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III Domingo de Pascua, ciclo B (2018)

La paz esté con ustedes (cf. Lc 24, 35 48)

“¿Porqué surgen dudas en su interior?”. Hoy Jesús nos hace esta pregunta. Y quizá le respondamos: “porque hay muchos problemas en casa, la escuela y el trabajo. Porque alguien en quien confiaba me ha fallado. Porque por más que me esfuerzo las cosas no salen bien. Porque sufro chismes y bullying. Porque padezco una enfermedad. Porque la gente que amo la está pasando mal. Porque extraño a un pariente que está lejos, desaparecido o que ya se fue. Porque en el mundo son imparables la mentira, la injusticia, la pobreza, la corrupción, la violencia y la muerte. Porque hasta la Iglesia me ha decepcionado”.

Si, a veces, agobiados por las penas, las decepciones, los fracasos y los problemas, dudamos que Dios pueda hacer algo. Dudamos que el camino que nos propone de buscar la verdad, amar y portarse bien realmente funcione. Dudamos que sirva de algo tratar de conocer su Palabra, ir a Misa, confesarse, orar y vivir como nos enseña. Dudamos que las cosas puedan mejorar con la familia, los vecinos, los compañeros, nuestro México y el mundo.

¿Pero saben qué? Jesús nos comprende y nos ayuda. Él sabe que la vida no es fácil. Las heridas de sus manos y de sus pies son prueba de ello. Son las huellas que demuestran que ha conocido hasta el fondo lo que es ser víctima del mal; traición, envidia, calumnia, abandono, injusticia, despojo, violencia y muerte. Pero también son la prueba de que él lo enfrentó y lo venció con el verdadero poder, capaz de hacer triunfar para siempre la verdad, el bien, la justicia, el progreso y la vida: el amor.

Por eso nos dice: “La paz sea con ustedes” ¡Podemos fiarnos de él, el auténtico triunfador, que nos invita a tener parte en su victoria sin final! ¡Podemos fiarnos de él, que nos ama como nadie! Miremos sus manos y sus pies; en ellos lleva grabada la declaración de amor más grande que alguien pueda hacernos ¡Ha dado su vida por nosotros! Así, como dice san Beda, nos demuestra el gran amor que nos ha tenido[1].

Él nos ama, a pesar de nuestras fallas, nuestras desilusiones, nuestros miedos y nuestras dudas. Y porque nos ama, nos perdona y nos libera del pecado, que es causa de todos los males, y nos da su Espíritu para que lleguemos a ser hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz. Así, en medio de las penas y problemas, nos hace vivir tranquilos[2], porque sabemos que al final nos aguarda una dicha total y sin final, que alcanza quien lo ama y guarda sus mandamientos[3].

Si hasta ahora no lo hemos hecho, todavía es tiempo ¡Arrepintámonos y convirtámonos, para que se borren nuestros pecados[4]! Así podremos ser testigos suyos. Testigos de que él ha resucitado y está vivo en medio de nosotros. Testigos de que, unidos a él y amando como nos pide, podemos construir juntos una familia y un mundo mejor, y alcanzar la eternidad.

¡Nuestra familia y el mundo nos necesitan! Por eso Jesús nos envía a ser testigos suyos, teniendo presente que, como dice el Papa, testigo es aquel que ha visto y se ha dejado involucrar por el acontecimiento[5] ¡Veamos a Jesús, presente en su Palabra, sus sacramentos, la oración y el prójimo! Dejémosle que vuelva a encender nuestro corazón[6]. Así podremos compartir con todos su amor, capaz de transformar la vida. Hagámoslo, con la convicción que llevaba a san Gregorio Nacianceno ha exclamar: “Si no fuese tuyo ¡Oh Cristo mío! me sentiría criatura finita”[7].

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Catena Aurea, 11436.
[2] Cf. Sal 4.
[3] Cf. 2ª. Lectura: 1 Jn 2, 1-5.
[4] Cf. 1ª Lectura: Hch 3, 13-15. 17-19.
[5] Cf. Angelus, 19 de abril de 2015.
[6] Cf. Aclamación: Lc 24, 32.
[7] Poemata de ipso.

 

 

Obispos de México reunidos en Asamblea Plenaria

Mensaje de Apertura
Cardenal José Francisco Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara
Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano

9 de abril de 2018

 

Señores Cardenales,
Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica
Señores Arzobispos y Obispos
Señores Presbíteros, Consagradas y Consagrados, Hermanos Laicos:

Introducción

“Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor”[1].

Con estas palabras, el Concilio Vaticano II, nos recuerda que la Iglesia es un Pueblo que camina. Y que camina en medio de un terreno particular, pavimentado de tribulaciones pero sostenida por la gracia: la Iglesia es el Pueblo de Dios que camina en la historia, y la historia es una mezcla compleja en la que la fragilidad convive con el esfuerzo de Dios para salvarnos. La centésima quinta Asamblea de la Conferencia del Episcopado Mexicano es un signo de que el caminar del Pueblo de Dios no cesa.

Los escenarios sociales y eclesiales que vivimos se transforman a velocidad acelerada. No es fácil estar al día y mucho menos comprender cabalmente los procesos en los que nos encontramos inmersos. Por eso, más que nunca, es útil intentar alzar la mirada, para que con algo más de perspectiva podamos interpretar un poco mejor el significado del entorno inmediato.

1. El Proyecto Global Pastoral de la CEM 2031 – 2033

Precisamente, buscando una perspectiva superior y no exentos de dificultades, los obispos hemos nuevamente realizado un camino de reflexión y discernimiento que nos ha conducido a madurar nuestro Proyecto Global Pastoral. Como todos recordamos el propio Papa Francisco nos ha pedido “un serio y cualificado proyecto”[2] que le permita a la Iglesia en México afrontar retos nuevos y complejos.

Las primeras versiones de nuestro texto, no obstante el incesante esfuerzo, no lograban una total aceptación. Sin embargo, en México sabemos bien que los procesos lentamente decantan la sabiduría que la Iglesia necesita, y hoy nos encontramos delante de un texto mucho más logrado, mucho más agudo, que precisamente nos ofrece una perspectiva que trasciende la coyuntura sin negarla.

Los documentos del episcopado mexicano no son perfectos pero a través de la historia han mostrado tener una perspectiva profética y sapiencial singular. Recordemos la Carta Pastoral del año 2000 Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, el documento Cristo es nuestra paz, o Educar para una nueva sociedad. Todos ellos, son un tesoro aún vigente que tenemos que aprender a apreciar no sólo en su resultado final sino principalmente en su método: escuchar y observar con humildad, discernir a la luz del evangelio y activar procesos que en muchas ocasiones dan frutos inesperados, más allá de nuestros planes.

Sobre todo cuando es construida en un clima de oración, comunión y discernimiento serio, la palabra de los obispos contribuye no sólo a engrosar libreros sino a cuestionar consciencias y a desafiar libertades. En la más reciente versión del Proyecto Global Pastoral que hemos podido leer, por ejemplo, se afirma:

A la luz del acontecimiento redentor de Nuestro Señor Jesucristo y del encuentro de Nuestra Madre de Guadalupe, hemos podido contemplar la realidad de esta nueva época, y queremos fortalecer y renovar nuestro esfuerzo por hacer presente el Reino de Dios en esta situación concreta de nuestro país; tomar en nuestras manos el mandato de la Morenita del Tepeyac de construir esa “casita”, donde sean los pobres y humildes los primeros en la Iglesia, que sean ellos los que orienten el horizonte de nuestra conversión y fecunden el sentido de nuestra vida[3].

La Iglesia Católica, a la que servimos, que peregrina en esta tierra mexicana está llamada a aportar de manera humilde, respetuosa, dialogante e incluyente, pero valiente y proféticamente, lo que le es propio desde su fe a la construcción de este “santuario de vida” que es nuestra sociedad, donde nadie se quede fuera y pueda tener las condiciones necesarias para vivir con dignidad sin ninguna clase de exclusión. Nos sentimos llamados también a reconstruir este santuario sagrado que es nuestra Iglesia, como el Pueblo de Dios que desea, en comunión y fraternidad cristiana, anunciar y dar testimonio de la alegría del Evangelio[4].

Estos dos pequeños parágrafos sintetizan bastante bien, en mi opinión, las pretensiones de nuestro nuevo Proyecto Global Pastoral. Mirar alto para actuar en concreto. Iluminar con la fe la complejidad social y eclesial que tenemos delante. Seguir con fidelidad, tras las huellas de San Juan Diego, a Jesucristo que por medio de Santa María de Guadalupe, nos invita a continuar construyendo en todo el territorio nacional un espacio de comunión, de inclusión y de solidaridad con todos, en especial, con los más heridos y olvidados. De este modo, haciendo Iglesia construimos sociedad.

Este mismo enfoque nos puede ayudar a mirar, también, por qué no, el reto que tenemos en los meses que siguen.

2. El proceso electoral 2018

El 19 de marzo pasado la Conferencia del Episcopado Mexicano dio a conocer el documento “Participar para transformar. Mensaje de los obispos mexicanos con motivo del proceso electoral 2018”. La acogida en la prensa fue bastante buena. Sin embargo, aún falta difundir esta palabra de los obispos entre todos los fieles para que nuestra Iglesia pueda encontrarse con luz, discernimiento y esperanza. Entre otras cosas, hemos querido recordar en este texto algo que el Papa Paulo VI consideraba fundamental y que en el actual escenario es preciso afirmar una y otra vez:

“En las situaciones concretas, y teniendo siempre en cuenta la solidaridad que nos es debida, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones [políticas] posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes.” (Cfr. Paulo VI, Octogesima Adveniens, 50). Esto quiere decir que la fe cristiana trasciende las propuestas políticas concretas y deja en libertad a los fieles, para que elijan en conciencia de acuerdo a los principios y valores que han descubierto en la experiencia de la fe[5].

Las recurrentes acusaciones que algunas personas y sectores nos hacen respecto de que la Iglesia se mete en política pueden encontrar en esta tesis un encuadre más justo y verdadero. Como pastores no debemos inducir el voto hacia partido o candidato alguno. Sin embargo, debemos anunciar con valor el evangelio y los valores esenciales que la verdad del hombre revelada en Cristo nos comunica.

Me atrevo a insistir en la difusión, lo más ampliamente posible, de nuestro mensaje episcopal debido a que se encuentra muy extendida aún una cierta perplejidad entre nuestros fieles respecto de qué hacer al enfrentar el desafío de la boleta electoral. Como todos sabemos en las más recientes encuestas la cantidad de “indecisos” aún es considerable y muy posiblemente una porción importante de ellos está integrada por fieles católicos que al no encontrar una propuesta totalmente satisfactoria a la conciencia cristiana piensan cosas como las siguientes:

“No hay que votar debido a que no hay un candidato o un partido que afirme sin titubeos los valores innegociables del cristiano”.
“No hay que participar en las elecciones debido a que todos los políticos son corruptos”.
“Hay que votar por el mal menor”.

Estos y otros argumentos similares se escuchan aquí y allá, en todos los ambientes. Por una parte, estas ideas nos hablan de una profunda insatisfacción ciudadana, de un profundo desencanto ante quienes nos gobiernan, sean del Partido que sean.

Pero, también en todas estas expresiones, existe una cierta trampa. La Doctrina social de la Iglesia siempre ha partido de la conciencia sobre la herida del pecado al interior de la condición humana y la misteriosa pero real presencia de la gracia. Por ello, la antropología cristiana no cae en los extremos del pesimismo o del optimismo tan propios de las filosofías políticas modernas. Esto tiene como consecuencia que los católicos concebimos a la política dentro de un marco realista, siempre construida con luces y sombras, siempre tentada por la injusticia y la mentira y siempre llamada a buscar el bien común.

Nunca en el territorio de la política hay soluciones perfectas y promesas aseguradas. La política versa sobre lo contingente, sobre lo opinable, sobre lo posible. De nuestra fe y de sus valores permamentes no es por ello posible deducir de manera directa la pertenencia o simpatía hacia una fórmula política concreta, por más cristiana que parezca. El evangelio siempre trasciende las ideologías políticas. Y los cristianos, aún participando en luchas particulares, deben ser conscientes de ello.

Justamente nuestro documento sobre el proceso electoral 2018 intenta animar a los católicos a que salgan de este pasmo y participen activa y alegremente, con realismo y sinceridad, en las próximas elecciones.

La alternancia que vivimos en el año 2000 fue muy grande y trascendente. Sin embargo, un día después de las elecciones muchos de nosotros como sociedad hicimos la pregunta incorrecta: “¿Cómo va a resolver los problemas de México el nuevo Presidente?”, “¿Cómo va a atender el dolor de los pobres, la falta de educación, de empleo, de salud y de vivienda?”, etcétera.

Es muy importante que en el año 2018, la Iglesia contribuya a que todos hagamos preguntas en la dirección adecuada, asumiendo nuestro protagonismo como ciudadanos responsables, y cuando sea el caso, como cristianos verdaderamente comprometidos: “¿Cómo vamos a contribuir ¡todos! a resolver los problemas de México?”, “¿Cómo vamos a atender el dolor de los pobres?”, “¿Cómo vamos a ayudar a quien gane para que no caiga en la tentación de la autorreferencialidad, la vanidad, la corrupción y la prepotencia?”.

Esto es tomar en serio la teología del Pueblo que hoy el Papa Francisco con tanta pertinencia nos recuerda: el Pueblo de Dios está llamado a fortalecer al Pueblo como sujeto. La Iglesia está llamada a anunciar el evangelio, y de este modo, a ensanchar los corazones, las conciencias y las solidaridades de todos los mexicanos para que realmente hagamos el bien posible. Este “bien posible” será tanto más grande cuanta mayor docilidad a la gracia tengamos.

Recientemente en un estudio de opinión bastante serio se han sondeado las preferencias políticas y las actitudes de los mexicanos nacidos entre 1980 y el año 2000, es decir, de los mexicanos entre 18 y 38 años[6]. No es aquí el momento de analizar el tema de por quién van a votar. Lo único que deseo señalar es que los resultados contradicen muchas de las convicciones que los adultos solemos tener respecto de los jóvenes. Este segmento lo integran 41 millones de votantes, casi la mitad del padrón electoral. Y para nuestra sorpresa, su anhelo de participar en el próximo proceso es muy alto. Y lo más importante, es que estos jóvenes, estos “millennials” como algunos les llaman, tienen esperanza.

Sí, tienen esperanza de que algo cambie. El Papa Francisco ha convocado a un Sínodo de jóvenes y para jóvenes. No cabe duda que tiene razón: ahí están las energías que tal vez algunos de nosotros adultos no hemos tenido para lograr un cambio y sostenerlo en el tiempo. Los jóvenes urbanos y no-urbanos, los jóvenes altamente educados y los que apenas tienen formación, los jóvenes varones y mujeres, a veces parecen apáticos, a veces parecen aburridos, a veces parece que no les interesa el bien común. Sin embargo, esto es falso. Lo que sucede es que nosotros somos los que los aburrimos. Pero ellos sí que desean movilizarse y luchar por un cambio positivo.

¡Qué gran desafío tenemos como Iglesia en los jóvenes! Los jóvenes poseen nuevos lenguajes, nuevos signos, nuevos resortes motivacionales que si logramos detectarlos e interpretarlos con empatía y simpatía descubriremos que no todo está perdido sino que la dosis de esperanza para la sociedad y para la Iglesia es muy grande. Jesús es el eterno joven y habita en muchas de estas nuevas inquietudes y perfiles.

Tengo la impresión que la realidad nos está empujando cada vez más a que entendamos que tenemos un gran reto educativo por delante. Tenemos que evangelizar educando y educar evangelizando. Tenemos que construir caminos para que los jóvenes crezcan y avancen por rutas que nosotros mismos no hemos previsto pero que si descubren a Cristo conducirán a la sociedad y a la propia Iglesia a una nueva primavera.

Dicho de otra manera: ¿qué significa a la luz de la fe la coyuntura presente?

Creo que cada uno de nostros puede dar una respuesta rica y complementaria. Sin embargo, en mi opinión, mirando el rostro de Jesucristo joven y mirando el rostro de nuestro pueblo que ha sufrido tanto, intuyo que Dios nos pide quemar la vida por los jóvenes. Amarlos de corazón. Y eso signfica, amar su dignidad y aprender a amar también su libertad.

3. El desafío migratorio

No quiero extenderme mucho más. Sin embargo, no puedo omitir mencionar que la conciencia cristiana no puede ser indiferente tampoco a las medidas que el gobierno de los Estados Unidos toma respecto de nuestros paisanos. La presencia de fuerzas militares apoyando a las autoridades migratorias norteamericanas ya son parte de un muro que se está construyendo. Un muro político y militar. Un muro indigno.

Los muros separan. Los muros son violencia silenciosa que aplasta la dignidad de las personas, en especial, de los más necesitados. El Papa Francisco nos ha dicho: “En el contexto social y en el civil, apelo a no crear muros sino a construir puentes. No respondan a la maldad con maldad. Derroten a la maldad con el bien.” [7]

Por esto, tal vez como nunca, tenemos que encontrar múltiples estrategias para la construcción de puentes entre las Iglesias particulares de los Estados Unidos y las nuestras. Hace falta una voz unida, “en puente”, que resuene fuerte tanto en México como en Estados Unidos. Es altamente riesgoso para nuestra gente tener una frontera semi-militarizada. Jesucristo, migrante, puede volver a ser ejecutado al intentar cruzar por la frontera.

Pidamos una vez más, a la Santísima Virgen de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por Quien se vive, y Patrona de nuestra libertad, que interceda por nosotros, para que fieles al ministerio que se nos ha confiado, podamos dar testimonio prudente y valiente de Jesucristo en el delicado momento actual. ¡Muchas gracias!

 

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[1] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 9.
[2] Francisco, Discurso a los obispos, Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, 13 de febrero de 2016.
[3] n. 166
[4] n. 167.
[5] n. 2.
[6] “El voto Millennial”, en: http://www.nacion321.com/votomillennial/ (El estudio es realizado por Alejandro Moreno, antiguo encargado de las encuestas del periódico REFORMA y ahora responsable de su propia empresa. Trabaja para EL FINANCIERO y para la agencia NACION 321).
[7] Francisco, Audiencia general, 8 de febrero de 2017.

 

 

Declaración de los obispos de la frontera sobre la dignidad de los Migrantes

 

POR LA DIGNIDAD DE LOS MIGRANTES

Declaración de los obispos de la frontera norte de México y del Consejo de Presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano
7 de abril de 2018

A todos los mexicanos en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras
A todos los creyentes y no creyentes en Jesucristo en México y en los Estados Unidos
Al Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump
Al Presidente de México, Lic. Enrique Peña Nieto

1. Por primera vez en la historia de la Iglesia católica en México los obispos abajo firmantes nos dirigimos a todos los habitantes de México y de Estados Unidos, independientemente de sus convicciones religiosas, y de manera muy especial y con gran respeto, a los Presidentes de nuestros respectivos países, con motivo del despliegue de tropas de la Guardia Nacional norteamericana en la frontera que delimita nuestros territorios.

2. La Iglesia católica, en fidelidad a la fe en Jesucristo, no puede pasar de largo ante el sufrimiento de nuestros hermanos migrantes que buscan mejores condiciones de vida al cruzar la frontera para trabajar y contribuir al bien común no sólo de sus familias sino del país hermano que los recibe.

3. Sabemos que los presentes y futuros flujos migratorios requerirán de una renovada regulación por parte de ambas naciones. Así mismo, no nos es ajeno que una dimensión constitutiva de una sociedad próspera y pacífica es la verdadera vigencia del Estado de Derecho. Sin embargo, no toda norma, ni toda decisión política o militar, por el mero hecho de promulgarse o definirse, es de suyo justa y conforme a los derechos humanos.

4. Si ha habido una lección histórica que todos como sociedad hemos aprendido tras los conflictos mundiales vividos durante el siglo XX es que lo legal requiere de ser legítimo; es que la dignidad inalienable de la persona humana es la verdadera fuente del derecho; es que el dolor de los más vulnerables debe ser entendido como norma suprema y criterio fundamental para el desarrollo de los pueblos y la construcción de un futuro con paz. Ese es el origen profundo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ese es el fundamento universal de una convivencia fraterna entre las naciones.

5. Por estas razones, los obispos mexicanos deseamos repetir lo que dijimos hace un año: “el grito de los migrantes es nuestro grito”[1]. ¡Su dolor es nuestro dolor! ¡En cada migrante que es lastimado en su dignidad y en sus derechos, Jesucristo vuelve a ser crucificado!

6. Los gobiernos mexicanos del pasado y del presente tienen una grave responsabilidad al no haber creado las oportunidades suficientes de desarrollo para nuestro pueblo pobre y marginado. Por eso, nuestra incipiente democracia tiene un enorme reto en el futuro próximo: escoger a quienes deben de realizar de manera honesta, sin corrupción e impunidad, un cambio histórico que ayude a que el Pueblo de México realmente sea el protagonista de su desarrollo, con paz, justicia y respeto irrestricto a los derechos humanos. Un camino que implica, también, no cerrarse sino abrirse a la dinámica del nuevo mundo global, cada vez más interdependiente y necesitado de solidaridad y cooperación.

7. Sin embargo, las carencias que tenemos los mexicanos no pueden ser justificación para promover el antagonismo entre pueblos que están llamados a ser amigos y hermanos. No es conforme a la dignidad humana y a las mejores razones y argumentos concebidos por hombres como Abraham Lincoln o Bartolomé de las Casas, edificar barreras que nos dividan o implementar acciones que nos violenten. Los migrantes no son criminales sino seres humanos vulnerables que tienen auténtico derecho al desarrollo personal y comunitario.

8. De ahí la defensa que la Iglesia hace a nivel universal, y de manera particular a través del trabajo que se realiza entre los pueblos hermanos: México y USA, con Centroamérica, el Caribe, Latinoamérica y Canadá, en esta necesaria atención a nuestros hermanos migrantes.

9. Sólo hay futuro en la promoción y defensa de la igual dignidad y de la igual libertad entre los seres humanos. La frontera entre México y Estados Unidos “no es una zona de guerra”, como han dicho recientemente nuestros hermanos obispos de los Estados Unidos[2]. Al contrario, esta zona está llamada a ser ejemplo de vinculación y corresponsabilidad. El único futuro posible para nuestra región es el futuro edificado con puentes de confianza y desarrollo compartido, no con muros de indignidad y de violencia. Más aún, el Papa Francisco sin ambages nos ha dicho a todos: “una persona que sólo piensa en hacer muros, sea donde sea, y no construir puentes, no es cristiano. Esto no es el evangelio”.[3]

10. Por la dignidad de los migrantes y por la dignidad de todos los habitantes de nuestros países, proponemos consumir nuestras energías en la creación de otro tipo de soluciones. Soluciones que siembren fraternidad y enriquecimiento mutuo en el orden humanitario, cultural y social.

11. Que la Virgen de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive y Patrona de nuestra Libertad, bendiga a nuestros gobernantes y a nuestros pueblos. Que Ella nos sostenga en el esfuerzo por hacer de nuestras naciones, y de toda nuestra región, un espacio de reconciliación fraterna, de desarrollo integral y de servicio solidario a los más pobres que sirva de inspiración para el mundo entero.

Por los obispos del Consejo de Presidencia

Emmo. Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara, Presidente de la CEM
S.E. Mons. Javier Navarro Rodríguez, Obispo de Zamora, Vicepresidente de la CEM
S.E. Mons. Alfonso Miranda Guardiola, Obispo Auxiliar de Monterrey, Srio. General de la CEM
S.E. Mons. Ramón Castro Castro, Obispo de Cuernavaca, Tesorero de la CEM
S.E. Mons. Carlos Garfias Merlos, Arzobispo de Morelia, Primer Vocal de la CEM
S.E. Mons. Sigifredo Noriega Barceló, Obispo de Zacatecas, Segundo Vocal de la CEM

Por los obispos de la Frontera Norte de México

S.E. Mons. Rogelio Cabrera López, Arzobispo de Monterrey
S.E. Mons. José Guadalupe Torres Campos Obispo de Ciudad Juárez y coordinador por México de la reunión de obispos Tex-Mex.
S.E. Mons. Eugenio Andrés Lira Rugarcía Obispo de Matamoros
S.E. Mons. Jesús José Herrera Quiñonez Obispo de Nuevo Casas Grandes
S.E. Mons. Enrique Sánchez Martínez Obispo de Nuevo Laredo
S.E. Mons. Alonso Gerardo Garza Treviño Obispo de Piedras Negras
S.E. Mons. Raúl Vera López, O.P. Obispo de Saltillo
S.E. Mons. Hilario González García Obispo de Linares
S.E. Mons. Guillermo Ortiz Mondragón Obispo de Cuautitlán y Encargado de la Comisión Episcopal de Movilidad Humana.
S.E. Mons. José Leopoldo González González, Obispo de Nogales, y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social
S.E. Mons. Francisco Moreno Barrón, Arzobispo de la Arquidiócesis de Tijuana, y coordinador por México de la reunión de obispos de las Californias.
S.E. Mons. Miguel Ángel Alba Díaz, Obispo de La Paz, Baja California Sur.
S.E. Mons. José Isidro Guerrero Macías, Obispo de Mexicali, Baja California Norte.
S.E. Mons. Rafael Valdez Torres, Obispo de Ensenada, Baja California Norte.
S.E. Mons. Ruy Rendón Leal, Arzobispo de la Arquidiócesis de Hermosillo
S.E. Mons. Constancio Miranda Weckman, Arzobispo de la Arquidiócesis de Chihuahua.

 

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[1] Conferencia del Episcopado Mexicano, El grito de los migrantes es nuestro grito, mensaje del 27 de abril de 2017.
[2] Cf. U.S. Catholic Bishops of U.S./Mexico Border Respond to U.S. National Guard Deployment, April 6, 2018.
[3] Francisco, Encuentro con periodistas, 18 de febrero de 2016.

 

 

Intención del Papa en el mes de abril 2018

El Papa Francisco invita a rezar este mes de abril por quienes tienen la responsabilidad en asuntos económicos, para que construyan una nueva economía basada en la inclusión y el trabajo digno para todos

La Red Mundial de Oración del Papa hizo público El Video del Papa con la intención de oración para este mes de abril, en el cual, el Pontífice exhorta a rezar por quienes tienen responsabilidades en la gestión de la economía, para que tengan “el coraje de refutar una economía de exclusión y sepan abrir nuevos caminos”.

En el Video, Francisco indica que la economía no debe tener sólo como objetivo “aumentar la rentabilidad” en desmedro del “mercado laboral” con la consecuencia de la creación de “nuevos excluidos”.

El Santo Padre señala asimismo que la economía “debe seguir el camino de los empresarios, políticos, pensadores y actores sociales que ponen en primer lugar a la persona humana y hacen todo lo posible para asegurarse de que haya oportunidades de trabajo digno”.

Por ello, el Papa invita a unir voces en oración para que quienes tienen responsabilidades en los asuntos económicos, tengan el coraje de construir nuevos caminos que lleven a una economía de inclusión y de trabajo digno para todos.

 

María Cecilia Mutual/VaticanNews

II Domingo de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia 2018

Dichosos los que creen sin haber visto (cf. Jn 20,19-31)

Los discípulos estaban encerrados por miedo, como a veces también lo estamos nosotros ¿A qué le tenemos miedo? A una enfermedad. A que la gente nos vuelva a fallar. A tanta mentira, injusticia, pobreza, corrupción y violencia que hay en el mundo. A nuestras propias limitaciones y debilidades. Al fracaso. A la muerte.

Estos temores nos desaniman hasta tal punto que, sintiendo que ya nada puede cambiar, terminamos encerrándonos en nosotros mismos, sin pensar en Dios ni en los demás, preocupándonos sólo en irla pasando lo mejor posible aquí y ahora, usando y desechando a la gente. Así contribuimos a que todo empeore en nuestra vida, en nuestro matrimonio, en nuestra familia y en nuestra sociedad, lo que hace que nos atemoricemos y encerremos cada vez más, sin vivir de verdad y arriesgándonos a perder la eternidad.

Esto no es lo que Dios quiere para nosotros. Él, que nos creó por amor, quiere que seamos felices. Por eso hoy nos sorprende para cambiarnos la vida; se nos presenta resucitado, como lo que es: Dios hecho uno de nosotros que, con la omnipotencia del amor, ha hecho triunfar para siempre la verdad, el bien, el progreso y la vida.

Dándonos esta seguridad, nos dice: “La paz sea con ustedes”, y nos muestra las heridas de sus manos y de su costado ¡Son la prueba de su amor por nosotros! Un amor que, como afirma san Juan Pablo II, es más poderoso que el pecado, el mal y la muerte[1]; un amor misericordioso que dura por siempre[2], y que nos invita a la vida plena y eterna, amándolo a él y a sus hijos, nuestros hermanos[3].

Por eso Jesús nos dice: “Como el Padre me envió, así los envío yo” ¡Nos comparte su misión: amar, para transformar nuestra vida y la de los demás! Y para que podamos hacerlo nos comunica el poder de su amor: el Espíritu Santo, que nos ayuda a vivir unidos a Dios y a los demás, sabiendo compartir para que nadie sufra necesidad[4].

A la mejor nos cuesta trabajo decidirnos a confiar en Dios y ser mejores; decidirnos a ser buenos con la familia, los vecinos, los compañeros de escuela o de trabajo; perdonar, ser comprensivos, justos, pacientes, solidarios y ayudar a quienes más lo necesitan ¡No nos desanimemos! Porque, como recuerda el Papa, Dios tiene paciencia con quienes no van tan deprisa[5].

Así lo hizo con Tomás, a quien, como señala san Juan Crisóstomo, no desoyó[6]. A aquél discípulo no le bastaba lo que le decían sus compañeros; él quería “tocar” al Señor. Y el Señor se lo concedió. También a nosotros nos deja “tocarlo” en su Palabra, la Eucaristía, los sacramentos, la oración y el prójimo.

¡Toquémoslo y reconozcámoslo como nuestro Dios y Señor! Hagámoslo, decididos a confiar en él y alcanzar la eternidad feliz que nos ofrece, amándolo y amando al prójimo. Hagámoslo fiados en lo que dijo a santa Faustina Kowalska: “El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella… Mi amor no desilusiona a nadie”[7] ¡A echarle ganas!

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Dives in misericordia, 15.
[2] Cf. Sal 117.
[3] Cf. 2ª Lectura: 1 Pe 1, 3-9.
[4] Cf. 1ª Lectura: Hch 4, 32-35.
[5] Homilía en la Misa de Pascua, 1 de abril de 2018.
[6] Cf. In Ioannem, hom. 86.
[7] Diario la Divina Misericordia en mi alma, Association of Marian Helpers, Stockbridge, MA, 2004, 1273 y 29.

 

 

Mensaje de Pascua 2018 por Mons. Eugenio Lira, Obispo de Matamoros

 

Ha resucitado (cf. Mc 16, 1-7)

Amigas y amigos:

¡Ha resucitado! Este es el gran mensaje de Pascua. Cuando todo parecía perdido, cuando parecía que el mal y la muerte habían ganado, Cristo resucitó y así hizo triunfar para siempre la verdad, el bien, el amor y la vida.

¡Ha resucitado! Esta buena noticia no pasa de moda, ni es algo teórico ¡Es siempre actual Algo que toca nuestra vida, nuestra familia, nuestra Iglesia, nuestra sociedad y al mundo.

Aunque parezca que la mentira, la injusticia, la pobreza, la corrupción, la violencia y la muerte por el momento van ganando, ¡no nos desanimemos! Démonos cuenta que el triunfo definitivo lo tiene Dios y quienes le sean fieles.

Comprendiéndolo, resucitemos desde ahora con Jesús a una vida nueva, guiada por el amor ¡Seamos resucitados! Resucitados que buscan y viven la verdad, que comprenden a los demás, que actúan con justicia, que son pacientes, serviciales y solidarios, que saben perdonar y pedir perdón.

Viviendo así, resucitados, ayudaremos a que nuestra familia y nuestra sociedad resuciten a una vida mejor, una vida tan plena, que llegue a ser eterna. ¡Sí se puede, Cristo resucitado está con nosotros para sacarnos adelante! ¡Echémosle ganas!

 

+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

 

Domingo de Pascua 2018

Jesús debía resucitar de entre los muertos (cf. Jn 20, 1-9)

María Magdalena echó a correr aquella madrugada en la que, al ir al sepulcro, con sorpresa vio removida la piedra que lo cerraba ¡Era el colmo! ¡Hasta el cuerpo de Jesús les había sido arrebatado! Así se lo hace saber a Simón Pedro y al discípulo amado del Señor, desesperada ante este aparente triunfo definitivo del mal.

A veces nos sucede igual; ante una enfermedad, una pena, un problema, las injusticias y la violencia que padecemos, llegamos a pensar que no hay salida; que el mal es tan poderoso, que hasta la última esperanza nos ha sido arrebatada. Y esto, como señala el Papa, es muy peligroso, porque nos entumece y nos paraliza al creer que nada puede hacerse para revertir tantas injusticias que viven tantos y tantos hermanos[1].

Si somos de esos que sienten y piensan que nada se puede hacer para que nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestros ambientes de estudio o de trabajo, nuestra comunidad, nuestra Iglesia, nuestra sociedad y nuestro País mejoren, démonos la oportunidad de correr con Pedro y el otro discípulo al sepulcro, y viendo los signos del resucitado, creamos lo que significan.

Descubramos que nos dicen, como señala san Juan Crisóstomo: “Cristo ha resucitado y la vida ha surgido”[2]. Él ha abierto para ti y para mí, ¡para todos!, un futuro pleno, dichoso, sin límites y sin final. Resucitando, ha vencido con el poder del amor al pecado, al mal y la muerte, y ha hecho triunfar la verdad, el bien, la justicia, el progreso y la vida.

Comprendiéndolo, resucitemos desde ahora con Jesús a una vida nueva, buscando los bienes de arriba[3], del cielo, es decir a Dios, el único que nos puede liberar de la soledad, darle sentido a todo y brindarnos la esperanza de una vida por siempre feliz. Y como Jesús, pasemos por este mundo unidos a Dios y haciendo el bien[4].

Que al levantarnos, lo primero que hagamos sea saludar a Dios, agradecerle tantas bendiciones, pedirle perdón por nuestras faltas, encomendarle a nuestros familiares, amigos y a los más necesitados, poner en sus manos nuestros planes y trabajos, y suplicarle que nos ayude a conocer su voluntad y nos de fuerza para hacerla.

¡Sí! Unámonos a Dios meditando su Palabra, recibiendo sus sacramentos, conversando con él en la oración, para que nos ayude a pasar el resto del día haciendo el bien a la familia y a los que nos rodean, con nuestras palabras y obras. Así seremos resucitados que, siendo comprensivos, justos, serviciales, pacientes, perdonando y pidiendo perdón, ayudemos a que nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestros ambientes, nuestra Iglesia y nuestra sociedad resuciten a una vida mejor.

Que la esperanza que Jesús nos da de que, gracias a la misericordia de Dios no moriremos, sino que continuaremos viviendo[5], nos anime a dar lo mejor de nosotros cada día ¡Sí se puede, Cristo resucitado está con nosotros para sacarnos adelante! ¡Echémosle ganas!

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Homilía en la Misa de la Vigilia Pascual, 1 de abril de 2018.
[2] Homilía sobre la Pascua.
[3] Cf. 2ª Lectura: Col 3,1-4.
[4] Cf. 1ª Lectura: Hch 10,34.37-43.
[5] Cf. Sal 117.

 

 

 

Homilía en la Vigilia Pascual 2018

Ha resucitado (cf. Mc 16, 1-7)

Ha resucitado ¡Que gran noticia! La mejor que podíamos escuchar. Cuando todo parecía perdido, cuando todo hacía pensar que la aventura que prometía a la humanidad un futuro maravilloso había fracasado y ya no había esperanza, el mensajero de Dios anuncia a María Magdalena y sus compañeras que Jesús no está encerrado en el sepulcro de la muerte, a donde el mal lo quería retener.

¡Ha resucitado! Así cambia para siempre nuestra historia y la del universo; cambia tu vida y mi vida. Porque él ha removido la piedra del pecado que nos condenaba a la oscura soledad de una muerte sin final ¡Con Jesús todo es vida; una vida libre, plena y eterna! Resucitando nos demuestra que el auténtico poder, capaz de vencer al pecado, al mal y la muerte, es el amor, que hace triunfar la verdad, la libertad, el bien, la justicia, el progreso y la vida ¿Por qué? Porque el amor es Dios, que es amor (cf. 1 Jn 4,8).

Ese Dios que lo ha creado todo (cf. 1ª Lectura: Gn 1,1.26-31), con maestría (cf. Sal 103). Ese Dios que, a pesar de que le fallamos y pecamos, no nos abandonó al mal y la muerte (cf. Sal 15), sino que, como lo prefiguró a través de Abraham (cf. 2ª Lectura: Gn 22,1-9.9-13.15-18), nos entregó a su Hijo único para rescatarnos de la esclavitud del pecado, como liberó a Israel de la cautividad en Egipto (cf. 3ª Lectura: Ex 14,15-15,1), y llevarnos a él (cf. Sal: Ex 15), en quien la vida se hace plena y eterna.

¡Ese es Dios! Un Dios que nos dice: “mi amor por ti no desaparecerá” (cf. 4ª Lectura: Is 54, 5-14). Un Dios que convierte nuestro duelo en alegría (cf. Sal 29) al ofrecernos gratuitamente participar de su vida (cf. 5ª Lectura: Is 55,1-11). Un Dios con el que siempre estamos seguros, porque nos protege y nos salva (cf. Sal: Is 12). Un Dios que nos hace recapacitar cuando con nuestras malas acciones nos estamos dañando a nosotros mismos y a los demás (cf. 6ª Lectura: Ba 3,9-15.32-4,4). Un Dios que nos orienta a través de sus Mandamientos (Sal 18) y nos da la fuerza para seguirlos (cf. 7ª Lectura: Ez 36, 16-28), de modo que podamos llegar a él, que es nuestra alegría (cf. Sal 41 y 42)

Para eso nos ha unido a Cristo por medio del bautismo, a fin de que llevemos una vida nueva (cf. Rm 6, 3-11), guiada por el amor, que es saber comprender, actuar con justicia, ser pacientes, atentos, solidarios y serviciales, saber perdonar y pedir perdón, con la confianza y la esperanza de que no moriremos, sino que continuaremos viviendo con Cristo para siempre (cf. Sal 117).

Este es el gran anuncio que recibimos hoy, el mismo que escucharon María Magdalena y sus compañeras, que no se dejaron aprisionar por el miedo y el dolor, y así encontraron la esperanza que dura por siempre. Como ellas, aconseja el Papa, no tengamos miedo de la realidad; no nos encerremos en nosotros mismos, no huyamos ante lo que no entendemos, no cerremos los ojos frente a los problemas, no pretendamos eliminar los interrogantes, sino vayamos a Jesús con el corazón ungido de amor[1], diciendo con esperanza, como san Gregorio de Nacianzo,: “…hoy con él alcanzo la vida… hoy con él resucito”[2].

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Homilía en la Vigilia Pascual, Sábado Santo 4 de abril de 2015.
[2] Oración I Sobre la Pascua, 3-4.

 

 

Homilía del Viernes Santo 2018

Todo está cumplido (cf. Jn 18,1-19,42)

Clavado en la cruz, despojado, humillado, golpeado, coronado de espinas y muerto. Así, llenos de asombro, contemplamos hoy a Jesús. Y por increíble que parezca, lo que aparentemente es un fracaso, es en realidad el triunfo definitivo de la verdad, el bien y la vida ¡Así ha hecho prosperar los designios de Dios[1]!

Mirando a Jesús en la cruz con ojos de fe, comprendemos lo que nunca habíamos imaginado: que Dios, autor de cuanto existe, a pesar de que desconfiamos de él y pecamos, con lo que abrimos las puertas del mundo al mal y la muerte, no dejó de amarnos, sino que envió a su Hijo que, hecho uno de nosotros, aceptó cargar con nuestros pecados para salvarnos[2].

¡Cuánto amor nos tiene Dios! ¡Cuánto valemos para él! ¡Cuánta gratitud y confianza debiéramos tenerle, y procurar vivir amando como nos pide! Pero, ¿es posible hacerlo cuando padecemos una enfermedad? ¿Cuando hay problemas en casa, la escuela y el trabajo? ¿Cuando somos víctimas de chismes, injusticias y bullying? ¿Cuando enfrentamos una grave necesidad económica? ¿Cuándo hemos sufrido tanto a causa de la violencia?

Jesús fue traicionado por un amigo, negado por otro y abandonado por los demás. Los líderes religiosos lo calumniaron y condenaron por envidia. La autoridad, que debía impartir justicia, le falló y lo entregó arbitrariamente a un castigo que no merecía: azotes, coronación de espinas, golpes, burlas, violencia y muerte en cruz.

Pero él, que vino al mundo como testigo de la verdad, que es el amor de Dios que nos salva y nos hace hijos suyos, partícipes de su Reino de felicidad que jamás tendrá fin, confiando en que su destino estaba en manos del Padre[3], no se dejó vencer por el mal, sino que venció al mal con el bien.

Así, desde lo alto de la cruz, donde prospera en el amor, nos regala la ternura y la protección materna de su Madre; confiesa que tiene sed de nuestra salvación; y declarando que todo lo ha cumplido, nos entrega su Espíritu para que, libres del pecado, podamos ser hijos de Dios.

Jesús, que ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado, es capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos[4]. Él sabe lo que es sentirse solo y maltratado; lo que es ver sufrir a un ser querido y sentir cercana la muerte. Él lo sabe. Por eso nos comprende, nos da ejemplo y nos ayuda para que nos mantengamos firmes en la fe[5], haciendo brotar de su costado sangre y agua, ¡los sacramentos!, con los que, como dice san Juan Crisóstomo, alimenta a quienes ha hecho renacer[6].

Por eso, al contemplar la cruz, nos llenamos de esperanza. Esa esperanza que, como señala el Papa, es diferente de las esperanzas terrenas, que tarde o temprano caen o se terminan, porque esta esperanza dura por siempre. La cruz no es la meta, sino el paso hacia la gloria definitiva y sin final[7], ya que, como afirma san León Magno: “muriendo en la cruz, Jesús convirtió la muerte de eterna en temporal”[8].

Con esta esperanza, abracemos a Jesús, recibamos su Espíritu y vivamos cada día como hijos de Dios; amando, sin dejarnos vencer por el mal, sino venciendo al mal con el bien. Que Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, a quien Jesús nos ha encomendado, nos ayude a hacerlo así.

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. 1ª Lectura: Is 52,13-53,12.
[2] Ídem.
[3] Cf. Sal 30.
[4] Cf. 2ª Lectura: Hb 4,14-16; 5, 7-9.
[5] Ídem.
[6] Cf. Catequesis 3, 13-19.
[7] Cf. Cf. Audiencia,12 de abril de 2017.
[8] Sermón 8 Sobre la pasión del Señor, 6-8.

 

 

Homilía del Jueves Santo 2018

Los amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1-15)

De rodillas, lavando los pies. Así vemos a Jesús, en cuyas manos el Padre, creador de cuanto existe, ha puesto todas las cosas. De rodillas, porque siendo Dios, se abajó al hacerse uno de nosotros para dar la vida y así limpiarnos la herida mortal del pecado que nos provocamos al desconfiar de Dios, y darnos la salud sin final de ser hijos suyos.

Dice san Agustín: “Dejó sus vestiduras el que siendo Dios se anonadó a sí mismo. Se ciñó con una toalla el que recibió forma de siervo. Echó agua en la jofaina para lavar los pies de sus discípulos, el que derramó su sangre para lavar con ellas las manchas del pecado”[1]. Así Jesús hace realidad la libertad y la vida que anunciaba la Pascua judía[2].

¿Pero porqué llega a tanto? Porque nos ama. Nos ama a todos y a cada uno, que somos suyos. A nadie excluye. Nos ama mucho. Nos ama hasta el extremo. Nos ama con un amor divino, infinito e incondicional. Por eso, deseando que vivamos como hijos de Dios y que lleguemos a ser felices por siempre con él, nos invita a imitarle en su amor, y ayudarnos unos a otros[3].

Sin embargo, quizá como a Pedro, nos cueste trabajo ver a Jesús así, de rodillas y sirviendo. Nos cuesta trabajo porque tenemos nuestras propias ideas de cómo debe ser Dios y de cómo debe actuar. Porque verlo así nos compromete a ser serviciales, algo que no está de moda en un mundo donde parece que el que quiera triunfar debe servirse de los demás, usándolos como si fueran objeto de placer, de producción o de consumo.

Pero, ¡cuidado! Porque si nos obstinamos, nos sucederá lo que a Judas, que no se dejó sanar. Aprendamos de Pedro a saber recapacitar y abrirnos a Jesús; a confiar en él y a seguir el estilo de vida que nos propone, y que es el único para realizarnos, para construir una familia y un mundo mejor, y para alcanzar la vida por siempre feliz con Dios, que es amor.

Ser serviciales y ayudar a los demás comienza por saber decir palabras muy sencillas, como: “permiso”, “gracias”, “perdón”. “Una persona educada –comenta el Papa– pide permiso, dice gracias o se disculpa si se equivoca” [4]. Y esto nos llevará a cosas más importantes, como ser veraces, comprensivos, responsables, justos, pacientes, solidarios y perdonar, en casa, entre vecinos, en la escuela, en el trabajo, en la Iglesia y en la sociedad.

Ciertamente, amar y servir cuesta trabajo. Jesús lo sabe. Por eso nos ofrece, además de su ejemplo, un alimento “multivitamínico de inmortalidad”: la Eucaristía, que nos dejó la noche en que iba ser entregado[5], y en la cual nos une a sí mismo y nos comunica todo el poder de su encarnación, muerte y resurrección, por la que nos une a Dios y entre nosotros, y nos da la fuerza para ser constructores de unidad, amando y sirviendo a los demás.

¿Cómo le pagaremos tanto bien? Levantando el cáliz de la salvación en la Misa dominical[6]. Y conscientes de que esto es posible gracias a que en la última Cena Jesús hizo partícipes de su sacerdocio único y eterno a sus apóstoles, pidamos a Dios por sus sacerdotes y seminaristas, y que conceda a su Iglesia muchas y santas vocaciones, para que en todo el mundo pueda seguirse cumpliendo su mandato de amor: “Hagan esto en memoria mía”.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Catena Aurea, 13301.
[2] Cf. 1ª Lectura: Ex 12,1-8.11-14.
[3] Cf. Aclamación: Jn 13, 34.
[4] Audiencia, 13 de mayo de 2015.
[5] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 11, 23-26.
[6] Cf. Sal 115.

 

 

Homilía en la Misa Crismal

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido (cf. Lc 4, 16-21)

Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en Jesús, como lo están ahora los nuestros. Lo miramos con esperanza, nosotros, que sufrimos la miseria a que el pecado nos condena. Ese pecado que nos encarcela en la soledad del egoísmo, que nos impide ver la realidad, y que nos oprime con la mentira, la injusticia, la pobreza, la corrupción, la violencia y la muerte.

Y Jesús, guiado por la Palabra de Dios, nos anuncia que el Padre, creador de cuanto existe, lo ha ungido con su Espíritu para, como dice san Ambrosio, transformar la pobreza de la condición humana con el tesoro eterno de la resurrección[1]. Él viene a liberarnos de la prisión del pecado, a curarnos de la ceguera del egoísmo, a rescatarnos de la opresión del mal y de la muerte, y a unirnos a Dios, que hace la vida por siempre feliz[2].

¡Jesús transforma nuestras lágrimas en aceite perfumado de alegría[3]! Lo hace aceptando pagar un precio altísimo: derramar su sangre en la cruz ¡Amando hasta dar la vida! Así nos purifica de nuestros pecados y, ungiéndonos con su Espíritu, que es el Amor increado[4], nos hace un reino de sacerdotes para su Dios y Padre[5].

De esta manera nos comparte su ser Hijo del Padre y su misión: amar. Nos unge, como dice el Papa, para ungir a los demás[6]. Lo hace en el bautismo, en la confirmación, y, en el caso de los sacerdotes, en la ordenación, donde nos envía a ser servidores de nuestro Dios[7], amando y sirviendo al prójimo.

¡Somos ungidos! Por eso podemos decir con Jesús (por favor, digámoslo juntos): “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.

¡Esta es nuestra misión! No lo olvidemos. Nuestra familia, nuestros amigos, los vecinos, los compañeros de escuela o de trabajo, nuestra comunidad, los más necesitados, la Iglesia, Tamaulipas, México y el mundo nos necesitan.

Para eso el Señor nos unge a través de los óleos que hoy bendecimos: el óleo de los catecúmenos, con el que dispone al que va a ser bautizado; el óleo de los enfermos, con el que consuela, fortalece y, si es su voluntad, sana al enfermo, ofreciéndole la esperanza de la curación definitiva en la resurrección[8]; y el Crisma, con el que comunica su Espíritu al bautizado, al confirmado y al que es ordenado sacerdote.

Con esta conciencia, hoy los sacerdotes renovamos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación. Reiteramos nuestro “sí” al Señor que nos llamó y nos envió para ser, como decía san Juan Pablo II, presencia y prolongación de su vida y de su acción[9], proclamando su Palabra, celebrando la liturgia y guiando a la comunidad que nos ha sido confiada[10].

Al renovar ese “sí”, nos comprometemos a vivir de tal manera que cuantos nos vean reconozcan que somos la estirpe que bendijo el Señor[11], dispuestos, como Jesús, a dar la vida por la salvación de la humanidad, siendo auténticos creyentes, atentos y serviciales ¿Cómo? Unidos a Dios y haciendo comunidad con los fieles y con los hermanos sacerdotes. Buscando con creatividad mejores formas de evangelizar. Celebrando con fidelidad los sacramentos. Orando con la gente y por la gente.

Cuidando nuestra salud física, emocional, mental y espiritual. Procurando nuestra formación permanente. Sacrificando gustos, comodidades y descansos para estar disponibles. Practicando, como ha pedido el Papa, la “escuchoterapia” [12] y la “cariñoterapia”[13].

Guiando con el ejemplo a los fieles en el cumplimiento de sus responsabilidades personales, familiares, sociales, ciudadanas y eclesiales. Viviendo y animando la solidaridad y la caridad. Saliendo de nuestros templos para llegar a todos, especialmente a los alejados, y compartirles la alegría de la amistad con Jesús.

Siendo honestos, vivir así, dando la vida cada día, no es fácil ¡Cuesta mucho trabajo! Pero no estamos solos; el Señor, que nos ha ungido y nos ha enviado a prolongar su amor, está con nosotros. Él nos sostiene y nos da su fortaleza[14]. Con esta confianza, sigamos adelante, echándole ganas. Que nuestra Madre, Refugio de los pecadores, nos ayude a hacerlo así.

Catedral de Matamoros, 28 de marzo de 2018

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Catena Aurea, 9414.
[2] Ídem.
[3] Cf. 1ª Lectura: Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9.
[4] Cf. Dominum et vivificantem, 10.
[5] Cf. 2ª Lectura: Ap 1, 4b-8.
[6] Cf. Homilía en la Santa Misa Crismal, 13 de abril de 2017.
[7] Cf. 1ª Lectura: Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9.
[8] Cf St 5,14.
[9] Cf. Pastores dabo vobis, 15 y 16.
[10] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1546-1547.
[11] Cf. 1ª Lectura: Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9.
[12] Encuentro con los jóvenes, Morelia, 16 de febrero de 2016.
[13] Visita al hospital pediátrico Federico Gómez, 14 de febrero de 2016.
[14] Cf. Sal 88.

 

 

 

Domingo de Ramos 2018

De veras este hombre era Hijo de Dios(cf. Mc 14, 1-15, 47)

Aquí estamos, juntos, mirando a Jesús en la cruz. Se cumple así lo que él mismo anunció: “cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”[1]. ¿Por qué nos sentimos atraídos hacia él? Porque al verlo clavado en ese madero, amando hasta dar la vida, descubrimos que Dios, creador de todas las cosas, nos ama infinita e incondicionalmente; que nos ama como somos, a pesar de que le fallamos al desconfiar de él y pecar, con lo que abrimos las puertas del mundo al mal y la muerte.

En Jesús, azotado, coronado de espinas y clavado en la cruz, descubrimos que, como dice el Papa Francisco: “el Padre Dios le echó ganas a la humanidad para siempre y nos mandó a su Hijo (…) que se la jugó hasta el extremo para volver a hacer posible el Reino de Dios”[2].

Sí, Jesús se la jugó hasta el extremo; siendo Dios, no se aferró a su categoría divina[3], sino que por amor le entró al plan del Padre para salvarnos; se hizo uno de nosotros, aceptando el riesgo de amarnos, tal y como somos, para liberarnos del pecado, darnos su Espíritu y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz.

No se echó para atrás[4], a pesar de que un amigo lo traicionó, otro lo negó y los demás lo abandonaron; a pesar de que los líderes religiosos, actuando con total incoherencia, lo calumniaron y condenaron por envidia; a pesar de que la autoridad, que debía impartir justicia, le falló y lo entregó arbitrariamente a la muerte; a pesar de la ingratitud de la gente, y de que fue víctima de chismes, bullying y violencia[5].

Jesús permaneció fiel a Dios y a nosotros; teniendo clara la meta, no dejó que las penas ni los problemas lo desviaran del camino. Le echó ganas hasta el final, y así nos cambió la vida. Porque como afirma san León Magno: “muriendo convirtió la muerte de eterna en temporal”[6].

No desperdiciemos lo que con tanto esfuerzo nos ha regalado. Decidámonos a seguirlo por el camino del amor, para alcanzar la vida plena y eterna que nos ofrece. Como él, confiemos en Dios, a pesar de las penas y problemas, y vivamos amando, sin dejarnos vencer por el mal, sino venciendo al mal con el bien. Jesús nos ha demostrado que sí se puede ¡A echarle ganas!

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

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[1] Cf. Jn 12, 32.
[2] Discurso en el Encuentro con las Familias, Tuxtla Gutiérrez, 15 de febrero de 2016.
[3] Cf. 2ª Lectura: Flp 2, 6-11.
[4] Cf. 1ª Lectura: Is 50, 4-7.
[5] Cf. Sal 21.
[6] Sermón 8 Sobre la pasión del Señor, 6-8.

 

 

 

II Encuentro de Alabanza en Matamoros

El sábado 21 de abril se tendrá un día de temas, reflexión, Santa Misa y concierto  de fe y música desde las 9:00 am hasta las 8:00 pm en las Instalaciones del Gimnasio de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, en H. Matamoros, Tamaulipas. Todos invitados!

 

 

 

¿Qué es la Semana Santa?

 

Es la semana más intensa del Año Litúrgico, en la cual se reza y reflexiona sobre la Pasión y Muerte de Cristo.

Explicación de la celebración

La Semana Santa es el momento litúrgico más intenso de todo el año. Sin embargo, para muchos católicos se ha convertido sólo en una ocasión de descanso y diversión. Se olvidan de lo esencial: esta semana la debemos dedicar a la oración y la reflexión en los misterios de la Pasión y Muerte de Jesús para aprovechar todas las gracias que esto nos trae.

Para vivir la Semana Santa, debemos darle a Dios el primer lugar y participar en toda la riqueza de las celebraciones propias de este tiempo litúrgico.

A la Semana Santa se le llamaba en un principio “La Gran Semana”. Ahora se le llama Semana Santa o Semana Mayor y a sus días se les dice días santos. Esta semana comienza con el Domingo de Ramos y termina con el Domingo de Pascua.

Vivir la Semana Santa es acompañar a Jesús con nuestra oración, sacrificios y el arrepentimiento de nuestros pecados. Asistir al Sacramento de la Penitencia en estos días para morir al pecado y resucitar con Cristo el día de Pascua.

Lo importante de este tiempo no es el recordar con tristeza lo que Cristo padeció, sino entender por qué murió y resucitó. Es celebrar y revivir su entrega a la muerte por amor a nosotros y el poder de su Resurrección, que es primicia de la nuestra.

La Semana Santa fue la última semana de Cristo en la tierra. Su Resurrección nos recuerda que los hombres fuimos creados para vivir eternamente junto a Dios.

 

Domingo de Ramos:

Celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén en la que todo el pueblo lo alaba como rey con cantos y palmas. Por esto, nosotros llevamos nuestras palmas a la Iglesia para que las bendigan ese día y participamos en la misa.

 

Jueves Santo:

Este día recordamos la Última Cena de Jesús con sus apóstoles en la que les lavó los pies dándonos un ejemplo de servicialidad. En la Última Cena, Jesús se quedó con nosotros en el pan y en el vino, nos dejó su cuerpo y su sangre. Es el jueves santo cuando instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio. Al terminar la última cena, Jesús se fue a orar, al Huerto de los Olivos. Ahí pasó toda la noche y después de mucho tiempo de oración, llegaron a aprehenderlo.

 

Viernes Santo:

Ese día recordamos la Pasión de Nuestro Señor: Su prisión, los interrogatorios de Herodes y Pilato; la flagelación, la coronación de espinas y la crucifixión. Lo conmemoramos con un Via Crucis solemne y con la ceremonia de la Adoración de la Cruz.

 

Sábado Santo o Sábado de Gloria:

Se recuerda el día que pasó entre la muerte y la Resurrección de Jesús. Es un día de luto y tristeza pues no tenemos a Jesús entre nosotros. Las imágenes se cubren y los sagrarios están abiertos. Por la noche se lleva a cabo una vigilia pascual para celebrar la Resurrección de Jesús. Vigilia quiere decir “ la tarde y noche anteriores a una fiesta.”. En esta celebración se acostumbra bendecir el agua y encender las velas en señal de la Resurrección de Cristo, la gran fiesta de los católicos.

 

Domingo de Resurrección o Domingo de Pascua:

Es el día más importante y más alegre para todos nosotros, los católicos, ya que Jesús venció a la muerte y nos dio la vida. Esto quiere decir que Cristo nos da la oportunidad de salvarnos, de entrar al Cielo y vivir siempre felices en compañía de Dios. Pascua es el paso de la muerte a la vida.

 

 ¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año?

El pueblo judío celebraba la fiesta de pascua en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto, el día de la primera luna llena de primavera. Esta fecha la fijaban en base al año lunar y no al año solar de nuestro calendario moderno. Es por esta razón que cada año la Semana Santa cambia de día, pues se le hace coincidir con la luna llena.

En la fiesta de la Pascua, los judíos se reunían a comer cordero asado y ensaladas de hierbas amargas, recitar bendiciones y cantar salmos. Brindaban por la liberación de la esclavitud.

Jesús es el nuevo cordero pascual que nos trae la nueva liberación, del pecado y de la muerte.

 

Sugerencias para vivir la Semana Santa

Asistir en familia o a los oficios y ceremonias propios de la Semana Santa porque la vivencia cristiana de estos misterios debe ser comunitaria.

Se puede organizar una pequeña representación acerca de la Semana Santa.

Poner algún propósito concreto a seguir para cada uno de los días de la Semana Santa.

Elaborar unos cartelones en los que se escriba acerca de los días de la Semana Santa y algunas ideas importantes acerca de cada uno de los días.

 

 

Tere Vallés | Catholic.net

 

 

 

Señor Obispo comparte ejercicios espirituales en la Catedral

Los días 19, 20 y 21 de marzo en punto de las 7:00 pm Mons. Eugenio Lira, Obispo de Matamoros habrá de compartir los ejercicios espirituales en la Catedral de Matamoros.

A unos días de iniciar la Semana Santa (Domingo de Ramos 25 de marzo) este tiempo de Cuaresma es propicio para alimentar nuestra vida espiritual mediante las charlas que dará nuestro Señor Obispo.

Se podrán seguir en vivo las charlas mediante el canal diocesano en youtube o escucharlas en el mismo canal, pues quedan archivadas para su posterior meditación.

Sigamos unidos en la oración y difundamos por nuestras redes sociales estos ejercicios espirituales.

 

https://www.youtube.com/channel/UC2xQPCVlW0VEFfU95XYZMbA

 

 

 

Mensaje de los obispos con motivo del proceso electoral 2018

 

Participar para transformar.

Queridos hermanos y hermanas de la Iglesia que peregrina en México:

1. Participar en la vida cívica y política de nuestras comunidades es una obligación ciudadana y cristiana que no podemos ni debemos obviar. Sólo participando podemos transformar positivamente nuestra nación, en fidelidad a sus orígenes y a su destino histórico.

Durante el presente año se realizarán elecciones en las que se renovarán más de 3 mil cargos públicos en 30 entidades federativas, incluyendo al Presidente de la República, a los Senadores, a los Diputados federales, a 9 gobernadores, a más de 1000 alcaldes y una parte importante de los diputados locales. Sin embargo, lo más relevante es que cerca de 90 millones de mexicanos, mayores de 18 años, podremos emitir nuestro voto de manera libre y secreta.

A continuación deseamos compartirles algunos elementos que ayuden al discernimiento personal y comunitario que cada fiel cristiano está llamado a hacer para cumplir con la obligación moral de elegir a sus gobernantes y legisladores.

2. En la actualidad, como en otros momentos debemos recordar que “en las situaciones concretas, y teniendo siempre en cuenta la solidaridad que nos es debida, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones [políticas] posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes.” (Cfr. Paulo VI, Octogesima Adveniens, 50). Esto quiere decir que la fe cristiana trasciende las propuestas políticas concretas y deja en libertad a los fieles, para que elijan en conciencia de acuerdo a los principios y valores que han descubierto en la experiencia de la fe.

Jesucristo, núcleo central de nuestra fe, nos revela verdades fundamentales que también son accesibles a la razón humana y que ayudan a que la vida de todos sea más digna y libre: el respeto que merecen las personas desde el momento de la fecundación y hasta la muerte natural; la importancia del matrimonio heterosexual y monogámico; la vigencia de la más plena libertad para vivir de manera individual y asociada de acuerdo a nuestras opciones en conciencia en materia religiosa; la centralidad ética y social que poseen los más pobres y excluídos de nuestras sociedades, etcétera.

3. En el escenario concreto que vivimos, cuando los valores fundamentales palidecen, es preciso hacer el esfuerzo de un discernimiento crítico que nos permita optar en conciencia por quienes puedan realizar en lo posible el auténtico bien común. Por lo que exhortamos, a todos los cristianos y personas de buena voluntad, a:

  • Participar cívicamente: entre más ciudadanos participen organizadamente en las elecciones, más posibilidades habrá de que nuestra sociedad madure y sea corresponsable en la gestión del bien común. Todos debemos alentar la participación.
  • Orar en familia y en comunidad: para que la próxima jornada electoral se realice, en paz y armonía, y sea al mismo tiempo, una gran ocasión para que desde la fe todos podamos mostrar nuestro compromiso con México, es decir, con el pueblo real, que hoy se encuentra, en diversas regiones y en difíciles circunstancias, sufriendo.
  • Buscar el “bien posible”: hay que evitar a toda costa elegir en base al “mal menor”. En la enseñanza de la Iglesia el mal moral no puede ser elegido nunca ni como fin ni como medio. El principio del “mal menor” sólo aplica cuando los males en juego son de orden físico, no moral. En contextos complejos e imperfectos lo que debe imperar es la búsqueda del “bien posible” que aunque sea modesto, todos estamos obligados a procurar. En un proceso electoral como el que tendremos, esto significa que la conciencia cristiana debe discernir cual de las opciones puede generar un poco más de bien, tomando en cuenta la complejidad de las circunstancias. Hacer el “bien posible” significa impulsar lo que aporte al bien común, a la paz, a la seguridad, a la justicia, al respeto a los derechos humanos, al desarrollo humano integral y a la solidaridad real con los más pobres y excluidos.
  • Elegir a las personas: en todos los partidos podemos encontrar personas más o menos comprometidas con el bien común. Por ello, es necesario discernir por quién votar. Lo prudente y responsable es buscar para cada puesto de elección popular a la persona más idónea y no dejarnos manipular para que votemos en bloque por un solo tipo de propuesta, de manera irreflexiva y mucho menos bajo alguna modalidad de “compra de voto”. Entre más libertad exista al momento de elegir, más capacidad tendremos al momento de exigir.
  • El México que queremos es posible: y requiere fundamentalmente de un gobierno que trabaje con honestidad y eficacia; pero también, de ciudadanos participativos que den seguimiento a los procesos de Justicia, Fraternidad y Paz. El voto de los mexicanos, debe producir Gobernantes y autoridades responsables; y generar una opinión cívica crítica. Pues en el ejercicio ordinario de los funcionarios, nuestro voto exige el sano control sobre nuestros políticos: en su remuneración y gratificaciones, en los gastos de partidos y publicidad, en los proyectos y obras públicas, en el control de la corrupción, la ilegalidad y la eliminación de arbitrariedades.

4. Sólo la presencia participativa, de manera constante y solidaria en la vida de nuestro país, destierra gradualmente la violencia, la corrupción, la impunidad y el compadrazgo. Es tiempo de que los católicos, acompañados de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, trabajemos comprometidamente por un México más próspero y pacífico, más solidario y participativo, más atento al rostro de los más pobres y menos cómplice de quienes los olvidan, los manipulan o los marginan.

5. Santa María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive y Patrona de nuestra libertad, interceda por nosotros, para que trabajemos sin desfallecer por la unidad y soberanía de nuestro pueblo; por la promoción y defensa de nuestras comunidades y familias; y por reintegrar en su dignidad a todos aquellos, hermanos nuestros que hayan sufrido alguna vejación, discriminación o inequidad. Que Ella preserve la paz en nuestra Patria, nos dé buenos gobernantes y nos permita descubrir los caminos de justicia, reconciliación y esperanza por los que como sociedad debemos transitar desde el momento presente.

 

Por los obispos mexicanos.

Ciudad de México, a 19 de marzo de 2018.

+ Card. José Francisco Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara
Presidente de la CEM

+ Mons. Alfonso Miranda Guardiola
Obispo Auxiliar de Monterrey
Secretario General de la CEM

 

 

 

V Domingo de Cuaresma, ciclo B (2018)

Si el grano de trigo, sembrado en la tierra, muere, producirá mucho fruto(cf. Jn 12, 20-33)

“Queremos ver a Jesús”. Estas palabras, como dice el Papa, dejan ver un deseo presente en el corazón de muchas personas que han oído hablar de Cristo, pero no lo han encontrado aún[1]. También expresan nuestro anhelo: ver a Jesús, unirnos a él y vivir como enseña. Porque en lo más profundo de nosotros sabemos que sólo él puede liberarnos de la soledad, darle sentido a todo, y ofrecernos una vida por siempre feliz.

Jesús responde a éste deseo atrayéndonos hacia sí, dejándose levantar en la cruz, donde nos hace ver quién es Dios y la grandeza de su amor por nosotros. Un amor sin límites y sin final. Un amor que le ha llevado a hacerse uno de nosotros para rescatarnos del error que cometimos al desconfiar de él y pecar, con lo que abrimos las puertas del mundo al mal y la muerte.

¿Cómo lo hace? Amando hasta dar la vida. Jesús, como dice san Beda, se encarnó para que, muriendo, resucitase multiplicando[2]. Porque resucitando, nos ha convocado en su Iglesia, nos ha comunicado su Espíritu y nos ha hecho hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz[3].

Por eso Jesús dice que ha llegado la hora de que sea glorificado. La hora en que se cumple la alianza nueva que el Creador ofreció: ser nuestro Dios y nosotros su pueblo[4]. La hora en que nos hace ver lo mucho que nos ama y lo valiosos que somos para él. La hora en que nos demuestra hasta dónde es capaz de llegar para salvarnos. La hora en que nos invita a salir del egoísmo que nos condena a una soledad eterna y seguirlo, amando a Dios y al prójimo, para que podamos estar donde él está: con Dios.

Sin embargo, a veces amar es difícil. Porque implica renunciar a muchas cosas que nos gustan y hacer otras que no nos gustan; como ser comprensivos y pacientes, dedicar más tiempo a la familia y menos a las propias diversiones, acomedirnos en casa, no entrarle al bullying en la escuela o en el trabajo, ser justos, renunciar a hacer trampa o a un negocio “chueco”, ayudar a los necesitados, perdonar y pedir perdón, hacer el bien a los que no queremos y no nos quieren.

Jesús mismo reconoció que tenía miedo al pensar en lo que tendría que soportar por amor. Pero no se echó para atrás; confiando en Dios vio más allá de lo inmediato, puso sus ojos en la meta, y siguió adelante. Y nosotros ¿Confiamos en Dios? ¿Le creemos cuando nos enseña que el auténtico poder, capaz de darle sentido a todo, de construir una familia y un mundo mejor y de alcanzarnos una felicidad sin final es el amor, que es él mismo?

Siendo honestos, muchas veces le hemos fallado. Pero, ¡ánimo! Siempre podemos pedirle que nos purifique de nuestros pecados y nos dé su salvación[5], escuchando su Palabra, recibiendo sus sacramentos, orando y comprometiéndonos a mejorar y a enseñar a los descarriados sus caminos, dando ejemplo de fe, de esperanza, de comprensión, de paciencia, de justicia, de solidaridad, de ayuda y de perdón.

Así, como buenos discípulos misioneros suyos, amando a los que nos rodean, daremos respuesta al deseo de la familia, de los amigos, de los compañeros de escuela o de trabajo, y de la gente que nos pide, con palabras o en el silencio de su más profunda necesidad: “Queremos ver a Jesús”.

 

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

 

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[1] Cf. Angelus, 22 de marzo de 2015.
[2] Cf. Catena Aurea, 13220.
[3] Cf. 2ª Lectura: Hb 5, 7-9.
[4] Cf. 1ª Lectura: Jr 31, 31-34.
[5] Cf. Sal 50.

 

 

 

“Cuidar la creación en forma activa”: los Obispos del Celam

 

“Discípulos misioneros, custodios de la Casa Común, Discernimiento a la luz de la Encíclica Laudato Sí”: es el título de la Carta Pastoral del Consejo Episcopal Latinoamericano que será entregada a todos los presidentes y secretarios generales de las Conferencias Episcopales de América Latina y El Caribe. Como escribe en la presentación el Secretario General del Celam, Mons. Juan Espinoza, la carta parte de la convicción de que “no se conquistará un auténtico desarrollo, si se atenta contra la casa común, este Planeta Tierra que es creación de Dios”. A través de la carta pastoral, los obispos latinoamericanos, en comunión con el Papa Francisco, desean “entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común” y especialmente “sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta”, lo cual implica “buscar juntos caminos de liberación” que conduzcan a la “verdadera sabiduría” y al planteamiento de “respuestas integrales”.

Necesaria una conversión

Los obispos subrayan que las cuestiones ambientales no pueden ser tratadas en modo aislado o fragmentario ni accesorio, sino que “se trata de una mirada a la raíz de la existencia humana”. “No estamos hablando de una actitud opcional, sino de una cuestión básica de justicia, ya que la tierra que recibimos pertenece también a los que vendrán”, escriben.
De ahí que la ecología integral sea objeto de una necesaria conversión: “la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior. Nada lograremos si el cambio de sistemas económicos y modelos de producción no es el reflejo de un cambio de mentalidad, conciencia, hábitos y corazón”.

Crecen los proyectos mineros y petrolíferos, aumenta la pobreza

La carta denuncia el crecimiento de proyectos mineros y petrolíferos en todo el continente: “La tendencia es a explotar la mayor cantidad de material en el menor tiempo posible, ocasionando grandes impactos en los ecosistemas y afectando la vida de los pobladores de los territorios”. “Hacemos nuestras las preocupaciones de sacerdotes, religiosas, laicas y laicos de congregaciones, movimientos y diversas organizaciones que comparten la vida de las poblaciones aledañas a las actividades extractivas. Pues allí se percibe que el cambio climático está haciendo más compleja la gestión del agua, ya que está provocando sequías más severas, ha acelerado el retroceso glaciar y aumentaría el nivel del mar, entre otros impactos”.

En tal escenario, los prelados denuncian las violaciones a los derechos humanos, personales y colectivos, de las poblaciones indígenas u originarias, tradicionales y campesinas, principalmente las de la Amazonía, ocasionadas por empresas que realizan actividades extractivistas, sean agrícolas, forestales, mineras o energéticas, y condenan las situaciones de indiferencia generalizada, incluida la indiferencia de los medios de comunicación sobre las situaciones de injusticia social que viven las comunidades.

Cuidar la creación en forma activa

“La encíclica papal Laudato Si nos hace un llamado a la Conversión Ecológica” se lee en los últimos párrafos. “Todos los bautizados y bautizadas debemos cambiar nuestros estilos de vida, los modos de producción y de consumo, para ser más coherentes con los valores del Evangelio. Una Iglesia en salida misionera, pobre para los pobres, es también una Iglesia que ama y protege la creación. Es una Iglesia que se sitúa y encarna en el territorio, que se reconoce como ‘casa y escuela de comunión’ y por eso mismo defiende la vida de la Creación, promueve las relaciones de hermandad entre todas las creaturas y enseña a vivir y convivir rompiendo la auto-referencialidad y promoviendo una sincera preocupación por el otro”.

Por todo lo dicho, los prelados instan a “cada Conferencia Episcopal de América Latina y todas las Diócesis que consideren el establecimiento de una Comisión o Pastoral de Ecología Integral que ayude a la comunidad eclesial” al cuidado de la creación en forma activa, con la colaboración activa con las pastorales sociales en la dimensión social de la Evangelización.

 

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