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III Domingo de Adviento. Ciclo B

Vino como testigo, para dar testimonio de la luz (cf. Jn 1, 6-8.19-28)

Las cosas no andaban bien. Por eso muchos esperaban que alguien viniera a mejorarlo todo y a ofrecer un futuro. Y Dios, autor de cuanto existe, no abandonó a su pueblo; envió a su Hijo para curar nuestro corazón –que estaba quebrantado por el pecado–, para liberarnos de la cautividad del mal y de la muerte, para darnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, ¡partícipes de su vida por siempre feliz[1]!

Por eso Juan, a quien envió para preparar a todos a recibir a Jesús, anuncia: “alguien viene detrás de mí, a quien no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”. ¡Órale! El Bautista, como dice san Gregorio Magno: “Negó claramente lo que no era, pero no negó lo que era”[2]; un instrumento de Dios para ayudar a todos a encontrarse con él.

Pensemos cuántos han sido “juanes” para nosotros; quizá mamá, papá, los abuelos, algún pariente o amigo, la catequista, una religiosa, un seminarista, un sacerdote… personas que, cuando teníamos el corazón destrozado y estábamos prisioneros de la soledad, el sinsentido o la desesperanza, nos invitaron a acercarnos a Dios para experimentar su amor que, como dice la Virgen María: “colma de bienes a los hambrientos”[3].

¿Y saben qué? También nosotros podemos ser “juanes” para los demás. Por eso san Pablo aconseja: “No impidan la acción del Espíritu Santo, ni desprecien el don de profecía”[4]. Hay tantos que sufren pobreza, material o espiritual. Tantos con el corazón quebrantado por la soledad, la injusticia, el abandono o el dolor de no saber qué fue de un pariente desaparecido o que murió víctima de la violencia. Tantos cautivos del egoísmo, la superficialidad, las pasiones, el consumismo, la moda, la corrupción y la violencia.

¿Qué hacer? ¿Quejarnos? ¿Olvidarnos de que somos cristianos y dejarnos llevar por lo que sucede? Hoy muchos lo hacen. Por eso se están preparando para una Navidad sin Navidad, poniendo adornos y comprando regalos, pero olvidándose del gran festejado: Jesús, que por nosotros nace en Belén. Por eso estamos como estamos.

Pero si recibimos a Jesús y vivimos como nos enseña, orando, dando gracias y eligiendo lo bueno[5], ayudaremos a muchos a redescubrir que en él está la salvación; que en él, como dice el Papa, es posible encontrar la paz y la fuerza para afrontar cada día las diversas situaciones de la vida, incluso las más pesadas y difíciles, sabiendo que no estamos solos[6], y salir adelante.

Que Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, nos obtenga de Dios la gracia de enderezar el camino de nuestra vida, de nuestro matrimonio, de nuestra familia, de nuestra comunidad y de nuestra Iglesia, y nos de la fuerza para ayudar a muchos a hacerlo también, conscientes de que de eso depende el presente y el futuro.

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª. Lectura: Is 61,1-2.10-11.
[2] In Evang., hom 7.
[3] Cf. Salmo responsorial, tomado de Lc 1.
[4] Cf. 2ª. Lectura: 1 Tes 5,16-24.
[5] Ídem.
[6] Cf. Angelus, 14 de diciembre de 2014.

 

 

II Domingo de Adviento. Ciclo B

Preparen el camino del Señor (cf. Mc 1, 1-8)

“Consuelen, consuelen a mi pueblo”[1]. ¡Qué palabras tan dulces! ¿Verdad? Porque todos necesitamos consuelo, sobre todo cuando nos sentimos solos e incomprendidos; cuando padecemos una enfermedad o una angustia económica; cuando somos víctimas de envidias, chismes y de bullying; cuando enfrentamos alguna pena o un problema, y no le vemos salida.

Frente a todo esto, Dios, creador de cuanto existe, quiere consolarnos, no dándonos una simple “palmadita”, sino llegando al fondo: salvándonos del autoexilio que nos impusimos al desconfiar de él y dejarnos esclavizar por el pecado, que hace que el mal se extienda en nuestra familia y en el mundo, causando dolor y muerte.

Él mismo se ha hecho uno de nosotros en Jesús para ofrecernos el consuelo de liberarnos del pecado, comunicarnos su Espíritu, hacernos hijos suyos, y darnos la esperanza de participar de su vida por siempre feliz. A eso viene en Navidad, a eso viene continuamente a nosotros, y a eso vendrá en el último día.

Sólo hace falta que lo recibamos preparándole el camino, como aconseja su enviado, Juan el Bautista. ¿Cómo? Viviendo con justicia[2]. Y vivir con justicia es dejar que él nos llene de su amor para que podamos amarlo, amarnos y amar a los demás. Porque, como dice san Jerónimo, quien se ama a sí mismo y no ama al prójimo, se aparta del camino, y quien ama al prójimo pero no se ama sí mismo, se sale del camino[3].

Quizá hasta ahora nos nos hemos dejado amar ni hemos amado como debiéramos. Pero, ¡animo! Dios no nos manda a volar ¡Al contrario! Como recuerda san Pedro, tiene paciencia; nos da tiempo para que recapacitemos y le echemos ganas de tal modo que, cuando llegue la hora, pueda hallarnos en paz y sin mancha[4].

Para ello, démonos la oportunidad de experimentar la alegría de su consuelo y de consolar a los demás, como aconseja el Papa [5]. Si te sientes solo, triste, sin sentido y desesperanzado, permítele al Señor consolarte, escuchando su Palabra, recibiendo sus sacramentos –sobre todo la Eucaristía–, y conversando con él en la oración.

Así experimentarás su amor y, más allá de las penas y problemas transitorios, verás la meta maravillosa y sin final que nos aguarda. Entonces te sentirás reanimado, y serás capaz de consolar a tu familia, a tus amigos, a tus compañeros de escuela o de trabajo, a los que tratan contigo, y a los más necesitados, siendo comprensivo, justo, servicial, paciente, solidario, perdonando y pidiendo perdón.

¡No seamos “cristianos cebollitas”, que hagan llorar! Dejándonos consolar por Dios, llevemos su consuelo a los que nos rodean. Así estaremos ayudando a que en nosotros, en nuestra familia y en nuestra sociedad se vaya haciendo realidad aquel cielo nuevo y aquella tierra nueva que todos anhelamos, y que él llevará su plenitud eterna. Que Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, nos acompañe en este esfuerzo.

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Is 40,1-5.9-11.
[2] Cf. Sal 84.
[3] Cf. Catena Aurea, 6102.
[4] Cf. 2ª Lectura: 2 Pe 3, 8-14.
[5] Cf. Angelus, 7 de diciembre de 2014.

 

 

Este mes el Papa nos pide que recemos por los ancianos

 

¿De quién vamos a aprender más que de los que más han vivido? Cuidémosles. Son el futuro. “Un pueblo que no cuida a los abuelos y no los trata bien es un pueblo que ¡no tiene futuro! Los ancianos tienen la sabiduría. A ellos se les ha confiado transmitir la experiencia de la vida, la historia de una familia, de una comunidad, de un pueblo. Tengamos presentes a nuestros ancianos, para que sostenidos por las familias e instituciones, colaboren con su sabiduría y experiencia a la educación de las nuevas generaciones.”

 

 

 

I Domingo de Adviento. Ciclo B

Velen, pues no saben a qué hora regresará el dueño de la casa (cf. Mc 13, 33-37)

Acampaban dos amigos, cuando en la madrugada se despiertan y uno dice: “Mira hacia arriba y dime qué ves”. “El cielo”. “Y eso, ¿qué te dice?”. “Que hay millones de estrellas, de galaxias y de planetas ¿Y a ti?”. Entonces, saltando, el otro grita: “¡Que nos han robado la tienda de campaña!”. Moraleja: hay que estar alerta.

Hay que estar alerta, porque a nadie nos gusta que nos quiten nuestras cosas ¿Verdad? Y Dios, que nos ha creado y nos ama, no quiere que perdamos lo más valioso: la vida. Él quiere que tengamos vida; una vida tan plena, que llegue a ser eterna.

Por eso, a pesar de que nos dejamos “dormir” por el demonio y pecamos, nuestro Padre rasgó el cielo y bajó[1], hasta hacerse uno de nosotros en Jesús, para rescatarnos del pecado, darnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, enriqueciéndonos así de tal manera, que, como dice san Pablo, no carecemos de ningún don[2].

¡Esto es lo que vamos a celebrar en Navidad! En ella, experimentándonos infinitamente amados por Dios, nos daremos cuenta que tenemos tal abundancia de amor, que podemos compartirlo con los demás. Y viviendo de esta manera, estaremos listos para que cuando Jesús vuelva pueda llevarnos a gozar para siempre de él.

Eso es lo que nos enseña cuando dice: “Velen y estén preparados”. Él nos recuerda que, antes de volver al Padre, nos encomendó su casa asignándonos a cada uno una responsabilidad, y que espera que al regresar nos encuentre haciendo lo que nos toca.

¿Y cuál es la casa que nos ha encomendado cuidar? Nosotros mismos. Nuestro matrimonio. Nuestra familia. Nuestro noviazgo. Nuestras amistades. Nuestros ambientes de vecinos, de estudio y de trabajo. Nuestra comunidad parroquial. Nuestra Diócesis. Nuestra Ciudad. Nuestro Estado. Nuestro País. Nuestro mundo. Nuestra Iglesia.

¡Por favor!, no nos vayamos dormir, encerrándonos en nosotros mismos y olvidándonos de los demás. No vaya a sucedernos lo que aquél a quien su esposa le reclamó: “¡Veinticinco años de matrimonio y nunca me has comprado ni una tarjeta!”, a lo que respondió: “¡No sabía que tenías una papelería!”.

Seamos sensibles a los demás. Echémosles la mano en sus necesidades materiales y espirituales. No olvidemos que, como dice san Agustín, el día del retorno del Señor encontrará dormido “a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido” [3].

“El Evangelio –comenta el Papa– no nos quiere dar miedo, sino abrir nuestro horizonte a otra dimensión, más grande” [4]. Así es; nos invita a ensanchar el corazón; a pedir al Señor que venga a visitarnos y nos salve[5], a través de su Palabra, sus sacramentos y la oración, para que permanezcamos alerta comunicando su amor a los demás.

Que Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, interceda por nosotros para que en este Adviento, mirando más allá de lo inmediato y pasajero, nos decidamos a hacerlo así, de modo que estemos siempre preparados para partir hacia la dicha sin final.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Is 63, 16-17. 19; 64, 2-7.
[2] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 1, 3-9.
[3] Epístola 80.
[4] Angelus, 27 de noviembre 2016.
[5] Cf. Sal 79.

 

 

 

No estar “todo el día al teléfono” pide el Papa a jóvenes

El Papa Francisco también se encontró con los jóvenes católicos de Bangladesh en su último día en el país. A ellos pidió ir siempre adelante con esperanza, y no estar “todo el día al teléfono” olvidando lo que hay alrededor.

Después del encuentro con sacerdotes, religiosos y seminaristas, el Pontífice se acercó hasta el cementerio parroquial de la iglesia del Santo Rosario, donde rezó ante algunas tumbas y las bendijo. A continuación, visitó la iglesia y luego se trasladó hasta el Notre Dame College para el encuentro con los jóvenes.

En su discurso, el Papa destacó el valor del “patrimonio cultural” e invitó a los jóvenes a “mirar más allá de nosotros mismos”. “Hablad con vuestros padres y abuelos, ¡no os paséis todo el día con el teléfono, ignorando el mundo que os rodea!”, les recomendó.

“Vuestra cultura os enseña a respetar a los ancianos. Como he dicho antes, los ancianos nos ayudan a apreciar la continuidad de las generaciones. Llevan consigo la memoria y la sabiduría experiencial, que nos ayuda a evitar repetir los errores del pasado”.

“A través de sus palabras, su amor, su afecto, su presencia, comprendemos que la historia no ha iniciado con nosotros, sino que somos parte de un antiguo «viajar» y que la realidad es más grande que nosotros mismos”.

Con sus palabras, Francisco respondió también a Upasana y Anthony, quienes ofrecieron al Papa sus testimonios. “Los jóvenes tenéis algo único: estáis siempre llenos de entusiasmo, y me siento rejuvenecer cada vez que os encuentro”, les dijo el Papa.

Pero no sólo eso, porque “los jóvenes están siempre listos para ir hacia adelante, hacer que todo suceda y arriesgar”.

“Os animo a continuar con ese entusiasmo en las circunstancias buenas y malas. Ir hacia adelante, especialmente en aquellos momentos en los que os sentís oprimidos por los problemas y la tristeza y, mirando alrededor, parece que Dios no aparece en el horizonte”.

Francisco les pidió estar atentos de “no vagar sin rumbo” porque “nuestra vida tiene una dirección; tiene un fin que nos ha dado Dios”. “Es como si hubiese colocado dentro de nosotros un software, que nos ayuda a discernir su programa divino y a responderle con libertad. Pero, como todo software, necesita también ser actualizado constantemente. Tened actualizado vuestro programa, escuchando al Señor y aceptando el desafío de hacer su voluntad”, dijo a los jóvenes.

“Lo único que nos orienta y nos hace ir hacia adelante en el sendero justo es la sabiduría, la sabiduría que nace de la fe, dijo para alertar tras estas palabras del peligro de la “falsa sabiduría” de “este mundo”.

Para recibir la verdadera “debemos mirar el mundo, nuestra situación, nuestros problemas, todo, con los ojos de Dios. Nosotros recibimos esta sabiduría cuando comenzamos a ver las cosas con los ojos de Dios, a escuchar a los demás con los oídos de Dios, a amar con el corazón de Dios y a valorar las cosas con los valores de Dios”, indicó.

 

Falsas promesas de felicidad

El Santo Padre aprovechó para denunciar las “falsas promesas de felicidad” que ofrece la cultura contemporánea porque “no puede liberar” y “sólo conduce a un egoísmo que nos llena el corazón de oscuridad y amargura”.

“Es triste cuando comenzamos a cerrarnos en nuestro pequeño mundo y nos replegamos sobre nosotros mismos. Entonces hacemos nuestro el principio de ‘o como digo yo o adiós’ y quedamos atrapados, encerrados en nosotros mismos”, dijo al hablar del peligro que supone no aceptar a los otros.

“Cuando un pueblo, una religión o una sociedad se convierten en un ‘pequeño mundo’, pierden lo mejor que tienen y caen en una mentalidad presuntuosa, la del ‘yo soy bueno, tú eres malo’”.

Para terminar, les recordó que los cristianos deben estar llenos de esperanza “en el encuentro personal con Jesús en la oración y en los sacramentos, y en el encuentro concreto con él en los pobres, los enfermos, los que sufren y los abandonados. En Jesús descubrimos la solidaridad de Dios, que camina constantemente a nuestro lado”.

 

ACI/Prensa

 

¿Qué es el Adviento y cuándo inicia?

 

El Adviento es el tiempo de preparación para celebrar la Navidad y comienza cuatro domingos antes de esta fiesta. Además marca el inicio del Nuevo Año Litúrgico católico y este 2017 empezará el domingo 3 de diciembre.

Adviento viene del latín “ad-venio”, que quiere decir “venir, llegar”. Comienza el domingo más cercano a la fiesta de San Andrés Apóstol (30 de noviembre) y dura cuatro semanas.

El Adviento está dividido en dos partes: las primeras dos semanas sirven para meditar sobre la venida final del Señor, cuando ocurra el fin del mundo; mientras que las dos siguientes sirven para reflexionar concretamente sobre el nacimiento de Jesús y su irrupción en la historia del hombre en Navidad.

En los templos y casas se colocan las coronas de Adviento y se va encendiendo una vela por cada domingo. Asimismo, los ornamentos del sacerdote y los manteles del altar se tornan de color morado como símbolo de preparación y penitencia.

Muchos católicos conocen del Adviento, pero tal vez las preocupaciones en el trabajo, los exámenes en la escuela, los ensayos con el coro o el teatro de Navidad, el armado del nacimiento o pesebre y la compra de regalos, hacen que se olvide el verdadero sentido de este tiempo.

 

La Corona de Adviento
https://www.aciprensa.com/recursos/la-corona-de-adviento-1748

Recursos teológicos y litúrgicos
https://www.aciprensa.com/recursos/recursos-teologicos-y-liturgicos-1777

 

 

 

Solemnidad de Cristo Rey del Universo

Cuanto hicieron con el más insignificante, conmigo lo hicieron (cf. Mt 25,31-46)

Todos queremos una vida en paz, en la que podamos ser libres, desarrollarnos y ser felices. Para eso, a lo largo de los siglos hemos inventado muchas formas de organización social y de gobierno, la mayoría de las cuales, o no nos han brindado lo que esperábamos, o por mucho que lo hagan, tarde o temprano se terminan.

Pero Dios, que nos creó para ser por siempre felices, no nos abandona; a pesar de que desconfiamos de su amor y pecamos, con lo que provocamos que el mal y la muerte entraran en el mundo, ha venido a buscarnos para reunirnos, curarnos, fortalecernos y cuidarnos[1].

Es más, se hizo uno de nosotros en Jesús, quien amándonos hasta el extremo, murió y resucitó para liberarnos del pecado y hacer que pudiéramos volver a la vida. Él nos ofrece, al final de esta peregrinación terrena, entrar para siempre en el Reino del Padre, donde la muerte será definitivamente aniquilada, y Dios será todo en todas las cosas[2].

Lo único que necesitamos para entrar en ese Reino es tener el “pasaporte” que demuestra que somos hijos de Dios y ciudadanos de su Reino. Y ese pasaporte se “imprime” amando y ayudando a los que tienen alguna necesidad, como Jesús enseña en el Evangelio.

Hay tantos hambrientos y sedientos de amor y de una vida digna. Hay tantos forasteros. Hay tantos enfermos del cuerpo o del alma. Hay tantos despojados de la parte que les corresponde de los bienes que Dios ha creado para todos. Hay tantos encerrados en una prisión o en la cárcel de las pasiones y adicciones. Y Jesús nos pide hacer algo por ellos.

San Juan Crisóstomo hace notar que en este pasaje del Evangelio, cuando Jesús explica a los que se condenaron porqué irán al castigo eterno, no les dice: “Estaba en la cárcel y no me sacaron; enfermo y no me curaron”; sino que les dice: “no me visitaron”, y “no vinieron a verme”; así nos enseña que él no pide cosas que estén fuera de nuestro alcance, sino que hagamos lo que podamos[3].

Ciertamente es imposible solucionar todos los problemas de la humanidad; pero sí podemos hacer algo por los que formamos parte de ella, empezando por casa. Si ponemos en práctica el amor al prójimo, el Reino de Dios se realiza en medio de nosotros. En cambio, como explica Benedicto XVI, si cada uno piensa sólo en sus propios intereses, el mundo va a la ruina[4].

¿Qué no siempre es fácil preocuparse y ocuparse del prójimo? Es cierto. Pero no olvidemos que no estamos solos: Jesús, con quien nada nos falta, nos conduce y nos fortalece[5], si es que nos dejamos. ¡Hagámoslo! Y reconociéndole como nuestro Rey, recibamos la fuerza que nos da a través de su Palabra, sus sacramentos y la oración, para que, siguiendo su ley de amor, seamos capaces de contribuir a la construcción de una familia y de un mundo mejor, y de vivir en la casa del Señor por años sin término. Que nuestra Madre, Refugio de pecadores, nos ayude a hacerlo así.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª. Lectura: Ez 34, 11-12.15-17.
[2] Cf. 2ª. Lectura: 1 Cor 15, 20-26.28.
[3] Cf. Homiliae in Matthaeum, hom. 79, 1.
[4] Cf. Angelus, 23 de noviembre de 2008.
[5] Cf. Sal 22.

 

 

Jesucristo, Rey del Universo

La celebración de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios. Para este año 2017 la fiesta será el 26 de noviembre.

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí” (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.

La celebración de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí” (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.

 

https://www.aciprensa.com

 

 

 

Primeros mártires de México y de toda América

 

Las investigaciones históricas hechas hasta el año 2015 señalan que los primeros mártires de México y de toda América son los adolescentes tlaxcaltecas Cristóbal (muerto hacia 1527), Antonio y Juan (muertos hacia 1529).

Cristobal

Cristóbal fue un joven que nación en una pequeña población de Atlihuetzía que recibió martirio a los 12 o 13 años.

El joven tlaxcalteca asistió a la Escuela Franciscana en donde asimiló con rapidez la doctrina cristiana, a tal grado, que él mismo pidió el bautismo. En seguida comenzó a exhortara a su padre y a sus familiares a dejar la embriaguez y a abandonar la idolatría. Viendo Cristóbal que no había enmienda en su padre ni en sus familiares, derramaba el pulque que encontraba en la casa de su padre.

Irritado por el comportamineto de su hijo, en una ocasión de rabia el padre de Cristobal lo golpeó, apaleó y arrojó al fuego al punto de dejarlo en agonía.

El niño llamaba continuamente a Dios diciendo: “Señor, Dios mío; hacer merced de mí. Si Tú quieres que yo muera, muera yo y si Tú quieres que viva, líbrame de este cruel de mi padre”.

Rescatado por su madre y otros familiares, Cristóbal sobrevivió hasta la mañana siguente donde llamó a su padre y le dijo :

”¡Oh padre no pienses que estoy enojado, porque yo estoy muy alegre, sábete que me has hecho más honra, que no vale tu señorío!”.

Muerto el niño mandó su padre que lo sepultaran en una de las habitaciones de su casa. Cuando se descubrió el crimen Fray Andrés de Córdoba, en compañía de muchos indios trasladó el cuerpo de Cristóbal al primer convento que tenían los franciscanos.

Lo hallaron incorrupto en este primer traslado al ex – convento de San Francisco, actualmente Catedral de Tlaxcala. Finalmente algunos historiadores afirman que hubo un tercer traslado, unos dicen que al convento de San Francisco de México, otros, que al convento de San Francisco de Puebla.

Antonio y Juan

Antonio y Juan nacieron en el pueblo de Tizatlán, uno de los Cuatro Señoríos de la antigua República de Tlaxcala. Ambos estudiaron en la primera escuela franciscana de Tlaxcala donde fueron llevados junto a un tercer niño a Oaxaca a hacer misiones por petición de sacerdotes dominicos.

Fray Martín los exhortó a estar preparados , quizá tendrían que sufrir mucho. Ellos contestaron estar dispuestos como San Pedro, san Pablo y San Bartolomé, que sufrieron por Cristo.

Llegados a Tepeaca, los Frailes dominicos comenzaron la predicación del Evangelio. Los niños se dedicaron a recolectar ídolos en las poblaciones de Tecali y Cuahutinchán donde fueron sorprendidos por los naturales, que los mataron a palos. El otro niño llamado Dieggo se escapó.

Primeramente, los cuerpos fueron arrojados a una barranca. De allí fueron llevados a Tepeaca y sepultados en una capilla, donde se celebraba la Misa.

El Papa San Juan Pablo II, durante su segundo viaje a México, los declaró Beatos el 6 de mayo de 1990, en una emocionante ceremonia en la Basílica de Guadalupe. Finalemnte el Papa Francisco canonizó el domingo 15 de octubre 2017, en la Plaza de San Pedro del Vaticano, a los niños mártires.

 

http://inspiramedios.org

 

 

 

 

XXXIII Domingo Ordinario, ciclo A. Jornada de los pobres

Demos fruto con los talentos recibidos (cf. Mt 25,14-30)

Justina Krzyzanowska, madre del gran compositor Federico Chopin, entretenía a la familia tocando valses y mazurcas. Una noche, Federico, de cinco años, se levantó y comenzó a tocar al clavicordio algunas piezas que había oído interpretar a su madre. “Mamá –dijo el niño–, quise probar si podía tocar como tú, para que puedas descansar”. ¡Qué hermoso! Aquel niño le echó ganas al talento que tenía para ponerlo al servicio de los demás.

También nosotros tenemos algún talento ¿Verdad? Es más, ¡Dios nos ha dado muchos talentos! La creación, la vida, el cuerpo, el alma, la inteligencia, la voluntad, la libertad, sentimientos, amor, la familia, amigos, la sociedad. Y aunque no nos da a todos las mismas cualidades e iguales recursos, porque sabe lo que a cada uno conviene, sí nos ha regalado a todos a Jesús, que nos ha liberado del pecado, nos ha convocado en su Iglesia, nos ha dado su Espíritu y nos ha hecho hijos de Dios, ¡partícipes de su vida por siempre feliz!

Y para que podamos vivir desde ahora esa vida, Jesús nos ha confiado su patrimonio: la fe en el Padre, su Espíritu –que es el Amor–, su Palabra, sus sacramentos –sobre todo la Eucaristía–, su Iglesia, la oración, el prójimo… Y espera que, cuando vuelva, lo hayamos hecho fructificar. “Se fía de nosotros –dice el Papa–… No lo decepcionemos” [1]. No permitamos que nos adormezca la oscuridad del pecado, que nos hace egoístas ¡Estemos atentos[2]!

Echémosle ganas a lo que Dios nos ha confiado y demos fruto siguiendo su camino, que nos hace dichosos[3]: el amor. Que sea el amor lo que nos haga llevar la vida a plenitud, cuidando nuestra salud, física, sexual, emocional, intelectual, moral y espiritual. Valorando a la familia. Respetando, promoviendo y defendiendo la vida, la dignidad y los derechos de todos. Compartiendo la alegría de la fe. Abriendo las manos a los necesitados[4]. Custodiando la tierra.

El que actúa así, entrará en el gozo eterno del Señor. En cambio, el que no tiene amor y no quiere ser útil al prójimo, y además, en lugar de reconocer su error, pedir perdón y corregirse, se empecina y hasta culpa a Dios de su propia irresponsabilidad, considerándolo demasiado exigente e injusto[5], perderá todo para siempre[6].

Aprendamos lo que Jesús enseña. Y mirando con esperanza lo que nos ofrece, propongámonos hoy, Jornada mundial de los pobres, hacer nuestra la cultura del encuentro, de tal modo que, como pide el Papa, seamos capaces de compartir con los necesitados lo que Dios creó para todos[7]. Hagámoslo, teniendo presente que, como dice san Gregorio Magno: “a cada uno se le contará como talento lo que hiciere por el más pequeño” [8].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Angelus, 16 de noviembre de 2014.
[2] Cf. 2ª Lectura: 1 Tes 5,1-6.
[3] Cf. Sal 127.
[4] Cf. 1ª Lectura: Prov 31,10-13.19-20.30-31.
[5] Cf. SAN JERÓNIMO, Catena Aurea, 5514.
[6] Cf. SAN GREGORIO MAGNO, Homiliae in Evangelia, 9,6.
[7] Cf. Mensaje para la Jornada mundial de los pobres, 6.
[8] Homiliae in Evangelia, 9,6.

 

 

Diezmo 2017: “Compartir para repartir”

Al pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Matamoros:

Dios, a quien debemos lo que somos y lo que poseemos, nos invita a ser compartidos.  Con esta convicción, nuestra Diócesis de Matamoros vivirá la actividad anual del Diezmo diocesano en todos nuestros templos el próximo domingo 26 de noviembre, Solemnidad de Cristo Rey del universo, y la colecta domiciliaria durante el mes de enero de 2018.

Quienes deseen, podrán entregar directamente su Diezmo 2017 a la Economía Diocesana. También podrán depositarlo en la siguiente cuenta, enviando la respectiva ficha de depósito a la misma Economía Diocesana:

Con nuestro diezmo ayudamos a la Iglesia a realizar la misión que Jesús le ha confiado en bien de toda la gente. Por eso, les ruego que le echemos ganas al Diezmo diocesano, teniendo presentes las palabras del apóstol san Pablo: “Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría” (2Co 9, 7).

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

Sobre el diezmo diocesano: http://diocesisdematamoros.org/diezmo-diocesano/

 

 

Asamblea diocesana de Pastoral

 

Al pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Matamoros:

Con el deseo de seguir adelante en la elaboración de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, y descubriendo que en este camino Dios nos regala el Año de la Juventud, invito a todos a participar en la Asamblea Diocesana de Pastoral que, con el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, se llevará a cabo el jueves 23 y el viernes 24 de noviembre, de 8:00 am a 4:00 pm en el Salón “San José” de la UNM (H. Matamoros, frente a la UNM, antiguo Seminario de Matamoros, Calle Sexta y Francisco González Villarreal).

Ahí, unidos al Señor y entre nosotros, podremos escuchar su Palabra, celebrarlo, orar, reflexionar, dialogar y discernir con los jóvenes para acompañarlos y aprender juntos a vivir la fe, a comunicar su fuerza transformadora y a discernir la llamada de Dios.

La Post-asamblea tendrá lugar el sábado 25 de noviembre en la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes de 10:00 am a 12:00 pm. Participan en ella los vicarios de Pastoral, decanos y las comisiones y dimensiones que estarán acompañando los 8 ámbitos para el Año de la Juventud. Al término de la misma, nos trasladaremos a la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe para unirnos a los jóvenes de la Zona Pastoral Matamoros que llegarán en procesión y así celebrar con ellos la Eucaristía en punto de la 1:00 pm.

Pongo en manos de Dios, por intercesión de Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, nuestra Asamblea Diocesana de Pastoral, rogándole que nos llene de la alegría de su Espíritu para que participemos en ella con el entusiasmo, el amor, la confianza y la creatividad de auténticos discípulos misioneros suyos, dispuestos a cumplir su mandato: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio” (Mc 16, 9-15).

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

 

 

“No amemos de palabra sino con obras”. Mensaje del Papa

JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
19 de noviembre de 2017

No amemos de palabra sino con obras

1. «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Jn 3,18). Estas palabras del apóstol Juan expresan un imperativo que ningún cristiano puede ignorar. La seriedad con la que el «discípulo amado» ha transmitido hasta nuestros días el mandamiento de Jesús se hace más intensa debido al contraste que percibe entre las palabras vacías presentes a menudo en nuestros labios y los hechos concretos con los que tenemos que enfrentarnos. El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres. Por otro lado, el modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien, y Juan lo recuerda con claridad. Se basa en dos pilares: Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10.19); y nos amó dando todo, incluso su propia vida (cf. 1 Jn 3,16).

Un amor así no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados. Y esto es posible en la medida en que acogemos en nuestro corazón la gracia de Dios, su caridad misericordiosa, de tal manera que mueva nuestra voluntad e incluso nuestros afectos a amar a Dios mismo y al prójimo. Así, la misericordia que, por así decirlo, brota del corazón de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.

2. «Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha» (Sal 34,7). La Iglesia desde siempre ha comprendido la importancia de esa invocación. Está muy atestiguada ya desde las primeras páginas de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro pide que se elijan a siete hombres «llenos de espíritu y de sabiduría» (6,3) para que se encarguen de la asistencia a los pobres. Este es sin duda uno de los primeros signos con los que la comunidad cristiana se presentó en la escena del mundo: el servicio a los más pobres. Esto fue posible porque comprendió que la vida de los discípulos de Jesús se tenía que manifestar en una fraternidad y solidaridad que correspondiese a la enseñanza principal del Maestro, que proclamó a los pobres como bienaventurados y herederos del Reino de los cielos (cf. Mt 5,3).

«Vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45). Estas palabras muestran claramente la profunda preocupación de los primeros cristianos. El evangelista Lucas, el autor sagrado que más espacio ha dedicado a la misericordia, describe sin retórica la comunión de bienes en la primera comunidad. Con ello desea dirigirse a los creyentes de cualquier generación, y por lo tanto también a nosotros, para sostenernos en el testimonio y animarnos a actuar en favor de los más necesitados. El apóstol Santiago manifiesta esta misma enseñanza en su carta con igual convicción, utilizando palabras fuertes e incisivas: «Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman? Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre. Y sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? […] ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: “Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta» (2,5-6.14-17).

3. Ha habido ocasiones, sin embargo, en que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándose contaminar por la mentalidad mundana. Pero el Espíritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial. Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres. Cuántas páginas de la historia, en estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos más pobres.

Entre ellos destaca el ejemplo de Francisco de Asís, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos. Él no se conformó con abrazar y dar limosna a los leprosos, sino que decidió ir a Gubbio para estar con ellos. Él mismo vio en ese encuentro el punto de inflexión de su conversión: «Cuando vivía en el pecado me parecía algo muy amargo ver a los leprosos, y el mismo Señor me condujo entre ellos, y los traté con misericordia. Y alejándome de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3; FF 110). Este testimonio muestra el poder transformador de la caridad y el estilo de vida de los cristianos.

No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida. En efecto, la oración, el camino del discipulado y la conversión encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica. Y esta forma de vida produce alegría y serenidad espiritual, porque se toca con la mano la carne de Cristo. Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía. El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se deja encontrar por la caridad compartida en los rostros y en las personas de los hermanos y hermanas más débiles. Son siempre actuales las palabras del santo Obispo Crisóstomo: «Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez» (Hom. in Matthaeum, 50,3: PG 58).

Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades, y a reconocer el valor que tiene la pobreza en sí misma.

4. No olvidemos que para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de él y con él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos (cf. Mt 5,3; Lc 6,20). La pobreza significa un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales. La pobreza es una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad. Es la pobreza, más bien, la que crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercanía de Dios y sostenidos por su gracia. La pobreza, así entendida, es la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 25-45).

Sigamos, pues, el ejemplo de san Francisco, testigo de la auténtica pobreza. Él, precisamente porque mantuvo los ojos fijos en Cristo, fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación. Al mismo tiempo, a los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evangélica que llevan impresa en su vida.

5. Conocemos la gran dificultad que surge en el mundo contemporáneo para identificar de forma clara la pobreza. Sin embargo, nos desafía todos los días con sus muchas caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada.

Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados. A la pobreza que inhibe el espíritu de iniciativa de muchos jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participación y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad.

Todos estos pobres —como solía decir el beato Pablo VI— pertenecen a la Iglesia por «derecho evangélico» (Discurso en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 29 septiembre 1963) y obligan a la opción fundamental por ellos. Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.

6. Al final del Jubileo de la Misericordia quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados. Quisiera que, a las demás Jornadas mundiales establecidas por mis predecesores, que son ya una tradición en la vida de nuestras comunidades, se añada esta, que aporta un elemento delicadamente evangélico y que completa a todas en su conjunto, es decir, la predilección de Jesús por los pobres.

Invito a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna.

7. Es mi deseo que las comunidades cristianas, en la semana anterior a la Jornada Mundial de los Pobres, que este año será el 19 de noviembre, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo, de tal modo que se manifieste con más autenticidad la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey del universo, el domingo siguiente. De hecho, la realeza de Cristo emerge con todo su significado más genuino en el Gólgota, cuando el Inocente clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo, encarna y revela la plenitud del amor de Dios. Su completo abandono al Padre expresa su pobreza total, a la vez que hace evidente el poder de este Amor, que lo resucita a nueva vida el día de Pascua.

En ese domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos. De acuerdo con la enseñanza de la Escritura (cf. Gn 18, 3-5; Hb 13,2), sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente. Con su confianza y disposición a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre.

8. El fundamento de las diversas iniciativas concretas que se llevarán a cabo durante esta Jornada será siempre la oración. No hay que olvidar que el Padre nuestro es la oración de los pobres. La petición del pan expresa la confianza en Dios sobre las necesidades básicas de nuestra vida. Todo lo que Jesús nos enseñó con esta oración manifiesta y recoge el grito de quien sufre a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. A los discípulos que pedían a Jesús que les enseñara a orar, él les respondió con las palabras de los pobres que recurren al único Padre en el que todos se reconocen como hermanos. El Padre nuestro es una oración que se dice en plural: el pan que se pide es «nuestro», y esto implica comunión, preocupación y responsabilidad común. En esta oración todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para entrar en la alegría de la mutua aceptación.

9. Pido a los hermanos obispos, a los sacerdotes, a los diáconos —que tienen por vocación la misión de ayudar a los pobres—, a las personas consagradas, a las asociaciones, a los movimientos y al amplio mundo del voluntariado que se comprometan para que con esta Jornada Mundial de los Pobres se establezca una tradición que sea una contribución concreta a la evangelización en el mundo contemporáneo.

Que esta nueva Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio.

 

Francisco

 

 

 

Inauguración del centro de ayuda “El buen samaritano”

En el contexto de la Jornada Mundial de los Pobres, la Diócesis de Matamoros con su Obispo Mons. Eugenio Lira, coordinados con la Pastoral Social encomendada al Pbro. Francisco Gallardo, se llevará a cabo el 18 de noviembre a las 11:00 am la inauguración y bendición del centro de ayuda “El buen samaritano”.

Este centro apoyará a los familiares de nuestros hermanos que se encuentran en atención médica prolongada, brindando los servicios de aseo personal, descanso, internet y llamadas telefónicas, con un horario para mujeres y niños de 7 am a 11 am y para hombres de 11 am a 3 pm.

La ubicación es en la calle Laguna Leona #18 entre la Calle Sexta y Calle 8, Col. Industrial (muy cerca del Mercado Treviño Zapata). Agradecemos a todos aquellos que hacen posible esta acción a favor de quien lo necesita. La invitación también a quien quiera aportar su tiempo o recursos para esta labor. Dios les bendiga!

 

 

 

Asamblea Plenaria CIV de la Conferencia Episcopal Mexicana

«La Iglesia en Salida es una Iglesia con las puertas abiertas» EG. 46 

La Conferencia del Episcopado Mexicano durante esta semana del 13 al 17 de noviembre, celebrará su CIV Asamblea Plenaria en Casa Lago Cuautitlán Izcalli, Sede CEM, donde los Obispos en Pleno se reunirán para rezar, convivir y tratar los temas más apremiantes que preocupan y ocupan  a la Iglesia que peregrina en México en este momento de su historia.

Ahora, uno de los objetivos más importantes para ésta CIV Asamblea es aprobar el documento base del Proyecto Global Pastoral 2031-2033 (PGP), así como las sucesivas etapas de este Proyecto, cuya génesis ha sido inspirada y sugerida por el Santo Padre, el Papa Francisco en su visita a nuestro país el año pasado.

También, uno de los cometidos de la Asamblea será ver y presentar un informe sobre la actuación de la Iglesia ante las catástrofes ocurridas por los sismos y fenómenos meteorológicos que han golpeado fuertemente a nuestro país, para seguir respondiendo de manera articulada e integral a las comunidades afectadas.

Durante el desarrollo de la Asamblea, también se tratarán temas propuestos por el Papa Francisco, como la Jornada Mundial de los Pobres, el Año de la Juventud, la Jornada Mundial del Migrante, para caminar con la Iglesia Universal en estos temas de vital importancia para la pastoral y el ejercicio de la Caridad siempre querida por el Señor Jesús.

Asimismo, se presentará ante el pleno de obispos, a Santo Tomás de Villanueva dentro del proceso que la Sede Apostólica sigue, para poder otorgarle el título de Doctor de la Iglesia; de igual forma se presentará al Beato Sebastián de Aparicio para, obtenido el consentimiento de la CEM, pueda iniciarse su proceso de Canonización (acto por el cual la Iglesia declara Santo a un fiel cristiano).

Otros temas importantes que se tratarán en esta Asamblea son: los Manuales sobre Inmuebles Eclesiásticos, las disposiciones jurídicas para las Asociaciones religiosas y los ministros de culto; el Ritual de profesión religiosa y el formulario de coronación de la Virgen María.

Ofrecemos y ponemos nuestro trabajo bajo el amparo de la Santísima Virgen María, y pedimos la oración de todo el pueblo cristiano, y de todas las personas de buena voluntad, para que en esta próxima reunión de los Obispos Mexicanos podemos discernir y llevar a cabo juntos la voluntad de Dios, para e bien de nuestro país y de nuestra Iglesia.

 

​​Emmo. José Francisco Cardenal Robles Ortega
​Arzobispo de Guadalajara y ​
Presidente de la CEM
 
Mons. ​Alfonso G. Miranda Guardiola
Obispo Auxiliar de Monterrey y​
Secretario General de la CEM.
 

Ciudad de México, 12 de noviembre de 2017

 

 

 

Reflexión dominical XXXII Domingo Ordinario, ciclo A

Las jóvenes invitadas al banquete de bodas (cf. Mt 25,1-13)

La muerte, que entró en el mundo a causa del pecado que cometimos, es inevitable. Pero san Pablo nos recuerda que gracias a Jesús, que por nosotros murió y resucitó, la muerte no es el final, sino que a los que mueren en Cristo, Dios los lleva con él[1]. ¡Esta es nuestra esperanza! Al final, nuestra alma se saciará por siempre de lo mejor[2].

Morir en Cristo significa haber buscado en esta vida la sabiduría, que siempre se deja encontrar por quienes la desean[3]. Esa sabiduría que nos hace estar preparados en todo momento, como enseña Jesús a través de la parábola de las diez jóvenes invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del Reino de los cielos, la vida eterna[4].

Sin embargo, cinco de ellas no aprovecharon el tiempo de espera, sino que se durmieron. Este adormecimiento significa olvidarse de Dios, como dice el Papa Francisco[5]. Es dejarse llevar por los placeres, las emociones, las modas, el dinero. Pero entonces, cuando llega la hora de la verdad, la lámpara de la vida se queda vacía, y se termina perdiendo el rumbo.

En cambio, las otras cinco previeron un frasco de aceite con qué alimentar sus lámparas. ¿Y qué representan esas lámparas? Las buenas obras, como explica san Agustín[6]. Esas buenas obras que consiste en hacer el bien a los que nos rodean; a la familia, a los amigos, a los vecinos, a los compañeros de estudio o de trabajo, a los hermanos de la comunidad, a la gente que trata con nosotros, a los más necesitados.

¿Y cómo se alimentan esas lámparas? Con la Palabra de Dios, con los sacramentos y con la oración. Esto es algo que cada uno debe procurar. Porque así como al atleta sólo le sirve el ejercicio que él hace y no el que otros realizan, como dice san Juan Crisóstomo: “a ninguno podrán servirnos las obras de otros, sino las propias”[7].

Si no somos previsores, nos sucederá lo que al general que se quedó dormido, y que cuando un soldado lo despertó gritando: “¡hemos perdido la guerra!”, respondió: “¡Pues búsquenla hasta que la encuentren!”. Que nuestra Madre, Refugio de pecadores, nos obtenga de Dios la sabiduría para prepararnos de tal modo que no nos quedemos fuera de la vida plena y eterna que nos ofrece.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 2ª Lectura: 1 Tes 4,13-18.
[2] Cf. Sal 62.
[3] Cf. 1ª Lectura: Sb 6, 12-16.
[4] Cf. BENEDICTO XVI, Angelus, 6 de noviembre de 2011.
[5] Cf. Audiencia General, miércoles 24 de abril de 2013.
[6] Cf. De diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59.
[7] Homiliae in Matthaeum, hom. 78,1.

 

 

Jornada mundial de los pobres 2017

 

Jesús, que por nuestra salvación se despojó para salvarnos (cf. Flp 2,6-11), nos pide seguirlo haciéndonos cargo los unos de los otros, especialmente de los más necesitados, animados por esta promesa: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 40).

Con esta conciencia, el Papa Francisco nos invita a vivir la Jornada mundial de los pobres el domingo anterior a la Solemnidad de Cristo Rey del universo, como una oportunidad para reaccionar ante la cultura del descarte y del derroche, y de hacer nuestra la cultura del encuentro, de tal modo que seamos capaces de compartir con los pobres lo que Dios creó para todos (cf. Mensaje para la Jornada mundial de los pobres, n. 6).

Para esta Jornada, que en el presente año tendrá lugar el domingo 19 de noviembre, el Santo Padre nos sugiere organizar diversos momentos de encuentro, amistad, solidaridad y ayuda concreta hacia los hermanos más necesitados.

Atendiendo a esta exhortación, en la Diócesis de Matamoros inauguraremos el sábado 18 de noviembre a las 11:00 a.m. el Centro de Ayuda “Buen Samaritano” (Calle Laguna Leona #18 Col. Industrial entre 6 y 8, H. Matamoros, Tam.), donde se brindará atención y ayuda a los familiares de las personas que se encuentran en los hospitales cercanos, ofreciendo servicio telefónico, internet, baños, regaderas y camas para descansar.

Ponemos en manos de nuestra Madre, Refugio de pecadores, el Centro de Ayuda “Buen Samaritano” y la Jornada mundial de los pobres, rogando que nos obtenga del Señor la fuerza de su amor para trabajar a favor de los más necesitados, conscientes de que, como señala san Juan Crisóstomo: “Y por qué méritos los escogidos reciben los bienes del reino celestial lo manifiesta el Señor cuando añade: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer”” (Homiliae in Matthaeum, hom. 79, 2).

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

 

Reflexión dominical XXXI Domingo Ordinario, ciclo A

Que el mayor entre ustedes sea su servidor (cf. Mt 23,1-12)

Hoy Jesús nos previene de una enfermedad terrible y muy contagiosa: la soberbia, que como advierte san Agustín: “no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”[1].

La soberbia nos hincha tanto, que nos volvemos ambiciosos. Entonces comenzamos a usar a los demás, como si fueran objetos de placer, de producción o de consumo. Y no contentos con esto, hasta nos atrevemos a “guiarlos” enseñándoles que no hay verdades absolutas. Que al cuerpo hay que darle lo que pida. Que lo importante es gozar. Que el que no tranza no avanza.

¿Y en qué para esta hinchazón? En que después de ofrecernos sólo algunos éxitos pasajeros de poca importancia y de llevarnos a perjudicar a muchas personas, termina reventándonos en una existencia infeliz y fracasada por toda la eternidad.

Dios no quiere eso para nosotros. Por eso nos envía a Jesús, que ha venido a liberarnos de la causa que provoca esa mortal hinchazón: el pecado. Y para que podamos vivir sanos por siempre, nos da la receta: practicar la humildad. Es lo que nos enseña cuando dice que no debemos hacernos llamar “maestro” o “padre”, porque sólo hay un Maestro y un Padre de todos.

Así quiere que entendamos que todos somos hijos de Dios, en quien podemos confiar[2], y que es Padre de una gran familia. Él tiene un amor único por cada uno, pero no genera “hijos únicos”. “Es el Dios del Padre nuestro –recuerda el Papa Francisco–, no del «padre mío» y «padrastro vuestro»”[3]. Dios es nuestro Padre. Por eso, como enseña el profeta Malaquías, no podemos traicionarnos entre hermanos[4].

Sólo Dios, autor de cuanto existe es Padre de todos y fuente de toda paternidad. Él es la verdad misma. Por eso es el Maestro del que brota toda enseñanza. De ahí que san Jerónimo afirme que sólo puede ser llamado maestro, “aquel que está unido con el verdadero maestro”[5]. Y este Maestro es Jesús, que nos enseña que la única manera de hacer la vida plena y eterna es haciéndonos servidores de los demás.

Así lo comprendió san Pablo. Por eso trataba a todos con ternura, dispuesto a entregar la propia vida para ayudar a todos a encontrar a Dios, sin ser carga para nadie[6]. ¿Y nosotros? ¿Tratamos con ternura a la esposa, al esposo, a los hijos, a los papás, a los hermanos, a la nuera, a la suegra? ¿Ayudamos a la gente a encontrar a Dios? ¿Damos lo mejor de nosotros a los que nos rodean? ¿Somos serviciales en casa, en la escuela, en el trabajo, con los que nos tratan y con los más necesitados? ¿Evitamos ser una carga?

Que nuestra Madre, Refugio de pecadores, nos obtenga de Dios la fuerza para vivir tan unidos a él, que seamos instrumentos suyos para comunicar vida y para enseñar a muchos el arte de vivir.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

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[1] Serm. 16 de tempore.
[2] Cf. Sal 130.
[3] Homilía en la Santa Misa en Ecatepec, 14 de febrero de 2016.
[4] Cf. 1ª Lectura: Mal 1, 14-2,2.8-10.
[5] Catena Aurea, 5305.
[6] Cf. 2ª Lectura: 1 Tes 2, 7-9.13.