a otros, inconsciente o conscientemente. Y si somos capaces de ponernos en sus zapatos, de hacer nuestro el dolor que les provocamos, sentiremos la necesidad de ser perdonados.

Sí, muchas veces fallamos ¡Hasta a Dios lo hemos ofendido! Pero él no nos ha tratado como merecían nuestras culpas[3], sino que se hizo uno de nosotros en Jesús para rescatarnos del lío en que nos metimos, perdonándonos y uniéndonos a él, en quien somos felices por siempre. Y aunque volvamos a fallarle, siempre nos perdona y nos recuerda el camino de la dicha: amarnos los unos a otros, como él nos ha amado[4].

Dios nos ama y nos perdona. Así nos demuestra que es posible perdonar ¡Es por nuestro bien! Estamos de paso. Somos peregrinos hacia el cielo, a donde se llega por el camino del amor. Por eso el Sirácide aconseja: “Piensa en tu fin y deja de odiar… Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”[5].

Todos, como recuerda san Agustín, tenemos deudas con Dios, y a la vez, también con el prójimo[6]. Dios nos ha perdonado, porque nos ama ¡Querámonos también! No permitamos que los males del pasado nos amarguen el presente y el futuro. Vivamos la experiencia liberadora del perdón ¿Qué es difícil? ¡Claro! Pero es más difícil vivir con la herida abierta del rencor. Somos de Cristo[7], y si lo dejamos, él nos ayudará con la fuerza de su Espíritu a perdonar, como el Padre Dios nos perdona a nosotros.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Melania y Akutina, ciudadseva.com.
[2] Cf. Mensaje para la XXX  Jornada Mundial de la paz, 1997, 1 y 3.
[3] Cf. Sal 102.
[4] Cf. Aclamación: Jn 13, 34.
[5] Cf. 1ª Lectura: Ecl 27, 33-28,9.
[6] Sermón 83, 6.
[7] Cf. 2ª Lectura: Rm 14, 7-9.

 

Homilía para el XXIII Domingo Ordinario, ciclo A

Si tu hermano te escucha, lo habrás salvado (cf. Mt 18,15-20)

Todos cometemos errores, que siempre tienen alguna consecuencia. Y a veces lo hacemos sin darnos cuenta. Por eso, ¡cómo nos ayuda que nos lo hagan ver para corregirnos! Sin embargo, con frecuencia, ante los errores de los demás, para no meternos en líos, decimos: “cada quien su vida”. Pero, ¡cuidado! Porque eso deja ver que nos hemos contagiado de un virus peor que el coronavirus: el individualismo egoísta, que nos hace indiferentes hacia los demás y abandonarlos a su suerte.

Qué distinto es Dios, que al ver el lío que nos provocamos al desconfiar de él y pecar, con lo que abrimos las puertas del mundo al mal y la muerte, no dijo: “es su problema” ¡Al contario! Se hizo uno de nosotros en Jesús para, amando hasta dar la vida, rescatarnos del pecado, reunirnos en su Iglesia, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos suyos[1]. Así nos enseña que la única manera de participar de su vida por siempre feliz es amar y echarle la mano a los demás.

Por eso, como al profeta Ezequiel, nos dice: “te he constituido centinela”[2]. Un centinela es alguien que cuida, que protege, que alerta del peligro ¡Eso hace el que corrige! No se trata de “morder”, como explica san Agustín[3], sino de ayudar al otro a mejorar, con amor Ese amor que, como explica el Papa: “es como una anestesia que ayuda a recibir la cura y a aceptar la corrección”[4].                                               

“Quien ama a su prójimo –dice san Pablo– no le causa daño a nadie”[5]. Si descubrimos que un familiar, un amigo, un compañero o alguien está equivocando su camino y no le decimos nada, le hacemos daño. Y eso no es amor. Pero si al corregir lo hacemos hiriendo, también le causamos daño. Y eso tampoco es amor. Nunca corrijamos enojados, con coraje, con ganas de desquitarnos, porque vamos a lastimar.

Seamos delicados al corregir. Primero informémonos bien, no sea que reprendamos equivocadamente. Pidamos a Dios que nos ilumine. Busquemos las mejores palabras y el momento más oportuno. Hagámoslo en privado, con respeto y amabilidad. De lo contrario, el otro se sentirá agredido, se cerrará, y ya no podremos ayudarle. Por eso dice san Agustín: “Debemos corregir con amor: no deseando dañar, sino buscando la enmienda”[6].

Pero, ¿qué hacer si el otro sigue igual? No cerrar el corazón[7]. Buscar con prudencia a otros que le puedan echar la mano; un amigo o alguien al que le tenga confianza. Y si ni esto resulta, pidamos juntos a Dios por él, como hizo santa Mónica por su hijo san Agustín, quien luego pudo confesar al Señor: “sacaste mi alma de una profundidad tan oscura… habiendo mi madre derramado delante de ti lágrimas por mí” [8].

Preocupémonos por los demás. No olvidemos que un mundo diferente no se construye con gente indiferente[9]. Ayudémonos mutuamente, con amor. Que nuestra Madre, Refugio de los pecadores, nos obtenga de su Hijo la valentía de hacerlo así, teniendo presente aquello que decía san Agustín: “hagamos juntos el bien en el campo del Señor, para disfrutar juntos de su recompensa” [10].

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Aclamación: 2 Cor 5,19.
[2] Cf. 1ª Lectura: Ez 33,7-9.
[3] Cf. Sermones, 82,1,4.
[4] Cf. Homilía del 12 de septiembre de 2014 en Santa Marta.
[5] Cf. 2ª Lectura: Rm 13,8-10.
[6] Sermón 82, 4.
[7] Cf. Sal 94.
[8] Confesiones, Libro III, XI, 19.
[9] Cf. The Stars and Stripes, Hash Marks, 1944 January 11, Quote Page 2, Column 2, London, Middlesex, England. (NewspaperArchive), en https://quoteinvestigator.com/2014/07/30/different/.
[10] Sermón 82, 4.

 

Homilía para el XXII Domingo Ordinario, ciclo A

El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo (cf. Mt 16,21-27)

Todos queremos que nos vaya bien, salir adelante y ser felices. Pero en esa búsqueda no faltan quienes nos hacen creer que sólo le va bien al que puede disfrutar de todos los placeres; que para salir adelante se vale usar a los demás; y que ser feliz es ser reconocido como alguien que tiene las cosas que quiere y sabe salirse con la suya. Pero, ¿eso es todo? ¿Cuánto va a durar? ¿Y después?

En el fondo nos damos cuenta que estamos hechos para algo más. Y Dios, que nos ha creado y nos ama, nos ayuda a alcanzarlo; se hace uno de nosotros en Jesús para liberarnos de las cadenas del pecado –con las que nosotros mismos nos apresamos–, compartirnos su Espíritu y unirnos a él, en quien somos felices para siempre ¿Y cómo lo hace? Con el poder del amor; entregándose por entero.

Por eso Jesús anuncia a sus discípulos que tendrá que padecer, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Así nos demuestra que quien ama no se da a medias, sino que está dispuesto a darlo todo con tal de dar vida verdadera, vida plena, vida eterna. Nos enseña que quien ama, lo hace hasta el extremo, a pesar de que tenga que ir contracorriente en un mundo que piensa de otra manera[1].

Pedro, aunque era bueno, haciéndose portavoz de ese mundo, trató de disuadirlo. Pero Jesús, que, como dice san Hilario, conoce el origen de las intrigas[2], lo ayudó a darse cuenta de que estaba siendo engañado por el demonio ¡Cuántas veces nos pasa igual! El demonio es tan listo, que nos hace creer que los criterios del mundo son ley: “piensa solo en ti”, “si amas te romperán  corazón”, “a la pareja, ni todo el amor, ni todo el dinero”, “el que no tranza, no avanza”.

Para que no nos confundamos, Jesús nos hace ver que el único camino hacia una vida plena y eterna es el amor. Y a fin de que tengamos la fuerza necesaria para amar, nos invita a ir con él, que está presente en su Palabra, en la Liturgia y en el prójimo. Así, con su ayuda, podremos salir de la prisión del egoísmo, “tomar nuestra cruz”, es decir, amar de verdad, y seguirlo, dejándonos transformar por una nueva manera de pensar para distinguir la voluntad de Dios, lo que es bueno: amar y hacer el bien[3].

“Este estilo de vida –comenta el Papa– nos salvará… Otras alegrías… estropean la vida[4].
Así lo entendió san Agustín, que entonces pudo confesar: “Señor… tu mano… me sacó de lo profundo de la muerte en que estaba sumergido… dejé de querer lo que antes quería, y quise lo que Tú querías… Tú, que eres lo más sublime, aunque no para aquéllos que se tienen por grandes a sí mismos” [5].

Dios nos ha creado para lo grande. No nos conformemos con menos. No nos resignemos a empeñar nuestra vida en placeres fugaces y éxitos efímeros. No nos dejemos enredar por los que, como emisarios del diablo, nos dicen que amemos a medias. Decidámonos a amar de verdad, procurando que lo que pensemos, decidamos, digamos y hagamos, transforme vidas y haga el bien a la familia y a los demás. Así podremos saciarnos de lo mejor[6].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Jer 20, 7-9.
[2] Cf. In Matthaeum, 16.
[3] Cf. 2ª Lectura: Rm 12, 1-2.
[4] Homilía, 6 de marzo de 2014, en Santa Marta.
[5] Confesiones, Libro IX, Capítulo I, 1.
[6] Cf. Sal 62.

 

Bendición de la Capellanía Covid-19 en nuestra Diócesis

Es un tiempo difícil para todos y en especial para nuestros hermanos enfermos, el personal sanitario, sus familias y para todos los que sufren en esta pandemia del Covid-19.

Jesús nos invita a través de su Palabra, para ir al encuentro de los demás y atendiendo a este llamado, nuestra Diócesis, encabezada por Mons. Eugenio Lira Rugarcía, preparó un equipo de sacerdotes que estarán atentos de las necesidades espirituales en los hospitales. Este ministerio se llama Capellanía Covid-19.

Estas capellanías estarán sirviendo en las ciudades de Matamoros, Reynosa y Valle Hermoso. Para ello, el Señor Obispo, ha bendecido el personal de los hospitales que ha visitado: Seguro Social en Matamoros y el Centro Internacional Médico, Hospital General y Hospital Santander en Reynosa, Hospital General en Valle Hermoso. Sigamos en oración y en la acción.

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Homilía para el XXI Domingo Ordinario, ciclo A

Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (cf. Mt 16, 13-20)

Dios, de quien todo proviene y a quien todo se dirige[1], ha venido a nuestro encuentro haciéndose uno de nosotros en Jesús. Lo ha hecho porque nos ama y se interesa por nosotros. Así lo demuestra Jesús al preguntar a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”.

Él nos enseña que quien ha tenido la dicha de encontrarlo, debe ir al encuentro de los demás. Porque, como dice el Papa, sin saber lo que la gente piensa, terminamos aislándonos y juzgando a los que nos rodean[2].

¿Sabemos qué sienten, qué piensan y qué están viviendo la esposa, el esposo, los hijos, los papás, los hermanos, la novia, el novio, los amigos, los vecinos, los compañeros, los que tratan con nosotros y los más necesitados? ¿Percibimos lo que nos dicen a través de sus palabras, de su mirada, de sus gestos y de sus silencios? ¿Nos interesa hacerlo?

Los discípulos, que habían aprendido de Jesús, con sus respuestas, demostraron que estaban abiertos; que habían salido al encuentro de la gente. Entonces, él les lanzó otra pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”.

También nos lo pregunta a nosotros. Así nos invita a encontrarnos con nosotros mismos y ver qué hay en nuestro corazón; a descubrir qué sentimos, qué pensamos, qué creemos y qué esperamos.

¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué significa en mi vida? La respuesta es vital, porque de ella depende la manera en que comprenda a Dios, en que me comprenda a mí mismo, a los demás, al mundo, la vida y la orientación que le dé a mi existencia.

Si estamos abiertos y sabemos encontrarnos con los demás y con nosotros mismos, entonces seremos capaces de dejarnos encontrar por Dios y recibir la luz de su Espíritu que nos ayuda a decir con Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

¡Sí!, Jesús es Dios, que se ha hecho uno de nosotros para, con el poder del amor, amando hasta dar la vida, liberarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y unirnos al Padre, que nos hace felices para siempre.

Esa es la fe sobre la cual se edifica la Iglesia, como explica san Juan Crisóstomo[3]. Esa Iglesia, cuerpo de Cristo, en la que nos unimos a Dios y nos hacemos hijos suyos, hermanos unos de otros. Y aunque los que la formemos tengamos defectos y tentaciones, y en el mundo enfrentemos penas y problemas, “los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella”, porque el amor, que en definitiva es Dios, triunfa eternamente[4].

Con esta confianza, dejémonos guiar por el Papa, sucesor de Pedro, a quien Dios le ha confiado llevarnos al encuentro con él[5], por el camino del amor. Y amando y haciendo el bien, compartamos con todos nuestra fe en Jesús, el Hijo de Dios, nuestro salvador, conscientes de que de eso depende el presente y el futuro de la humanidad.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: Rm 11,33-36.
[2] Cf. Homilía, 10 de noviembre de 2015.
[3] Cf. Homiliae in Matthaeum, hom. 54,2.
[4] Cf. Sal 137.
[5] Cf. 1ª Lectura: Is 22,19-23.

 

Homilía para el XX Domingo Ordinario, ciclo A

Mujer, ¡qué grande es tu fe! (cf. Mt 15, 21-28)

Ubicarse es fundamental. Porque solo el que sabe dónde está, recuerda de dónde viene y puede ver hacia donde va. Eso hizo la mujer cananea. No pretendió ser lo que no era, ni exigió lo que no era suyo. Se ubicó.

Por eso, reconociendo que solo Dios podía ayudarla, acudió al encuentro de Jesús para pedirle misericordia, como hace notar san Juan Crisóstomo[1].

Sí, aquella mujer fue al encuentro de Jesús. También nosotros, en este “Año del Encuentro”, estamos llamados a encontrarnos con Dios, que en Jesús viene a nosotros, para así encontrarnos con nosotros mismos y con los demás. Para eso, debemos aprender de la mujer del Evangelio, que supo ubicarse.

Quizá nos cueste entenderlo, porque tendemos a encerrarnos tanto en nosotros mismos, que, creyendo que lo merecemos todo, usamos a los demás para tenerlo ¡Hasta pensamos que tenemos derecho de exigirle a Dios que haga lo que queremos, como lo queremos y cuando lo queremos!

Pero en realidad, lo que somos y poseemos es un regalo. Es Dios quien nos ha creado. Y aunque desconfiamos de él y pecamos, con lo que abrimos las puertas del mundo al mal y la muerte, nos rescató enviando a su Hijo, quien, amando hasta dar la vida, nos ha liberado del pecado, nos ha compartido su Espíritu, nos ha reunido en su Iglesia, y nos ha hecho hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eterna.

¡Todo es un regalo! La vida, el cuerpo, las emociones, la inteligencia, el espíritu, la voluntad, la familia, los amigos, la sociedad, lo que tenemos, la tierra, la salvación, el don del Espíritu Santo, la Iglesia, la esperanza de la dicha sin final ¡Todo! ¿Podemos exigirle algo a Dios?

La mujer cananea lo entendió. Por eso no se enojó cuando Jesús no le contestó. No hizo berrinche, ni mandó todo a volar, sino que perseveró confiando en su misericordia, como lo expresó al decir: “Señor, también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Así reconocía que es de Dios de quien nos vienen todos los bienes, aunque no los merezcamos. Entonces Jesús le respondió: “¡Qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en ese mismo instante quedó curada su hija.

El Papa señala que la insistencia de aquella mujer en invocar la ayuda de Jesús nos estimula a no desanimarnos[2]. Ella nos enseña cuatro cosas: amor, humildad, confianza y perseverancia. Fue el amor a su hija lo que la movió. Fue la humildad la que le permitió ubicarse y reconocerse necesitada de ayuda. Fue la confianza en el amor gratuito y generoso de Dios que se manifestaba en Jesús lo que la llevó a pedir algo que no podía exigir. Y fue la perseverancia la que le hizo alcanzar lo que buscaba.

Que el amor sea lo que motive nuestros deseos y nos haga velar por los derechos de los demás[3]. Que la humildad nos haga reconocer que muchas veces hemos sido rebeldes, pero que necesitamos de Dios, quien a pesar de nuestras fallas, siempre tiene misericordia con nosotros[4]. Que, fiados en su amor gratuito y generoso, no nos cansemos de pedirle que tenga piedad y nos bendiga[5].

Aunque parezca que las penas y los problemas en nuestra vida, en casa y en el mundo son más fuertes que nosotros, y que Dios no nos escucha, no nos demos por vencidos; sigamos pidiéndole que nos ayude y hagamos lo que nos toca, recordando aquello que decía san Cesáreo: “¿Con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar?”[6].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Homiliae in Matthaeum, hom. 52,1.
[2] Cf. Ángelus, 20 de agosto 2017.
[3] Cf. 1ª Lectura: Is 56,1.6-7.
[4] Cf. 2ª Lectura: Rm 11,13-15.29-32.
[5] Cf. Sal 66.
[6] Sermón 25.

 

Homilía para el XIX Domingo Ordinario, ciclo A

“Ánimo. Soy yo. No tengan miedo” (cf. Mt 14, 22-33)

Muchas veces nos sentimos como en una barca en medio de una tempestad: crisis personales, enfermedades, penas y problemas en casa, la escuela, el trabajo, angustias económicas ¡Y ahora una pandemia! Y aunque nos agarremos fuerte, la agitación es tan grande que sentimos que nos caemos ¡Hasta parece que la barca se hunde!

¿Y Dios? Él no nos abandona. Viene a nosotros en Jesús para echarnos la mano a través de su Palabra, de sus sacramentos, de la oración, del prójimo y de los acontecimientos. Sin embargo, a veces nos dejamos ofuscar y no lo reconocemos ¡Hasta lo confundimos con algo irreal! Pensamos que de nada sirve que haya venido y entregado su vida para salvarnos, porque la tormenta sigue igual y hasta peor.

Pero pensando así nos negamos la oportunidad de recibir su ayuda para salir adelante y llegar a la meta: la casa del Padre, donde tendremos paz para siempre[1]. Por eso, por nuestro bien, aprendamos a percibir la presencia de Dios, que se manifiesta de manera suave y eficaz, como comprobó el profeta Elías[2].

Así lo descubrió Pedro. Y, como señala san Jerónimo, fiado en que con el poder de su Maestro sería capaz de hacer lo que no podía con sus propias fuerzas[3], le pidió que le mandara ir hacia él caminando sobre el agua. ¡Pidámoselo también! Creyendo en él y haciendo del amor el criterio que guíe nuestra forma de pensar, de decidir, de hablar y de actuar, podremos caminar por encima de las dificultades personales, familiares, económicas y sociales que tanto nos preocupan.

Eso no quiere decir que las penas y los problemas vayan a calmarse. Mientras Pedro avanzaba, el viento seguía empujándolo, tanto, que se dejó dominar por el miedo y comenzó a hundirse. También puede sucedernos. Pero Pedro volvió a pedir ayuda. “Tuvo miedo –comenta san Agustín– pero puso su esperanza en el Señor”[4]. Y Jesús lo escuchó.

Si al sentir la presión de un mundo que nos empuja en sentido contrario al amor, hemos dudado de Jesús y de su camino, y nos hemos empezado a hundir en el egoísmo, en una relación insana y en actitudes negativas, pidamos a Jesús que nos rescate, dispuestos a vivir como enseña, aunque los vientos sigan siendo contrarios. 

“Nunca se suelten de la mano de Jesucristo –aconseja el Papa–… y, si se apartan, se levantan y sigan adelante. Él comprende lo que son estas cosas”[5]. Y como Jesús, seamos comprensivos y echémosle la mano a los demás, como supo hacerlo san Pablo[6]. Quizá nos fallen. Quizá aquellos que ayudamos con mucho sacrificio comiencen a hundirse. Pero al igual que Jesús ha hecho y hace con nosotros, no los abandonemos.

Tendámosle la mano a la esposa, al esposo, a los hijos, a los papás, a los hermanos, al resto de la familia, a los amigos, a los vecinos, a los compañeros y a los que más lo necesitan. Así, juntos, aún en medio de la tormenta, podremos sortear las dificultades, salir adelante y arribar al puerto de la felicidad eterna en Dios.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

Le Radeau de la Méduse/Théodore Géricault/
Louvre/Wikipedia/CC

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[1] Cf. Sal 84.
[2] Cf. 1ª Lectura: I Re 19,9.11-13.
[3] En Catena Aurea, 4422.
[4] Sermones, 76,8.
[5] Encuentro con los jóvenes, Morelia, 16 de febrero de 2016.
[6] Cf. 2ª Lectura: Rm 9,1-5.

 

Obispo de Matamoros visitó damnificados en Reynosa

“Cuando nos unimos, Dios multiplica el bien que podemos hacer” expresó Mons. Eugenio Lira Rugarcía en su visita a los hermanos damnificados por el paso del huracán Hanna, en la colonia Nuevo Amanecer de ciudad Reynosa, Tamaulipas, el domingo 2 de agosto por la tarde.

Acompañado de laicos voluntarios, religiosas y sacerdotes, el Señor Obispo agradeció a todas las personas de buena voluntad, familias, comercios y empresas que han donado gran cantidad de alimento, artículos de aseo personal y de casa, para tantas personas que prácticamente, lo perdieron todo.

Recorrió varias colonias, distribuyó despensas entre las familias, platicó con los colonos y rezó con ellos, bajo un sol veraniego y un panorama desolador, sin embargo, se vieron rostros de esperanza, de fe y de mucha gente que mencionó: “saldremos adelante”.

Sigamos siendo solidarios donando a los centros de acopio, apoyando como voluntarios, teniendo presentes en nuestras oraciones a tantos hermanos en esta situación desprotegida y que unidos, Dios siga multiplicando lo que de corazón podemos ofrecer.

 

Centros de acopio

#Reynosa

◾Casa del Migrante
◾Parroquia Ntra. Sra. Guadalupe (Centro)
◾Parroquia Cristo Rey (La Petrolera)
◾Parroquia San Martín (Juárez 5)
◾Parroquia San Pedro y San Pablo (Pedro J. Méndez)
◾Parroquia Sagrados Corazones (Jarachina Sur)

#RíoBravo

◾Parroquia Ntra. Sra de San Juan de los Lagos

#Matamoros

◾Parroquia Ntra. Sra. de Guadalupe (Euzkadi)
◾Secretariado de Pastoral Social (Laguna Leona #49)

 

Texto/Imagen: @DiócesisMat-Comunicación

 

Homilía para el XVIII Domingo Ordinario, ciclo A

Denles ustedes de comer (cf. Mt 14, 13-21)

Decía san Agustín:

“Tenía hambre intensa de un alimento interior que no era otro sino tú, mi Dios”[1]. Esa hambre la tenemos todos; “hambre de vida –dice el Papa–, hambre de amor, hambre de eternidad”[2]. Y para que no gastemos lo mejor de nosotros en lo que no alimenta, Dios, que nos ha creado y nos ama[3], nos dice: “Vengan a mí”[4]. Y para que podamos ir a él, él mismo ha venido a nosotros en Jesús.

Por eso la gente lo seguía. Sin duda, aquellas personas tenían otras necesidades; pero por encima de ellas, tenían una más grande y profunda, de la que todo depende: necesidad de la palabra de Dios[5]; de esa palabra que nos descubre que somos infinita en incondicionalmente amados, que todo tiene sentido, que estamos llamados a la plenitud sin final, y que nos muestra el camino hacia esa meta inigualable.

Aunque se hacía tarde, la gente seguía ahí, comprobando que nada puede apartarnos del amor de Cristo[6], que nos conoce, que sabe lo que necesitamos, que nos echa la mano, y que nos invita a hacer lo mismo con los demás. Por eso, cuando los discípulos intentaron desentenderse de la gente y dejar que cada uno se las arreglara como pudiera, les dijo: “Denles ustedes de comer”. También nos lo repite hoy frente a la familia, hambrienta de fidelidad y de cariño; frente a los vecinos, a los compañeros y la gente más necesitada, hambrienta de respeto y solidaridad.

Quizá sintamos que nuestros recursos son pocos para tantas necesidades. Pero si ponemos todo de nuestra parte, Dios hará que el bien que podemos hacer se multiplique. San Jerónimo hace notar que Jesús multiplica los panes y los peces por la tarde[7]; a la hora en que habría de dar la vida en la cruz para multiplicar la nuestra. Así nos hace ver que la clave para multiplicar es el amor.

Los apóstoles lo experimentaron. Ellos, que haciendo caso a Jesús distribuyeron un alimento que sació a muchos, comprobaron después como él, una vez resucitado y enviándolos a anunciar el Evangelio, “desenvolvió con abundancia –dice san Hilario– lo que antes poseían”[8]. ¡El Evangelio ha llegado al mundo entero!

También lo comprobó Ignacio de Loyola, un hombre vanidoso y dado a los placeres, que después de darse cuenta de que cuando deseaba seguir a Cristo sentía paz y que cuando pensaba volver a una vida de egoísmo, aunque por momento sentía gusto, terminaba vacío, se planteó: “¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?” [9].

Así, con la ayuda de Dios, se decidió a cambiar. Y aunque tuvo que enfrentar enfermedades, problemas y hasta la pandemia de la peste, confiando en Jesús, puso todo de su parte, hasta que con diez compañeros fundó la Compañía de Jesús, a la que pertenece el Papa Francisco. Cuando san Ignacio fue llamado a la eternidad, los jesuitas eran más de mil, esparcidos por Europa, Oriente y Occidente, y dirigían veintidós colegios, dos universidades y numerosas obras de promoción humana y social.

De sus compañeros, varios han sido proclamados santos: como san Pedro Fabro y san Francisco Javier. Y el bien que él hizo a ellos y a muchos otros, se sigue multiplicando a través de los Ejercicios Espirituales que nos dejó, y que tanto bien nos han hecho a muchas personas a lo largo de los siglos.

Dios puede multiplicar más de lo que pensamos el bien que podemos hacer. Solo se requiere que confiemos en él y pongamos de nuestra parte. Si lo hacemos, veremos las maravillas que Dios es capaz de hacer en nosotros y a través de nosotros.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Confesiones, Libro III, Cap I, 1.
[2] Homilía en la Solemnidad de Corpus Christi, 19 de junio de 2014.
[3] Sal 144.
[4] Cfr. 1ª. Lectura: Is 55,1-3.
[5] Aclamación: Mt 4,4.
[6] Cfr. 2ª. Lectura: Rm 8, 35.37-39.
[7] Cf. Catena Aurea, 4415.
[8] In Matthaeum, 14
 [9] De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Goncalves de labios del mismo santo, Cap I, 5-9