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II Domingo de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia 2021

Dichosos los que creen sin haber visto (cf. Jn 20,19-31)

¡Jesús ha resucitado! Sin embargo, quizá, como los discípulos, todavía estemos encerrados en nosotros mismos, sintiendo que es demasiado arriesgado amar a Dios y confiar en él, y amar al prójimo, siendo comprensivos, justos, pacientes, solidarios, serviciales, perdonando y pidiendo perdón en casa y en nuestros ambientes. Pero una existencia clausurada por el temor, no es vida.

Por eso, a pesar de nuestras cerrazones, Jesús viene a nosotros para liberarnos del temor mostrándonos sus heridas, con las que nos hace ver que somos infinita e incondicionalmente amados ¡Él nos ha amado hasta dar la vida! Y ahora, resucitado, nos da la paz de saber que el amor, que en definitiva es Dios, vence al pecado y la muerte, y hace triunfar para siempre el bien y la vida.

Deseoso de que podamos participar de su vida plena y eterna, comunicándonos la fuerza de su Espíritu de amor, Jesús nos comparte la misión que el Padre le confió: amar y hacer el bien, a pesar de que encontremos cerrazones, como la de Tomás, que por más que los discípulos le compartían la alegría vital de la resurrección de Jesús, no creía.

Pero Jesús no se hartó, ni mandó a volar a Tomás ¡Su misericordia es eterna[1]! Por eso, como dice san Juan Crisóstomo: “Porque Tomás lo pidió, el Señor… no le desoyó”[2]; se presentó a los ocho días en medio de la comunidad y le hizo tocar las señales del amor que hace la vida por siempre feliz. Entonces Tomás, liberándose del temor y resucitando a la vida plena y eterna del amor[3], confesó: “Señor mío y Dios mío”.

“Sólo… faltaba, Tomás –comenta el Papa–, pero el Señor lo esperó. La misericordia no abandona a quien se queda atrás” [4]. Aunque a veces nos caigamos y nos quedemos atrás, Dios nos ayuda, porque nunca deja de amarnos ¡Siempre está dispuesto a echarnos la mano a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas! Y nos invita a que, como él, le echemos la mano a los demás.

Quizá, como santa Faustina, lleguemos a quejarnos de que algunos abusen de nuestra bondad. “No te fijes en eso –le respondió Jesús–, tú sé siempre misericordiosa con todos”[5]. ¿Porqué lo dice? Porque él sabe que el amor, que nos hace capaces de buscar la unidad y de compartir nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestras cosas para que nadie pase necesidad[6], es el auténtico poder capaz de hacer resucitar nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestra sociedad y nuestro mundo.

¡Confiemos en Jesús! ¡Dejémosle que nos libere de la cerrazón del egoísmo y del temor! En este Domingo de la Divina Misericordia, experimentemos la seguridad y la paz que él nos da, escuchando cómo nos repite aquello que dijo a santa Faustina: “El alma que confía en Mí misericordia es la más feliz porque Yo mismo tengo cuidado de ella… Mi amor no desilusiona a nadie” [7].

 

+ Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal 117.
[2] In Ioannem, hom. 86.
[3] Cf. 2ª Lectura: 1 Jn 5,1-6.
[4] Santa Misa de la Divina Misericordia, II Domingo de Pascua, 19 de abril 2020.
[5] Diario, 1446.
[6] Cf. 1ª Lectura: Hch 2, 42-47.
[7] Diario, 1273 y 29.

 

Papa Francisco: la Pascua da esperanza

Este Domingo de Resurrección, en una mañana soleada y fresca y en medio del cierre casi total de las actividades en Italia a causa de la pandemia, el Papa Francisco dice: “Hoy resuena en cada lugar del mundo el anuncio de la Iglesia: “Jesús, el crucificado, ha resucitado, como había dicho. Aleluya”.

El anuncio de la Pascua no es un espejismo o una vía de escape

Francisco, en el mensaje con motivo de la bendición Urbi et Orbi, insistió en que el anuncio de la Pascua no muestra un espejismo o una fórmula de escape ante la situación que estamos viviendo: “La pandemia todavía está en pleno curso, la crisis social y económica es muy grave, especialmente para los más pobres; y a pesar de todo —y es escandaloso— los conflictos armados no cesan y los arsenales militares se refuerzan. Este es el escándalo de hoy”.

“El anuncio de Pascua recoge en pocas palabras un acontecimiento que da esperanza y no defrauda: “Jesús, el crucificado, ha resucitado”. No nos habla de ángeles o de fantasmas, sino de un hombre, un hombre de carne y hueso, con un rostro y un nombre: Jesús”, afirmó el Obispo de Roma.

Dios resucitó a su hijo porque cumplió su voluntad de salvación

“Dios Padre resucitó a su Hijo Jesús porque cumplió plenamente su voluntad de salvación: asumió nuestra debilidad, nuestras dolencias, nuestra misma muerte; sufrió nuestros dolores, llevó el peso de nuestras iniquidades. Por eso Dios Padre lo exaltó y ahora Jesucristo vive para siempre, es el Señor”, afirmó el Romano Pontífice.

Cristo resucitado es esperanza

Francisco prosiguió afirmando que las llagas en las manos, pies y costado de Jesús, “estas heridas son el sello perpetuo de su amor por nosotros”.

El resucitado, subraya Francisco, es esperanza para todos los que sufren a causa de la pandemia, para los enfermos y para los que han perdido un ser querido. “Que el Señor dé consuelo y sostenga las fatigas de los médicos y enfermeros. Todas las personas, especialmente las más frágiles, precisan asistencia y tienen derecho a acceder a los tratamientos necesarios”. Seguidamente el Pontífice llamó a continuar con el proceso de vacunación: “en el espíritu de un “internacionalismo de las vacunas”, insto a toda la comunidad internacional a un compromiso común para superar los retrasos en su distribución y para promover su reparto, especialmente en los países más pobres”.

Cristo resucitado es consuelo

El Papa recogió las duras condiciones de vida que viven quienes han perdido el trabajo o están en problemas económicos. “Que el Señor inspire la acción de las autoridades públicas para que todos, especialmente las familias más necesitadas, reciban la ayuda imprescindible para un sustento adecuado. Desgraciadamente, la pandemia ha aumentado dramáticamente el número de pobres y la desesperación de miles de personas”.

Seguidamente, pidió por Haití: “Y precisamente al querido pueblo haitiano se dirige en este día mi pensamiento y mi aliento, para que no se vea abrumado por las dificultades, sino que mire al futuro con confianza y esperanza”.  A continuación, el Papa dijo: “Y les digo que mi pensamiento va especialmente a ustedes, queridos hermanos y hermanas haitianos: estoy cerca de ustedes, estoy cerca de ustedes, y quisiera que los problemas se resolvieran definitivamente para ustedes. Rezo por ello, queridos hermanos y hermanas haitianos”.

El resucitado, esperanza para los jóvenes

Francisco expresó: “Jesús resucitado es esperanza también para tantos jóvenes que se han visto obligados a pasar largas temporadas sin asistir a la escuela o a la universidad, y sin poder compartir el tiempo con los amigos. Todos necesitamos experimentar relaciones humanas reales y no sólo virtuales, especialmente en la edad en que se forman el carácter y la personalidad”.

Igualmente, el Papa expresó su cercanía a todos los jóvenes del mundo, particularmente a “los de Myanmar, que están comprometidos con la democracia, haciendo oír su voz de forma pacífica, sabiendo que el odio sólo puede disiparse con el amor”.

El Resucitado, fuente de renacimiento para los emigrantes

“Que la luz del Señor resucitado sea fuente de renacimiento para los emigrantes que huyen de la guerra y la miseria. En sus rostros reconocemos el rostro desfigurado y sufriente del Señor que camina hacia el Calvario. Que no les falten signos concretos de solidaridad y fraternidad humana, garantía de la victoria de la vida sobre la muerte que celebramos en este día” afirmó el Papa. A continuación, agradeció la solidaridad de Líbano y Jordania porque reciben a tantos refugiados que han huido del conflicto sirio.

Agradecimiento a los pueblos que acogen a migrantes

El Papa también pidió por el pueblo del Líbano y dijo: “Que el pueblo libanés, que atraviesa un período de dificultades e incertidumbres, experimente el consuelo del Señor resucitado y sea apoyado por la comunidad internacional en su vocación de ser una tierra de encuentro, convivencia y pluralismo”.

Acallar las armas

El Papa pidió por Siria, “donde millones de personas viven actualmente en condiciones inhumanas”. También pidió por Yemen: “cuyas vicisitudes están rodeadas de un silencio ensordecedor y escandaloso y por Libia: “donde finalmente se vislumbra la salida a una década de contiendas y enfrentamientos sangrientos”. Francisco llama a todas las partes involucradas a cesar el sufrimiento de estos pueblos y a permitir que “los pueblos devastados por la guerra vivan en paz”.

Francisco expresó sus deseos para que los Palestinos e israelíes “vuelvan a encontrar la fuerza del diálogo para alcanzar una solución estable, que permita la convivencia de dos Estados en paz y prosperidad”.

El Obispo de Roma hizo memoria de Iraq, país que visitó recientemente y dijo: “pido pueda continuar por el camino de pacificación que ha emprendido, para que se realice el sueño de Dios de una familia humana hospitalaria y acogedora para todos sus hijos”.[1]

Francisco también dirigió su mirada hacia África, donde algunos países “ven su futuro amenazado por la violencia interna y el terrorismo internacional” y citó a Sahel y Nigeria, la región de Tigray y Cabo Delgado. Pidió que se continúen los esfuerzos por encontrar soluciones pacíficas a los conflictos, respetando los derechos humanos y la sacralidad de la vida.

“Todavía hay demasiadas guerras, demasiada violencia en el mundo”

“Que el Señor, que es nuestra paz, nos ayude a vencer la mentalidad de la guerra”, dijo Francisco y pidió para que los prisioneros de los conflictos en Ucrania oriental y en Nagorno-Karabaj, que puedan volver sanos y salvos con sus familias. También pidió para al Señor que “inspire a los líderes de todo el mundo para que se frene la carrera armamentista”.

El Obispo de Roma recordó que el 4 de abril se celebra el Día Mundial contra las minas antipersona, artefactos que calificó como “artefactos arteros y horribles que matan o mutilan a muchos inocentes cada año (…) ¡Cuánto mejor sería un mundo sin esos instrumentos de muerte!”

El Papa expresó sus deseos “para todas las restricciones a la libertad de culto y de religión en el mundo, sean eliminadas y que cada uno pueda rezar y alabar a Dios libremente”.

Francisco terminó su alocución con las siguientes palabras: A la luz del Señor resucitado, nuestros sufrimientos se transfiguran. Donde había muerte ahora hay vida; donde había luto ahora hay consuelo. Al abrazar la Cruz, Jesús ha dado sentido a nuestros sufrimientos. Y ahora recemos para que los efectos beneficiosos de esta curación se extiendan a todo el mundo. ¡Feliz Pascua, serena y santa a todos!

 

[1] Cf. Encuentro Interreligioso en Ur (6 marzo 2021).

VaticanNews

¿Por qué recorrer siete iglesias en Jueves Santo?

El recorrido de las siete iglesias en la noche del Jueves Santo –que en algunos lugares se extiende a la mañana del Viernes Santo– es sin duda una de las tradiciones más comunes de la Semana Santa en toda América Latina. Estas visitas, y la oración en cada una de ellas, simbolizan el acompañamiento de los fieles a Jesús en cada uno de sus recorridos desde la noche en que fue apresado hasta su crucifixión. A continuación el sentido de cada uno de los 7 recorridos:

1. Primera iglesia

En la primera iglesia se recuerda el trayecto de Jesús desde el Cenáculo, en donde celebra la Última Cena con sus discípulos, hasta el huerto de Getsemaní en donde ora y suda sangre.

2. Segunda iglesia

En la segunda se medita sobre el paso desde el huerto de Getsemaní hasta la casa de Anás, donde fue interrogado por este y recibe una bofetada.

3. Tercera iglesia

En la tercera iglesia, la oración se centra en el recorrido de Jesús hasta la casa de Caifás, lugar donde recibió escupitajos, insultos y sufrió dolores durante toda la noche.

4. Cuarta iglesia

El centro de la reflexión para la cuarta iglesia es la primera comparecencia de Jesús ante Pilatos, el gobernador romano de la región. Allí Jesús fue acusado por los judíos que levantaron falsos testimonios contra él.

5. Quinta iglesia

En la quinta iglesia se acompaña al Señor en su comparecencia ante el rey Herodes, quien junto con sus guardias también lo injurian.

6. Sexta iglesia

 En la sexta iglesia se medita sobre la segunda comparecencia ante Pilatos y cuando Jesús fue coronado con espinas y condenado a muerte.

7. Séptima iglesia

En el último templo recordamos el recorrido de Cristo desde la casa de Pilato hasta el Monte Calvario llevando la cruz a cuestas, su muerte y su paso al sepulcro, de donde resucita al tercer día.

Esta meditación se hace de manera especial y más intensa durante la oración del Vía Crucis, el Viernes Santo.

 

ACIPrensa

Mons. Eugenio Lira visitará hospitales de Reynosa en Viernes Santo

El Viacrucis para la Semana Santa 2021 en Reynosa, lo presidirá Mons. Eugenio Lira, Obispo de Matamoros, visitando los hospitales por cada estación del rezo, trasladándose en caravana, donde una de las camionetas tendrá una cruz alusiva a esta devoción popular. Para este tiempo de pandemia, en lugar de representarse, como tradcionalemnte se hacía caracterizando a los personajes, y evitando las aglomeraciones, se pensó de esta forma (caravana) para estar cercano de quienes sufren en estos momentos en cada hospital.

Se iniciará a las 9 am teniendo como inicio del Viacrucis el Hospital Materno Infantil (carretera Reynosa-Monterrey). Dios bendiga nuestros enfermos.

#AñoDelEncuentro DiócesisMat

Misa Crismal desde la Catedral de Matamoros

A las 11 de la mañana del 31 de marzo del 2021 todos los sacerdotes concelebrarán esta Misa presidida por Mons. Eugenio Lira,en la Catedral de Matamoros, donde renovarán sus promesas sacerdotales y se bendecirán los aceites sagrados de todo el año, que se utilizarán en los sacramentos (bautismo, confirmación, unción de los enfermos)

#AñoDelEncuentro DiócesisMat

Homilía para el Domingo de Ramos

Lo entregó para que lo crucificaran (cf. Mc 15, 1-39)

No me enojo, ¡me hacen enojar! No chismeo, ¡me hacen hablar! No soy vicioso ni infiel, ¡me hacen caer! No soy rencoroso, ¡pero el que me la hace me la paga! No soy tramposo, ¡pero el que no tranza no avanza! Quiero a mi familia, ¡pero hay cosas más divertidas! Me dan pena los pobres, ¡pero no soy beneficencia! Me preocupan México y el mundo, ¡pero qué puedo hacer!

¿Cuántas veces hemos escuchado cosas como éstas? ¡Hasta las hemos pensado, dicho y hecho! Pero es muy peligroso, porque así corrompemos nuestra identidad y perdemos el control de nosotros mismos, de nuestra familia y del mundo, dejándonos arrastrar quién sabe a dónde y quién sabe por quién, hasta extraviarnos.

¡Qué diferente es Jesús! Él sí sabe quién es: Dios, hecho uno de nosotros para cumplir la misión que el Padre le ha confiado[1]: entrarle al mundo, que a raíz del pecado que cometimos se descompuso, para restaurarlo, mejorarlo y llevarlo a su plenitud sin final, de la única manera que es posible: amando y haciendo el bien.

Y aunque la tarea no fue fácil, Jesús no se echó para atrás[2]. No dejó de amar y hacer el bien, a pesar de las incomprensiones, las traiciones, el abandono, las envidias, los chismes, las burlas, las injusticias de las autoridades religiosas y civiles, la violencia, la ingratitud de la gente y hasta insultos de los que estaban crucificados con él.

¡No permitió que nada corrompiera su identidad! ¡No dejó que nada lo arrastrara y le hiciera perder el control! En los peores momentos permaneció fiel a quien era y a su misión, confiando en Dios y pidiéndole su ayuda para seguir adelante y llevarnos a la meta: ser por siempre felices con él[3].

Aunque le gritaban: “¡sálvate a ti mismo y baja de la cruz!”, no lo hizo. Como explica san Teofilacto, Jesús sabía que detrás de esas palabras estaba el demonio, que, consciente de que en la cruz, es decir, en el amor a Dios y al prójimo, está la salvación, trataba de engañarlo[4].

Ahora nos toca hacer nuestra parte. Para eso, como Jesús, conservemos nuestra identidad ¡Somos imagen y semejanza de Dios! ¡Somos hijos suyos en el Hijo! ¡En nosotros habita su Espíritu! Como nuestro Padre, que es amor, amemos y hagamos el bien. Así iremos mejorando y ayudaremos a que todo mejore en casa y en el mundo.

No renunciemos a amar y hacer el bien, a pesar de las enfermedades, de las penas, de los problemas, de los chismes, de las ingratitudes, de las traiciones, de las burlas. Y como Jesús, “cuando nos encontremos en un callejón sin salida –dice el Papa– …y parezca que ni siquiera Dios responde… recordemos que no estamos solos” [5].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: Flp 2, 6-11.
[2] Cf. 1ª Lectura: Is 50, 4-7.
[3] Cf. Sal 21.
[4] Cf. en Catena Aurea, 7529.
[5] Homilía Domingo de Ramos, 5 de abril 2020.

 

Día Mundial del Agua: “no desperdiciar y contaminar”

En un mensaje a nombre del Papa Francisco y firmado por el Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado Vaticano, con motivo del Día Mundial del Agua, el Pontífice reitera el valor de este recurso indispensable, la urgencia de modificar los estilos de vida y el lenguaje para la tutela y la necesidad de una colaboración global para permitir una justa distribución de este recurso.
 

Ciudad del Vaticano

“Para garantizar el justo acceso al agua es de vital urgencia actuar sin dilación, para acabar de una vez por todas con su desperdicio, mercantilización y contaminación. Es más necesaria que nunca la colaboración entre los Estados, el sector público y privado, así como la multiplicación de iniciativas por parte de los Organismos intergubernamentales”, lo dijo el Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado Vaticano, en el Mensaje enviado a nombre del Papa Francisco con motivo del Día Mundial del Agua 2021.

Sin agua no habría vida

En el Mensaje, el Cardenal Secretario de Estado puso en evidencia el tema elegido para el Día Mundial del Agua de este año: “Valorar el agua”. El mismo que nos invita a ser más responsables en la tutela y utilización de este elemento tan fundamental para la preservación de nuestro planeta. “Sin agua – precisa el Cardenal Parolin – no habría habido vida, ni centros urbanos, ni productividad agrícola, forestal o ganadera. Con todo, este recurso no ha sido cuidado con el esmero y la atención que merece. Desperdiciarlo, desdeñarlo o contaminarlo ha sido un error que continúa repitiéndose también en nuestros días”.

Todos tienen derecho a acceder al agua

En nuestro tiempo, en la era del progreso y de los avances tecnológicos, señala el Secretario de Estado, el acceso al agua potable y segura no está al alcance de todos. El Santo Padre nos recuerda que el agua es “un derecho humano básico, fundamental y universal,  […]condición para el ejercicio de los demás derechos humanos”; un bien al que todos los seres humanos, sin excepción, tienen derecho a acceder de forma adecuada, de modo que puedan llevar una vida digna. De manera que “este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarle el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable”.

Fenómenos que perjudican la calidad del agua

A esta triste realidad, precisa el Cardenal Parolin, se añaden hoy los nocivos efectos del cambio climático: inundaciones, sequías, aumento de las temperaturas, variabilidad repentina e impredecible de las precipitaciones, deshielos, disminución de las corrientes de los ríos o agotamiento de las aguas subterráneas. “Todos estos fenómenos – subraya el Purpurado – perjudican y merman la calidad del agua y, por consiguiente, impiden una vida serena y fecunda. También contribuye a este estado de cosas la difusión de la cultura del descarte y la globalización de la indiferencia, que llevan al hombre a sentirse autorizado para saquear y esquilmar la creación”. Sin olvidar la actual crisis sanitaria, que ha agrandado las desigualdades sociales y económicas existentes, poniendo en evidencia el daño causado por la ausencia o la ineficiencia de los servicios hídricos entre los más necesitados.

Terminar con la contaminación de las fuentes de agua

Por ello, pensando en cuantos hoy carecen de un bien tan sustancial como el agua, así como en las generaciones que nos sucederán, recuerda el Cardenal Parolin, invito a todos a trabajar para terminar con la contaminación de los mares y los ríos, de las corrientes subterráneas y los manantiales, a través de una labor educativa que promueva el cambio de nuestros estilos de vida. la búsqueda de la bondad, la verdad, la belleza y la comunión con los demás hombres en aras del bien común. Que sean estos los planteamientos que determinen las opciones del consumo, del ahorro y de las inversiones.

Hacer un uso sensato del agua

En este sentido, “Valorar el agua”, como reza el tema de este año, significa, por tanto, cambiar nuestro propio lenguaje. En lugar de hablar de su “consumo”, debemos referirnos a su “uso” sensato, en función de nuestras necesidades reales y respetando las de los demás. Porque si alguien tiene agua de sobra, y sin embargo la cuida pensando en la humanidad – nos dice el Santo Padre – es porque ha logrado una altura moral que le permite trascenderse a sí mismo”. Si vivimos con sobriedad y ponemos en el centro de nuestros criterios la solidaridad, emplearemos el agua racionalmente, sin despilfarrarla inútilmente, y podremos compartirla con quienes más la necesitan.

Un recurso esencial para la vida

Además, “Valorar el agua” puede significar igualmente reconocer que la seguridad alimentaria y la calidad del agua están íntimamente vinculadas entre sí. De hecho, este recurso juega un papel esencial en todos los aspectos de los sistemas alimentarios: en la producción, procesamiento, preparación, consumo y, en parte, también en la distribución de alimentos. El acceso al agua potable y al saneamiento adecuado reduce el riesgo de contaminación de los alimentos y de propagación de enfermedades infecciosas, que afectan al estado nutricional y a la salud de las personas. Muchas, si no la mayoría, de las patologías provocadas por alimentos se originan, de hecho, en la mala calidad del agua utilizada en su producción, procesamiento y preparación.

Es necesaria la colaboración entre los Estados

Finalmente, el Secretario de Estado dijo que, para garantizar el justo acceso al agua es de vital urgencia actuar sin dilación, para acabar de una vez por todas con su desperdicio, mercantilización y contaminación. Es más necesaria que nunca la colaboración entre los Estados, el sector público y privado, así como la multiplicación de iniciativas por parte de los Organismos intergubernamentales. Es igualmente urgente una cobertura jurídica vinculante, un apoyo sistemático y eficaz para que a todas las zonas del planeta llegue, en cantidad y calidad, el agua potable.

VaticanNews/Texto-Foto

 

Homilía para el V Domingo de Cuaresma ciclo B, 2021

Si el grano de trigo, sembrado en la tierra, muere, producirá mucho fruto
(cf. Jn 12, 20-33)

“Queremos ver a Jesús” ¡Qué gran deseo! Porque “ver”, como explica el Papa, es llegar hasta lo íntimo de la persona[1]. De eso se trata; de no quedarnos en la superficie, de llegar a lo más profundo de Jesús y encontrarnos con Él, que nos libera de la soledad, que nos responde sobre el sentido de la vida, de las alegrías, de las penas, y de la muerte, y que nos hace ver cómo ser felices por siempre.

Precisamente para eso, siendo Dios, creador de todas las cosas, se ha “sembrado en la tierra”, haciéndose uno de nosotros, dispuesto a amar hasta dar la vida en la cruz para producir mucho fruto ¿Y cuál es ese fruto? Liberarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eterna[2].

Por eso Jesús dice que, levantado de la tierra, nos atrae hacia sí. Porque en la cruz nos demuestra cuánto nos ama. Porque en la cruz nos ofrece un amor perfecto, incondicional, sin límites y sin final. Él, como dice san Beda, se encarnó para que, muriendo, resucitase multiplicando[3]. ¡Nos convierte en pueblo de Dios, en familia de Dios![4].

¡Ha llegado la hora! La hora del amor. La hora de encontrarnos con Dios y descubrir que Él es el mismísimo amor. La hora de encontrarnos con nosotros mismos y descubrirnos incondicional e infinitamente amados. La hora de ir al encuentro de los demás, y compartirles ese amor, aunque a veces amar sea difícil, porque implica hacer cosas que quizá no nos gustan tanto y renunciar a otras que sí nos gustan.

¿Cuáles? Ser más comprensivos y menos impositivos. Dedicar más tiempo a la familia y menos a las diversiones. Ser respetuosos y no entrarle a los chismes o al bullying en casa, en la escuela o en el trabajo. Ser justos y decir “no” a las trampas o a los negocios “chuecos”. Participar más en la vida social y política, y ser menos apáticos. Ayudar, ser caritativos con los necesitados, perdonar, pedir perdón, hacer el bien, incluso a los que no queremos y a los que no nos quieren.

Jesús mismo reconoció que tenía miedo al pensar en lo que tendría que soportar por amor. Pero no se echó para atrás; confiando en Dios vio más allá de lo inmediato, puso sus ojos en la meta, y siguió adelante ¡Hagámoslo también!

Pidámosle que nos purifique de nuestros pecados y nos dé su salvación[5], por medio de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas. Así tendremos la fuerza para responder, con nuestra forma de ser, de hablar y de actuar, al deseo de aquellos que, sedientos de amor y de una vida mejor, quieren, a través de nosotros, ver a Jesús.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Ángelus, 18 de marzo de 2018.
[2] Cf. 2ª Lectura: Hb 5, 7-9.
[3] Cf. Catena Aurea, 13220.
[4] Cf. 1ª Lectura: Jr 31, 31-34.
[5] Cf. Sal 50.

 

Homilía para el IV Domingo de Cuaresma ciclo B, 2021

Dios envió a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por Él (cf. Jn 3, 14- 21)

En nuestro camino de preparación para vivir la Pascua de Cristo, este IV Domingo de Cuaresma, llamado “Laetare”, nos invita a la alegría. Pero, ¿podemos alegrarnos, a pesar de nuestras debilidades y errores, de las penas, los problemas y ahora una pandemia que nos ha cambiado la existencia, se ha llevado a muchos y nos amenaza de muerte?

La respuesta nos la da Jesús conversando con Nicodemo, a quien ayuda para que no titube más, no se deje arrastrar por el ambiente y dé el salto de fe, haciéndole ver, lo mismo que hoy a nosotros: que somos infinita e incondicionalmente amados por Dios; tanto, que ha entregado a su Hijo para que tengamos vida eterna ¡Ese es el motivo de nuestra alegría!

Jesús no ha venido a condenar, sino a salvar. No viene a echarnos en cara nuestros errores y dejarnos igual ¡Al contrario! Así como Dios liberó a Israel de la esclavitud y lo reconstruyó por medio de Ciro, rey de Persia[1], Él mismo se ha hecho uno de nosotros en Jesús y nos ha amado hasta dar la vida en la cruz para resucitarnos de la muerte del pecado y reservarnos un sitio en el cielo[2].

“Dios –dice el Papa– es más grande que nuestras debilidades, nuestras infidelidades, nuestros pecados… tomemos al Señor de la mano… y sigamos adelante[3]. Eso es lo que Jesús nos pide: que creamos en Él. Que no prefiramos las tinieblas. Que no nos resignemos a vivir en el “exilio” del pecado, buscando otra alegría que no sea Dios[4]. Que no permitamos que la soberbia personal ame, como decía san Agustín: “una parte del todo haciendo de ella un falso todo”[5].

Actuemos conforme a la verdad y acerquémonos a Dios. “Él, –confiesa san Agustín– es el lugar de la paz imperturbable… Encomienda a Dios todo lo que de él has recibido, con la seguridad de que nada habrás de perder: florecerá en ti lo que tienes podrido… Lo que hay en ti de fugaz y perecedero será reformado y adecuado a ti; las cosas no te arrastrarán hacia donde ellas retroceden, sino que permanecerán contigo y serán siempre tuyas, en un Dios estable y permanente”[6].

Dejémosle a Dios que nos abrace y nos salve a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y del prójimo. Así recibiremos su Espíritu de Amor para vivir como hijos suyos, imitando a Jesús, que no vino a condenar sino a salvar. No condenemos a la esposa, al esposo, a los hijos, a los papás, a los hermanos, a los compañeros, a la Iglesia, a la sociedad y a los necesitados. Como Jesús, con el poder del amor, que es comprensivo, justo, paciente, solidario, servicial y capaz del perdón, construyamos una familia y un mundo en el que todos podamos vivir con dignidad, realizarnos y alcanzar la salvación. 

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: 2 Cr 36, 14-16. 19-23.
[2] Cf. 2ª Lectura: Ef 2, 4-10.
[3] Cf. Ángelus 11 de marzo 2018.
[4] Cf. Sal 136.
[5] Confesiones, III, 4, 8.
[6] Ibíd., IV, 11, 1.

 

Unidos por el bien común

Ciudad de México, a 11 de marzo del  2021.
Prot. Nº22/21

Vivimos una época convulsa en la historia de la humanidad y del país. La Iglesia, que peregrina atendiendo las necesidades de pobres, enfermos y los más vulnerables, palpa la realidad de millones de personas que están experimentando dolor y confusión en el contexto presente.

Caminamos junto con el pueblo de Dios enfrentando una situación crítica: la enfermedad y muerte a causa de la pandemia por COVID 19 y el escaso índice de vacunación; la crisis económica que ha detonado desempleo, mayor pobreza y marginación social; el flagelo del crimen organizado que diariamente cobra vidas y dinamita el crecimiento de las regiones; así como el rezago educativo que enfrentan las niñas, niños y jóvenes.

Este panorama con múltiples frentes, nos obliga a unirnos como País para caminar juntos en la construcción del bien común, así como priorizar los esfuerzos y concentrarnos en lo esencial.

Por esta razón, los Obispos mexicanos deseamos enviar un mensaje a toda la sociedad, a las instancias de los tres poderes de la Unión, a las instituciones políticas, empresariales, educativas, religiosas y sociales que dan vida a nuestro país, a todos los actores que desde distintas trincheras están preocupados por el presente y el futuro de México.

Hemos conocido, en las últimas semanas, diversas iniciativas legislativas que parecen no atender, ni entender, la gravedad de la situación. Impulsando agendas ideológicas que deberían exigir una discusión social pausada y responsable, así como una fundamentación mucho más sólida, basada en la inalienable dignidad de toda persona; por el contrario, han ido recibiendo aprobación en el proceso legislativo en el Congreso, sin tener un consenso social amplio y un cimiento técnico riguroso.

Con gran preocupación advertimos que, en una situación como la presente, se pretendan introducir modificaciones en la Constitución y en leyes secundarias, que abran las puertas a la ampliación de la práctica del aborto, a la restricción del derecho a la libertad de religión, de conciencia y de expresión, a limitar peligrosamente el ejercicio de la patria potestad, a intervenciones biotecnológicas en el ámbito reproductivo, al consumo lúdico de la marihuana, entre otros asuntos más.

Exhortamos de la manera más firme y atenta a todos los actores sociales y políticos a que reconsideren sus prioridades. A nadie conviene tener en estos momentos a un México dividido y fracturado por temas que exigen un debate social ordenado, paciente, respetuoso y bien fundamentado. En momentos como los actuales es preciso, trabajar por la fraternidad, la amistad social y la unidad nacional. Recordando que nadie se salva solo, que únicamente es posible salvarse juntos (FT 32).

Invitamos a todos los hombres y mujeres de nuestra Nación a mirar que hay causas más grandes que nuestras diferencias por las que vale la pena luchar en éste y en los próximos años. No saldremos adelante fracturando a nuestras familias y comunidades sino tendiendo puentes solidarios y fraternos de reconciliación. El tejido social no se reconstruye alimentando espirales de tensión y de presión, sino con compromiso firme a favor de lo esencial, de las verdaderas prioridades de una Nación que se desangra.

Rogamos a Santa María de Guadalupe para que, dejando orgullos, egoísmos y vanidades, trabajemos como hermanos mirando siempre las causas más altas que pueden rescatarnos en esta ardua coyuntura tan necesitada de esperanza y generosidad auténtica.

A nombre de los obispos de México.

 ✠ Rogelio Cabrera López
    Arzobispo de Monterrey
  Presidente de la CEM

✠Alfonso G. Miranda Guardiola
Obispo Auxiliar de Monterrey
Secretario General de la CEM