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Inició presbiterio de Matamoros semana de estudio en línea

Del 18 al 22 de enero, sacerdotes de la Diócesis de Matamoros junto con el Sr. Obispo Mons. Eugenio Lira, tendrán una semana para estudiar y reflexionar sobre la Iglesia y los medios de comunicación.
 
Por la mañana de este lunes, mediante la plataforma de zoom, se tuvieron dos intervenciones, la primera con el Lic. Jorge Zarza, quien invitó a los sacerdotes para aprovechar mejor los medios para comunicar, y en un segundo momento, el Pbro. Lic. José Juan Montalvo, mencionó claves para trabajar en redes sociales.
 
Oramos por nuestro Obispo y sacerdotes, para que Dios les ilumine en estos días y continúen su misión a ejemplo de Jesucristo, perfecto comunicador.
 

Lic. Jorge Zarza

P. José Juan Montalvo

 

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2021

Un “día importante”: así es como el Papa preanunció, al final del Ángelus, el hodierno comienzo de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, invitando a todos a rezar concordes para que se cumpla “el deseo de Jesús”: “Que todos sean uno” (Jn 17, 21). “La unidad, que siempre es mayor que el conflicto”. Este año, el tema que acompañará los días de la Semana, que tradicionalmente se celebra entre la fiesta de la Cátedra de San Pedro y la de la Conversión de San Pablo, se basa en la admonición de Jesús: “Permaneced en mi amor y daréis fruto en abundancia “, tomada del Evangelio de Juan (Jn 15, 5-9). La celebración cae todos los años del 18 al 25 de enero en el hemisferio norte, mientras que en el sur, donde el mes de enero es un período de vacaciones, las Iglesias lo celebran en otras fechas, por ejemplo en Pentecostés (sugerido por el movimiento Fe y Constitución de 1926), un período igualmente simbólico para la unidad de la Iglesia. En Roma será el Papa, como de costumbre, quien cerrará la Semana el 25 de enero en la Basílica de San Pablo Extramuros presidiendo la celebración de las Vísperas junto con los representantes de las demás Comunidades Cristianas.

Las raíces del movimiento ecuménico

Es necesario volver a los años alrededor del 1740 en Escocia para trazar el nacimiento de un movimiento pentecostal con vínculos en América del Norte, cuyo nuevo mensaje para la renovación de la fe llama a rezar por y con todas las Iglesias. En ese momento fue el predicador evangélico Jonathan Edwards quien pidió un día de oración y ayuno por la unidad, para que las Iglesias pudieran encontrar su impulso misionero común. Con un salto a 1902, llegamos a la fecha en que el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Joaquín III, escribió la encíclica patriarcal y sinodal Carta irenica, en la que invitaba a orar por la unión de los creyentes en Cristo. Unos años más tarde, en 1908, el reverendo Paul Wattson instituyó, y celebró por primera vez en Graymoor (Nueva York), un “Octavario de Oración por la Unidad”, del 18 al 25 de enero, con la esperanza de que se convirtiera en una práctica común.

Calendario de la semana 2021

Durante los ocho días, se nos invita a meditar y orar sobre las diferentes pistas sugeridas por los versos del conocido pasaje de la vid y las ramas del evangelista Juan. El primer día, Llamados por Dios: “No me elegisteis vosotros a mí, fuiyo quien os elegía vosotros” (Juan 15, 16a). El segundo, Madurar internamente: “Permaneced unidos a mí, como yo lo estoy a vosotros” (Juan 15, 4a). El tercero, Formar un solo cuerpo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Juan 15, 12b). El cuarto día se reflexionará sobre el profundo significado de rezar juntos: Orar juntos: “Ya no os llamaré siervos … A vosotros os llamo amigos” (Juan 15, 15). El quinto día se centrará en dejarse transformar por la Palabra: Dejarse trasformar por la Palabra: “Vosotros ya estáis limpios por la palabra…”(cf. Juan 15, 3). En el sexto día habrá espacio para el tema de la acogida: ” Acoger a los demás: “Poneos en camino y dad fruto abundante y duradero” (cf. Juan 15, 16b). El séptimo, Crecer en unidad: “Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos” (Juan 15, 5a). Para concluir, en el octavo, “Para que participéis en mi alegría y vuestra alegría sea completa” (Juan 15, 11).

 

Antonella Palermo – Ciudad del Vaticano

Homilía para el II Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B (2021)

Hemos encontrado al Mesías (cf. Jn 1, 35-42)

Andrés y el otro discípulo eran como nosotros: gente con virtudes y defectos, alegrías y penas, planes y problemas, temores y sueños. Pero sobre todo, eran buscadores de vida plena y eterna. Y sabían que sólo en Dios la podían encontrar. Por eso lo buscaban, dispuestos a dejarse ayudar para encontrarlo.

De ahí que, reconociendo en el Bautista a un enviado del Señor, se hicieron discípulos suyos. Y efectivamente, Juan era un hombre de Dios, que no buscaba tener un club de admiradores, sino orientar a los demás al encuentro con el Señor, como hizo Elí con Samuel[1]. Por eso, cuando llegó Jesús, les hizo ver que era a él a quien buscaban.

¡Sí! Jesús es aquel a quien buscamos. Porque en él, Dios, creador amoroso e inteligente de cuanto existe, origen, sostén, meta y plenitud de todas las cosas, se ha hecho uno de nosotros y ha venido a nuestro encuentro, para, amando hasta dar la vida, liberarnos del pecado que cometimos, compartirnos su Espíritu de Amor y unirnos a él, que hace la vida feliz para siempre.

Escuchando a Juan, Andrés y el otro discípulo siguieron a Jesús, quien al verlos les preguntó: “¿Qué buscan?”. Ellos, manifestándole su decisión de ser discípulos suyos, contestaron: “¿Dónde vives, Maestro?”. A lo que él respondió: “Vengan a ver”. Así, como señala el Papa, Jesús los introdujo en el misterio de la Vida[2]; los hizo partícipes de su Espíritu de Amor para compartirles la felicidad sin final de ser hijos de Dios, que consiste en amar con la totalidad de nuestro ser, incluido nuestro cuerpo[3].

También a nosotros nos comparte esta dicha, total y sin final, uniéndonos a él a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y del prójimo. Si lo sabemos encontrar ahí, que es donde vive, nos llenaremos de tal manera de su amor que lo desbordaremos, sintiendo la necesidad de compartirlo con los demás. Porque quien encuentra a Dios ama; y porque ama, procura la salvación de todos, como dice san Beda[4].

Así lo hizo Andrés: fue con su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”, y lo llevó con Jesús. Andrés empezó por casa. Ahí debemos comenzar también nosotros. Vayamos al encuentro de la familia, de los amigos, de los vecinos, de los compañeros y de cuantos podamos, y llevémoslos al encuentro de Jesús ¿Cómo? Cumpliendo la voluntad de Dios[5], que nos pide amar y hacer el bien.

Amemos y hagamos el bien. Como san Antonio Abad, que vivía de tal manera que la gente lo llamaba “amigo de Dios” y lo quería como a un hijo o a un hermano[6]. O como el beato Carlo Acutis, un adolescente nacido en 1991, que con su testimonio, evangelizando a través de los medios digitales y ayudando a inmigrantes, discapacitados y pobres, logró que muchos, comenzando por su mamá, encontraran a Jesús. Hagámoslo también, teniendo presente aquello que Carlo decía: “Nuestra meta debe ser el infinito, no lo finito”.

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: 1 Sam 3, 3b-10.19.
[2] Cf. Santa Misa con sacerdotes, consagrados, religiosas y seminaristas, Morelia, 16 de febrero de 2016.
[3] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 6, 13c-15a.17-20.
[4] Cf. Catena Aurea, 12141.
[5] Cf. Sal 39.
[6] Cf. San Atanasio, Vida de san Antonio, Cap. 1.

 

Homilía de nuestro Obispo para el domingo del bautismo del Señor, ciclo B 2021

“Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias” (cf. Mc 1,7-11)

Todos queremos realizarnos y ser felices. Pero en esa búsqueda, a veces nos dejamos deslumbrar por personas a las que idealizamos y seguimos: influencers, artistas, deportistas, luchadores sociales, ideólogos, políticos, gente carismática con algún liderazgo religioso, u otros. Sin embargo, esto tiene siempre un riesgo: elegir mal, cometer errores, decepcionarnos y terminar en un callejón sin salida.

Juan el Bautista, que era un hombre de Dios, lo sabía. Por eso fue honesto con sus seguidores. No se dejó ganar por el deseo de tener influencia y poder sobre ellos, sino que, cumpliendo su misión, les dijo: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo”. Así los orientó hacia aquel que todos debemos seguir: Dios, que ha venido a nosotros en Jesús.

Y para que a todos nos quede claro, cuando Jesús salió del agua después de hacerse bautizar por Juan para inaugurar el Bautismo, se abrieron los cielos, descendió sobre él el Espíritu Santo, y el Padre, creador inteligente y amoroso de todas las cosas, hizo oír su voz[1], diciendo: “Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”.

¡Qué presentación! Ya no hay duda. Ya no necesitamos andar buscando. Jesús es el verdadero líder al que debemos seguir. El auténtico modelo al que debemos imitar. Porque él, que confía en el Padre y cumple su voluntad, es el único que puede liberarnos del pecado, causa de todos los males, unirnos a Dios y hacernos felices para siempre.

¡Nadie puede ofrecernos algo así! ¡Nadie! ¿Y cómo lo logra Jesús? No gritando, regañando o imponiéndose, como hace notar el Papa[2]. No buscando sólo a los buenos, ni esperando a que todo sea ideal, sino amando y haciendo el bien[3], entrándole con todo, hasta dar la vida, dispuesto a buscar el poquito bien que quizá haya en nosotros, y partir de ahí para sacarnos adelante[4]

¡Ese es el estilo de Jesús para mejorarnos a nosotros, mejorar al mundo, y ofrecernos un futuro! Y nos propone que sea nuestro estilo también. Porque a partir de nuestro Bautismo, él nos liberó del pecado y nos unió a su cuerpo, la Iglesia, para hacernos hijos de Dios, compartiéndonos su Espíritu de Amor para que colaboremos en la misión que el Padre le confió: salvar al mundo.

Empecemos en casa y en nuestros ambientes, descubriendo, como dice el Papa, lo mucho que vale toda persona, siempre y en cualquier circunstancia[5], y tratemos bien a todos, dándole la mano al que peca y, como dice san Jerónimo, ayudando al prójimo a llevar su carga[6].

Fortalecidos con la gracia que Dios nos ofrece a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y del prójimo, aprendamos a ver la chispa de bien que siempre hay en las personas y en los acontecimientos, aunque sea muy pequeña, y hagámosla crecer, amando y haciendo el bien, para orientar a todos hacia Jesús, que hace realidad nuestro anhelo de realización y felicidad, sin límites y sin final.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Sal 28.
[2] Cf. Ángelus 8 de enero de 2017.
[3] Cf. 2ª Lectura: Hch 10, 34-38.
[4] Cf. 1ª Lectura: Is 42, 1-4.6-7.
[5] Cf. Fratelli tutti, 106.
[6] Cf. Citado en Catena Aurea, 4214.

 

Homilía de nuestro Obispo para la epifanía del Señor

Vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo (cf. Mt 2,1-12)

La vida es estupenda y el universo una maravilla. Pero también hay enfermedades, penas, problemas, desilusiones y pandemias. Y un día todo acabará.

Por eso a veces nos rodean las tinieblas de la duda, la confusión, el temor y el desánimo. ¡Pero Dios resplandece para nosotros[1]! ¡Vayamos a su encuentro! Como los magos de Oriente, que al ver su señal se pusieron en marcha para adorarlo.

Seguramente también los magos se sentirían a oscuras muchas veces. Pero eran sabios que miraban más allá de lo inmediato. Así descubrieron que el universo nos habla de Dios. Por eso no se conformaban con saber cómo funcionan las cosas, sino que buscaban al Autor de cuanto existe; al que lo dirige todo con inteligencia y amor; al que le da sentido a la vida; al que nos libera y nos conduce al progreso y la felicidad eterna[2].

¡Y la señal apareció! Ellos, que uniendo fe y razón, ciencia y religión, habían alcanzado una visión más completa de la realidad, supieron percibirla, y se pusieron en marcha para adorar a Jesús. Porque eso es adorar, como explica el Papa: es encontrarse con Jesús; es descubrir que la vida es una historia de amor con Dios; es salir de la esclavitud de uno mismo; es desintoxicarse de lo inútil, poner cada cosa en su lugar, darle el primer puesto a Dios y dejarse transformar con su amor[3].

Los magos vieron al Niño, sin palacio, sin dinero y sin ejército. Pero no se decepcionaron. Sabían que ese tipo poder se acaba. Que lo que Jesús ofrece es una vida plena y eterna. Por eso, con inmensa alegría, le ofrecieron el regalo de su fe. Esa fe que manifestaron con obras, al volver a su tierra por otro camino. Así, como dice san Gregorio Magno, nos dan una gran lección: habiéndonos encontrado con Cristo, hay que cambiar de rumbo[4].

No volvamos a Herodes, símbolo del egoísmo que nos hace superficiales e insensibles, que nos empuja a manipular y dominar a los demás, y que nos hace temerosos ante Jesús, pensando que nos quita algo, cuando en realidad nos lo da todo ¡Nos da a Dios!

Aprendamos de los magos a estar abiertos a lo grande; a saber unir fe y razón, ciencia y religión; a estar atentos a las señales que Dios nos envía a través de las personas y de los acontecimientos; a ponernos en marcha para encontrarlo; a pedir ayuda cuando perdemos su señal.

Entonces lo hallaremos y podremos adorarlo en su Palabra, en la Liturgia, en la Eucaristía y en la oración, y ofrecerle nuestra fe, convirtiéndonos en una estrella que refleje su amor, que libera y salva[5], en casa y en nuestros ambientes. Así nos ayudaremos unos a otros a experimentar que somos amados, que podemos amar y que es posible alcanzar la alegría que nunca terminará.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Is 60,1-6.
[2] Cf. 2ª Lectura: Ef 3,2-3.5-6.
[3] Cf. Homilía en la Epifanía del Señor, 6 de enero de 2020.
[4] Cf. Homiliae in Evangelia, 10, 7.
[5] Cf. Sal 71.

 

Señor Obispo reflexiona sobre la Sagrada Familia

LA SAGRADA FAMILIA
Homilía de
Mons. Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

Todos venimos de una familia. Una familia con alegrías y con penas. Una familia que quizá extraña la ausencia de papá, de mamá, de un hijo, de un hermano o de un abuelo. Una familia que probablemente enfrente dificultades y tenga pleitos. Es normal. Porque como dice el Papa, no hay familia perfecta.

Pero seguramente queremos salir adelante ¿Como hacerlo? No dejando que los enojos, las tristezas y las decepciones se nos queden en el alma, porque de lo contrario, nos van a infectar de amargura, resentimiento y deseo de venganza.

María nos da ejemplo. Por eso Simeón le anunció: “ una espada atravesará tu alma”. Porque María, como explica san Agustín, aunque enfrentó la peor de las penas, ver morir a su Hijo único destrozado en la cruz, no permitió que la tristeza se quedara en su alma, sino que dejó que sólo la cruzara.

También José fue capaz de hacerlo. Él, como explica el Papa, supo asumir su responsabilidad y reconciliarse con su propia historia. Porque cuando no lo hacemos, nos convertimos en prisioneros de nuestras espectativas y de las consiguientes decepciones.

Podemos sentir enojo, tristeza y decepción. Pero no permitamos que estos sentimientos se nos queden y nos dominen. Hay que dejarlos pasar. Y solo Dios puede darnos la fuerza para hacerlo.

Por eso debemos aprender de la Sagrada Familia a estar unidos a Dios, que siendo único, es familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El nos creó para vivir en familia y ser parte de su familia, la Iglesia. Y aunque le fallamos, siguió amándonos y lo dio todo para salvarnos; se hizo uno de nosotros en Jesús a fin de liberarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos suyos.

Solo necesitamos reconocer a Jesús como nuestro salvador, tal y como hicieron Simeón y Ana. Así nos sentiremos familia de Dios. Así nos experimentaremos incondicional e infinitamente amados. Así encontraremos consuelo y fuerza para sortear los obstáculos y seguir adelante, hasta llegar a la meta: la casa del padre, en quien seremos felices por siempre.

Por eso es tan importante que, al igual que María y José llevaron al Niño al templo, los papás lleven a sus hijos a Dios, y así, juntos, como familia, se unan a él, presente en su iglesia, a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y del prójimo.

Es lo mejor que pueden hacer. Lo demás es importante. Pero esto es fundamental y definitivo. De eso depende la vida presente y futura. Unidos a Dios somos capaces de no rendirnos cuando hay problemas en casa; de amar y de poner de nuestra parte para restaurar lo que se ha dañado.

El amor nos impulsa a honrar a nuestros padres. A sentir pasión por lo que les pasa a los demás. A ser generosos, humildes, amables, pacientes y agradecidos. A saber soportarnos y perdonarnos. Ese es el camino que el Señor nos muestra. Sigámoslo, y nos irá bien.

 

 

Nuestro Obispo envía especial mensaje de Navidad 2020

Mensaje de Navidad 2020

Hoy nos ha nacido el Salvador (cf. Lc  2, 1-14)

 

En la oscuridad de la noche, una luz resplandeció. Y el mensajero divino anunció: “hoy les ha nacido un salvador”. Los pastores se alegraron, porque por fin brilló la esperanza: Dios, creador de cuanto existe, se hizo uno de nosotros para liberarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida por siempre feliz.

¡Esa es la buena noticia que se nos repite en Navidad! Pero para percibirla necesitamos estar atentos, como los pastores en Belén, que aunque era de noche, cumplían con su deber cuidando su rebaño.

También hoy, muchos papás y mamás, profesionales de la salud y personas de distintas edades, están haciendo lo que les toca, a pesar de las penas, de los problemas y de la pandemia. Por eso pueden percibir los mensajes de fe, esperanza y amor que Dios les envía, aunque todavía sea de noche.

La noche no durará siempre; el día llegará. Por eso no debemos desilusionarnos ante las dificultades ¡Aprendamos de Jesús! Él, desde el principio se topó con problemas: nació lejos de casa y sin un lugar en la posada. Pero viendo más allá, le entró al mundo para transformarlo, aceptando nacer en un pesebre.

El mundo no es perfecto. Tampoco nosotros lo somos. Pero Dios nos ama y nos echa la mano para que no dejemos de querer a la familia y al mundo, aunque no sean perfectos. No esperemos a que todo sea ideal para poner de nuestra parte ¡Entrémosle! Como la Virgen María y san José, que confiaron en Dios e hicieron lo que les tocaba para contribuir a la salvación del mundo.

Como dice el Papa, no tengamos miedo a la imperfección, ni a los conflictos; afrontémoslos de manera constructiva, amando y haciendo el bien ¡Feliz Navidad!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

 

IV Domingo de Adviento, ciclo B

Concebirás y darás a luz un Hijo (cf. Lc 1, 26-38)

David, que había alcanzado el éxito, se acordó de que mientras que él vivía en una mansión, el arca e Dios estaba en una tienda de campaña.

Entonces decidió construirle una casa. Pero el Señor le hizo ver que en realidad, todo lo que era y tenía, se lo había dado él, y que estaba dispuesto a darle todavía más: consolidar su descendencia y su reino para siempre[1].

Así es Dios. Es él quien nos lo da todo ¡Hasta más de lo que esperamos! Sin embargo, a veces lo olvidamos. Entonces acabamos creyendo que somos únicamente nosotros los que construimos lo que somos y tenemos. Pero eso nos limita, porque por mucho que nos esforcemos, siempre habrá cosas que nos superen. Entre ellas, la muerte, que entró en el mundo a causa del pecado que la humanidad cometió.

Pero Dios, que nos ama para siempre[2], nos ha echado la mano enviándonos a Jesús, en quien se ha hecho uno de nosotros para liberarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar. Así nos ofrece un futuro. Nos hace posible alcanzar lo que para nosotros es imposible.

Solo necesitamos fiarnos de él y hacer lo que nos pide, como supo hacerlo la Virgen María. A ella, Dios la había creado y elegido para tener parte en su gran proyecto de salvar al universo, asignándole una participación única: concebir por obra del Espíritu Santo y dar a luz a su Hijo, el salvador, cuyo reinado no tendrá fin.

“¿Cómo podrá ser esto –pregunta María–, puesto que yo permanezco virgen?”. “No duda que debe hacerse –explica san Ambrosio–, puesto que pregunta cómo se hará”[3]. María confía en Dios, en su sabiduría, en su omnipotencia, en su bondad y en su amor. Por eso responde al mensajero divino: “He aquí la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho”.

La respuesta de María, como señala el Papa, expresa disponibilidad y servicio[4]. No pidió garantías. No exigió privilegios. No insistió en que se le predijera el futuro. Hizo lo que Dios le pedía. Hagámoslo también. Entrémosle al proyecto de Dios de salvarnos y de salvar nuestro matrimonio, nuestra familia y al mundo, siendo comprensivos, justos, pacientes, solidarios, serviciales, perdonando y pidiendo perdón.

Quizá nos parezca imposible. Y lo es, si queremos hacerlo solos. Pero Dios está con nosotros. Él, a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y del prójimo, nos da la fuerza que necesitamos[5]. Solo hace falta que, como María, lo dejemos entrar en nuestras vidas, para que él pueda actuar en nosotros y a través de nosotros ¡Hagámoslo!

 

 +Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: 2 Sam 7,1-5.8-12.14.16.
[2] Cf. Sal 88.
[3] Catena Aurea, 9134.
[4] Cf. Ángelus, 24 de diciembre de 2017.
[5] Cf. 2ª Lectura: Rm 16,25-27.

 

III Domingo de Adviento, ciclo B

Vino como testigo, para dar testimonio de la luz (cf. Jn 1, 6-8.19-28)

Muchas veces, nuestras inseguridades y las presiones sociales nos empujan a aparentar ser lo que no somos y a ocultar lo que sí somos. Por eso copiamos modelos egoístas, superficiales, materialistas, utilitaristas y violentos que la moda presenta como exitosos; y, temiendo estar “fuera de época”, ocultamos nuestra identidad cristiana, con todo lo que eso implica: ser sencillos, comprensivos, justos, solidarios, perdonar y pedir perdón.

¡Qué diferente era Juan! Él sabía muy bien quién era y cuál era su misión. Así, seguro de su identidad, podía relacionarse sanamente con los demás y ayudarlos, de acuerdo a lo que le tocaba. Por eso san Gregorio Magno hace notar que a las preguntas sobre quién era, respondió negando claramente lo que no era, “pero no negó lo que era”[1]

Negó ser el Mesías, pero reconoció ser el enviado por Dios, creador de cuanto existe, para invitar a todos a preparar en sus vidas y en sus ambientes el camino de Aquel que, ungido por el Espíritu del Señor, nos trae la buena noticia de que viene a sanar los corazones arrepentidos, a liberarnos de la cautividad del pecado, y hacernos gozar de la dicha de Dios por toda la eternidad[2].

¿Cómo prepararnos a recibir a quien es capaz de ofrecernos todo esto? Quitando los obstáculos que niegan nuestra identidad y reconociendo lo que somos: hijos de Dios, ungidos con su Espíritu para vivir como Jesús: alegres, dando gracias, discerniendo para elegir lo bueno y conservarnos irreprochables hasta su llegada[3].

Nuestra alegría, como dice el Papa, viene de la certeza de que el desierto de la vida está habitado por Jesús [4], en quien Dios ha puesto sus ojos en nosotros[5], para echarnos la mano a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y del prójimo, y ayudarnos a preparar en nosotros su camino de modo que, amando y haciendo el bien, ayudemos a la familia y a los demás a hacerlo también.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

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[1] In Evang. hom 7.
[2] Cf. 1ª. Lectura: Is 61,1-2.10-11.
[3] Cf. 2ª. Lectura: 1 Tes 5,16-24.
[4] Ángelus, 17 de diciembre de 2017.
[5] Cf. Salmo responsorial, tomado de Lc 1.

 

El Papa Francisco convoca a un “Año de San José”

Con la Carta apostólica Patris corde (Con corazón de padre), el Pontífice recuerda el 150 aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia Universal y, con motivo de esta ocasión, a partir del 8 de diciembre 2020 y hasta el 8 de diciembre de 2021 se celebrará un año dedicado especialmente a él.

 

Un padre amado, un padre en la ternura, en la obediencia y en la acogida; un padre de valentía creativa, un trabajador, siempre en la sombra: con estas palabras el Papa Francisco describe a san José de una manera tierna y conmovedora. Lo hace en la Carta apostólica Patris corde, publicada hoy con motivo del 150 aniversario de la declaración del Esposo de María como Patrono de la Iglesia Católica. De hecho, fue el Beato Pío IX con el decreto Quemadmodum Deus, firmado el 8 de diciembre de 1870, quien quiso este título para san José. Para celebrar este aniversario, el Pontífice ha convocado, desde hoy y hasta el 8 de diciembre de 2021, un “Año” especial dedicado al padre putativo de Jesús. En el trasfondo de la Carta apostólica, está la pandemia de Covid-19 que -escribe Francisco- nos ha hecho comprender la importancia de la gente común, de aquellos que, lejos del protagonismo, ejercen la paciencia e infunden esperanza cada día, sembrando la corresponsabilidad. Como san José, “el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta”. Y sin embargo, el suyo es “un protagonismo sin igual en la historia de la salvación”.

Padre amado, tierno y obediente

San José, de hecho, expresó concretamente su paternidad al haber hecho de su vida una oblación de sí mismo en el amor puesto al servicio del Mesías. De ahí su papel como “la pieza que une el Antiguo y el Nuevo Testamento “, “siempre ha sido amado por el pueblo cristiano” (1). En él, “Jesús vio la ternura de Dios”, la ternura que nos hace “aceptar nuestra debilidad”, porque “es a través y a pesar de nuestra debilidad” que la mayoría de los designios divinos se realizan. “Sólo la ternura nos salvará de la obra” del Acusador, subraya el Pontífice, y es al encontrar la misericordia de Dios, especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que podemos hacer “una experiencia de verdad y de ternura”, porque “Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona” (2). José es también un padre en obediencia a Dios: con su “fiat” salva a María y a Jesús y enseña a su Hijo a “hacer la voluntad del Padre”. Llamado por Dios a servir a la misión de Jesús, “coopera en el gran misterio de la redención y es verdaderamente un ministro de la salvación” (3).

Padre en la acogida de la voluntad de Dios y del prójimo

Al mismo tiempo, José es “un padre en la acogida”, porque “acogió a María sin poner condiciones previas”, un gesto importante aún hoy -afirma Francisco- “en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente”. Pero el Esposo de María es también el que, confiando en el Señor, acoge en su vida incluso los acontecimientos que no comprende, dejando de lado sus razonamientos y reconciliándose con su propia historia. La vida espiritual de José no “muestra una vía que explica, sino una vía que acoge”, lo que no significa que sea “un hombre que se resigna pasivamente”. Al contrario: su protagonismo es “valiente y fuerte” porque con “la fortaleza del Espíritu Santo”, aquella “llena de esperanza”, sabe “hacer sitio incluso a esa parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia”. En la práctica, a través de san José, es como si Dios nos repitiera: “¡No tengas miedo!”, porque “la fe da sentido a cada acontecimiento feliz o triste” y nos hace conscientes de que “Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas”. Y no sólo eso: José “no buscó atajos”, sino que enfrentó “‘con los ojos abiertos’ lo que le acontecía, asumiendo la responsabilidad en primera persona”. Por ello, su acogida “nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles” (4).

Padre valiente y creativo, ejemplo de amor a la Iglesia y a los pobres

Patris corde destaca “la valentía creativa” de san José, aquella que surge sobre todo en las dificultades y que da lugar a recursos inesperados en el hombre. “El carpintero de Nazaret -explica el Papa- sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia”. Se enfrentaba a “los problemas concretos” de su familia, al igual que todas las demás familias del mundo, especialmente las de los migrantes. En este sentido, san José es “realmente un santo patrono especial” de aquellos que, “forzados por las adversidades y el hambre”, tienen que abandonar su patria a causa de “la guerra, el odio, la persecución y la miseria”. Custodio de Jesús y María, José “no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia”, de su maternidad y del Cuerpo de Cristo: cada necesitado, pobre, sufriente, moribundo, extranjero, prisionero, enfermo, es “el Niño” que José guarda y de él hay que aprender a “amar a la Iglesia y a los pobres” (5).

Padre que enseña el valor, la dignidad y la alegría del trabajo

Honesto carpintero que trabajó “para asegurar el sustento de su familia”, José también nos enseña “el valor, la dignidad y la alegría” de “comer el pan que es fruto del propio trabajo”. Este significado del padre adoptivo de Jesús le da al Papa la oportunidad de lanzar un llamamiento a favor del trabajo, que se ha convertido en “una urgente cuestión social”, incluso en países con un cierto nivel de bienestar. “Es necesario comprender”, escribe Francisco, “el significado del trabajo que da dignidad”, que “se convierte en participación en la obra misma de la salvación” y “ocasión de realización” para uno mismo y su familia, el “núcleo original de la sociedad”. Quien trabaja, colabora con Dios porque se convierte en “un poco creador del mundo que nos rodea”. De ahí la exhortación del Papa a todos a “redescubrir el valor, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva ‘normalidad’ en la que nadie quede excluido”. Mirando en particular el empeoramiento del desempleo debido a la pandemia de Covid-19, el Papa llama a todos a “revisar nuestras prioridades” para comprometerse a decir: “¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!” (6).

Padre en la sombra, descentrado por amor a María y Jesús

Siguiendo el ejemplo de la obra “La sombra del Padre” del escritor polaco Jan Dobraczyński, el Pontífice describe la paternidad de José respecto de Jesús como “la sombra del Padre celestial en la tierra”. “Nadie nace padre, sino que se hace”, afirma Francisco, porque se hace “cargo de él”, responsabilizándose de su vida. Desgraciadamente, en la sociedad actual “los niños a menudo parecen no tener padre”, padres capaces de “introducir al niño en la experiencia de la vida”, sin retenerlo ni “poseerlo”, pero haciéndolo “capaz de elegir, de ser libre, de salir”. En este sentido, José tiene el apelativo de “castísimo”, que es “lo contrario a poseer”: él, de hecho, “fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre”, “sabía cómo descentrarse” para poner en el centro de su vida no a sí mismo, sino a Jesús y María. Su felicidad está “en el don de sí mismo”: nunca frustrado y siempre confiado, José permanece en silencio, sin quejarse, pero haciendo “gestos concretos de confianza”. Su figura es, por lo tanto, ejemplar, señala el Papa, en un mundo que “necesita padres y rechaza a los amos”, que refuta a aquellos que confunden “autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción”. El verdadero padre es aquel que “rehúsa la tentación de vivir la vida de los hijos” y respeta su libertad, porque la paternidad vivida en plenitud hace “inútil” al propio padre, “cuando ve que el hijo ha logrado ser autónomo y camina solo por los senderos de la vida”. Ser padre “nunca es un ejercicio de posesión”, subraya Francisco, sino “un ‘signo’ que nos evoca una paternidad superior”, al “Padre celestial” (7).

La oración diaria del Papa a san José y ese “cierto reto”

Concluida con una oración a san José, Patris corde revela también, en la nota número 10, un hábito de la vida de Francisco: cada día, de hecho, “durante más de cuarenta años”, el Pontífice recita una oración al Esposo de María “tomada de un libro de devociones francés del siglo XIX, de la Congregación de las Religiosas de Jesús y María”. Es una oración que “expresa devoción y confianza” a san José, pero también “un cierto reto”, explica el Papa, porque concluye con las palabras: “Que no se diga que te haya invocado en vano, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder”.

Indulgencia plenaria para el “Año de San José”

Junto a la publicación de la Carta apostólica Patris corde, se ha publicado el Decreto de la Penitenciaría Apostólica que anuncia el “Año de San José” especial convocado por el Papa y la relativa concesión del “don de indulgencias especiales”. Se dan indicaciones específicas para los días tradicionalmente dedicados a la memoria del Esposo de María, como el 19 de marzo y el 1 de mayo, y para los enfermos y ancianos “en el contexto actual de la emergencia sanitaria”.

 

Vatican News – Ciudad del Vaticano

 

Ordenaciones de diáconos permanentes

El diaconado permanente

 

¿Quién es un diácono permanente?
Es un hombre bautizado, llamado por Dios a participar del servicio de Cristo, enviado del Padre para liberarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz.
 
El diácono es ordenado para el servicio, no para el sacerdocio.
 
¿Cuál es su misión?
El servicio de la Palabra de Dios, de la liturgia y de la caridad, procurando ser prolongación de Cristo, servidor de todos.
 
¿Dónde se fundamenta esta vocación?
En la Palabra de Dios: cuando los apóstoles eligieron a siete hombres a los que les impusieron las manos y los destinaron al servicio de la caridad.
 
San Clemente, obispo de Roma, explica que esto se hizo por voluntad de Dios. 
 
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que, siguiendo la tradición Apostólica, el diaconado permanente puede ser conferido a hombres casados.
 
Los candidatos deben recibir una adecuada formación para cultivar su vida espiritual y cumplir dignamente el ministerio
 
¿Cuál es el servicio del diácono permanente?
+ asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de los sacramentos;
+ distribuir la Eucaristía como ministro ordinario;
+ exponer solemnemente el Santísimo Sacramento y dar la bendición con él
+ asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo;
+ proclamar el Evangelio y predicar;
+ administrar solemnemente el Bautismo;
+ presidir las exequias;
+ bendecir a las personas y las cosas
+ entregarse a los servicios de caridad.
 
¿Cuáles son sus vestiduras litúrgicas?
La dalmática y la estola, que lleva desde el hombro izquierdo pasando sobre el pecho hacia el lado derecho del tronco, donde se sujeta
 
¿Dónde se forma?
La Diócesis de Matamoros cuenta con el Institutito Diaconal San Lorenzo para preparar a los diáconos permanentes
 

II Domingo de Adviento, ciclo B

Preparen el camino del Señor (cf. Mc 1, 1-8)

La vida es formidable. Pero hay momentos en que el panorama se pone oscuro y no vemos la salida; enfermedades, penas, problemas ¡Tantas cosas! Y ahora, hasta una pandemia que sigue echándonos a perder actividades, planes y proyectos, y que no deja de causar dolor, miedo, incertidumbre y muerte.

Pero en medio de todo eso, hoy escuchamos a Dios que dice: “Consuelen, consuelen a mi pueblo”[1]. ¡Qué maravilla! Aunque parezca lo contrario, él no se olvida de nosotros. Y no solo nos da una “palmadita”, sino que nos anima a seguir adelante haciéndonos ver el futuro inigualable y sin final que nos aguarda junto a él.

Para eso envió a Jesús, que se hizo uno de nosotros para liberarnos del pecado, compartimos su Espíritu y hacernos hijos suyos. ¡Esto es lo celebramos en Navidad! Y ese mismo Jesús, el Héroe de todos los héroes, que está siempre con nosotros echándonos la mano, volverá para culminar la obra que empezó.

Sin embargo, quizá sintamos que se está tardando; que ya debería venir para poner orden definitivamente en todas las cosas y llevarnos adelante. Pero lo que pasa, como explica san Pedro, es que nos tiene mucha paciencia y nos da tiempo para que pongamos de nuestra parte y así pueda hallarnos en paz, con él, con nosotros mismos y con los demás[2].

Por eso, a través del Bautista, nos invita a descubrir que él, a quien nada ni nadie puede compararse, llegará, y prepararnos a recibirlo, elevándonos a Dios a través de su Palabra, de la liturgia, de la Eucaristía y de la oración; rebajando nuestro egoísmo; enderezando nuestras intenciones torcidas; y quitando los obstáculos de la mentira, la manipulación, la injusticia, los chismes, los rencores, la corrupción, la indiferencia y la violencia, que nos hacen tropezar a nosotros mismos y a los demás.

San Jerónimo explica que quien se ama a sí mismo y no ama al prójimo, se aparta del camino, y que quien ama al prójimo pero no se ama sí mismo, se sale del camino[3]. Amémonos a nosotros mismos y dejémonos ayudar por Dios, que es capaz de salvarnos y de hacer que demos fruto[4]. ¿Cuál fruto? Un amor que nos haga llevar su consuelo a la familia y a los demás, especialmente a los más necesitados.

“El Salvador que esperamos –recuerda el Papa– es capaz de transformar nuestra vida… con la fuerza del Espíritu Santo, con la fuerza del amor… La Virgen María vivió en plenitud esta realidad… Que Ella, que preparó la venida del Cristo con la totalidad de su existencia, nos ayude a seguir su ejemplo y guíe nuestros pasos al encuentro con el Señor que viene” [5].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Is 40,1-5.9-11.
[2] Cf. 2ª Lectura: 2 Pe 3, 8-14.
[3] Cf. Catena Aurea, 6102.
[4] Cf. Sal 84.
[5] Cf. Angelus, 10 de diciembre de 2017.

 

La Corona de Adviento en la Iglesia

En esta época es común ver en las casas una especie de centro de mesa en forma de corona adornada con velas. Este hermoso arreglo, además de ser un elemento decorativo, tiene un sentido muy especial para nosotros los católicos, pues nos ayuda a entender que la Navidad está cerca y que debemos prepararnos espiritualmente para recibir al Niño Dios en nuestra casa. A continuación presentamos los elementos que conforman la tradicional Corona de Adviento y el significado de cada uno de ellos.

¿Por qué la corona de Adviento tiene forma circular?

El círculo es una figura geométrica perfecta, es decir que no tiene principio ni fin. De igual manera, la Corona tiene forma circular (sin principio ni fin), ya que nos recuerda la eternidad de Dios y nos hace pensar en los miles de años de espera en el Mesías, desde Adán hasta el nacimiento de Jesús, y actualmente en la segunda venida de Cristo, que estamos esperando.

El follaje de la Corona puede ser de abeto, pino o algún material artificial verde, color que está relacionado con la virtud de la esperanza. Muchos le dan el significado de un tiempo especial de crecimiento espiritual y de gracia.

¿Qué significan las velas de la Corona de Adviento?

Cada domingo de Adviento se enciende una vela y se hace una oración acompañada de una lectura bíblica y un villancico. Las velas significan la luz que va disipando las tinieblas pues cada vez que encendemos una se va disminuyendo la oscuridad hasta que el resplandor de Cristo Jesús, hecho hombre, ilumina todo. Cada vela corresponde a una semana del Adviento.

Aunque no es obligatorio que las velas sean de un color en específico, es costumbre que la Corona de Adviento tenga cuatro velas moradas y una rosa. Estos colores hacen alusión al tiempo litúrgico de Adviento, cuando los sacerdotes visten de morado, que simboliza penitencia y humildad de cara a la llegada de Jesús.

La vela rosa representa el Tercer domingo de Adviento, conocido como Gaudete. Este color representa la alegría y el gozo porque ya está cerca el nacimiento de Jesús.

Oración para rezar ante a la Corona de Adviento

Rey y Salvador Nuestro: Tú eres nuestra Luz.
Ilumina a nuestra familia y ayúdanos a caminar
unidos en el amor, la fe, la esperanza y la paz,
al encuentro Contigo. ¡Ven Señor Jesús!

 

Artículo:Desde la fe

I Domingo de Adviento, ciclo B

Velen, pues no saben a qué hora regresará el dueño de la casa
(cf. Mc 13, 33-37)

Dos amigos acampaban. Y al despertar, uno dice: “Mira hacia arriba y dime qué ves”. “El cielo”, contesta el otro. “Y eso, ¿qué te dice?”, pregunta el primero. “¿Que hay millones de galaxias y de planetas?”, responde preguntando el otro. “¡No!”, grita el primero: “¡Que nos han robado la tienda de campaña!”. Moraleja: hay que estar alerta.

Sí, hay que estar alerta. Porque a nadie le gusta que le quiten sus cosas. Y Dios, que nos ha creado y nos ama, no quiere que perdamos lo más valioso que nos ha regalado: la vida. Por eso, cuando nos dejamos “dormir” por el demonio, que haciéndonos desconfiar del Creador nos robó la paz y la vida, Dios rasgó el cielo y bajó[1], hasta hacerse uno de nosotros en Jesús, para rescatarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar.

Así nos enriqueció de tal manera que no carecemos de ningún don[2]. ¡Esto es lo que celebramos en Navidad! Y para vivir esta gran fiesta de amor, hoy iniciamos un tiempo de entrenamiento especial llamado “Adviento”, en el que Dios, que viene continuamente a echarnos la mano[3], nos ayuda a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía y de la oración, a comprender que Jesús, que vino a salvarnos y retornó al Padre, nos ha encomendado su casa, esperando que al volver nos encuentre haciendo lo que nos toca.

Sí, él nos ha confiado nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestro noviazgo, nuestros ambientes de vecinos, de amistades, de estudio y de trabajo, nuestra comunidad, nuestra Iglesia, nuestra ciudad, nuestro estado, nuestro país, nuestro mundo, y nuestra tierra, y espera que trabajemos con ganas, amando y haciendo el bien.

“El amor –recuerda el Papa–… nos permite construir una gran familia donde todos podamos sentirnos en casa… la vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro… hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor”[4]. Y esa plenitud Jesús la hará eterna cuando vuelva para llevarnos a gozar por siempre de él.

Por eso, ¡cuidado con quedarnos dormidos, encerrados en nosotros mismos, y mirando a los demás como si fueran cosas que podemos usar, desechar o ignorar! Porque como advierte san Agustín, el día del retorno del Señor encontrará dormido “a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido”[5].

“El Evangelio –comenta el Papa– no nos quiere dar miedo, sino abrir nuestro horizonte a otra dimensión, más grande” [6]. ¡Sí! Dios, que nos ama y quiere lo mejor para nosotros, nos invita a salir del egoísmo, que nos restringe y nos confina; nos invita a ir más allá de lo inmediato y pasajero; y ser capaces de desarrollarnos infinitamente, abarcando a la familia, a los demás y al mundo entero, hasta alcanzar una vida dichosa, sin límites y sin final. Por eso, ¡a velar y a estar preparados!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Is 63, 16-17. 19; 64, 2-7. 
[2] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 1, 3-9.
[3] Cf. Sal 79.
[4] Fratelli tutti, 62, 66, 68.
[5] Epístola 80.
[6] Angelus, 27 de noviembre 2016.