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II Domingo de Cuaresma, ciclo B

La transfiguración del Señor (cf. Mc 9, 2-10)

La vida es muy bonita, pero también llena de penas y problemas. Así es, aunque sigamos a Jesús; nos enfermamos, nos sentimos deprimidos, hay pleitos en casa, con la novia y los amigos, bullying en la escuela, dificultades en el trabajo, angustias económicas, y en el mundo continúan las mentiras, las injusticias, la pobreza, la corrupción, la violencia y la muerte. Y todo esto a veces nos saca de “onda” y nos desanima ¿A poco no?

Pero siempre siguió adelante. Y, por nuestro bien, quiere que también lo hagamos. Por eso, como hizo con Pedro, Santiago y Juan, nos invita a subir con él al monte alto, a la presencia de Dios, donde todo se ve con mayor amplitud y claridad, para que, descubriendo quién es él y qué es lo que podemos llegar a ser, le echemos ganas a la vida.

Transfigurándose, nos muestra que él es Dios, creador de cuanto existe, que por amor se ha hecho uno de nosotros para cumplir lo que prometió a través de la Ley y los profetas: rescatarnos del pecado que cometimos y que nos condenó al mal y la muerte, y unirnos a él, que en quien somos felices por siempre.

Por eso el Padre, que está a nuestro favor y nos lo da todo en Jesús[1], a quien entregó, como anunció a través de la generosidad de Abraham, para bendecirnos a todos[2], nos dice: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo” ¡Escuchémoslo! Él nos habla en su Palabra, en sus sacramentos –sobre todo la Eucaristía–, en la oración y en el prójimo, y nos muestra la meta y el camino: el amor. Así nos cambia la vida, al darle sentido.

En esta tierra todo se pasa, las alegrías y las penas; pero al final nos aguarda una dicha que nunca terminará: Dios. Por eso san Pedro exclama: “Maestro ¡qué a gusto estamos aquí!” ¡Claro! Porque como dice san Anastasio Sinaíta: “nada más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él”[3].

Pero para alcanzar esa meta necesitamos dos cosas: “subir al monte”, es decir, unirnos a Dios a través de su Palabra, sus sacramentos y la oración, y luego, “bajar” a la vida de cada día, y, aún abrumados de desgracias, confiar siempre en él[4], e irradiar la luz de su amor a la familia y a los demás, especialmente a los más necesitados, comprendiéndolos, siendo justos, solidarios, pacientes y serviciales, perdonando y pidiendo perdón.

Jesús nos lleva siempre arriba, a lo más alto: a Dios, que hace la vida plena y eterna. A veces el camino será sencillo y agradable, y otras difícil y hasta doloroso. Pero siempre nos llevará adelante. Con esta confianza, echémosle ganas y subamos con Jesús. Así, unidos a Dios, podremos ser transfigurados por el Amor, que, como bien recuerda el Papa, es capaz de transfigurar todo[5].

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: Rm 8, 31-34.
[2] Cf. 1ª Lectura: Gn 22, 1-2, 9-13. 15-18
[3] Sermón en el día de la Transfiguración del Señor, nn. 6-10.
[4] Cf. Sal 115.
[5] Cf. Angelus 1 de marzo de 2015.

 

 

Mons. Eugenio Lira celebró aniversario sacerdotal

 

El 22 de febrero Mons. Eugenio Andrés Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros, celebró 27 años de vida sacerdotal. La comunidad diocesana se alegra y ora por sus obispos, en especial por nuestro pastor. Dios le bendiga muchos años más.

Hijo primogénito del matrimonio formado por el Ing. Químico Eugenio B. Lira y la Sra. Guadalupe Rugarcía y Bou (finados), nació en la Ciudad de Puebla, México, el 24 de julio de 1965. Su única hermana se llama Gabriela.

Cursó su educación primaria (1971-1978), secundaria (1978-1981) y preparatoria (1981-1984) en el Colegio Benavente de Puebla, a cargo de los hermanos de las Escuelas Cristianas (Lasallistas). En 1984 ingresó a la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri de Puebla, realizando estudios de Filosofía y Teología en el Pontificio Seminario Mayor Palafoxiano de Puebla (1984-1991), al tiempo de prestar servicio como Responsable de la casa de Formación del Oratorio de Puebla (1986-1995). En el templo de dicha Congregación,  “La Concordia”, recibió el diaconado el 27 de mayo de 1990 y el 22 de febrero  1991 fue ordenado sacerdote por S.E. Mons. Rosendo Huesca Pacheco, Arzobispo de Puebla.

En 1992 participó en el II Curso Internacional para Formadores de Seminarios de la Academia Regina Apostolorum (Novara, Italia). En 1993 el Delegado de la Sede Apostólica para las Congregaciones del Oratorio de San Felipe Neri, P. Michel Napier C.O., lo confirmó como Rector de la Casa de Formación, nombrándolo además Maestro de Novicios, Responsable del Oratorio Laical y Sacristán del Templo “La Concordia”.

S.E. Mons. Rosendo Huesca Pacheco, Arzobispo de Puebla, lo nombró profesor en el Pontificio Seminario Mayor Palafoxiano de Puebla (1993-2001), del que más tarde lo designó también Padre Espiritual (1997-2001).  En 1995 inició estudios de postgrado en Filosofía, obteniendo el grado de licenciatura por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (2002).

Solicitada y concedida la exclaustración de la Congregación del Oratorio, se incardinó a la Aquidiócesis de Puebla (1998), donde fungió como Vicario parroquial en la Parroquia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón (1995-1996), en la Parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza (1996-2010), y como Rector de la Iglesia Virgen del Camino (2010-2011). También prestó servicios como Director del Centro Internacional de la Divina Misericordia (1997-2016) y como Presidente de la Comisión Diocesana de Comunicación Social (1999-2016). En la Provincia Eclesiástica fue Coordinador de la Pastoral de Comunicaciones de las Diócesis de Puebla, Tlaxcala, Huajuapan de León y Tehuacán (2002).

El 24 de febrero de 2011 el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo Auxiliar de Puebla. El 12 de abril de 2011 recibió la ordenación episcopal de manos S.E. Mons. Víctor Sánchez Espinosa, Arzobispo de Puebla. De 2011 a 2016 sirvió como Vicario General y Vicario Episcopal para la Vida Consagrada, acudiendo también a las parroquias y capellanías de las seis zonas pastorales (Norte, Oriente, Centro, Poniente, Sur, Urbana).

De 2012 a 2015 fue Secretario General de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y, por oficio, miembro del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). En 2016 fungió como Coordinador General del Viaje Apostólico del Papa Francisco a México. Actualmente es responsable de la Dimensión de Creación de Diócesis y Provincias Eclesiásticas de la Conferencia del Episcopado Mexicano (2016-2018).

El 22 de septiembre de 2016, el Santo Padre Francisco lo nombra Obispo de Matamoros.

 

 

I Domingo de Cuaresma, ciclo B

El Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto (cf. Mc 1, 12-15)

Así como el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto para unirse más al Padre, ahora nos impulsa a nosotros a vivir con él la experiencia maravillosa de la Cuaresma para volver a Dios y alcanzar en él la felicidad sin final del auténtico amor.

¡Cómo necesitamos esta oportunidad! Porque en esta vida, como dice san Beda, tanto en la prosperidad como en la adversidad, Satanás no deja de poner obstáculos a nuestro camino[1]. ¿Porqué lo hace? Por envidia; porque no soporta que alguien posea la felicidad que él libremente perdió.

¿Y qué sucede cuando nos dejamos enredar por el tentador? Que nos desviamos hasta instalarnos en la morada del amor extinguido, con lo que contribuimos a que el mal se extienda en casa y en el mundo, obligándonos a nosotros mismos y a los demás a vivir en medio del salvajismo del egoísmo, la infidelidad, la envidia, el rencor, la mentira, la injusticia, la pobreza, la corrupción y la violencia.

Por eso, aunque tengamos muchas cosas importantes que hacer, como atender la casa, estudiar y trabajar, es indispensable darnos tiempo para descubrir el porqué y el para qué de todo esto, y, sobre todo, el sentido y la meta de la vida. Es lo que Jesús enseña cuando dice que no sólo vivimos del alimento material, sino también de toda Palabra que sale de la boca de Dios[2], que nos creó por amor y quiere que vivamos[3].

¡Él quiere que vivamos para siempre! Para eso se hizo uno de nosotros en Jesús; para liberarnos del pecado y sus consecuencias: el mal y la muerte; para darnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida plena y eterna, que nos comunica en el bautismo.

Sólo hace falta que nos comprometamos a vivir con una buena conciencia[4], haciendo caso a Jesús que nos pide que nos convirtamos y creamos en el Evangelio. Para ello necesitamos escuchar su Palabra, recibir la fuerza de sus sacramentos, y “ponernos en forma” mediante el “entrenamiento” que él no da: oración, limosna y ayuno.

La oración, como explica el Papa, nos hace descubrir la verdad y nos permite superar el autoengaño; la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es nuestro hermano; y el ayuno nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable, y nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo[5].

Dios, nuestro salvador y nuestra esperanza, nos guía por la senda recta[6]. Por nuestro bien y el de los demás aprovechemos esta Cuaresma que él nos regala. Porque en medio del ruido y las distracciones sólo se oyen las voces superficiales; en cambio, en el encuentro con Dios, entramos en la profundidad, donde, como señala el Papa: “se juega verdaderamente nuestro destino, la vida o la muerte” [7].

Que Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, nos acompañe en este camino cuaresmal, para que, unidos a Dios, con Jesús y como Jesús, venzamos al tentador y podamos alcanzar el triunfo del amor, que hace la vida por siempre feliz.

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Catena Aurea, 6112.
[2] Cf. Aclamación: Mt 4, 4.
[3] Cf. 1ª Lectura: Gn 9, 8-15.
[4] Cf. 2ª Lectura: 1 Pe 3, 18-22.
[5] Cf. Mensaje para la Cuaresma 2018.
[6] Cf. Sal 24.
[7] Cf. Angelus, 22 de febrero de 2015.

 

 

Colecta anual para el Seminario de Matamoros

Los días 17 y 18 de febrero del 2018 son para apoyar la formación de los futuros sacerdotes, con la oración y con el aporte económico que se ofrendará en las iglesias de la Diócesis. Todo lo recaudado será para el Seminario, casa formativa donde más de 70 jóvenes se preparan para ser sacerdotes, al servicio de la comunidad.

Nuestro Seminario se fundó en 1959 y actualmente cuenta con la formación completa: Seminario Menor y Seminario Mayor: luego de la etapa de Preparatoria, los seminaristas cursan un año escolar llamado Humanidades. Luego, cursan un año que se llama Curso Introductorio para luego continuar con tres años de Filosofía. Finalmente cursan cuatro años de Teología para luego ser llamados al orden de los diáconos. Un año de diaconado para luego ser llamados a ser sacerdotes. Diez años luego de terminada la Preparatoria para llegar a ser sacerdote.

Se preparan académicamente y al mismo tiempo en la formación humana, espiritual y de vida pastoral. Una formación integral donde a través de los años, buscan formar su corazón a semejanza del corazón de Jesús, buen pastor.

Oremos y apoyemos las vocaciones!

 

Mons. Eugenio Lira reflexiona sobre el miércoles de ceniza

Tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará (cf. Mt 6, 1-6. 16-18)

Hoy, día del amor y la amistad, con el ayuno, la abstinencia y la imposición de la ceniza iniciamos la Cuaresma, tiempo que Dios nos regala para volver a él y vivir la felicidad sin final del auténtico amor. ¡Y cómo lo necesitamos! Porque con frecuencia nuestro corazón y el de muchos se desvía hasta instalarse en la morada del amor extinguido, con lo que contribuimos a que el mal se extienda en casa y en el mundo.

Pero Dios, cuyo amor jamás se apaga, “nos da siempre –como recuerda el Papa– una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo”[1]. ¡No endurezcamos el corazón[2]! ¡Abrámoselo para que lo encienda con su amor! Él nos ayuda; para eso se hizo uno de nosotros en Jesús y llegó al extremo de padecer, morir y resucitar a fin de liberarnos del pecado, comunicarnos su amor –el Espíritu Santo–, y hacernos hijos suyos, ¡partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar!

Y para echarnos la mano de modo que podamos amar cada día hasta alcanzar el cielo, se ha quedado con nosotros en su Iglesia, su Palabra y sus sacramentos. Sólo hace falta que nos decidamos a recorrer el camino del amor, que es dejarse amar por Dios y confiar en él; amarnos a nosotros mismos y vivir con dignidad; y amar a los demás, siendo comprensivos, justos, serviciales, pacientes, solidarios, perdonando y pidiendo perdón.

Para eso Jesús nos ofrece un programa de entrenamiento: oración, limosna y ayuno. La oración, como explica el Papa, nos hace descubrir la verdad y nos libera del autoengaño; la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es nuestro hermano; y el ayuno nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable, y nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo[3].

Claro está que para que este “entrenamiento” dé resultado debemos hacerlo en serio. Por eso Jesús nos pide evitar la hipocresía, que, como dice san Agustín, consiste en aparentar lo que no se es[4]. El hipócrita “photoshopea” su vida; lo hace todo sólo para verse bien, no para gloria de Dios ni para beneficio de los demás. Y siendo honestos, muchas veces lo hemos hecho así. Pero todavía es tiempo[5]. ¡Dejémonos reconciliar con Dios[6]! Reconozcamos nuestros pecados y pidámosle perdón[7].

Él puede hacernos amar de verdad, a pesar de las enfermedades, las penas y los problemas, como nos enseña Jesús en su pasión. Con esta confianza, echémosle ganas a la oración, mediante la cual, entrando en nosotros mismos, nos unimos a Dios; echémosle ganas a la limosna, que distribuye en lugar de amontonar[8]; y echémosle ganas al ayuno, no sólo privándonos de los alimentos sino evitando el pecado y los vicios[9].

Hagámoslo limpios del maquillaje de la apariencia y perfumando nuestra cabeza, que es Cristo[10], compartiendo con otros aquello de lo que nos privamos para que puedan fortificarse[11]. ¡Sí!, compartamos nuestro tiempo, nuestras cosas y sobre todo nuestro amor con Dios, con la familia, con los amigos, con los vecinos, con los compañeros y con los más necesitados. Hagámoslo mediante la oración, la limosna y el ayuno, teniendo presente aquello que decía san Agustín: “En los trabajos con que busco la nave, no es la nave lo que busco, sino la patria”[12]. ¡A echarle ganas!

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Mensaje para la Cuaresma 2018.
[2] Cf. Aclamación: Sal 94, 8.
[3] Cf. Mensaje para la Cuaresma 2018.
[4] Cf. De sermone Domini, 2, 2.
[5] Cf. 1ª Lectura: Jl 2, 12-18.
[6] Cf. 2ª Lectura: 2 Cor 5, 20-6, 2.
[7] Cf. Sal 50.
[8] Cf. Pseudo-Crisóstomo, Opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15.
[9] Cf. San León Magno, In sermone 6 de Quadragesima, 2
[10] Cf. Pseudo-Crisóstomo, Opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15.
[11] Cf. San Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia,16,6.
[12] De sermone Domini, 2, 1.

 

 

Miércoles de Ceniza: el inicio de la Cuaresma

A pocos días del inicio de la Cuaresma, que sirve de preparación para la Pascua y que comienza este miércoles 14 de febrero, recordamos algunas cosas esenciales que todo católico debe saber para poder vivir intensamente este tiempo litúrgico.

 

1. Es el primer día de la Cuaresma

Con el Miércoles de Ceniza inician los 40 días en los que la Iglesia llama a los fieles a la conversión y a prepararse verdaderamente para vivir los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en la Semana Santa.

El Miércoles de Ceniza es una celebración contenida en el Misal Romano. En este se explica que en la Misa, se bendice e impone en la frente de los fieles la ceniza hecha de las palmas bendecidas en el Domingo de Ramos del año anterior.

 

2. La imposición de las cenizas surge en los primeros siglos del cristianismo

La tradición de imponer la ceniza se remonta a la Iglesia primitiva. Por aquel entonces las personas se colocaban la ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad con un “hábito penitencial” para recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo.

La Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos casi 400 años D.C. y a partir del siglo XI, la Iglesia en Roma impone las cenizas al inicio de este tiempo.

 

3. La ceniza recuerda la necesidad de la misericordia de Dios

La ceniza es un símbolo. Su función está descrita en un importante documento de la Iglesia, más precisamente en el artículo 125 del Directorio sobre la piedad popular y la liturgia:

“El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual”.

 

4. Las cenizas tienen varios significados

La palabra ceniza, que proviene del latín “cinis”, representa el producto de la combustión de algo por el fuego. Esta adoptó tempranamente un sentido simbólico de muerte, caducidad, pero también de humildad y penitencia.

La ceniza, como signo de humildad, le recuerda al cristiano su origen y su fin: “Dios formó al hombre con polvo de la tierra” (Gn 2,7); “hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho” (Gn 3,19).

 

5. Las cenizas se producen de las palmas del Domingo de Ramos

Para la ceremonia se deben quemar los restos de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior. Estas son rociadas con agua bendita y luego aromatizadas con incienso.

 

6. Las cenizas se imponen en la frente al término de la homilía

Este acto tiene lugar en la Misa al término de la homilía y está permitido que los laicos ayuden al sacerdote. Las cenizas son impuestas en la frente, haciendo la señal de la cruz con ellas mientras el ministro dice las palabras bíblicas: «Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás», o «Conviértete y cree en el Evangelio». Luego, quien recibe las cenizas debe retirarse en silencio meditando la frase o invitación que la acaban de hacer.

 

7. Las cenizas también pueden imponerse sin Misa

Cuando no hay sacerdote la imposición de cenizas puede realizarse sin Misa, de forma extraordinaria. Sin embargo, es recomendable que al acto se preceda con una liturgia de la palabra. Es importante recordar que la bendición de las cenizas, como todo sacramental, solo puede realizarla un sacerdote o diácono.

 

8. Las cenizas pueden ser recibidas por no católicos

Puede recibir este sacramental cualquier persona, inclusive no católica. Como especifica el Catecismo (1670 y siguientes) los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo como sí lo hacen los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia estos «preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella».

 

9. No es obligatorio recibir las cenizas

El Miércoles de Ceniza no es día de precepto y por lo tanto la imposición de ceniza no es obligatoria. No obstante, ese día concurre una gran cantidad de personas a la Santa Misa, algo que siempre es recomendable.

 

10. No existe tiempo exacto para llevar las cenizas en la frente

Cuanto uno desee. No existe un tiempo determinado.

 

11. En Miércoles de Ceniza es obligatorio el ayuno y la abstinencia

El Miércoles de Ceniza es obligatorio el ayuno y la abstinencia, como en el Viernes Santo, para los mayores de 18 años y menores de 60. Fuera de esos límites es opcional. Ese día los fieles pueden tener una comida “fuerte” una sola vez al día.

La abstinencia de comer carne es obligatoria desde los 14 años. Todos los viernes de Cuaresma también son de abstinencia obligatoria. Los demás viernes del año también, aunque según el país puede sustituirse por otro tipo de mortificación u ofrecimiento como el rezo del rosario.

 

ACI/Prensa

 

 

 

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2018

La Santa Sede ha dado a conocer el Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de 2018 que lleva por título “Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría”.

En él, el Pontífice advierte de la cantidad de “hombres y mujeres” que “viven como encantados por la ilusión del dinero” y “que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos”. Una de las recomendaciones que hace es la de dar limosna, porque “nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano”. A continuación, el mensaje completo del Papa Francisco:

 

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión», que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida. Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12). Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

 

Los falsos profetas

Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas? Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

 

Un corazón frío

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.

 

¿Qué podemos hacer?

Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos

 

El fuego de la Pascua

Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

 

FRANCISCO

 

 

 

VI Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B (2018)

Se le quitó la lepra y quedó limpio (cf. Mc 1, 40-45)

El leproso del Evangelio no era un número más, ni una simple estadística, sino una persona, con sentimientos, inteligencia, ilusiones, familia y amigos, que sufría una enfermedad que lo había desfigurado y condenado a la soledad. Todo había comenzado con un contagio que fue avanzando, hasta que tuvo que ser aislado de la comunidad[1].

Así es el pecado; una vez que dejamos que se incube en nosotros la desconfianza en Dios, va multiplicándose haciéndonos cada vez más egoístas, hasta convertirnos en seres deformes que se inventan su propia verdad, hambrientos de poder, de placer, de dinero y de cosas, injustos, corruptos, rencorosos y violentos. Así nos aleja de la gente que amamos y nos hace contagiosos para todos, al tratar a las personas como si fueran objetos de placer, de producción o de consumo.

Pero aunque el pecado nos desfigure y nos haga contagiosos, seguimos siendo personas; Dios nos ama y seguimos siendo suyos. Por eso, para sanarnos, se hace uno de nosotros en Jesús y nos visita[2]. Lo único que hace falta es que nos dejemos curar por él, como hizo aquel leproso que, de rodillas, le suplicó: “Si tú quieres, puedes curarme”.

¡Y Jesús lo sanó! Él nos cura del pecado, y, comunicándonos su Espíritu, nos da la salud de ser hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar ¡Él está de parte nuestra!

Con esta confianza, comencemos por reconocer que se ha incubado en nosotros el pecado. Porque si no lo hacemos, se multiplicará, se hará crónico y nos afectará a nosotros y a los que nos rodean. Y reconocida la enfermedad, acudamos a Jesús, que, lleno de compasión, nos “tocará” a través de su Palabra y de sus sacramentos, especialmente la Confesión, donde, como recuerda el Papa: “nos cura de la lepra del pecado”[3].

¡No nos resignemos a vivir deformados, contagiosos y solos! ¡Jesús puede cambiarnos la vida! ¡Él quiere hacerlo! ¡Experimentemos la dicha de recibir su perdón[4]! Y sanados por él, compartamos su compasión y convirtámonos en extensión de su mano, para que pueda “tocar” a los pecadores, a los enfermos, a los pobres, a los migrantes, a las víctimas de la violencia, y a cuantos padecen alguna necesidad, procurando servirles, como san Pablo, sin buscar el propio interés”[5].

No olvidemos que la familia, los que nos rodean y quienes sufren no son “algo”, sino “alguien”; son personas amadas por Dios, con sentimientos, inteligencia, ilusiones y derecho a una vida mejor. Y conscientes de esto, perseveremos en la salud del amor. Porque como dice san Beda: “La salud de uno solo conduce a multitud de gentes hacia el Señor”[6], que es el “verdadero médico de la humanidad”[7].

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª. Lectura: Lv 13,1-2.44-46.
[2] Cf. Aclamación: Lc 7, 16.
[3] Cf. Angelus, 15 de febrero de 2015.
[4] Cf. Sal 31.
[5] Cfr. 2ª. Lectura: 1 Cor 10,31-11,1.
[6] Cf. Catena Aurea, 6140.
[7] BENEDICTO XVI, Ángelus 12 de febrero de 2006.

 

 

 

“No a la corrupción” dice el Papa Francisco

Cerrar los ojos ante la corrupción que nos invade no sirve de nada. Si queremos acabar con ella, con esa corrupción que causa tanto daño en el mundo, mirémosle a la cara y hablemos claro, como hace el Papa Francisco. “¿Qué hay en la raíz de la esclavitud, del desempleo, del abandono de los bienes comunes y la naturaleza? La corrupción, un proceso de muerte que nutre la cultura de la muerte. Porque el afán de poder y de tener no conoce límites. La corrupción no se combate con el silencio. Debemos hablar de ella, denunciar sus males, comprenderla para poder mostrar la voluntad de hacer valer la misericordia sobre la mezquindad, la belleza sobre la nada Pidamos juntos para que aquellos que tienen un poder material, político o espiritual no se dejen dominar por la corrupción.”

 

 

 

V Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B (2018)

Curó a muchos enfermos de diversos males (cf. Mc 1, 29-39)

El mundo es bello y la vida una aventura extraordinaria. Sin embargo, con frecuencia las nubes de las enfermedades, las penas y los problemas oscurecen este hermoso paisaje. Por eso Job reconoce que la vida en la tierra “es como un servicio militar”[1].

¿Qué hacer entonces? ¿Enojarnos con Dios? ¿Negarlo? ¡No! Porque si lo hacemos, el dolor y las dificultades seguirán ahí, pero ahora estaremos solos para enfrentarlos, sin sentido, y sin una esperanza que nos dé fuerza para seguir adelante.

San Agustín, que lo entendió, dijo al Señor: “No oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo estoy enfermo; tú eres misericordioso, y yo miserable” [2]. Así se dejó encontrar y sanar por Dios, que en Jesús se ha hecho uno de nosotros para hacer suyas nuestras debilidades[3].

Jesús ha venido a curarnos del pecado, a comunicarnos su Espíritu, y a darnos la salud de ser hijos de Dios, ¡partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar! Y al igual que hizo con la suegra de Simón, que estaba enferma, se acerca a nosotros para levantarnos en los momentos de dolor y dificultad.

¿Cómo lo hace? Descubriéndonos que él está con nosotros para hacernos ver que todo tiene sentido, mostrarnos la meta maravillosa y sin final que nos aguarda, y ayudarnos a seguir adelante hasta alcanzarla. Por eso san Juan Pablo II decía: “Cuando todo se derrumba alrededor de nosotros, y tal vez también dentro de nosotros, Cristo sigue siendo nuestro apoyo que no falla”[4] ¡Él sana los corazones quebrantados y venda las heridas[5]!

Cuando nos visiten las enfermedades, las penas y los problemas, acudamos a Dios, que viene a nosotros a través de su Palabra, sus sacramentos, la oración, el prójimo y los acontecimientos, y dejémosle que nos ayude dándonos la fuerza de su amor que, como dice san Beda, nos hace ponernos al servicio de los demás[6].

¡Hay tantos que sufren en el alma o en el cuerpo! Y nosotros podemos hacer algo para ayudarlos. Lo primero, “avisarle” a Jesús, es decir, orar por ellos, como hicieron los que le avisaron que la suegra de Simón estaba enferma. Y lo segundo, como san Pablo, anunciar el Evangelio, con nuestras palabras y obras[7], siendo comprensivos, justos, pacientes, serviciales, perdonando y pidiendo perdón.

De esta manera estaremos contribuyendo a que, aún en medio de las enfermedades, las penas y los problemas, todos podamos seguir adelante, exclamando con esperanza, aquello que san Agustín confesó así “Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y mi vida será realmente viva, llena toda de ti” [8].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

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[1] Cf. 1ª. Lectura: Jb 7,1-4.6-7.
[2] Cf. Confesiones, Libro X, Cap. 28, 39.
[3] Cf. Aclamación: Mt 8, 17.
[4] Memoria e Identidad, Ed. Planeta, México, 2005, p. 170.
[5] Cf. Sal 146.
[6] Cf. Super Lucam, cap. 4.
[7] Cf. 2ª. Lectura: 1 Cor 9,16-19.22-23.
[8] Confesiones, Libro X, Cap. 28, 39.

 

 

IV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B (2018)

Enseñaba como quien tiene autoridad (cf. Mc 1, 21-28)

Todos estaban asombrados. Lo que Jesús enseñaba y hacía era superior a cuanto habían visto y oído. Pero, ¿quién era aquel que hacía que en sus vidas resplandeciera una luz[1]? El cumplimiento de la promesa que Dios había hecho a través de Moisés, a quien dijo: “Yo haré surgir en medio de sus hermanos un profeta como tú” [2].

¿Y en qué consiste ser un profeta como Moisés? ¿En hacer las maravillas que él realizó? Benedicto XVI explica que lo esencial del profeta no es eso, sino tratar con Dios como amigo[3]. Precisamente, porque estaba unido a Dios y confiaba en él, Moisés pudo liberar al pueblo de la esclavitud, hacerlo cruzar por en medio del Mar Rojo, guiarlo por el desierto, alimentarlo con el maná, y ser el mediador de la Ley y de la Alianza.

Ese es el punto decisivo de Jesús: él, que es Dios hecho uno de nosotros, está íntimamente unido al Padre[4]. Y es de esa profunda comunión de amor de donde brota toda su fuerza para enseñar, para actuar, y hasta para sufrir[5]. Así ha podido ser el profeta esperado, que enseña con autoridad. Porque, como explica Benedicto XVI, profeta no es el que predice el futuro, sino el que muestra el camino que conduce a Dios, en quien el futuro es posible[6].

Jesús, íntimamente unido al Padre y fortalecido por su Espíritu, es el profeta que nos libera del pecado y de la muerte, y nos muestra el camino para tener una vida digna, para progresar de verdad y alcanzar la eternidad: ser hijos de Dios, vivir unidos a él evitando las distracciones[7], y, con la fuerza de su Espíritu, amar como él.

¿Y saben qué? Desde nuestro bautismo Jesús nos ha hecho partícipes de su misión profética ¡En Jesús somos profetas! ¡Tenemos la misión de mostrar a todos el camino que conduce a Dios, en quien el futuro es posible! Y para eso necesitamos estar cerca de él[8], escuchando su Palabra, recibiendo sus sacramentos, conversando con él en la oración, y hacer lo que nos manda: amar.

Así podremos llevar luz a nuestro matrimonio, a nuestra familia, a nuestro noviazgo, a nuestros vecinos, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de estudio y de trabajo, y a un mundo que yace en las tinieblas de la mentira, la soledad, la injusticia, la pobreza, la corrupción y la violencia.

¡Hagámoslo como Jesús, con humildad y amor! Porque profeta no es el que sabe mucho, sino el que vive lo que sabe. El espíritu inmundo que poseía al hombre en la sinagoga reconoció que Jesús era el Santo de Dios, pero lo rechazó ¿Porqué? Porque, como explica san Agustín, había en él ciencia, pero no caridad[9]. Si queremos ser profetas de verdad y ayudar a los que nos rodean, permanezcamos unidos a Dios y sirvamos a todos con humildad y amor.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Aclamación: Mt 4, 16.
[2] Cf. 1ª Lectura: Dt 18, 15-20.
[3] Cf. Ex 33,11.
[4] Cf. Jn 1,18.
[5] Cf. Gesù di Nazaret, Ed. Rizzoli, Italia, 2007, p. 27.
[6] Ibíd., pp. 22-24.
[7] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 7, 32-35.
[8] Cf. Sal 94.
[9] Cf. De la ciudad de Dios, lib. 9, cap. 20-21.

Concluye semana de formación para el clero

Del 15 al 19 de enero de 2018 se llevó a cabo un semana formativa para todos los sacerdotes de la Diócesis junto con Mons. Eugenio Lira, Obispo de Matamoros, en las instalaciones de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en ciudad Reynosa, Tamaulipas.

Los temas tratados responden a las necesidades de nuestros pastores, salud integral, administración, relaciones interpersonales, así como orientaciones propias para el clero, sobre los tiempos que se avecinan de índole electoral en nuestro País. Los expositores fueron expertos en cada materia, entre ellos el Pbro. Lic. Rogelio Narváez, Secretario ejecutivo de la Conferencia Episcopal para la Pastoral Social.

Mons. Eugenio Lira, al final de cada día de trabajo, exhortaba a continuar los esfuerzos coordinados como sacerdotes para impulsar ámbitos de salud integral, formación permanente de cada sacerdote y laicos, así como brindar elementos para que los jóvenes cada vez más se integren a la vida de Iglesia, esto último en el contexto de este año 2018, dedicado a la Juventud.

El viernes 19 alrededor de la 1:00 pm se tuvo la Santa Misa, como acción de gracias a Dios por esta semana fraterna de estudio y oración.


“El relativismo y la corrupción dañan la esencia de la democracia” P. Rogelio Narváez

 

 

Virgen de la Candelaria visita Diócesis de Matamoros

Con fe y devoción cientos de peregrinos han recibido la imagen peregrina bendita de la Virgen de la Candelaria, venida desde Tlacotalpan, Veracruz.

Ha recorrido ya cientos de kilómetros, donde acompañada por  laicos, sacerdotes y religiosas, trae como misión este peregrinar rezar y acompañar a nuestros hermanos migrantes, así como orar por la paz en México.

El comité organizador planificó el peregrinar en nuestra Diócesis, llegando a la ciudad de San Fernando, Tamaulipas, el pasado 13 de enero del 2018, para llegar a la Catedral de Matamoros al día siguiente 14 de enero alrededor de medio día. De allí, pasó a la ciudad de Río Bravo, en una breve estación para finalmente llegar a la ciudad de Reynosa, en la Parroquia de los Sagrados Corazones de Jesús y María, recorriendo varias parroquias hasta el día 21 de enero.

El domingo 21 de enero Mons. Eugenio Lira, Obispo de Matamoros presidirá una celebración eucarística a las 4:30 pm en los terrenos donde se comenzó a construir una Capilla en honor de la Virgen, ubicada en la Colonia Puerta Sur (por el Periférico salida a Monterrey) en Cd. Reynosa, Tamaulipas.

El lunes 22 de enero se tendrá una Misa en la Casa del Migrante Nuestra Señora de Guadalupe a las 4:00 pm (Cd. Reynosa).

El mismo lunes parte para la ciudad de Los Angeles, California (USA) y habrá de regresar la imagen peregrina de la Virgen de la Candelaria el día 3 de febrero a la Parroquia San Martín de Porres (Cd. Reynosa).

El día 4 de febrero estará la imagen en ciudad Camargo, Tamaulipas y en el poblado de Comales, Tamaulipas. El 11 de febrero en ciudad Nuevo Progreso y finalmente el 12 de febrero termina el peregrinar en Cd. Reynosa, Tamaulipas.

Oramos por la paz y los migrantes, y que este peregrinar nos ayude a meditar sobre la unidad entre nuestras comunidades.

Mayores informes:
Tel. OFIC.(899) 922-1378
E-mail: pmd_dmp@hotmail.com 
Calle Allende No. 400 Zona  Centro, 88500 Reynosa, Tamaulipas.

 

 

III Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B (2018)

El Reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio (cf. Mc 1,14-20)

Alguien escribió: “Cuando sientas que todo termina… que todo frente a ti esta oscuro… Que la gente alrededor se aleja… Sal del cine que ya se acabo la película”. También esta vida se termina; se acaba la juventud, la belleza, la salud, los placeres, el cuerpo, los conocimientos, las cosas, el dinero ¡Todo!

Pero a veces se nos olvida. Por eso nos aferramos a ello ¡Cuidado! Porque como recuerda san Pablo, este mundo se termina[1]. De ahí la urgencia de revisar a qué nos estamos aferrando. No sea que lo estemos haciendo a lo que tarde o temprano se va a hundir, y terminemos hundiéndonos con ello para siempre.

Los ninivitas se aferraban al egoísmo y a la búsqueda insaciable de placeres y de cosas, usando a los demás. Y eso los estaba conduciendo a la destrucción. Pero Dios no los abandonó: envió a Jonás para ayudarlos a recapacitar. Ellos hicieron hicieron caso y se convirtieron de su mala vida, y así se libraron de la destrucción[2].

Con frecuencia nos parecemos a los ninivitas, ¿a poco no? Nos aferramos tanto a nuestro egoísmo, que lo queremos todo para nosotros y que los demás estén a nuestro servicio. Así nos volvemos manipuladores, envidiosos, chismosos, injustos, corruptos y rencorosos ¡Cuidado! Porque eso termina destruyendo el matrimonio, la familia, la sociedad y a nosotros mismos.

Pero el Padre nos quiere tanto que envía a su Hijo para ofrecernos algo muy diferente: el Reino de Dios, que consiste en unirnos a él de tal manera que nuestra vida sea plena y eternamente feliz. Lo único que hace falta es entrar libremente a este Reino, arrepintiéndonos de nuestra mala vida, corrigiéndonos y creyendo en el Evangelio.

San Jerónimo comenta: “El que desea la almendra de la nuez, rompe la cáscara”[3]. Si deseamos saborear una vida por siempre feliz, necesitamos liberarnos de la cáscara del pecado, que es desconfiar de Dios y buscar la felicidad lejos de él. Y habiendo roto esa cáscara, hay que creer en el Evangelio, que como recuerda el Papa, es el propio Jesús[4].

Creer en el Evangelio es seguir a Jesús, estar con él y vivir como nos enseña: amando a Dios, amándonos a nosotros mismos y amando a los demás. Así supieron hacerlo Simón, Andrés, Santiago y Juan, quienes, libres de las cosas pasajeras que atan, pudieron rescatar a muchos del mar del pecado y la muerte, y conducirlos a Dios, que hace la vida por siempre feliz.

Hagamos lo mismo. Liberémonos del pecado y de todo aquello que nos ata. Creamos en Jesús y sigámoslo por el camino del amor. Así podremos rescatar a nuestra familia y a nuestra sociedad del mar de la soledad, la mentira, la injusticia, la corrupción, la pobreza y la violencia, y ayudarles a encontrar a Dios, que está cerca de nosotros.

Y si nos sentimos demasiado débiles para hacerlo, ¡ánimo! Dejemos a Dios que nos fortalezca a través de su Palabra, sus sacramentos y la oración, rogándole con humildad y confianza: “Señor, haz que camine con lealtad” [5]. Y tengamos la seguridad que él no desoirá nuestra súplica.

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 7, 29-31.
[2] Cf. 1ª Lectura: Jon 3, 1-5.10.
[3] Catena Aurea, 6114.
[4] Cf. Angelus, 25 de enero de 2015.
[5] Cf. Sal 24.

 

II Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B (2018)

Hemos encontrado al Mesías (cf. Jn 1, 35-42)

Dios siempre está cerca; nos busca y nos llama por nuestro nombre ¿Porqué? Porque nos conoce ¡Nos conoce a cada uno! ¿Y cómo no va a conocernos, si él nos ha creado? ¡Somos suyos! ¡Por eso nos ama! Y porque nos ama, nos llama a estar con él, en quien somos felices por siempre.

Pero respeta la libertad que nos dio. Por eso espera a que le respondamos lo que Samuel, guiado por el profeta Elí, le dijo: “Habla, que tu siervo te escucha” [1]. ¿Se lo decimos? ¿Estamos dispuestos a escucharlo cuando nos habla en la Biblia y en la Tradición; cuando nos habla en sus sacramentos, sobre todo la Eucaristía; cuando nos habla en la oración, o a través de papá, de mamá, de los hermanos, de los hijos, de los que nos rodean –especialmente los necesitados–, y de los acontecimientos?

Para escuchar se necesita actitud. Y esa actitud se llama “apertura”. Precisamente fue esa apertura la que hizo que los discípulos de Juan le hicieran caso cuando, señalando a Jesús, exclamó: “Éste es el Cordero de Dios”. Porque no estaban cerrados en sí mismos sino abiertos a Dios; porque no eran resignados ni conformistas, sino buscadores de algo mejor, escucharon. Y escuchando, pudieron comprender que Jesús era el Mesías que tanto esperaban; el Mesías que ha venido para liberarnos del pecado y unirnos a Dios.

Y no sólo lo comprendieron intelectualmente, sino que lo siguieron. No se quedaron en la teoría. Estuvieron dispuestos a compartir su vida; a vivir con él y como él. Por eso, cuando Jesús les preguntó: “¿Qué buscan?”, respondieron: “Maestro, ¿dónde vives?”. Así expresaron que buscaban estar con él y vivir como él, porque buscaban estar con Dios, que hace la vida por siempre feliz.

Entonces, contando con su libertad, Jesús, como explica el Papa, los introdujo en el misterio de la Vida, en el misterio de su vida[2]; los invitó a llenarse de su Espíritu de Amor para compartir la felicidad sin final de ser hijos de Dios. Una felicidad que consiste en amar, y que abarca la totalidad de nuestro ser, incluido nuestro cuerpo[3].

Lo que Andrés y el otro discípulo encontraron fue tan grande, que inmediatamente compartieron su alegría a los demás, invitándoles a ir a Jesús. Y es que quien se ha encontrado con Dios ama, y por que ama, procura la salvación de sus hermanos, como dice san Beda[4].

Hoy nosotros estamos aquí, en la Iglesia, donde vive Jesús, gracias a otros que nos han amado y nos han compartido la dicha de estar con él. Pero, ¿qué buscamos al seguirlo? ¿Que nos resuelva nuestros problemas, nos cure de una enfermedad o nos ayude a ganar la lotería? ¿O buscamos escucharlo, compartir su vida y vivir como él?

Sólo escuchándolo, compartiendo su vida y viviendo como él, nuestra vida será plena; tanto, que con nuestra forma de hablar y de actuar ayudaremos a los nuestros y a muchos a encontrarlo. Así, unidos a él, amando y haciendo el bien, le dejaremos que nos ayude a construir una familia y un mundo mejor, y a alcanzar la eternidad. ¡Hagámoslo! Que no nos desanimen nuestras debilidades, problemas y caídas. Abiertos a él, que puede sacarnos adelante, digámosle confiadamente: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”[5].

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: 1 Sam 3, 3b-10.19.
[2] Cf. Santa Misa con sacerdotes, consagrados, religiosas y seminaristas, Morelia, 16 de febrero de 2016.
[3] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 6, 13c-15a.17-20.
[4] Cf. Catena Aurea, 12141.
[5] Cf. Sal 39.

 

Epifanía del Señor 2018

Vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo (cf. Mt 2,1-12)

Todos tenemos ilusiones; realizarnos, ser felices, tener un matrimonio bonito, una familia unida, un buen trabajo y una sociedad en la que podamos desarrollarnos y vivir en paz. Pero a veces, nuestras debilidades, las penas y los problemas oscurecen el camino de tal manera que nos sentimos tentados a tirar la toalla. Dios, que es bueno y nos quiere mucho, nos echa la mano de muchas maneras; entre otras, dándonos ejemplo a través de gente buena, como los magos de oriente, que nos enseñan, al menos, cinco cosas.

La primera: no ser conformistas pensando que no necesitamos nada o que nada puede cambiar. Los magos de oriente, valorando lo que tenían, buscaban algo más; buscaban a Dios, porque sabían que sólo él puede mostrarnos cómo hacer la vida plena, cómo construir un mundo mejor, y cómo alcanzar una felicidad sin final.

La segunda: estar atentos a las señales que Dios nos envía para conducirnos a él. Los magos, como dice el Papa, “lograron ver lo que el cielo les mostraba” [1]. Como científicos, estudiaban los astros; y como hombres de fe, se dejaban iluminar por la Palabra de Dios. Así, uniendo fe y razón, pudieron interpretar lo que les decía la estrella que vieron surgir. También a nosotros Dios nos envía señales; si estamos abiertos y sabemos unir fe y razón, comprenderemos aquellos signos con los que él nos llama y nos guía[2].

Tercera enseñanza: lanzarnos a la aventura de ir a Dios. Los magos no sólo vieron la señal, sino que se pusieron en marcha dejándose guiar por ella. No los detuvieron los comentarios de quienes seguramente les dijeron: “¿Para que se arriesgan? A lo mejor ni encuentran nada”. Como ellos, no dejemos que las presiones de la moda, las malas amistades o nuestros apegos nos anclen ¡Arriesguémonos a seguir las señales de Dios!

Cuarta: no echarnos para atrás cuando perdamos la señal, sino seguir adelante sabiendo pedir ayuda. Los magos perdieron de vista la estrella, pero no dieron marcha atrás; fueron al lugar donde les parecía lógico que naciera el nuevo rey: al palacio. Y aunque no lo encontraron ahí, preguntaron. A veces una enfermedad, una desilusión, un fracaso, o la muerte de un ser querido pueden hacernos perder la señal ¡No demos marcha atrás! Pidamos ayuda a quien nos puede orientar, sobre todo a la Palabra de Dios.

Quinta enseñanza: dejarnos sorprender por Dios, que nos sale al encuentro de forma sencilla; no decepcionarnos de que lo haga así, y hacerle caso cuando nos previene de los peligros. Los magos encontraron a Jesús en un pesebre. Pero no se decepcionaron. Y aunque, como señala san León Magno, sólo vieron a un niño pequeño igual a los demás[3], reconocieron a en él a Dios encarnado para salvarnos a todos, y lo adoraron.

A Jesús lo encontramos en Belén, que, como recuerda san Gregorio Magno, significa Casa de pan[4], porque Jesús viene a nosotros en la Eucaristía. Y en ella nos da la fuerza para reconocerlo en los débiles, en los pobres, en los enfermos, en los que sufren, en los maltratados y abandonados[5]. Como los magos, no nos decepcionemos ¡Reconozcámoslo!

¡Hoy sobre nosotros resplandece el Señor[6]! Viene a liberarnos del pecado y a salvarnos[7]. Nos da su Espíritu, nos hace hijos suyos y nos hace partícipes de su vida por siempre feliz. No excluye a nadie[8]. No nos excluyamos nosotros. Y no excluyamos a los demás. Hagámosle caso cuando nos previene de los “Herodes” que quieren arrebatárnoslo y privarnos de lo que él significa; la vida verdadera. Así podremos volver a casa y a nuestros ambientes, comunicando a todos el amor y la felicidad que sólo Jesús puede dar.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

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[1] Homilía, 6 de enero de 2017.
[2] Cf. JUAN PABLO II, Mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la XX Jornada Mundial de la Juventud 2005, 2.
[3] Cf. In sermone 4 de Epiphani.
[4] Cf. Homiliae in evangelia, 8.
[5] Cf. FRANCISCO, Homilía, 6 de enero de 2017.
[6] Cf. 1ª Lectura: Is 60,1-6.
[7] Cf. Sal 71.
[8] Cf. 2ª Lectura: Ef 3,2-3.5-6.

 

 

 

El Video del Papa / enero 2018

A veces pensamos que ser cristiano es difícil. Pero hay lugares donde lo es mucho más que en otros, como en Asia. Aquí el cristianismo es una minoría y, como otras minorías religiosas, sufre a menudo persecuciones. Pidamos para que todas las religiones, también las minoritarias, encuentren la libertad que a veces hoy no tienen en el continente asiático.

“En el variado mundo cultural de Asia la Iglesia afronta muchos retos y su tarea resulta aún más difícil por el hecho de que constituye una minoría. Estos retos son compartidos con otras tradiciones religiosas minoritarias a las que nos une un deseo de sabiduría, verdad y santidad. Cuando pensamos en el sufrimiento de los que son perseguidos por su religión, vamos espontáneamente más allá de las distinciones de rito o de confesión: nos ponemos del lado de los hombres y mujeres que luchan por no renunciar a su identidad religiosa. Pidamos por todos ellos para que, en los países asiáticos, los cristianos, como también las otras minorías religiosas, puedan vivir su fe con toda libertad.”

 

 

Fiesta de la Epifanía o Día de Reyes

 

El 6 de enero se celebraba desde tiempos inmemoriales en Oriente, pero con un sentido pagano: En Egipto y Arabia, durante la noche del 5 al 6 de enero se recordaba el nacimiento del dios Aion. Creían que él se manifestaba especialmente al renacer el sol, en el solsticio de invierno que coincidía hacia el 6 de Enero. En esta misma fecha, se celebraban los prodigios del dios Dionisio en favor de sus devotos.

La fiesta de la Epifanía sustituyó a los cultos paganos de Oriente relacionados con el solsticio de invierno, celebrando ese día la manifestación de Jesús como Hijo de Dios a los sabios que vinieron de Oriente a adorarlo. La tradición pasó a Occidente a mediados del siglo IV, a través de lo que hoy es Francia. La historia de los Reyes Magos se puede encontrar en Mateo 2, 1-12

“Después de haber nacido Jesús en Belén de Judea, en el tiempo del Rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén diciendo: ¿dónde está el que ha nacido, el Rey de los Judíos? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo. Al oír esto, el Rey Herodes se puso muy preocupado; entonces llamó a unos señores que se llamaban Pontífices y Escribas (que eran los que conocían las escrituras) y les preguntó el lugar del nacimiento del Mesías, del Salvador que el pueblo judío esperaba hacia mucho tiempo. Ellos contestaron: En Belén de Judá, pues así está escrito por el Profeta:

Y tú, Belén tierra de Judá
de ningún modo eres la menor
entre las principales ciudades de Judá
porque de ti saldrá un jefe
que será el pastor de mi pueblo Israel

Entonces Herodes, llamando aparte a los magos, los envió a la ciudad de Belén y les dijo: Vayan e infórmense muy bien sobre ese niño; y cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo. Los Reyes Magos se marcharon y la estrella que habían visto en el Oriente, iba delante de ellos hasta que fue a pararse sobre el lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella, sintieron una gran alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María su madre. Se hincaron y lo adoraron. Abrieron sus tesoros y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Luego, habiendo sido avisados en sueños que no volvieran a Herodes, (pues él quería buscar al Niño para matarlo), regresaron a su país por otro camino.”

 

Podemos aprovechar esta fiesta de la Iglesia para reflexionar en las enseñanzas que nos da este pasaje evangélico:

*Los magos representan a todos aquellos que buscan, sin cansarse, la luz de Dios, siguen sus señales y, cuando encuentran a Jesucristo, luz de los hombres, le ofrecen con alegría todo lo que tienen.
* La estrella anunció la venida de Jesús a todos los pueblos. Hoy en día, el Evangelio es lo que anuncia a todos los pueblos el mensaje de Jesús.
* Los Reyes Magos no eran judíos como José y María. Venían de otras tierras lejanas (de Oriente: Persia y Babilonia), siguiendo a la estrella que les llevaría a encontrar al Salvador del Mundo. Representan a todos los pueblos de la tierra que desde el paganismo han llegado al conocimiento del Evangelio.
* Los Reyes Magos dejaron su patria, casa, comodidades, familia, para adorar al Niño Dios. Perseveraron a pesar de las dificultades que se les presentaron. Era un camino largo, difícil, incómodo, cansado. El seguir a Dios implica sacrificio, pero cuando se trata de Dios cualquier esfuerzo y trabajo vale la pena.
* Los Reyes Magos tuvieron fe en Dios. Creyeron aunque no veían, aunque no entendían. Quizá ellos pensaban encontrar a Dios en un palacio, lleno de riquezas y no fue así, sino que lo encontraron en un pesebre y así lo adoraron y le entregaron sus regalos. Nos enseñan la importancia de estar siempre pendientes de los signos de Dios para reconocerlos.

Los Reyes Magos fueron generosos al ir a ver a Jesús, no llegaron con las manos vacías. Le llevaron:

  • oro: que se les da a los reyes, ya que Jesús ha venido de parte de Dios, como rey del mundo, para traer la justicia y la paz a todos los pueblos;
  • incienso: que se le da a Dios, ya que Jesús es el hijo de Dios hecho hombre;
  • mirra: que se untaba a los hombres escogidos, ya que adoraron a Jesús como Hombre entre los hombres.

 

Significado de la fiesta:

Antes de la llegada del Señor, los hombres vivían en tinieblas, sin esperanza. Pero el Señor ha venido, y es como si una gran luz hubiera amanecido sobre todos y la alegría y la paz, la felicidad y el amor hubieran iluminado todos los corazones. Jesús es la luz que ha venido a iluminar y transformar a todos los hombres.

Con la venida de Cristo se cumplieron las promesas hechas a Israel. En la Epifanía celebramos que Jesús vino a salvar no sólo a Israel sino a todos los pueblos.

Epifanía quiere decir “manifestación”, iluminación. Celebramos la manifestación de Dios a todos los hombres del mundo, a todas las regiones de la tierra. Jesús ha venido para revelar el amor de Dios a todos los pueblos y ser luz de todas las naciones.

En la Epifanía celebramos el amor de Dios que se revela a todos los hombres. Dios quiere la felicidad del mundo entero. Él ama a cada uno de los hombres, y ha venido a salvar a todos los hombres, sin importar su nacionalidad, su color o su raza. Es un día de alegría y agradecimiento porque al ver la luz del Evangelio, salimos al encuentro de Jesús, lo encontramos y le rendimos nuestra adoración como los magos.

 

Origen de la Rosca de Reyes

Después de que los Reyes adoraron a Jesús, un ángel les avisó que no regresaran donde Herodes y ellos regresaron por otro camino. Herodes al enterarse que había nacido el Rey que todos esperaban, tuvo miedo de perder su puesto y ordenó matar a todos los niños menores de dos años entre los cuales se encontraría dicho Rey.
La Sagrada Familia huyó a Egipto y el niño Dios se salvó, otras familias escondieron a los bebés en tinajas de harina y así no fueron vistios y salvaron sus vidas. Desde entonces, los judíos comían pan ázimo el 6 de enero en el que escondían un muñeco de barro recordando este acontecimiento.

Los primeros cristianos tomaron un poco de esta tradición y la mezclaron con la historia de la visita de los Reyes Magos para la celebración de la Epifanía: cambiaron el pan ázimo por pan de harina blanca y levadura, cocida en forma de Rosca, endulzándolo con miel y adornándolo con frutos del desierto, como higos, dátiles y algunas nueces.

Para los cristianos, la forma circular de la rosca simboliza el amor eterno de Dios, que no tiene principio ni fin. Los confites son las distracciones del mundo que nos impiden encontrar a Jesús.

El muñequito escondido dentro de la rosca, simboliza al Niño Jesús que los reyes no encontraban porque la estrella desaparecía.

Esta costumbre de los cristianos de Palestina llegó a Europa y posteriormente a América.

En México, el que encuentra el muñequito de la rosca se convierte en el centro de la fiesta: se le pone una corona hecha de cartón y cubierta de papel dorado y se le da el nombramiento de “padrino del Niño Jesús”.

El padrino deberá vestir con ropas nuevas a la imagen del niño Jesús del nacimiento y presentarlo en la Iglesia el día 2 de Febrero, día de la Candelaria. Después hará una fiesta con tamales y atole.

 

Tere Vallés | Fuente: Catholic.net